jueves, 9 de mayo de 2013

Cómo se escribe un cuento

Tu cuento comienza a las 11 de la noche. A esa hora vas a tu biblioteca y coges un libro. Escoge un buen libro. Uno de esos que te haga decirle imaginariamente al autor: pero que hijo de puta eres. Te metes a la cama con el libro. Lees. Lees hasta las doce de la noche o hasta la una. Lees hasta dormirte con el libro entre las sábanas. Te despiertas temprano. Digamos, a las 8 de la mañana. Tiendes tu cama, barres tu cuarto. Te lavas la cara y preparas un buen café. Tal vez un pan con huevo. No tienes trabajo. Si lo tienes, hoy vas a faltar. Has escogido escribir y ser pobre. Desayuna mirando por la ventana. Si tu ventana no da a la calle, sal con tu taza de café. Pasea un rato por tu cuadra. Ve al puesto de periódicos. Hazte amigo del kioskero. Luego vuelve. Siéntate frente al teclado. Puedes revisar un poco el facebook. Veinte minutos. Solo para saber un poco de la gente. Luego cierras. Si es posible coge tu modem y tíralo por la ventana. Bueno, aunque sea escóndelo en el horno. Abre el word. Ya tienes el comienzo del cuento. Todos los escritores tenemos al menos una decena de archivos de word con un título y una oración inconclusa. Cuentos que nunca continuamos. Cuentos que se quedaron en el camino. Escoge uno. Aquel cuyo fuego aún sigue vivo. Decide rescatarlo. Imagina a los personajes como náufragos. Tú eres la balsa que los salvará del olvido. Lee la primera frase diez, veinte, treinta veces. El primer párrafo te tomará un par de horas. Tal vez más. Así debe ser. En aquellas primeras líneas está contenida el resto de la historia. Recuerda el comienzo de El vuelo de los cóndores: “AQUEL día demoré en la calle y no sabía qué decir al volver a casa”. ¿Te das cuenta que aquella frase presagia ya un cuento maravilloso? Busca la tuya. Una vez que la tengas te será más fácil continuar. Empieza a teclear sin miedo. No tengas miedo, carajo. Cada vez que termines una oración, un párrafo, vuelve a leerlo todo. Borra. Escribe. Vuelve a leer. Vuelve a borrar. Tienen que darte al menos las once de la mañana sin parar. A esa hora puedes hacer una pausa. Recoge tu ropa de la lavandería. Nadie está esperando tu cuento. Eso es lo mejor de este oficio. No somos periodistas. La ficción no le urge a tanta gente. Tienes tiempo. Vuelve a casa. Pero no te pongas a doblar la ropa por la puta madre. Vuelve a la computadora y sigue escribiendo. Lee. Lee tu cuento en voz alta. Luego pon música. Pon “Turn me on” de Nina Simone. Tu cuento debe sonar tan bello como esa canción. Imagina que tienes a Nina en tu cama y que le estás contando el cuento. Tienes que dejar a la negra completamente extasiada. Turn me on debe ser una canción que Nina compuso para ti. Si no te gusta Nina imagínate a Amy. ¿Eres un puto beatnik? Entonces imagina que la loca de Ginsberg está escuchándote y no lo querrás aburrir con tus palabras. Imagínate a quien sea. A ti mismo por ejemplo. Tú estás en tu cama y te estás contando tu