martes, 26 de mayo de 2015

la teoría del iceberg


Hoy, en medio de una clase sobre la teoría del iceberg en la que leemos cuentos en los que aparentemente no pasa nada pero cuyos personajes viven una tensión tremenda por conflictos que se tejen bajo la marea de lo narrado (Un día perfecto para el pez plátano de Salinger, Gato bajo la lluvia de Hemingway, ¿Por qué no bailan? de Carver) una alumna me pregunta: ya profe, pero ¿qué pasa cuando no está usted para hacer con nosotros este análisis del cuento y descubrir la parte oculta del iceberg? ¿qué pasa si nunca lo veo y no entiendo el cuento? Una pregunta totalmente válida y hermosa a la que tengo que responder algo estúpido y triste: Bueno, supongo que entonces te lo pierdes. Y está bien. Hay libros, cuentos, poemas que no llegan a nosotros en el momento indicado. O fotografías que un día te parecen estúpidas y otro día pueden hacerte llorar. No podemos pisar todas las minas del campo minado. No podemos ser el Titanic todos los días. Ella alza los hombros y sonríe de medio lado como resignada. Quisiera decirle algo más pero no se me ocurre qué. Así que al volver a casa en la bici, pedaleando por Salaverry sigo pensando en lo que me dijo. Pienso que a mí no me angustia tanto perderme ciertos cuentos o libros o canciones porque ya he tenido suficientes que me han marcado para siempre. Pero solo cuando ya estoy por entrar a Pezet descubro que aquello que ella me preguntó sobre los cuentos es lo mismo que a mí me angustia sobre la gente que he conocido o sobre la gente que me cruzo en la calle: ¿Y si no llegaron en el momento indicado? ¿Y si los dejé pasar de largo porque no me gustó la primera frase que dijeron? ¿Y si estaba demasiado borracho, demasiado cansado, demasiado distraído para darme cuenta de lo bellos que eran? Porque me ha pasado que tras haber perdido a una chica o algún amigo he dicho, años después, ¡Era por eso que lo hacía! ¡Así se sentía! ¡Oh mierrrrdaaa! Y he querido abrazarlos como cuando terminaba de leer un libro que me partía. Pero a la gente no se puede volver tan fácilmente como a los libros. No siempre puedes releerlos. A veces tienes que vivir para siempre con la angustia de no saber si en otra época de tu vida los hubieses entendido mejor. O si incluso, pudieron haberse convertido en tu libro favorito. Sigo pedaleando y veo a la gente en las calles, pero ya no veo gente, sino icebergs. Solo una parte de ellos asoma: su cara de sueño, la marca de su carro, lo que compran en el supermercado. Pero debajo de todo eso intuyo sus corazones, la parte grande del iceberg, esperando impactar en alguien que los comprenda. Y me pregunto qué tanto de mi iceberg está visible y si acaso ponerlo más a flote será la razón por la que escribo. Y me pregunto también qué tan lejos está el barco que viene hacia mí. O si es que ya nos cruzamos antes y nos dejamos ir.

jueves, 21 de mayo de 2015

viernes, 15 de mayo de 2015

oe ¿pa eso llamas desde el futuro?

Ayer, al final de la noche, estaba en mi cama viendo una película cuando entró una llamada a mi cel. Lo levanté para ver quién llamaba antes de ponerlo en mute pero no era ninguno de mis contactos. En la pantalla aparecía un número larguísimo como si me estuvieran llamando desde la Matrix. Apreté la tecla verde. ¿Aló? Era mi hermana llamándome desde Singapur.

-¡Holaaaa Kimiiii!
-Habla pes, salvaje
-¿Dónde estás?
-En Singapur
-No jodass ¿Y qué hora es allá?
-Son las 11 de la mañana del viernes.
-¡Cállate, si acá en Lima todavía es jueves!
-Lo sé. Te estoy llamando desde el futuro.
- 0__o ¡Csmmm!

