jueves, 21 de febrero de 2019

Las fotocopias



Durante todo el día de ayer –mi hermoso primer día de vacaciones- recibí notificaciones de mis queridos ex alumnos que me etiquetaban, cagaos de risa, en una noticia que dice así:

“SE FUGÓ A CANCÚN CON EL DINERO
DE LAS COPIAS DE SUS ALUMNOS”

¡Profeee, su caso! me dicen los conchesumares xD. Las primeras dos veces que lo vi me dio risa. A la tercera ya me reía pero de costado como Terminator. Ahora ya estoy como Kathy Bates sacando el martillo en Misery. Y les voy a explicar por qué.

Imaginen esto -mis pequeños emisarios del Armagedón-. En mi cuarto hay un closet. En ese closet hay un cajón. Y en ese cajón hay una copia de todos los cuentos que alguna vez me emocionaron desde que tenía 17 años. Es el Anthology de 22 años de lecturas. Ahí están: Un día perfecto para el pez plátano de Salinger, De qué hablamos cuando hablamos de amor de Carver, La venganza de los malditos de Bukowski, El Ojo Silva de Roberto Bolaño, El muchacho que predecía los terremotos de Margaret St. Clair, Romper el cerdito de Keret, Papá Noél duerme en casa de Samanta Schweblin, Maleficio de Marguerite Yourcenar, Gato bajo la lluvia de Hemingway, Por las azoteas de Ribeyro. Y también hay cómics: Mafalda, Boogie el aceitoso, Inodoro Pereyra, PowerPaola, Persépolis, Maus. Cada mañana, antes de ir a clase, abro ese cajón y me pongo a pensar: ¿Qué les llevaré hoy a estos velociraptores urbanos para que se emocionen y no me hagan rabiar?

No solo lo hago por ustedes, claro. Lo hago por mí. No saben lo divertido que es ver la cara de alguien que está leyendo POR PRIMERA VEZ: Dejar a Matilde de Alberto Moravia, El lago de Bradbury o El amor es ciego de Boris Vian. Ese maravilloso momento en que llegas a la línea final de “Con Jimmy en Paracas” y el papá pregunta: Manolo ¿qué quiere decir “bungalow” en castellano? ¡Cuántas veces el cuento que quiero leerles no está en internet! Y tengo que apretujar mis amados libros en el scanner. Abrirlos en dos como se abre de patas Van Damme en Kickboxer, con el riesgo de que se deshojen y mueran, tal como le pasó a mi vieja edición de Lima en Rock autografiada por el propio Oswaldo. Pero lo hice. Y lo hice feliz, para que ustedes conocieran a Cara de Ángel, al Príncipe, al Rosquita. Recuerdo que incluso lo scaneé a colores para que pudieran ver cómo ese libro de hojas amarillas fue escrito sin miedo en la década del 60, cuando ni sus viejos habían aprendido a pajearse.

Después me voy al instituto con una hora de anticipación (una hora que nadie me paga), hago la fila en la fotocopiadora (la fila que ustedes no harán), espero, ayudo a engrapar, pago, y camino hacia el salón con un kilo de fotocopias en la mano. Luego debo pasar como un cobrador de combi entre sus asientos, esperar como pendejo a que saquen su billetera de Pucca, y cobrarles lo mismo que yo acabo de pagar por las copias. Si alguna vez les cobré 1 sol por una separata que valía 0.90 lo hice para no llenarme de céntimos, lo mismo que cuando me costaban 1.20 y redondaba para abajo. Eso sin contar que usualmente saco 30 copias y solo van 20 alumnos así que me regreso a casa con los tamales fríos sin vender.

Que alguien crea que un profe puede viajar a Cancún con el dinero de las copias solo confirma que los Comunicadores realmente son unas bestias en matemáticas y deberían suicidarse pronto.

El profesor de la noticia en la que me han etiquetado subió una foto en la playa a sus redes con una leyenda que dice: “Al fin un merecido viaje, quién iba a pensar lograrlo con una fotocopiadora” xD Evidentemente es una broma. No se puede confiar en una noticia que te linkea a otra que dice “Perro intenta rescatar juguete durante la hora de lavado y se vuelve viral”. Queridos alumnos, no sé qué les enseñan en Fuentes de información. Pero me da miedo.