cuento. Pero lo mejor. Lo mejor siempre será que te imagines a los personajes oyéndote. Recuerda que después de todo es su historia y tú apenas el encargado de contarla. Ellos serán tus más despiadados críticos, pues si tu historia falla, morirán. Pero no flaquees, querido. Escribe. Todos podemos equivocarnos. Equivocarse no está mal. Detenerse está mal. Pasado el mediodía te dará hambre. Olvídate del almuerzo. Hay gente que ayuna meses. ¿Por qué tú no puedes dejar de comer un día? Bueno, qué carajo. Somos peruanos. Seguro que en tu esquina hay un tipo que vende ceviche de carretilla. Baja y compra, pero pídelo para llevar. Pasa por la bodega y compra un par de cervezas y unos cigarrillos. Uno para ti y otro para Ribeyro. No te olvides de dónde vienes. Tu pueblo es un pueblo de poetas y narradores. El trompo, Mi corbata, Al pie del acantilado, Dos indios, Día domingo, Cara de ángel. ¿No te gustaría entrar en esa lista? Olvida la lista, pendejo. Sigue escribiendo. Mete la cabeza en el teclado. Dale de cabezazos. ¿Cuántas palabras llevas? ¿600? ¿800? Escribir es un proceso confuso. Confúndelo más con cerveza. Recuerda que por la noche has invitado a unos amigos escritores a venir a casa. Uno de ellos siempre anda con hierba encima. La hierba te da sueño así que debes terminar el cuento antes que lleguen. Huye de ellos como un chacal. Dale a las teclas como un loco. Dicen que vienen a ver “On the road”. ¿Será tan buena como la novela? Pobre Kerouac, llevado al cine cuando lo mejor de su literatura era el ritmo de sus palabras. Ritmo que Capote no supo entender y que tildó de mecanografía. También a ti te llamarán cerdo mediocre. Dirán: nunca has escrito un buen cuento. Pero recuerda que Bradbury dijo: “Es imposible escribir 52 cuentos malos seguidos”. Así que el día que llegues a tu cuento número 52 vas y se lo metes a tu crítico por el culo. Es una bella imagen. Sostenla y que eso te mantenga tecleando. Pero más que a tus críticos, maltrata a tus personajes. Agita sus barcas, sepáralos de la persona que aman, echa abajo sus casas. Ellos encontrarán la forma de levantarse. Tal vez el cuento te tome dos días o veinte días pero siempre barrerás tu casa y tomarás café. O tal vez no barras tu casa ni bebas café. Tal vez apuntes a tus vecinos con una carabina. Tal vez primero vengan tus amigos y duermas por efecto de la hierba. Tal vez se incendie tu casa mientras lees por la noche. Tal vez no tengas para las cervezas o prefieras el vino y tal vez Nina Simone no haya compuesto “Turn me on” para ti. Pero siempre leerás tu cuento en voz alta. Lo leerás fuerte porque afuera los taxis tocan el claxon, los médicos activan sus sirenas y los policías cierran ruidosamente sus rejas. Y entre todo aquello, la única forma de hacer que un cuento se abra paso, es hacer que su sonido sea tan verdadero, que pueda ser confundido con un taxi, una sirena o con el abrir de una reja. Y eso solo se logra escribiendo mucho, leyendo, borrando y volviendo a escribir.