Después conversamos de otras cosas pero cuando colgamos yo solo pensaba en que mi hermana estaba en el futuro. Y ya no pude dormir. Me pasé las siguientes horas pensando en el movimiento de la Tierra, en el Sol, en los husos horarios y en huevadas que nunca me he tomado la molestia de averiguar. Cosas como ¿en qué lugar del planeta empieza a contar el nuevo día? ¿Cuándo y cómo se pusieron de acuerdo? ¿Quién será la última persona del planeta que amanece? ¿Lo sabe? ¿Qué pasa si vas en un barco justo a la medianoche y cruzas esa línea? Y hoy por la mañana: ¿Por qué según el reloj de mi pc mi hermana todavía no ha hecho la llamada que yo ya estoy describiendo? ¿Qué pasa si en 5 minutos, a las 11am, le devuelvo la llamada y su teléfono suena ocupado? ¿Seré yo? Pero sobre todo, la pregunta que me sigue carcomiendo el cerebro es: ¿Por qué mientras yo veo una maravillosa película de Yasujirō Ozu llamada Cuentos de Tokio, mi hermana me llama desde Singapur para contarme que se va a comprar un celular nuevo y quiere que vaya a Compuplaza a que le averigüe si el ancho de banda de Perú es compatible con el de Singapur y si ellos hacen el cambio y cuánto cuesta? ¿Por si acaso alguno de ustedes sabe? xD


lunes, 11 de mayo de 2015

Caradeperro Records

Hace poco le regalaron a Karen un libro llamado "1001 discos que hay que escuchar antes de morir". Como lo tenemos de centro de mesa, cuando nuestros amigos vienen de visita, agarran el libro y lo hojean y gritan: ¡Alamierdaaa este disco! o ¡NOOOOO este disco NOOOO, que quemado! o van corriendo al índice, diciendo: ¡Este disco tiene que estar! ¡TIENE QUE ESTARRR!. Y cosas así. Yo no soy un muchacho que escuche discos, soy más de canciones. Pienso que el shuffle es una de las mejores cosas que se inventó en la vida. Sin embargo, se me ocurrió que sería paja escuchar un disco cada mañana y escribir algo. Tengo un libro que terminar y ando medio trabado y una vez leí que la mejor forma de escribir algo es tener que escribir otra cosa. Un profesor también me dijo: Levántate todas las mañanas y vence el miedo a la página en blanco escribiendo lo que sea. Así que bueno, acabo de crear una página/sello discográfico para hacer eso. Se llama CARAdePERRO Records y Pika sale en el logo. Yo antes tenía un blog donde hablaba de canciones. Se llamaba "Las canciones favoritas de Bruce Lee" y era un blog que disfrutaba escribir, pero luego me lo cerraron por subir canciones sin permiso y solo pude rescatar una docena de textos que había impreso o enviado por mail. La idea de esta página es un poco diferente. No voy a hablar de los álbumes ni mucho menos hacer crítica musical. Lo que haré será darle play al álbum en youtube y escribir algo mientras lo escucho. Luego lo linkearé para que ustedes puedan oírlo mientras leen. Iré avanzando en orden y tratando de no saltear ninguno de los 1001 álbumes. Vamos a ver hasta dónde llegamos. El primero es "In the Wee Small Hours" de Frank Sinatra. Fue grabado en 1955 y, aunque no tiene ninguna de las canciones más famosas de Frank, es terriblemente bello. El libro dice que es el mejor disco de desamor de todos los tiempos y fue grabado al poco tiempo de que Frank terminara su larga relación con la actriz Ava Gardner. Me he pasado la mañana oyéndolo y he escrito un texto con el que inauguraré "Caradeperro Records". Al principio le iba a poner Everymorning Records pero dudo que pueda publicar algo todos los días. Prometo tratar de escuchar dos álbumes por semana. Además vi la cara de Pika que es quien va a estar aquí escuchando los álbumes y dije: CARADEPERRO!