De todas formas, según la noticia, los papás del colegio han exigido que se haga una investigación al profesor. Y yo pienso: ¿Quién es esta gente loca que reclama por un sol de cultura y no por los mil dólares que paga por un celular nuevo que dentro de un año será obsoleto?

Miren, mis queridos pichones de pterodáctilo, yo voy a seguir fotocopiando y repartiéndoles cuentos, cómics y poemas. Voy a seguir haciéndolo porque tuve una profesora hermosa de Lengua que hacía lo mismo cuando yo tenía 17 años. Se llamaba María Lourdes Morimoto y llevaba unas separatas divertidísimas, salpicadas de cuentos de cronopios y tiras de Mafalda. Gracias a una de esas tiras (aquella en la que Manolito confunde la palabra Pichiruchi con Machu Picchu), yo aprendí que las palabras, además de un significado tenían un sonido, un ritmo, cierta suavidad o aspereza que se podía sentir si las pronunciabas con cuidado, como quien paladea un vino o huele un melón frente a la góndola del supermercado.

Quién sabe, a lo mejor si María Lourdes no llevaba esas separatas tan chéveres, yo no hubiese descubierto mi amor por el lenguaje y hoy estaría todavía en una agencia de publicidad diseñando avisos para enyucarles celulares, autos o cojudeces por el estilo.

Ser su profe es una de las cosas más bonitas que me pasó en la vida. La verdad, es tan paja que lo haría gratis, así como gratis he escrito cuentos durante 23 años. Pero cuántas veces se me ha roto el corazón al salir del salón y ver una separata abandonada sobre una carpeta. La veo ahí tirada y me pregunto ¿No tendrán una novia o una mamá a la que regalarle esos cuentos? ¿No querrán leer esas historias nunca más? Luego la recojo y me la llevo, se la doy al señor de la limpieza o a la chica de las fotocopiadoras a quien a veces descubro espiando la separata.

Nunca he ido a Cancún y tampoco tengo ganas. La verdad es que la playa me llega un poco al pincho. Prefiero caminar por esas ciudades viejas y un poco detenidas en el tiempo que son como libros que nadie abre hace años.

No sé qué hacen con las separatas al final del ciclo. Imagino que algunos de ustedes las guardan con cariño o se las han regalado a un amigo. También sé que realmente no creen que los saqueo con las copias. Si me gustara el dinero no sería escritor ni mucho menos profe, dos de los trabajos peor pagados en el Perú. Si les conté toda esta historia, tampoco lo hice para reivindicarme. Sé que me quieren y que les gusta joderme. Siempre he sentido su cariño, tanto cuando me regalan un libro al final del ciclo como cuando me etiquetan en un meme.

Lo hice para que recuerden que así como se pueden compartir memes también se pueden compartir cuentos, poemas y cómics. Y el día que lo hagan, van a formar parte de una de las costumbres más viejas de la humanidad: la de pasar historias de boca en boca, de mano en mano y -ahora con internet- de post en post.

El día que descubran el orgasmo cerebral que produce sembrar una emoción, una epifanía o una pregunta existencial en un corazón ajeno, se van a dar cuenta de lo poco que importan 50 céntimos o un sol y lo mucho que importan las palabras.


lunes, 18 de febrero de 2019

Así es la vida del artista

Hace 20 minutos me escribe un amigo, profesor de secundaria. Me cuenta que ha leído mis cuentos con sus alumnos. Dice que les han gustado. ¿Puedes mandarles un audio para saludarlos? Estamos aquí en clase. Claro, le digo, un poco palteado porque yo no sé hablar chévere y temo decepcionarlos. De todas formas cojo mi cel, abro el wasap y machuco el botón de grabar audio. Imagino el salón de un colegio de La Victoria donde 30 chibolos me están escuchando atentamente. Hola muchachos, les digo, gracias por leer mis cuentos del cole. ¿Saben? Todos esos chicos: mi pata Cara de chiste, Panzaloca, Milkito, existieron. Tal vez no se den cuenta ahorita, pero a esos amigos que tienen junto a ustedes los van a recordar toda su vida, así que trátense con cariño, cuídense y sean buenos patas. Me despido y suelto el botón. No lo he hecho tan mal, pienso, hasta solemne he estado.