domingo, 14 de abril de 2013

el día que me robaron el cel después de ver el documental de Ribeyro

He perdido el celular. Digo he perdido pero sé bien que el taxista lo tomó de mi mano cuando me dormí. Lo tomó, puedo verlo, como quien levanta por la panza una lagartija. No he venido a quejarme sin embargo. Sería aburrido distraerme de esta memorable resaca en la que Morrisey me canta Asleep, para pensar en un aparato que reemplazaré en unas horas. Por la mañana, mientras veíamos The Big Bang Theory, le robaron el auto a un amigo y seguro que él está mucho más triste que yo. Escribo esto en realidad, como una excusa para hablar de otras cosas. Tal vez para sentirme acompañado este domingo. Hablar por ejemplo de lo que no me robaron. De aquello que el taxista tuvo a mano y decidió dejar. Para comenzar, los nueve soles de la carrera. No me los cobró. Lo cual resulta lógico pues si me ponía a hurgar en mis bolsillos, hubiese notado la ausencia del teléfono. Pero hablo de otra cosa. Hablo de los libros que llevaba sobre el regazo.
Ya antes me había pasado algo similar. Hace unos años entré caminando a Balconcillo. Soy un tipo distraído. Balconcillo no es precisamente un lugar para hacer turismo. Pero una buena canción sonaba en mi ipod y una buena canción, como la mano de alguien que te gusta mucho, puede hacerte ir al fin del mundo. Al comienzo vi viejecitos conversando en sus puertas, paredes carcomidas, niños jugando fútbol con una viniball desinflada. Un ambiente acogedor como de pueblo. Pero conforme avanzaba vi caras extrañas. Grupos sospechosos. En una esquina una manada de chacales humanoides me preguntó si quería comprar. Comprar qué. Pregunta idiota. Debí haber comprado, fuese lo que fuese, aunque estuviesen vendiendo pasta o casetes de Mocedades. Pero dije que no y seguí caminando. Entonces me di cuenta de mi error. No había dado diez pasos cuando sentí que corrían detrás de mí. Corrí también, pero me alcanzaron justo antes de llegar a la avenida. Se llevaron el ipod y algunas monedas. Cuando se fueron vi en el piso el libro que yo cargaba en la mano. Lo habían dejado ahí tirado. Era un libro de Stephen King. No era Cujo ni Carrie. Cujo o Carrie hubiesen desatado una sangrienta masacre. Era “Cuatro Estaciones”. Aquel libro en el que aparece “The body”, el cuento que inspiró “Stand by me”, una de mis películas favoritas. Pese a que las librerías suelen estar bien abastecidas de libros de Stephen King, este volumen es uno de los más escasos. Me lo regaló mi tía Magali cuando cumplí 30 y me hubiese puesto muy triste si se lo llevaban. Sin embargo, por alguna estúpida razón, también me puso triste que no lo hicieran. Tenían en sus manos una de esas historias que yo he querido escribir toda mi vida. Y la dejaron botada.
Los libros que cargaba ayer conmigo eran libros que normalmente no saco de casa, precisamente por miedo a perderlos. Eran dos primeras ediciones. Una de “Sólo para fumadores” de Julio Ramón Ribeyro en cuya portada hay una linda foto suya. Aparece fumando frente a su máquina de escribir. Se le ve joven, encantador, y a pesar de que la mano que sostiene el cigarrillo le cubre parte de la boca, puedes intuir que está contento. La otra primera edición era la del “El escarabajo y el hombre” de 1970. El mismo año se publicó “Un mundo para Julius” y “Redoble por rancas”. El año anterior se había publicado “Conversación en La Catedral”. Es decir: QUE BESTIA. Las llevaba conmigo porque iba a la presentación del documental sobre Ribeyro en cuyo conversatorio participaría Oswaldo. Además, llevaba la antología de los ganadores del COPÉ que planeaba cambiar por un par de cervezas dada mi limítrofe situación monetaria. Llevaba un libro de cuentos de Óscar Colchado que mi amigo Helí acababa de prestarme cuando nos vimos en el bar después del conversatorio. Y además, el dvd con el documental de Ribeyro que Miriam me regaló antes de irme. Todo eso estaba sobre mi regazo mientras me robaban el celular. Y todo eso está ahorita sobre mi escritorio. El taxista no se llevó nada.
Recuerdo que algunas cuadras antes de dormirme en el taxi, vi el libro del COPÉ sobre mi regazo. No había logrado cambiarlo por cerveza. Mientras veía el libro pensaba en aquella historia que contaba Alonso sobre Antonio Cisneros. Contaba que cuando Toño se chupaba toda su plata y le faltaba para el taxi, paraba uno y le daba la dirección de su casa. Le explicaba al taxista que solo tenía 3 soles pero que lo acercara lo más que pudiera por esa cantidad. El taxista accedía y cuando Toño ya estaba cómodamente desparramado en el asiento, se convertía en una especie de Sherezada y le contaba tan buenas historias al pobre hombre que el tipo lo llevaba hasta la misma puerta de su casa, encantado y además sin cobrarle los tres soles.