 Bueno, aquí los dejo con Caradeperro Records y Mr. Frank




sábado, 2 de mayo de 2015

pensé que este poema podría titularse ESE MOMENTO DE LA NOCHE EN QUE SABES QUE BILLY IDOL ESTÁ CANTANDO DANCING WITH MYSELF PARA TI porque ¿qué es el poema sino la desembocadura de la desgracia? I DONT HAVE ANY WORDS THAT CAN HOLD YOU LIK HANDS hAnds hands. en algún momento de la noche perdí mi lápiz y me puse a buscar algo con qué escribir en el sargento. ¿sabes lo difícil que es encontrar lápiz en un bar? una chica me miró como si le hubiese pedido una horca o una metralleta. La mujer de las casacas me dio el suyo a cambio de mi dni, así que pude continuar con esto. Me fui a sentar al pie del DJ que es barbón y es mi gran amigo. Me dijo: empezaré mi playlist con la única canción posible. Y empezó con SOLO QUIERO UN POCO DE PASTEL. Así que me subí al estrado y Desde el estrado te vi acercarte. ¿Puedo escribir en tu bitácora? preguntaste. Y pensé QUE OJOS TAN BONITOS y te la di. y te veía dibujar al medio de la pista de baile mientras todos bailaban como si lo último que necesitaran en el planeta fuese un maldito lapicero y una bitácora. Pero tú dibujabas. Mirabas al DJ y dibujabas y me mirabas a mí y dibujabas. Y cuando me la devolviste vi puros garabatos. Personas como hechas de turbulencias y música y pensé: bueno, tengo que conocer a esta chica. Así que cuando te fuiste. tuve que seguirte. Y vi cómo llorabas en la puerta del bar esperando tu taxi y tal vez a un novio hijodeputa y te dije: ¿estás bien? esa es mi bicicleta. Pero te fuiste. Antes de irte preguntaste ¿tienes tu bitácora? Y yo me palmeé el bolsillo trasero del jean que era donde llevaba tus dibujos. Y te vi irte. Y pensé, mientras me montaba a mi bici, en cómo diablos iba a hacer para encontrarte mañana. para que me explicaras por qué tu garabatos eran lo único que tenía sentido esta noche.



viernes, 1 de mayo de 2015

Justo detrás de la barra de este bar tienen un cuadro de César Vallejo. Es una pintura que replica la famosa foto en la que se sostiene la barbilla con la mano derecha. En el dedo medio de la mano izquierda -la que detiene el bastón- lleva un anillo con una enorme piedra roja que brilla como un translúcido piojo lleno de sangre. Nunca lo había notado. Tal vez porque siempre vi la foto en blanco y negro y en la pintura, esa piedra, es el único punto de color. Junto al cuadro de Vallejo está la vitrina que guarda todos los macerados de pisco con aguaymanto, de pisco con hojas de coca y otros licores menos solemnes y más vomitivos. Sobre una de las lunas de la vitrina, la más próxima a César, hay un sticker de Benito Bodoque. Eso es todo lo que hay. Poetas o gatos azules. Y alrededor, paredes. Paredes y licor.



miércoles, 29 de abril de 2015

Carlos Calderón Fajardo

Vi a Carlos hace no más de dos semanas cuando estuvo en ISIL haciendo reír a mis alumnos con sus anécdotas de escritor. Al final del conversatorio tuve que hacer mi cola atrás de varias chicas que le pedían autógrafos y selfies que él aceptaba con la alegría de un jovencito que acaba de publicar su primer libro de cuentos. Finalmente me acerqué a felicitarlo y, mientras me estrechaba la mano y le crecía esa sonrisa suya tan sincera y contagiosa, yo pensaba: ¡Que tipo tan de puta madre! En una hora ha logrado lo que a veces a mí me toma todo un ciclo conseguir: hacerles sentir a estos salvajes que atrás de esos libros que ellos juzgan aburridos, hay vidas absurdamente fascinantes y tan demenciales que las bibliotecas no son otra cosa que manicomios con celdas de papel cuyos locos esperan ser liberados.