Un par de minutos después me vuelve a escribir el profe. Me dice que casi han llorado con el mensaje pero que ahora quieren verme. ¿Puedes mandarles un vídeo?. Csmreee. Inmediatamente me hago un autoscan. Estoy en calzoncillos, despeinado y hecho mierda. Sobre mi escritorio los restos del desayuno se confunden con el borrador de mis cuentos en proceso. Corro a lavarme la cara, me paso los dedos por el cabello y me cambio de lentes. Los que uso para escribir parecen los de Daniela Romo en Pobre Secretaria. Respiro hondo, sonrío y machuco el botón de grabar vídeo. Hola muchachosss, vuelvo a decir. Hago un paneo en modo selfie y les muestro mi hogar. Miren, este es mi librero, esta que tiene las tetas al aire es Frances, mi roomate, y este es mi escritorio, aquí escribo mis historias. Levanto la página con un cuento lleno de dibujitos y se las muestro. Y bueno, ya no les enseño más porque estoy en calzoncillos y debo seguir escribiendo, así es la vida del artista. Adiós!

El profe me agradece, dice que se han cagado de risa y nos despedimos.
Y yo me quedo pensando: ¿La vida del artista?

Recuerdo que un profe me contó que John Cheever, el genial escritor norteamericano, se ponía el terno y la corbata todas las mañanas, luego bajaba al sótano de su propio edificio, se quitaba la ropa y se ponía a escribir sus cuentos en calzoncillos. Al parecer le daba vergüenza que su familia no lo viera salir a trabajar como el resto de seres humanos así que cumplía con ese ritual.

Yo estoy a 4 días de los 40 años. Vivo con un maniquí al que he puesto nombre de mujer. Los lunes desayuno al mediodía y escribo cuentos en calzoncillos. No tengo la décima parte del talento de Cheever. Pero igual, a veces me llaman para que dé consejos a los jóvenes desorientados.

Y cuando lo hacen yo prendo la cámara y les hablo y les muestro cómo es mi vida.

Y aunque tal vez debería darme
La verdad es que ya no me da
Ni un poquito de vergüenza.



martes, 12 de febrero de 2019

El mono de los likes



Acabo de terminar de leer EL MONO DESNUDO de Desmond Morris y estoy fascinado, casi al borde de la epifanía. Me siento como el primate de la peli de Kubrick que lanza un weso al infinito. También me siento medio huevón. Durante años he aplazado la lectura de textos científikos porque consideraba que solo la literatura era digna de mis momentos de ocio. Calculo que, del millar de libros que andan regados por mi jato, 990 son novelas, cómics, poemarios o libros de cuentos. Solo asoman por ahí una "Historia de la revolución" que me trajo mi viejo de Cuba y el Diccionario de sinónimos y antónimos con el que mi mamá me enseñó a querer las palabras. Y la verdad es que la historia del hombre es tan alucinante que una enciclopedia o un libro antropológico como este pueden resultar tan hipnóticos como el suspenso de los cuentos de Poe o las Crónicas marcianas de Bradbury.

EL MONO DESNUDO, 1967 (el mismo año en que se estrenó El graduado, García Márquez publicó Cien años de soledad y se hizo el primer trasplante de corazón de humano a humano) es un libro en el que el zoólogo y etólogo Desmond Morris analiza las costumbres del hombre. Pero por supuesto, Morris, se niega a llamarlo hombre u homo sapiens porque como bien dice él, nos creemos la cagada entre todos los animales y ya es hora de que alguien nos diga "mira conchatumare". Sin duda somos seres sorprendentes, admite Morris, pero de eso ya se ha dicho bastante y es hora de que se analice también nuestras similitudes con otros animales y el lado primitivo que aún define nuestra forma de comportarnos.

