EL SUPERBA, este histórico bar inaugurado en 1929 en la esquina de Petit Thouars y Javier Prado, no se llama Superba porque se le haya caído la R de Superbar. Pero supongo que esa historia ya la conocen así que, para quienes no sepan el porqué, lo contaré al final (más pendejo mi gancho narrativo xD). Mientras espero mi apanado con tacutacu, veo los viejos recortes de periódicos pegados en la pared. Siempre he querido sentarme en esta mesa para poder leerlos, pero hasta ahora nunca pude porque venía con una sarta de borrachos. Ahora sin embargo, estoy solo, así que cojo mi vaso de chela y me paro a leer. En una foto sale Alfredo Bryce comiéndose un apanado con tacutacu como el que yo espero. "El Superba nunca muere" dice otro. Pienso: putamadre, este bar existe desde 10 años antes que el mismo Bryce naciera, desde antes de la segunda guerra mundial. Un bar que tiene la misma edad que Julio Ramón Ribeyro.
Es el último mediodía de octubre. Ha salido el sol y yo he cobrado. Vengo de dictar clases. Justo esta mañana les he leído a mis alumnos un cuento de Bryce: "Con Jimmy en Paracas". Les ha gustado a los cabrones. ¿De qué se trata? les pregunto con el plumón en la mano. Me dicen: De un viaje a Paracas. Anoto en la pizarra. De un niño al que le gusta viajar, de Jimmy. ¿Eso es todo? carajo, ahora sí me saco la correa. No, profe, trata de un niño que observa a su padre. Vamos mejorando. Martín me trae una cerveza y más cebollita con ají. Ahora ya no estoy en el Superba. Escribo esto desde mi casa pero un amigo (el más wasca de todos mis amigos) Ricardo me acaba de llamar para seguirla. Le he dicho que puedo volver al bar en 4 minutos porque vivo a 3 cuadras. Presiento que en media hora estaré allí así que hagamos como que sigo en el bar y esto es solamente un breve oasis de sobriedad.
Esta mañana para ir a clases he pasado por el barrio Marconi, aquel lugar que Manongo y Teresita recorrían en No me esperen en abril. A veces paro en una bodeguita de ese barrio y desayuno en la esquina para sentir que mi vida es la novela que otra persona ha escrito.
Bueno, parece que ya se me subió la chela así que interrumpiremos este texto xD. Pero lo prometido es deuda: El Superba se llama así porque sus fundadores son italianos de Génova y a Génova le dicen "Génova, la Superba" que significa "Génova, la soberbia".
Pero ya basta de etimología, vayan y pidan un tacutacu con apanado y una docena de chelas a mi nombre. Pregunten por Adolfo, por Martín y me timbran que yo en 4 minutos estoy ahí.
jueves, 31 de octubre de 2013
martes, 29 de octubre de 2013
rockstars
Es como estar viendo su cerebro. Estoy sentado en la butaca del teatro mirando el escenario. Veo los tablones de madera, el telón, la utilería, los actores conversando, pero yo solo puedo pensar: esto es el cerebro de Ernesto. Si los actores dicen algo, si de pronto uno de ellos besa a la chica de pelo corto, es porque Ernesto le ha dicho: ahora debes decir esto, ahora debes besar a la chica de pelo corto.
Ernesto fue mi pata en la universidad y me parece que ya entonces hacía teatro, pero luego le perdí el rastro y esta es la primera vez que vengo a ver una de sus obras. En las butacas de al lado veo a otros amigos de aquellas épocas. Algunos están más gorditos. Otros están iguales pero mejor vestidos o acompañados. Se ríen. Les gusta la obra. Yo también me la paso bien pero no logro distraerme de esta idea: Lo que estoy viendo no es solo un montaje teatral sino el engranaje cerebral y emocional de mi amigo. Es como si él me hubiese dicho: "Pierre, toma estos pases gratis para que vengas a sentarte dentro de mi cabeza".
Me refiero a que a pesar de que durante años nos cruzamos por los pasillos de la universidad y nos dimos la mano, esta es la primera vez que realmente siento que lo conozco, la primera vez que sé quién es. La obra trata de cuatro pajeros que acaban de terminar el cole y tienen una banda de rock. Casi toda la historia se desarrolla en el estudio donde se juntan a ensayar, chupar y hablar esas luminosas pendejadas que solo saben hablar los adolescentes. No es la obra del año, pero es un cague de risa. Los diálogos tienen esa frescura y autenticidad de las cosas que escribimos sin otra pretensión que la de divertirnos mientras le vamos dando a las teclas.