Cuando les pedí a los chicos que me contaran qué era lo que más les había llamado la atención de lo que había contado Carlos, muchos recordaron las anécdotas chistosas, como aquella en la que, cuando Carlos todavía era muchacho y no sospechaba su futuro como escritor, Arguedas se quedó a pasar la noche en casa de su familia y tuvo que jatear con él. O la de la vez en que fue a buscar a Alida, que era la única peruana que conocía en París y Ribeyro salió a abrirle la puerta y Carlos le dijo ¿Y usted quién es? porque no tenía ni puta idea de con quién estaba hablando. Ni sospechaba que algún día serían grandes amigos y que incluso Carlos terminaría llamándolo: su padre literario.

Otros recordaron la fuerza de su vocación que se impuso incluso sobre la voluntad de su padre que lo había mandado a Alemania a estudiar medicina. Pero hubo algunos que habían quedado impactados por la explicación que él daba cuando la gente le preguntaba ¿por qué publicaba tanto? Carlos nos contó que un día se enteró de que padecía una dolencia que solo atacaba a una de cada mil personas y que lo postró en su cama por mucho tiempo —¡Te sacaste la lotería!— le dijo el doctor.

Y allí, en su cama, echado y sin poder hacer más, Carlos comprendió que no podía irse así, de modo que se puso a escribir y escribió tanto que publicó dos o tres libros al año. —Me di cuenta que todavía tenía mucho que decir —nos contaba— ¡Y tenía que decirlo pronto porque podía morirme en cualquier momento!

Después la enfermedad cedió milagrosamente y Carlos pudo caminar y cocinar y recibirnos con esas locas fiestas que daba en su casa de Punta Negra. Recuerdo la vez que llegamos temprano y nos paseó por todas las habitaciones mostrándonos los nidos que las gaviotas y otras aves marinas hacían en su casa cuando él no estaba.

Es difícil explicarle a un chico de veinte años que la vida es corta. Cuando tenemos veinte años todos nos creemos inmortales. Pero me parece que esa tarde los chicos le creyeron, porque Carlos no lo explicó con pena y resignación sino con la euforia y alegría de quien ha descubierto que un solo día puede hacer una vida maravillosa. Parecía que estaba diciéndonos ¡Están vivos, carajo! ¡Y es hermoso! ¡Es hermoso estar vivo aunque este sea el último día!

Nunca vi a alguien tan vivo como a Carlos aquella tarde de abril, hace apenas doce días. Creo que todos los que estuvimos allí riéndonos con sus historias hubiéramos jurado que aún le quedaban varios libros por escribir, muchas fiestas que dar y cientos de autógrafos por firmar. Sin embargo, creo que en el fondo lo que me tiene moqueando como un huevón aquí en la biblioteca de mi universidad, no es la sorpresa de su partida ni el saber que no volveré a escucharlo contar una historia, sino que haya podido compartir su epifanía tan claramente, que ahorita, mientras termino de escribir esta despedida y veo por la gran ventana los árboles, el sol y todos esos chibolos entrando y saliendo de clases, siento la vida como un tremendo golpe en el pecho. Y algo que me grita desde lejos ¡Es hermoso estar vivo aunque este sea el último día!