El libro se divide en 7 capítulos: Orígenes, Sexo, Crianza, Exploración, Lucha, Alimentación, Confort y Animales. Y aunque me encantaría contarles algo de cada capítulo, como las teorías de Morris sobre el génesis de la sonrisa o de las tetas, voy a contarles sobre la evolución de nuestra vieja manía de espulgarnos.

Tal vez ustedes hayan visto alguna vez en la tele a un simio que busca entre los pelos de otro. El simio escarba hasta encontrar la pulga y se la lleva a la boca. A veces la escupe y a veces se la traga. Resulta que los primates no hacen esto solo para limpiarse. No lo hacen apenas con sus hijos o sus padres, lo hacen con cualquier miembro de la tribu. Es su forma de socializar. Incluso tienen un gesto: el chasquido repetido de la lengua, para indicarle a otro primate que se ofrecen a espulgarlo. Así es como el simio pequeño se amista con el grande o el grande le comunica al pequeño que no tiene intenciones de agredirlo. En palabras de Morris: "Al contribuir a que dos animales permanezcan juntos con ánimo colaborador y no agresivo, ayudan a estrechar los lazos interpersonales entre los individuos del grupo"

El problema es que luego se nos cayó casi todo el pelo. Así que tuvimos que sustituir la ceremonia del espulgue por otra. La sonrisa vino en nuestra ayuda y remplazó al chasquido de la lengua, pero necesitábamos algo más para reforzar el lazo. Fue así como nuestro innato repertorio de gruñidos y rugidos fue evolucionando a una serie más compleja de señales sonoras. El lenguaje adoptó diferentes funciones. Ya no solo contábamos con un lenguaje informativo que nos permitía hacer referencia a los elementos que nos rodeaban.

Empezamos a desarrollar un lenguaje de sentimiento para comunicar nuestras emociones, el lenguaje exploratorio que con los siglos dio paso a la literatura. Y apareció además, el lenguaje de cortesía, que no sirve para trasmitir información ni emociones ni es estéticamente agradable pero alivia la tensión cuando estamos ante individuos desconocidos: “Qué calor que hace, ¿no?

Que casi nadie pueda resistir el impulso de acariciar perritos, gatos o koalas es un rezago de nuestra vieja costumbre de escarbarnos mutuamente el pelo para decir: soy tu amigo. Por eso también acariciamos el lomo aterciopelado del mueble mientras esperamos nerviosos a que el simio grande nos haga pasar a la entrevista de trabajo.

La más paja de esta lectura ha sido que, como el libro fue publicado en 1967, Desmond Morris aún no era testigo de la alucinante diversificación que adoptaría nuestra forma de interactuar con extraños. No sabía que existiría Facebook, Whatsapp, Instagram o Tinder. Que podríamos discutir o enamorarnos de primates que escriben al otro lado del planeta. Que existiría toda una semiótica complejísima sobre los likes y que dejar en visto o mirar todas las instagramstories de alguien son mensajes cargados de sutilezas como una sonrisa o el viejo chasquido de la lengua.

Y sin embargo, me sorprende que a pesar de los años, sus teorías aún puedan ser aplicadas al mundo virtual. Tal vez es porque como decía Marshall McLuhan, vivimos en una Aldea Global y los medios son extensiones del hombre. Nuestras manos, agitándose sobre el teclado cuando le dejamos un comentario al post de alguien, son todavía las manos del simio que busca la pulga entre el pelaje de su compañero. Nos ponemos like en todo como si dijéramos: soy tu amigo, vengo en son de paz, dame like tú también, mira mis historias de instagram, no me dejes en visto pe’ ctm.

