jueves, 4 de febrero de 2010

un pequeño intermedio entre las orientaciones vocacionales


no se si les he contado pero desde hace poco
llevo conmigo un cuaderno que he forrado con cuadros de Dalí
y en el que estoy aprendiendo a escribir a mano

hoy mientras esperaba a Kara en una banquita en 28 de Julio
lo abrí y escribí aquella vieja frase capicúa que dice:

"dábale arroz a la zorra el abad"

estuve mirándola un rato, fascinado con el hecho
de que se pueda leer igual en ambos sentidos
y recordé además que el pastrulo de Sábato
en Abaddon el Extermindor
propone escribir un libro que sea un gran capicúa
maldiciónn!!

la cosa es que después de 45 minutos
de rebanarme el cerebro
y pese a que siempre he creído
que no soy bueno con los juegos de palabras
he conseguido inventar dos frases capicúa
mias de mi


no veo donde podrían usarse
pero de todos modos aqui están:




y




xD


ahora permiso, voy a escribir algo de provecho

sábado, 23 de enero de 2010

orientación vocacional 10

Alberto Ho llegó al colegio a mitad año. Cuando cruzó el umbral de la puerta del salón no hubo espacio sobrante ni para el sol. Tenía el tórax de tres de nosotros juntos y caminaba como si le hubieran hecho de acero inoxidable. A Alberto le decíamos Robocop o Jibán. Jibán era como la versión japonesa de Robocop. Alberto Ho se lo tomaba bien. A Alberto podías joderle todo lo que quisieras pero no podías mencionar a su hermana. Como su hermana era una chinita guapa que también acababa de llegar al colegio, era difícil resistir la tentación. Alberto Ho agarró del cuello a Renato Malca y trapeó el salón con él nada más porque este dijo el nombre de su hermana en voz alta. Alberto fue delegado de disciplina, brigadier de la escolta y además fue el único en llevar a su propia hermana al baile de promoción. No sé qué habrá sido de Alberto pero puedo asegurarte que su hermana sigue siendo la última chica virgen de nuestra generación.


miércoles, 20 de enero de 2010

orientación vocacional 9

A Alain no le gustaba ir a su casa después del colegio así que se venía a la mía y se comía mis cornflakes. Tomábamos el Sinchi Roca que era el bus más viejo que alguna vez recorrió la avenida Angamos. Eso nos daba unos cuarenta minutos diarios para hablar huevadas. Cuarenta minutos diarios por tres años seguidos es un culo de tiempo. Y eso es justo lo que estuve expuesto a los dos grandes tótems musicales de Alain: Metallica y Ricardo Arjona. Ustedes dirán que es una asquerosa combinación pero después de ochenta horas, pasar de Fade to Black a Historia de taxi ya no es una plato difícil de comer. Hace poco fui a visitarlo porque está por irse a vivir a Australia. Estaba rematando su colección de cds de música y pedía apenas un sol por cada disco. Tenía de todo y todo lo tenía mezclado. Para que se den una idea, salí de allí con un disco de Mano Negra que encontré junto a otro de Sinatra, uno de Caifanes, otro de The Cure, Miles Davis, uno de Serrat que estaba al lado del In Rainbows de Radiohead, el Back to Black de Amy Winehouse y también uno de los Arctic Monkeys. Todo por la módica suma de seis soles. Yo nunca antes había oído a los malditos Arctic Monkeys pero es que el título del disco me gustó. Me hizo pensar en toda esta gente que anda por ahí oyendo y hablando de un solo tipo de música y en la gente como Alain que va mezclando Metallica con Arjona como si fueran jamón y queso. Tipos que estudian ingeniería pero se dedican a la poesía y luego te salen con que se van a Australia a censar canguros. No se por qué, pero a la gente como Alain le creo más. Tal vez por eso dejaba que el cabrón viniese a mi jato a comerse toda mi jodida caja de cornflakes. La gente del colegio decía muchas cosas de Alain. Lo de los cornflakes y otras cosas menos chistosas. Pero la verdad es que yo siempre he preferido no hacer mucho caso de eso y pensar como los Arctic Monkeys: “Lo que sea que la gente diga que soy, eso es justamente lo que no soy”


martes, 19 de enero de 2010

orientación vocacional 8

Roger Van Dalen era alto, altísimo, en resumen: una huevadaza. Le decíamos “Chulapi”. Su viejo era un holandés amarillo y enorme como un rey medieval. Roger no era holandés como su viejo pero parecía holandés. Tenía el cabello rubio, los ojos azules y hubiese podido pasar por un holandés si nunca hubiese abierto el hocico. Cuando abría el hocico se le desteñía toda la estirpe. Chuchamadreaba, callejoneaba, escupía, se sonaba un moco, reconchasumadreaba y cuando le gustaba una chica se le acercaba diciéndole: “Amiga, ¿conoces el mar?”. Con la música era igual. Oía Grupo Niche cuando nosotros estábamos con los Guns y a Eddie Santiago cuando nos estábamos reventando a pogazos con Nirvana. Roger venía a nuestras fiestas para no quedarse solo pero como no le ponía mucho la música juntaba varias sillas y se echaba a dormir. Roger era un tipo genial con el único problema de haberse matriculado en el colegio equivocado. Igual que yo. Tal vez por eso fuimos tan patas. Yo era un talareño feliz y asustado y Roger me desahuevó. Me llevó a la trinchera norte a chuchamadrear un poco de grones, a patear penales al parque y a mandar al carajo la movilidad para chapar el Covida de vuelta a casa. Fue también uno de los primeros en reventarme a combos y en las vacaciones me invitó a una fiesta patronal donde me pegué mi primera huasca de tres días. Cuando bajamos del bus me dijo: “Bienvenido a Huando, donde las naranjas no tienen pepa y las mujeres nunca dicen que no”. Una buena frase que él mismo se encargó de desmitificar acercándose a las chicas con frases como “Amiga, ¿conoces el mar?”. No volví a ver a Roger después del colegio. Según supe, estudió Arqueología y ahora da clases en San Marcos. Calculo que si sigue desahuevando chibolos debe ser un buen profesor. También me enteré que está felizmente casado y tiene dos pequeños niños rubios. Cuando lo imagino en casa con su esposa viendo sus dvds de Eddie Santiago, me gusta creer que lo primero que le dijo a ella también fue: “Amiga, ¿conoces el mar?”