miércoles, 15 de abril de 2015

Hoy se metió un gatito a isil. Un pequeño gato, un pichón de gato. Andaba paseando por los jardines y algunas chicas se acercaban a hacerle mimos. Yo estaba en el jardín leyendo este libro de Amélie Nothomb que Regina me había recomendado hace tiempo y que recién hoy pude sacar de la biblioteca. Cuando me faltaban dos páginas para acabarlo vino el gato y se me sentó en la barriga. Debo decir que si hay algo más paja que acabar de leer un buen libro, es acabarlo con un gato sobre la barriga. Sentía cómo sus minúsculas garras atravesaban mi polo y se me clavaban en el pellejo. Cuando abrí mi mochila para guardar el libro, el gato olió los restos de mi almuerzo y se metió de cabeza. Me emocionó que el gato tuviera hambre porque yo había cocinado mi mundialmente famosa sangrecita con arroz y, cuando ayer se la ofrecí a mi roomate, me dijo huácala huácala y se fue corriendo. En cambio cuando abrí el táper frente al gato, todo fue un solo de colmillitos, lenguazos y bigotes. Cuando acabó, le dije: bueno gato, me voy a dar clases. Pero apenas me paré el gato se vino andando detrás mío dando breves maullidos. Pensé: que carajo, lo meto al salón y como toca clase de descripción, lo subo al escritorio y que estos salvajes me describan al gato. Así que allí íbamos por los pabellones de isil, el minino y yo. Pero cuando llegamos a la puerta del salón y le dije ¡entra, gato!, me miró con cara de Tas webón, yo al colegio no voy más, y sacó culo de vuelta al jardín. Mientras lo veía irse, pensé en eso que decía Edgar Allan Poe: "Desearía algún día escribir algo tan misterioso como un gato".



viernes, 27 de marzo de 2015

Micòl Finzi Contini y otras chicas de las que nos hemos enamorado leyendo un libro

Recuerdo que hace 10 años, en la última clase que tuvimos en la escuela de escritura creativa de la cato, Iván y Alonso nos pasaron una lista de novelas imprescindibles. Una a una, nos fueron explicando porqué eran importantes o nos contaban alguna anécdota sobre sus autores. Nunca olvidaré que cuando llegamos a la literatura italiana, Iván nos recomendó que leyéramos El jardín de los Finzi Contini de Giorgio Bassani, pero que NO se nos ocurriera enamorarnos de Micòl Finzi Contini porque era su novia. xD

Hace poco encontré la lista de novelas y ahí estaba mi anotación con lapicero azul "No enamorarse de Micòl porque es la novia de Iván". Csmre. El libro lo compré hace varios años pero hasta hace una semana todavía no lo había leído. Lo he terminado esta mañana de lluvia. Los libros a veces son como frutos verdes que metes a tu librero esperando a que les llegue el mejor día para ser devorados. Mis tías hacían lo mismo con las papayas o las paltas duras, las envolvían en periódico y las dejaban sobre la refri como gigantescas orugas. Entonces un día soltaban el nuevo aroma y al abrir las arrugadas hojas del periódico, las encontrabas con colores palpitantes que te decían: ya estoy, cómeme. ¿No pasa lo mismo con los libros? Cuando me acerco a mi librero tengo la impresión de que algunos me gritan: ¡Ahora me toca a mí! ¡A mí! Y otros que me dicen: Yo estaré bueno para el invierno. Y otros: A mí llévame a tu próximo viaje. O bien: Todavía eres joven para entenderme. O peor: Debiste leerme a los 16, cretino, ahora solo te voy a aburrir.

Debe ser también por eso que me gusta ir a Amazonas y a Quilca a comprar libros viejos, pues esos libros no solo hablan de sí mismos sino que parecen contarte también de las mesas de noche en las que estuvieron, las caminatas de quién acompañaron, a quién le removieron el cerebro y quién fue el hijodeputa que los metió a una caja y los remató por un sol el kilo.

El ejemplar que conseguí de El jardín de los Finzi Contini ha envejecido con dignidad. Tiene las hojas de un buen tono de amarillo y adentro encontré la viejísima boleta de compra tipeada en máquina de escribir. Dice: Librería La familia. Precio: S/.80.00 (los soles antiguos que usábamos antes de la llegada de los intis en el 85)

Bueno, anteayer agarré la novela y, recordando la advertencia de Iván, empecé a leerla con muchos nervios, como si estuviese asomándome indiscretamente al cuarto de su novia Micòl y fuese a sorprenderla calata mientras se cambiaba la ropa.