No les voy a contar más porque creo que es un libro que disfrutarán si deciden comprárselo, o regalárselo a alguien como mí me lo regaló Nicole mientras caminábamos entre el olor antiguo de la Feria de Libreros de Amazonas. Cuando regalas un libro, con tal que no sea uno de Paulo Coelho xD, abres una puerta en el cerebro de un ser humano. Y a diferencia de los peluches, las flores y las promesas de amor, un libro siempre está vivo y dispuesto a reventarte como una mina sembrada en tu propia casa. La próxima semana ya es San Valentín y no los quiero ver regalando huevadas a sus crushs. Regálenle un libro, que igual esa chica se va a olvidar de ustedes, pero al menos el libro quedará ahí esperándola como un pase al cine sin fecha de expiración.

Lo último que diré sobre el libro de Morris y que es además, la misma idea con la que el cierra su estudio, es que hace mucho bien mirarse en el espejo milenario de la evolución y recordar de dónde venimos. Que por más que ahora podamos hacer trasplantes de corazón y escribir obras maravillosas como Cien años de soledad o El graduado, todavía somos monos desnudos que buscan un poco de cobijo en el Universo. El árbol en el que nos espulgábamos aún está aquí produciendo el oxígeno que respiramos y los animalitos que nos vieron evolucionar observan espantados cómo devastamos este jardín que con ellos compartíamos.

Nos hemos engañado a nosotros mismos, como engañaron al mono del famoso poema de James Tate:

No tuvieron mayor complicación
enseñando al mono a escribir poemas:
primero lo amarraron a la silla,
después ataron el lápiz a su mano
(el papel ya había sido fijado).
Entonces el Dr. Bluespire se inclinó sobre su hombro
y susurró en su oreja:
“Pareces un dios ahí sentado.
¿Por qué no intentas escribir algo?”

Sigamos soñando, escribiendo poesía y construyendo sinfonías y puentes. Pero también de vez en cuando volteemos la cabeza hacia nuestro pasado primitivo, no para sentir la pequeñez de nuestra existencia sino para volver a apreciar y cuidar todo aquello que hemos dado por sentado. Pues ahora mismo, mientras ustedes leen esto, ligeramente encorvados sobre la luz de sus pantallas, no saben lo parecidos que están a ese ancestral monito que solo quería una fruta y una amiga que le ayudara a sacarse las pulgas.

lunes, 11 de febrero de 2019

Turbo Freezer

Con este calor de la csmre, he recordado que en los 80s, cuando mi mamá era fan de las telenovelas brasileras y yo las veía junto a ella, nos daba mucha risa el personaje de una chica, muy loca y desenfadada ella, que guardaba los calzones en la refrigeradora. Recuerdo clarito la escena en la que una amiga venía a buscarla para salir de fiesta y ella le decía ¡espera, espera! mientras corría a la cocina y sacaba del congelador un fresquísimo calzón que se ponía ahí mismo. Les digo que no solo nos carcajeábamos sino que hasta podíamos sentir un escalofrío ártico entre las piernas al ver cómo ella se acomodaba ese pedazo de tela que todavía echaba humo glaciar. He recordado esto justo hoy que he lavado mi ropa, y al ver el refrigerador ahí junto a mi lavadora he pensado si no sería tan mala idea. Me he dado cuenta además de que todos aquellos personajes que en algún momento nos parecían raros, extravagantes y sueltos de prendas eran apenas gente que ya vivía en el futuro. He recordado también que hace días que no llamo a mi mami y que ya toca. Pero sobre todo, he pensado en lo bueno que fue comprarme la refri que venía con Turbo Freezer.

lunes, 4 de febrero de 2019

jueves, 31 de enero de 2019

...