Siempre me gustó aquella historia. Yo no soy tan buen conversador pero recuerdo que esa noche les dije a todos que pagaría mi taxi con aquel libro. Y si al taxista no le bastaba, le prometería escribir un cuento sobre él. Pero no había sido necesario. Unos amigos me habían acogido en su mesa y mi vaso nunca estuvo vacío. Además, preocupados con mi proyecto de pagar el taxi con un cuento, juntaron monedas entre todos para que llegara sano y salvo a casa. Buenos amigos. Al salir del bar, me invitaron anticuchos y cuentan que me saqué la correa porque el ají picaba mucho y fui a preguntarle a la anticuchera si alguna vez le habían dado un correazo. No recuerdo mucho de eso, pero dicen que a Ciro también quise darle y que Ciro se reía.
En el conversatorio, Eloy contó que fue él quien le aviso a Julio que se había ganado el Rulfo. Lo llamó y le dijo ¿Qué vamos a hacer con los 100 mil dólares, hermano? ¿A dónde nos vamos? Podemos ir a Ica, dicen que hay unos bungalows macanudos frente al mar. Y Julio le preguntaba ¿qué 100 mil dólares, de qué hablas? Y Eloy: ¡Los que te has ganado! Y Julio: No me gustan esas bromas Eloy, te voy a colgar. Y Eloy: ¡carajo, te acabas de ganar el Rulfo!
Pero más paja todavía, fue cuando Oswaldo contó que él era el Oswaldo del cuento “Ausente por tiempo indefinido” y yo abrí “Solo para fumadores” y encontré el cuento y escuché como Oswaldo lo leía con su dulce voz de sapo milenario. O cuando en el documental, Antonio Cisneros contó que salía a montar bicicleta por el malecón con “los regios” como los había llamado su amiga Blanca Varela y Julio se les unía por tres cuadras (que era lo que le aguantaba el físico) y luego se iban todos por unas cervezas que era lo que realmente habían salido a hacer. O cuando Oswaldo contó que iba a su cátedra en la Universidad Ricardo Palma y en una bodeguita se encontró con un tipo de barba crecida y descuidada, ojeroso y andrajoso que lo saludaba con una botella de pisco en la mano. Era “Perucho” el gran amigo y personaje de Ribeyro. Oswaldo le dijo que no podía porque iba a dictar. Y al rato, mientras daba la clase, vio aparecer a Perucho en la puerta del salón, que lo llamaba con la botella de pisco ante la mirada absorta de todos sus alumnos. Oswaldo lo hizo pasar y dijo que le cedía la cátedra. Perucho (que había estudiado en Inglaterra) preguntó a los alumnos si la querían en inglés o en castellano. En castellano dijeron y entonces escucharon de aquel vagabundo semi destruido, una de las mejores disertaciones que habían oído sobre los personajes de Shakespeare. Cuando acabó todo, lo ovacionaron de pie y entonces Perucho se volvió hacia Oswaldo y le dijo: ahora sí, hermano, vamos a chupar. Genial historia.
Cuando terminó el conversatorio, me acerqué a Oswaldo. Lo abrace por su cumpleaños y le presenté a mis amigos. Cuando vio mis libros, dijo: “A ver qué tienes allí”. Y entonces encontró aquella primera edición de su novela. Se emocionó mucho. Le pedí que me la firmara pero cuando tuvo el lapicero en su mano dijo que eso merecía una ocasión especial y que lo fuéramos a buscar a su casa para celebrar. De modo que ahora ese libro, es mi pase para volver a verlo y escucharlo.
Cuando pienso en Oswaldo, me doy cuenta que es una suerte poder tenerlo todavía. Es decir, el hombre es una leyenda, pero tiene una casa como nosotros, camina por Lima, respira este aire. Puedes ir a buscarlo, puedes regalarle un vino, invitarle unos ravioles, pedirle que lea un libro tuyo, ser su amigo. Todas esas posibilidades reposaban sobre mi regazo aquella noche. Y el taxista no las vio. No las quiso ver.
Por supuesto comprendo que no todos compartan esta obsesión por lo literario. No esperaba realmente que el taxista quisiera leer uno de esos libros o ver el documental de Ribeyro donde veo a Julio por primera filmado en un balcón parisino, probablemente la misma mañana en que escribió uno de esos cuentos que nos volvieron locos. Pero es extraño sentir que todo aquello que me conmueve profundamente, es irrelevante para alguien más. Aunque solo sea el taxista que me trajo a casa después de una noche de bares. Me hace sentir que esto es irrelevante para tanta gente. Que a nadie le importan las primeras ediciones, ni que Oswaldo siga vivo y contando historias o que uno pueda pasarse la mañana del domingo escribiendo cosas sin sentido. Uno se siente solo. Solo y aislado como un hombre al que le han robado el celular.