Pero lo que personalmente me conmueve, es saber que todas las paltas y pajazos mentales de estos chibolos que quieren ser los próximos Saicos (o al menos Arena Hash), son paltas y pajazos mentales que Ernesto también debe haber tenido cuando descubrió que le gustaba el teatro más que los cursos de publicidad que llevábamos entonces. Lo intuyo, porque son paltas que yo también tuve cuando me descubrí una madrugada escribiendo cuentos: ¿Por qué se siente tan paja inventar huevadas? ¿cómo voy a comer? ¿se asarán mis viejos? ¿tendré talento de verdad? ¿algún día firmaré un autógrafo? ¿tendré groupies? ¿conmoveré a la gente? ¿cambiaré sus vidas? ¿llevará alguien mis libros en el bolsillo trasero de su jean? ¿tiene sentido hacerlo? ¿Por qué carajo me pasa esto a mí?
Mientras veo a esos chicos tocar la guitarra, enamorarse, putear porque el grupo se tiene que separar, preocuparse porque sus viejos los joden para que estudien carreras de verdad, me dan ganas de subirme al escenario a abrazarlos y decirles: malditos ilusos, chibolos de mierda, pajeros soñadores. Presiento que hacerlo sería como abrazar a Ernesto, puta madre, sería como abrazarme a mí mismo.
Salgo del teatro emocionado. Camino por Larco sintiéndome como un adolescente baboso que cree que va a cambiar el mundo. Sostengo la sensación todavía por unas cuadras más. Y cuando ya empieza a desvanecerse, a desaparecer, recuerdo que nada es ficción, recuerdo que acabo de ver una obra que Ernesto ha escrito y que yo mismo estoy tejiendo una en mi cabeza.
Me acomodo el saco y murmuro: tal vez no estuvo tan mal ser un poco iluso, Ernesto, un poco baboso. Nuestros viejos putearon, nos faltó la plata, todavía no tenemos groupies siguiéndonos como a los Beatles. Pero vamos, escribimos nuestras historias y conseguimos que alguna gente se acercara a escucharlas. Creo que en el fondo, eso era todo lo que necesitábamos para sentirnos rockstars.
Ernesto fue mi pata en la universidad y me parece que ya entonces hacía teatro, pero luego le perdí el rastro y esta es la primera vez que vengo a ver una de sus obras. En las butacas de al lado veo a otros amigos de aquellas épocas. Algunos están más gorditos. Otros están iguales pero mejor vestidos o acompañados. Se ríen. Les gusta la obra. Yo también me la paso bien pero no logro distraerme de esta idea: Lo que estoy viendo no es solo un montaje teatral sino el engranaje cerebral y emocional de mi amigo. Es como si él me hubiese dicho: "Pierre, toma estos pases gratis para que vengas a sentarte dentro de mi cabeza".
Me refiero a que a pesar de que durante años nos cruzamos por los pasillos de la universidad y nos dimos la mano, esta es la primera vez que realmente siento que lo conozco, la primera vez que sé quién es. La obra trata de cuatro pajeros que acaban de terminar el cole y tienen una banda de rock. Casi toda la historia se desarrolla en el estudio donde se juntan a ensayar, chupar y hablar esas luminosas pendejadas que solo saben hablar los adolescentes. No es la obra del año, pero es un cague de risa. Los diálogos tienen esa frescura y autenticidad de las cosas que escribimos sin otra pretensión que la de divertirnos mientras le vamos dando a las teclas.
Pero lo que personalmente me conmueve, es saber que todas las paltas y pajazos mentales de estos chibolos que quieren ser los próximos Saicos (o al menos Arena Hash), son paltas y pajazos mentales que Ernesto también debe haber tenido cuando descubrió que le gustaba el teatro más que los cursos de publicidad que llevábamos entonces. Lo intuyo, porque son paltas que yo también tuve cuando me descubrí una madrugada escribiendo cuentos: ¿Por qué se siente tan paja inventar huevadas? ¿cómo voy a comer? ¿se asarán mis viejos? ¿tendré talento de verdad? ¿algún día firmaré un autógrafo? ¿tendré groupies? ¿conmoveré a la gente? ¿cambiaré sus vidas? ¿llevará alguien mis libros en el bolsillo trasero de su jean? ¿tiene sentido hacerlo? ¿Por qué carajo me pasa esto a mí?
Mientras veo a esos chicos tocar la guitarra, enamorarse, putear porque el grupo se tiene que separar, preocuparse porque sus viejos los joden para que estudien carreras de verdad, me dan ganas de subirme al escenario a abrazarlos y decirles: malditos ilusos, chibolos de mierda, pajeros soñadores. Presiento que hacerlo sería como abrazar a Ernesto, puta madre, sería como abrazarme a mí mismo.
Salgo del teatro emocionado. Camino por Larco sintiéndome como un adolescente baboso que cree que va a cambiar el mundo. Sostengo la sensación todavía por unas cuadras más. Y cuando ya empieza a desvanecerse, a desaparecer, recuerdo que nada es ficción, recuerdo que acabo de ver una obra que Ernesto ha escrito y que yo mismo estoy tejiendo una en mi cabeza.