sábado, 16 de enero de 2010

orientación vocacional 7

John Mosca se cayó de un mototaxi y perdió la memoria. Nos habíamos montado seis a la moto y en medio de la pendejada John -que era uno de los que venía colgado por fuera- se nos cayó como una caca y se golpeó la cabeza contra la pista. Como John no se murió, el mototaxista dijo que igual teníamos que pagarle. El resto del camino a casa lo hicimos lateando. Fue entonces cuando John preguntó que dónde era su casa. Le dijimos no jodas John déjate de huevadas y entonces John preguntó que quién era John. Nunca habíamos escuchado algo tan cague de risa. Claro que al principio hubo un silencio. Después todos volteamos a mirarlo, lo cacheteamos y finalmente entre el ataque de risa y pánico fuimos corriendo a sentarlo bajo un algarrobo y a inpeccionarle la cresta para ver si no se le habia roto y por ahí se le estaba escapando toda la mierda. No tenía nada, pero el cabrón de veras no sabía por qué le llamábamos John. Lo llevamos a su casa y en el camino lo convencimos de que su verdadero nombre era Pedro, nombre que al parecer le sonó mucho más suyo que John. Como el camino a su casa era largo, nos dio tiempo además para convencerlo de que estaba en el cuadro de honor del salón y de que traía locas a todas las chicas del colegio y que sus padres eran multimillonarios. Cuando llegamos a su casa, John, que por cierto era el más bestia, feo y pobre de nosotros, estaba tan contento que también nos creyó que nos había invitado a almorzar y dejó que nos comiéramos todo el ají de gallina de sus viejos. Al día siguiente volvimos a buscarlo para seguir jodiéndolo, pero tras el sueño ya había recuperado la memoria. ¿Quién es Pedro? – nos preguntó. Es raro, pero cuando nos graduamos del colegio John ya no era ni de lejos el más bestia ni el más pobre de la clase. Y bueno, seguía siendo feo, pero llevaba su fealdad con gracia igual que un lagarto y eso le confería cierta personalidad encantadora. A veces cuando me siento mal por haberme comido el ají de gallina de John, trato de convencerme de que el sabotaje mental que le metimos aquella tarde tuvo algo que ver con su milagrosa mutación. Y pienso que al fin y al cabo no resulta tan caro cambiar una sacada de mierda por un futuro prometedor. Bueno, una sacada de mierda, y una rica olla de ají de gallina.

viernes, 15 de enero de 2010

orientación vocacional 6

A Rigo le decíamos “el necropedozoofílico”, probablemente una de las chapas más pendejas que alguna vez he oído en mi vida-. Hasta donde sé, Rigo no era necropedozoofílico. Para ser necropedozoofílico Rigo tendría que haberse follado al cachorro muerto de algún animal, digamos, un gatito atropellado. Mi pata Rigo era loco pero nunca tanto como para follarse a un pobre gato atropellado. Le habíamos puesto el necropedozoofílico simplemente porque su novia aún jugaba a los yaxes cuando se la tiró y porque alguna vez saqueó una tumba en busca de huesos para la clase de biología. Con esto tenías lo de pedofílico y necrofílico. Lo de la zoofilia ya vino para darle ritmo y sonoridad a la frase. Así somos los adolescentes. Bueno, pero este no es el asunto que vine a contar. Yo lo decía es que mucho antes de que Rigo fuera conocido como “el necropedozoofílico”, era el maldito poeta de la clase. Teníamos esta profesora de literatura que estaba obsesionada con convertirnos en pequeños Rimbauds así que todas las semanas nos mandaba a escribir un poema. Como en aquel entonces la poesía nos valía cuatro vergas, lo que hacíamos era copiar canciones de Sui Generis y presentarlas como nuestras. El único cabrón que se tomaba en serio lo de los poemas era Rigo. No sólo los escribía, sino que iba tirando los que no le gustaban tanto. Cuando se nos acabaron las canciones de Sui Generis, empezamos a recoger los poemas que Rigo echaba a la basura y los presentamos como nuestros. Ese año pasaron dos cosas. La primera es que todos pasamos con veinte de nota en literatura. La segunda es que la profe se fue del colegio sintiéndose Robin Williams en su propia versión de La Sociedad de los Poetas Muertos. Pasó además una tercera cosa. De hecho, la más importante de todas: Rigo se dio cuenta de que había nacido para escribir. Y yo, un chico que nunca ni siquiera había puesto las comas en su lugar, me di cuenta mientras copiaba sus poemas, que había algo en escribir que no tenía que ver en absoluto con poner las comas en su lugar. Esta noche, buscando entre mis viejos archivos, he encontrado el borrador de una novela que alguna vez Rigo me envió. Y es chistoso que justo tenga un buen final para esta historia. Yo no quería escribir saben? Yo, al igual que muchos de esos otros chicos que copiábamos sus poemas, tenía planes de bachilleratos y postgrados, pero como dice mi pata el necropedozoofílico en uno de los capítulos de su novela que releí esta noche “todos los hombres iniciamos las cosas más importantes… casi sin darnos cuenta”