domingo, 17 de marzo de 2013

SERIAZO

Hoy ha venido a despedirse mi portero "HEY JOE". Ahora que nos hemos vuelto amigos ya sé que se llama José; pero, como lo he convertido en mi personaje literario, aquí seguirá siendo: HEY JOE. Bueno, la cosa es que HEY JOE vino a despedirse porque empieza el colegio nocturno y ya no puede vigilar el edificio ni jugar golpeado conmigo en las madrugadas. Pasa a 3ro de secundaria. Igual que yo cuando vine a vivir a Lima. Solo que él no tiene 13 años sino 20. ¿Qué te enseñan en el colegio? le pregunto. Cosas pe' -dice mientras revisa su facebook en mi pc. Pero ¿qué cosas pe'?, cuéntame. -De los incas, de los hermanos Ayar -dice. Ahhh, a uno de ellos lo encerraron en un cerro ¿verdad? Sí -me dice y continúa- Oe pero ¿eso es verdad?. -Son leyendas- le digo recostado desde mi sillón mashmelowforme. Sí pe' -asiente- entonces ¿pa' qué los engañan así a los chibolos? tsss. Me río y saco de mi librero el primer tomo de Los comentarios reales de Garcilazo; pero antes de poder decir algo Hey Joe le da play a la música que ha bajado a mi pc. Es rap. Pero "Rap con conciencia" -dice, moviendo la cabeza como una paloma. SERIAZO ¿NO? -Hey Joe dice "SERIAZO" cuando quiere decir que algo está de puta madre. Yo dejo el libro y también empiezo a mover la cabeza al ritmo del rap ¿Qué chucha hago escuchando rap? pienso. Pero no le pido que lo apague porque esta música tiene en él el mismo efecto que alguna vez tuvo en mí Silvio. ¿SERIAZO, NO? Este cantante es viejo -me dice -Tiene como tu edad. Pala mierda. El rapero en realidad es menor. "nací en el 82" dice en su canción. Yo nací en el 79. La puta. Al menos los smashing le escribieron una canción a ese año. Le pregunto a Hey Joe dónde vive, dónde queda su colegio. En su facebook ha puesto que nació en Brooklyn como Tony Danza. El pendejo vive en Carabayllo. Km 22. Yo no conozco. ¿Y esa zona es brava? le pregunto. No -dice. ¿Dónde es bravo? quiero saber. El Km 24. ¿Qué hay allí? El fin del mundo-me cuenta. SERIAZO -confirmo. Antes de irse vuelve a pedirme que le regale mi perfume (ha visto que tengo 2 botellas del mismo). No -le digo- si te la pones luego nos van a confundir. Además ya te regalé una. Esa huevada de perfume dura cinco minutos -dice y se caga de risa. Entonces doy comienzo a nuestro ritual de despedida que consiste en cogerlo del pescuezo y arrojarlo por mi puerta como a Jazz en El príncipe del rap. Mientras lo veo irse por el pasillo me pregunto si lo echaré de menos. Entonces cierro la puerta y vuelvo a mi pc. Le doy play al rap. Muevo la cabeza como una paloma. SERIAZO -pienso.