Micòl aparece desde las primeras páginas cuando es apenas una niña de cabellos rubios y ojos claros. Casi inmediatamente se convierte en el amor platónico del narrador que se pasa el resto de la novela en la friendzone. Micòl es sin duda encantadora, pero no fue hasta casi el final -cuando ella le explica a él por qué no pueden estar juntos- que comprendí a Iván. El argumento de Micòl era que ambos eran iguales, estaban lado a lado y "el amor era cosa para gente decidida a vencerse uno a otro: un deporte cruel, feroz. ¡Mucho más cruel y feroz que el tenis!, que había que practicar sin excluir los golpes y sin hacer intervenir jamás, para mitigarlo, la bondad de alma ni la honradez de propósitos"

Con eso ya me dejó medio loco, pero cuando líneas después él replica y le pregunta en qué sentido son iguales, fue que morí:

—Has dicho que nosotros somos iguales—dije—. ¿En qué sentido? Claro que sí, claro que sí —exclamó—: en el sentido de que también, lo mismo que ella, carecía de aquel gusto instintivo por las cosas que caracteriza a la gente normal. Lo intuía perfectamente: para mí, no menos que para ella, más que la posesión de las cosas, contaba su recuerdo, ese recuerdo frente al cual toda posesión, en sí, sólo puede parecer decepcionante, trivial e insuficiente. ¡Qué bien me comprendía! Mi ansia de que el presente se convirtiese en seguida en pasado, para poder amarlo y acariciarlo a mi sabor, era también la suya, exactamente. Era nuestro vicio, éste: ir adelante con la cabeza siempre vuelta hacia atrás. ¿No era así?

Oh Micòl, que forma tan bella de mandar a alguien al barranco. Si mis detractoras hubiesen tenido ese arte para chotearme no me hubiese esforzado tanto para encontrar el amor.

Pero envaina la espada, querido Iván, que si bien nunca olvidaré a Micòl Finzi Contini, yo no diría que me he enamorado de tu chica. Mas bien, al cerrar el libro, me he quedado pensando en cuál es mi Micòl y en si alguna vez yo he dicho eso de alguna chica literaria.

Recuerdo que cuando leí Las vírgenes suicidas, moría por ser Trip Fontaine en el momento en que sale todo desmoralizado de la cena en casa de las hermanas Lisbon y se sienta en su carro sin darse cuenta de que Lux sale después, se sube al carro, se le trepa encima, le da un beso malditamente salvaje y se regresa a su casa corriendo dejándole un chicle en la boca (aunque no recuerdo si esto del chicle solo pasa en la película). También estuve loco por la señorita Cora de Cortázar pero luego me he dado cuenta de que en realidad estaba enamorado de la forma en que Pablo estaba enamorado de ella. La Alejandra de Sobre héroes y tumbas me atraía como un precipicio. Y siempre quise morderle los bracitos a la Tere de Manongo en No me esperen en abril. Pero probablemente lo más cercano sea lo que me pasó cuando leí las 1503 páginas de ESO de Stephen King. Durante ese mes en que volví a tener 13 años y fui uno de los chicos de esa pandilla, me enamoré de Beverly Marsh y fui feliz caminando a su lado por las alcantarillas, esperando toparnos con el horror.

Sin embargo, creo que a ninguna de ellas podría llamarla: mi novia. Y me ha dado como nostalgia este agujero. Así que me he ido a caminar por esa parte de mi biblioteca donde tengo los libros que están aún por leer. Les he ido acariciando los lomos con el dedo índice, como preguntando ¿Dónde estás, carajo? ¿Estás en esta novela? ¿En este cuento? Y me ha dado miedo agarrar cualquiera, corriendo el riesgo de posponer nuestro encuentro unos días, unos meses, unos años. Pues, no sé si sea la lluvia o las calles vacías, pero realmente me gustaría encontrarla hoy.


viernes, 13 de marzo de 2015

¡¡ES HERMOSOO!! !!¡HERMOSO!!! ¡¡¡MUAJAJAJAJAJAAAAAA!!