Me acomodo el saco y murmuro: tal vez no estuvo tan mal ser un poco iluso, Ernesto, un poco baboso. Nuestros viejos putearon, nos faltó la plata, todavía no tenemos groupies siguiéndonos como a los Beatles. Pero vamos, escribimos nuestras historias y conseguimos que alguna gente se acercara a escucharlas. Creo que en el fondo, eso era todo lo que necesitábamos para sentirnos rockstars.
domingo, 27 de octubre de 2013
jueves, 24 de octubre de 2013
Los calatos
Tengo este grupo de amigos con los que me junto a leer cuentos. Nos llamamos los calatos en combi. Alguna vez planeamos tomarnos una foto calatos en una combi. Conseguimos calatearnos pero no conseguimos la combi. El resto es historia. La cosa es que al comienzo éramos muy pobres. Éramos tan pobres que andábamos por Quilca y, entre casi diez que éramos, nos alcanzó apenas para una botella de Magdalena Queirolo y una bolsita de chancays. Rotábamos el vino en un minúsculo vasito de plástico y dividíamos los chancays como Cristo. Ahora que lo recuerdo, no era ni siquiera un Magdalena Queirolo sino uno más barato que sabía a chicle y pintaba la lengua. Bueno, eso fue hace diez años. Ahora tenemos dinero. Seguimos escribiendo pero ya no bebemos porquerías ni comemos chancays. Tenemos reuniones mensuales y cada uno llega con una botella de pisco, un havana para los mojitos (el trago oficial del grupo), un six pack de chelas o algo parecido. La última reunión ha sido el sábado en mi casa. Estaban todos muy emocionados porque esa tarde todos habíamos llevado nuestros cuentos al concurso. La emoción se tradujo en trago y alimentos. Hago un recuento de lo que había sobre mi mesa: una botella de chuchuhuasi, una jarra de jugo natural de fresa, 2 havana club, 1 cartavio y 2 six packs de pilsen. Pero espera, escucha lo que había para comer: De entrada, frescos espárragos con salsa de limón y ajo, 2 baguettes y crema de queso, bocaditos varios. Y el plato fuerte de las tres de la mañana: atuncito encebollado con tomate y ají, acompañado de una generosa guarnición de arroz salpicado de pimientos y choclitos. Bueno, tal vez el atún te parezca tela, pero un borracho a las tres de la mañana, vendería la silla de ruedas de su abuela por mucho menos. Ya, bueno, la cosa es que cuando llega la hora de cocinar y comer, todos estamos tan wascas que extraviamos el glamour y volvemos a ser los chicos pobres de Quilca. Yo reparto platos vacíos y lanzo la olla arrocera y la fuente de atún sobre la mesa. ¡Sírvanse, chacales! les digo. Todos saltan sobre la comida como dobermans. Poco les falta para coger el arroz con las manos. Cuando en la olla no quedan más que 4 granos y medio choclito, regresan a sus sillas y mastican en silencio, vierten espesos chorros de crema huancaína sobre sus platos. Finalmente, esta escena: alguien arranca un pedazo de baguette y, como si fuera una esponjita scotch brite, lo refriega contra las paredes del pote de crema de queso y se lo lleva a la boca. Una de las chicas dice: "Puta madre, los productos mejoran, pero nosotros seguimos igual". Efectivamente, somos la misma huevada de hace diez años. Nos reímos. Yo los miro y pienso: bueno, al menos nuestros cuentos han mejorado. Nuestros cuentos y la calidad del vino y el queso. Solo por eso voy a tolerar, no... corrijo, voy a ser feliz viéndolos comer como puercos del armagedón
miércoles, 23 de octubre de 2013
Tal vez estamos envejeciendo
Karen es mi mejor amiga. Lo que llamamos amistad, usualmente consiste en vagabundear por las calles de Miraflores, conversando y adquiriendo latas de chelas en puntos aleatorios. Si la vida fuese un vídeo-juego, nosotros seríamos como Donkey Kong y el otro monito haciendo checkpoint en grifos y supermercados: un par de latas en el Vivanda de Pardo, un par en Schell, otro par en Vivanda de Benavides, tal vez una en el Piers o Berlín, que diablos. Bueno, la cosa es que hoy quedamos en vernos, pero como yo estoy hasta el tope de alcohol, le digo: Karen, ¿podemos tomar un café esta vez? Me dice: Perfecto, yo también estoy en plan cero chela. Así que quedamos en el Kennedy. Pero como ella se tarda, me siento en una banquita a leer el manuscrito de su nuevo poemario que me ha mandado por la tarde. Me siento a leerlo bajo un árbol de gatos. Ya me habían contado que los gatos del parque forman pandillas y suben a anidar a los árboles como monos. Me lo habían contado pero