Corregir los textos de mis alumnos con este calor es mi pago adelantado al Infierno. Con estas horas empuñando el pilot rojo de tinta líquida ya puedo convalidar como las webas la primera temporada de fuego y latigazos. Señor Satanás ¿cuánto por esta historia a la que le faltan 54 tildes? Ya ya, pasa dos pecados veniales. ¿Y por este infame que ha impreso su trabajo en Arial 9 con interlineado simple para que le entre todo en una hoja? Ptmre, ya ya, pasa al purgatorio nomás. Cerrao.
Yo sé que a veces da la impresión de que llego a mi salón con lanzallamas, pero la verdad es que a mis alumnos siempre los trato con cariño. Es feo gritarle a un adolescente, es como gritarle a un perrito, pero además como si el perrito fuera quien paga tu sueldo. No se hace. Sin embargo, aquí en la privacidad de mi hogar, la historia es otra. A sus trabajos impresos sí les digo de todo. Con sus exámenes se me sale el Ricardo Darín que todos llevamos dentro.
Agarro la hoja bond de ambas orillas como si la estuviera cogiendo de las orejas y le susurro: oye por la concha pelirroja de tu tía la Jacinta ¿en qué academia te han entrenao tan feo? ¿cómo vas a escribir "ah" en vez de "ha" ¿Pa eso te HA parido tu vieja, AH? He escuchado reguetones con líneas argumentales mejor logradas. Ya ya arranca arranca. Luego le clavo la punta del lapicero como quien cogotea al examen y le hago sangrar el cero, pa que no se olvide nunca de este callejón sintáctico.
Al día siguiente llego al salón tranquilazo, los saludo con una sonrisa sincera y les devuelvo sus textos preguntándoles cómo han pasado el fin de semana. Sin embargo yo imagino que algo de estática maligna se contagia al papel bond porque cuando desde lejos ven que su examen llega más marcado que Jesucristo en la versión de Mel Gibson, les empiezan a temblar las manos y el puchero.
Oe, pero yo no venía a contar esto. Disculpen que me haya distraído, la furia es un animal escurridizo. La verdad es que yo venía a contar otra cosa mucho más bonita sobre la que ha escrito una alumna. Algo que me ha hecho tener una epifanía y pensar que TAL VEZ la razón no la tengo yo ni mi lapicero rojo sino mis alumnos.
Pero miren, les voy dejando esta parte porque ya se está haciendo de noche y no sé si consiga terminar. Si llegamos a 300 reacciones posteo el desenlace