sábado, 16 de marzo de 2013

dios

Cuanto tenía 5 años, el Papa vino a visitarnos a Trujillo. Alguien me llevaba en brazos, tal vez mi mamá, tal vez alguna tía. Nos abríamos paso entre una multitud que corría frente a la Universidad Nacional por una avenida que ahora se llama Juan Pablo II. Eran miles de personas. Yo no entendía bien qué pasaba pero como todos estiraban el cogote en la misma dirección, supuse que alguien importante se aproximaba. Tal vez Dios. Entonces, sobre un carro blanco, pasó un señor muy viejito que nos sonreía y nos saludaba cariñosamente bajo su enorme gorro blanco. Creo que yo también le sonreí y lo saludé. Luego nos fuimos a casa.

También recuerdo que por esa época vino a visitarnos un circo y fuimos a ver el desfile. Esta vez era mi papá quien me llevaba en brazos. Había mucha gente también. Entonces, montado en otro carro, vimos a un señor celeste que nos sonreía y nos saludaba cariñosamente bajo un enorme gorro blanco. Todos los niños corrían hacia él. Tal vez este sí era Dios. Recuerdo que mi papá corrió conmigo y logramos tomarnos una foto juntos. Luego nos fuimos a casa. Recuerdo ambos paseos con cierta alegría, pero por supuesto no entiendo todavía por qué corríamos atrás de aquellos señores de gorro blanco. Ni si alguno de ellos era Dios.


lunes, 4 de marzo de 2013

historia de un sapo

En las casas de las abuelas siempre hay objetos extraños. En casa de mi abuela había un sapo disecado con un traje de ballet. No era un juguete. Era un sapo de verdad. Un sapo que alguna vez había vivido en un estanque y al que habían sacado todas las entrañas para rellenarlo con algodón. Pero no les había bastado con eso. Le habían puesto además un tutú rosado, y sus esbeltas y verdes ancas se estiraban imitando las piernas de Rudolf Nureyev. Clavado a una tablita de madera, aquel pobre sapo esperaba por la calificación de los jueces. Yo no sabía nada de ballet pero a mi parecer el puto anfibio se merecía un 10 10 10 solo por el esfuerzo. Mi tía Mary lo había hecho en su colegio. Años después yo también tuve que diseccionar un animal en clase de biología pero nunca me pidieron que hiciera una escultura con él. Había podido llevar un cuy, pero nunca conseguí el cuy así que llevé un bellísimo conejo blanco y la chica que me gustaba -que amaba los conejos- me odió cuando el profesor se llevó al bicho de las patas y de un karatazo en el cogote lo mató. Luego no me quedó más que abrirlo, verle las tripas llenas de hierba y anotarlo todo en mi cuaderno mientras aquella chica me descuartizaba con la mirada. ¿Cómo habría sido para mi tía Mary con su sapo? Cuando yo nací, los siete hermanos de mi madre eran apenas niños que rondaban la pubertad y Mary era la menor de las chicas. Con mis tíos pude jugar, pues la adolescencia de un hombre se parece mucho a su niñez, mientras que la de las niñas es casi ya una bienvenida a su vida de mujer y, por tanto, ellas fueron más mis segundas madres que mis compañeras de juego. Y sin embargo, aquel sapo de mi tía Mary ejercía sobre mí una fascinación mayor que todos los soldaditos de mis tíos. Una fascinación llena de interrogantes ¿Para qué se disecciona un sapo? ¿Para qué se le pone un traje de ballet? ¿Por qué ciertas cosas huelen a formol? ¿Qué piensa un grillo antes de entrar en la boca de un sapo? ¿Bailan alguna vez los sapos? Y además… ¿no había ya una canción sobre esto?