Cuando empecé a ser profe, un amigo que también era profe me dijo: "Te van a poner chapas, cuando las sepas, cuéntamelas para cagarme de risa". Yo me resigné con alegría, pues me parecía paja tener alumnos que me pusieran chapas. Y siempre estuve atento, tratando de descubrirlas, pero nunca me gané con nada y hasta ahora no sé cómo carajo me dicen. "Tal vez no me han puesto chapas" pensé ilusamente alguna vez. Pero bueno, si no me las habían puesto, tal vez después del episodio de hoy me haga merecedor a una. Fue así:

Esta mañana empezó el ciclo. Nada mejor que llegar a la primera clase y ver todo el salón lleno de cerebros vírgenes. Lo primero que hago es intentar dinamitarles esa pereza que le tienen a los libros. Les hablo de la posibilidad de vivir otras vidas, de ser otras personas. ¡Es como cuando juegan PES y se convierten en Messi —les grito— O como cuando revientan zombis a escopetazos en Resident Evil! ¡Igualito carajo! Solo que —sin quitarle mérito a los juegos de vídeo— la literatura tiene cartuchos con experiencias más profundas. Por ejemplo, ustedes ahorita tienen veinte años, son una tira de pajeros, pero si abren un libro de Tolstói, pueden convertirse en el viejo Iván Ilich, postrado en su cama y aterrorizado por la inminencia de la muerte. ¡Una muerte que ustedes no vivirán hasta dentro de muchas décadas! pero que gracias a un genial escritor ruso podrán temer y tocar durante noventa páginas. Incluso pueden ser animales salvajes. Pueden ser el pequeño Colmillo blanco cuando se asoma por primera vez afuera del cubil en que lo ha dejado la loba, y ve la nieve y resbala y experimenta el dolor. Pueden sentir sus colmillos cuando descubre por azar el nido de perdices y se mete un pichón a la boca y siente el crujir de los huesos y la sangre. Y lo mejor, es que no hay culpa ni moral ni castigos pues el único fin es la belleza. Leyendo pueden convertirse impunemente en seres terribles que la sociedad enrejaría. (Aquí es cuando me empiezo a emocionar) ¡Pueden ser el encantador Patrick Bateman cercenando la cabeza a sus noviecitas en American Psycho! ¡Pueden ser el Arthur Gordon Pym de Poe cuando se resigna a comer carne humana para sobrevivir! ¡Pueden ser Paul Sheldon en Misery, gritando de horror cuando ve a Annie Wilkes, su más grande admiradora acercarse con el hacha y el soplete para rebanarle el pie! ¡¡Pueden ser Raskolnikov cuando le abre la cabeza a hachazos a la vieja usurera de Crimen y castigo!! ¡Oh Diosss! ¡¡¡Pueden ser Jean-Baptiste Grenouille momificando jovencitas para destilar el perfume que mana de sus pieles!!! ¡¡ES HERMOSOO!! !!¡HERMOSO!!! ¡¡¡MUAJAJAJAJAJAAAAAA!!!

Cuando vuelvo en mí, los veo con los ojos bien abiertos y pegados al respaldar de sus carpetas. Algunos se ríen, pero con risas nerviosas y entrecortadas. Acaban de comprender que con "experiencias profundas" me refería a la profundidad de los hachazos. Después hay un silencio extraño. Los mando al break y me quedo solito. Ahora sí me gané mi chapa, carajo. ¡Ahora sí! Ojalá sea El cercenador. Siempre me ha gustado el sonido de esa palabra. Esas dos erres larrrrrgas y ronroneantes como de sierra eléctrica. El cercenador me gusta. O el profe Hachazos. Pero me contentaré con cualquiera que se les ocurra.