 
Ok. Esta es la segunda parte. No es de risa como la primera. Pero si han vivido la vida y no han dejado que la vida los viva como dice la tía Susy, sabrán que también hay otras emociones que vale la pena experimentar. La risa es la pose del misionero de las emociones. Aprendamos también a gozar con la tristeza, el desconcierto, el extravío, la furia, el desencanto, la resignación y la ausencia.
Bueno, ahí voy.
Estoy leyendo la crónica de una alumna. Una alumna que además ha faltado a las 2 primeras semanas de clases y que llega toda locaza con su parcial a preguntarme si creo que aún puede salvar el ciclo. Todo es posible, le digo.
Les pedí que escribieran una crónica de 2 mil palabras, una historia de la que fueran observadores privilegiados. Una historia que además los emocione porque soy un convencido que no se puede contar bien lo que no te patea el buche. No me importa -les dije- si lo que les emociona es jugar dota, recoger gatitos callejeros o conversar con los taxistas. Escriban la mejor crónica del dota, de los gatos o una nueva versión del taxista que va seduciendo a la vida.
Esta chica ha escogido narrar el nacimiento de su primera hermanita. Probablemente la peor apuesta, considerando lo poco que a su profesor le emociona la reproducción de la especie humana y lo difícil que va a ser convencerlo de que el mundo necesita más gente. Ella, por supuesto, no lo sabe. Para ella, que su hermanita llegue al mundo es una historia única.
Lo paja de la crónica, debo decir, es que su madre, que ya está en la clínica con 5 de dilatación, la sigue llamando por teléfono para decirle que se despierte, que no se olvide de llevar a su hermano al colegio, que le ponga su sánguche de queso en la lonchera, que remoje las arvejas y que no se olvide de bajar el pollo del freezer. Eso le agrega una buena tensión a la crónica porque tú te imaginas a la vieja partiéndose en dos como el Mar Rojo sin dejar de poner orden en su jato.
El resto de la crónica simplemente es un itinerario de cómo mi alumna corre a cumplir todas las tareas encomendadas. Lo hace lo más rápido posible porque se muere por ir a conocer a su nueva hermanita, la hermanita por la que esperó 23 años.
Lleva a su hermano al colegio, pone a remojar las arvejas, baja el pollo del congelador, se viste, corre a buscar a su tía, buscan un taxi juntas y salen disparadas hacia la clínica.
La crónica está muy mal escrita. Sobre todo porque la emoción hace que mis alumnos se olviden no solo de su lector, sino de los puntos seguidos y las comas. Y mi alumna narra sin frenos, como si su corazón se hubiese montado sobre un chancho en día de feria. Tipea mal las palabras, se caga en las figuras literarias, no termina las oraciones y destroza el ritmo de la historia.
Sin embargo, a pesar de todo este maremoto emocional (o quién sabe, a lo mejor gracias a él), logra filtrar algo tras las compuertas de mi indiferencia. Creo que es esta imagen:
Cuando van en el taxi, ella le pide al conductor que se detenga. Ha visto a unos metros un puesto de flores. Quiere correr a comprarle un ramo a su vieja. ¡Estás loca! le dice su tía ¿cómo te vas a bajar aquí? ya después le compramos. Sí, señorita, le suplica el taxista, si me paro en esta cuadra me van a incendiar el carro. Pero ella salta. Salta y al taxista le salta el culo del asiento y a su tía le saltan los ojos de las órbitas y mi corazón que va leyendo, también salta de su cueva.
A mí no solo no me emocionan los bebés o las salas de parto, o los globos de It's a girl, sino que tampoco me gusta regalar flores, mucho menos me gusta detener el tráfico. Pero comprendo inmediatamente lo valioso de aquel impulso. Es un momento en el que puedo ver "la vida". La alegría de querer correr a comprarle flores a tu vieja, porque está a punto de traer al mundo a tu hermanita, una niña a la que vas a tener que mostrarle los árboles, las piscinas, los bebecrece con gorrito, las galletas, los días de sol y los de lluvia, las cajitas musicales, los perros y las tortugas.
Yo hago esta enumeración que mi alumna no ha hecho en su crónica. Porque yo necesito que esto esté bien escrito para que me emocione. Necesito haber puesto los puntos en el sitio correcto porque como dijo Balzac: nada golpea tan fuerte el corazón humano como un punto bien puesto. Ella no. Para ella, este día de su vida es tan intenso que no le hace falta el ritmo ni las figuras literarias para conmoverse y que se le suba el estómago hasta la garganta. Eso es algo que le puedo recriminar como futura comunicadora. Pero es algo que le envidio terriblemente como ser humano.
Tal vez ser joven, se me ocurre, es como tener un cronista brillante en el corazón. Un mago de las palabras que convierte todo lo que te pasa en una crónica inolvidable. Un fabulador que transforma tu cursi historia de amor en una novela de las que leemos bajo las colchas, y tu patética tristeza de niño emo, en la desesperada historia de un tipo que despierta convertido en insecto.
Es un cliché tan falso decir que los artistas somos tipos más sensibles. Todo el mundo es sensible, loco. Porque la vida hinca, raspa, gotea, lame, aprieta, hunde, acaricia, te asusta y te despierta. La vida te dice que remojes las arvejas, te pide que bajes el pollo, la vida te da una mamá, luego te da una hermana.
Mi alumna va a jalar esta tarea. Va a jalarla porque en el silabo me piden que evalúe sus habilidades narrativas y no su capacidad para emocionarse. Pero el día que le devuelva la crónica, le voy a preguntar por su hermanita y por su vieja. Y cuando ella me sonría y me cuente algo estúpido y ñoño, como que la bebé ya está aprendiendo a gatear, o que le gusta más el puré de plátano que el de manzanas, yo voy a espiarle a ese cronista que le sopla las historias. Voy a recordar que también alguna vez yo tuve uno que me contaba que todo era sorprendente. Eran épocas en que no necesitaba buscar una metáfora para explicarlo, ni quedarme hasta la una de la mañana buscando la frase correcta para acabar la historia. Porque la vida y solo la vida sin ser contada me parecía maravillosa.
Quién sabe, tal vez todavía lo sea.