nunca lo había visto. Él árbol que tengo a mi derecha no mide más de 3 metros pero carga -hasta donde alcanzo a ver- con ocho mininos. Cuelgan de las ramas como gordos racimos de uvas en una parra. Racimos que maúllan. Yo también les maúllo MIAWWWWW MEAOOOW. Uno me mira fijamente pero a la mayoría le vale verga mi maullido. Sigo leyendo los poemas. Por fin Karen me mensajea. Quedamos en un cafecito frente al María Angola. Me dice que nunca ha estado ahí. Yo le cuento que aquí estuve una vez, tomando cervezas con Fernando, antes de un concierto de Molotov. Ahora sin embargo, no hay una sola cerveza sobre la mesa. Pedimos dos cafés, un tamalito, una salchipapas especial para compartir y un jugo surtido. ¿Qué nos pasa? le pregunto ¿Qué diablos hacemos tomando jugo surtido a las 9 de la noche? Karen se ríe. Me dice: tal vez estamos envejeciendo. Asustados, postulamos otras teorías: ambos atravesamos días felices como Richie Cunningham y Fonzie. Las endorfinas hacen pogo suficiente como para alborotar lo que antes alborotábamos con alcohol. Pagamos. Caminamos un rato más y luego nos despedimos. La dejo en casa de su chica. Yo me voy en busca de mi bicicleta que he dejado atada frente al Pacífico. De camino, cruzo nuevamente por el parque y paso junto al árbol de gatos. Me veo a mí mismo en la banquita, leyendo el manuscrito de Karen y maullando a los gatos. Entonces siento algo como una visión del futuro y digo: No, Karen, nosotros no vamos a envejecer. Algún día usaremos bastón, claro, y necesitaremos lentes más gruesos, y se te caerán las tetas y yo compraré viagra para hacerle el amor a mi mujer. El tiempo, como un remolino, me arrebatará la cabellera y a ti los dientes. Tal vez un día le acariciaré la cabecita a uno de tus nietos y tú le comprarás un balde de legos al mío. Nuestra diversión máxima será perseguirlos por el jardín, a lo mejor con un gajo de naranja entre los dientes, y no habrá latas de chelas ni caminatas sino tal vez parrillada familiar y media copa de vino, pero mientras sigamos leyendo nuestros últimos manuscritos y le maullemos a los gatos, la vejez será apenas un traje en el ropero de la vida, un traje que los días nos pondrán en la espalda como un atardecer, pero que nosotros nos sacudiremos cuando se nos dé la gana.
martes, 22 de octubre de 2013
Pacto
Mi primo y yo hemos hecho un pacto: el primero que le joda la paciencia al otro, le debe abonar 50 céntimos como reparación civil. Al comienzo dijimos 1 luca, luego 20 céntimos, al final, quedamos en china. La idea fue de mi primo que está haciendo su tesis y necesita calma y tranquilidad. Como nuestros escritorios están en la sala y la sala es chiquita, lo usual es que de rato en rato la tensión llegue a un punto crítico; y entonces, alguno de los dos se para y le pega al otro en la cabeza con una cáscara de plátano, o lo hace caer de la silla, o le corta un poco de pelo, o agita la correa como una hélice a medio centímetro del cráneo o se pone a gritar como Bruce Lee dando karatazos al aire. Somos como primates. Suele ser divertido, pero ahora, como este salvaje necesita terminar su tesis, ha propuesto esta medida de emergencia. El pago debe hacerse al primer contacto: un golpe. Un golpe: 50 céntimos. Ayer antes de dormir me dice: Putamare, cuando trabaje y gane plata, te voy a pagar por adelantado para poder gomearte un buen rato. Yo me río de sus locas ilusiones. Pero entonces recuerdo que yo sí trabajo y que puedo tranquilamente gastarme 5 lucas en reventarlo un poco. Meto la mano a mi bolsillo y cuento mis monedas y billetes. Primero digo: pucha, con estas cinco lucas podría patearle el rabo unas 10 veces. Y luego digo: ala, pero con estas 20 lucas podría cazarlo como a un jabalí, y luego veo a Basadre asomar en el billete azul y me brillan los ojos con locura: Con esto, me digo, con esto puedo llevarlo rodando por Bajada Balta hasta la playa, puedo perseguirlo a chicotazos por toda la Arequipa, puedo atarlo de manos y pies y soltarlo en medio de la vía expresa, puedo prenderle fuego a su cama mientras duerme. Me empiezo a reír como una bruja agitando su caldero. ¿De qué te ríes? me pregunta mientras se mete bajo sus colchas. Nada nada, le digo, duerme, más bien ¿has visto el kerosene? Sí, me dice, creo que está en el baño ¿por? Nada, es que quiero limpiar mis zapatillas.
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