domingo, 17 de julio de 2016

lunes, 27 de junio de 2016

jueves, 23 de junio de 2016

waysepallá

Ahora que Karen se ha llevado a Pika a pasear a Cusco, me doy cuenta de que esa cachorra es el ser vivo con el que más hablo durante el día. Pika no está, pero yo igual camino por toda la casa vacía repitiendo: ¡USHH! o "tchs tchs tchs tchs" o "miiiiichi michi" o "¡waysepallá!". Incluso cuando vuelvo de clases por las noches y voy subiendo en el ascensor, empiezo a llamarla con silbidos para que venga a la puerta. Pero luego abro la puerta y Pika no está. Así que me voy a la cocina y me preparo un sandwich de jamón. Y aunque no hay a quién decirle ¡waysepallá, perrito pedilón! yo igual lo digo. Entonces, mientras mastico en silencio, me voy dando cuenta de que ahora yo soy el perro. Y que Pika se ha convertido en mi Pavlov.

jueves, 16 de junio de 2016

Cuando me pregunten de nuevo si se gana mucho como escritor, voy a acordarme de aquella vez que encontré a un niño leyendo mi libro en un centro comercial, tan abstraído que ni cuenta se dio de que le tomé la foto, y voy a responder: sí, csmre, soy millonario.

 Huancayo, 2016


martes, 24 de mayo de 2016

adiós, Oswaldo

Una vez tuve la suerte de meterme a un taller con Oswaldo en la Casa de la Literatura. Yo estaba tan loco con sus enseñanzas que todo el rato me la pasaba dibujándolo. Aquí 3 de los dibujos que nunca le enseñé, incluyendo la receta que él nos dio de cómo preparar un buen Cuba Libre. Putamadre, quiero llorar.










jueves, 19 de mayo de 2016

el otro loco

7am. Despierto en el sillón de un amigo. Un sillón en el que no recuerdo haberme echado a dormir. ¿Por qué estoy aquí? ¿A qué hora se acabó la fiesta? Salgo, bajo las escaleras y me siento en su vereda. Me froto los ojos. Veo mi bicicleta atada a un poste en la vereda del frente. Me ha esperado toda la noche. La desencadeno como quien desata a su caballo. Le acaricio el cuello. Pedaleo por Espinar. Entonces pienso que ya que estoy cerca, puedo ir a visitar a Julio. Es la hora de la mañana en la que, como él decía, "la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos". Bajo por la espalda de la Embajada de Brasil que es donde él vivía cuando era niño. Llego hasta el óvalo en el que está su busto y me detengo. Estoy leyendo la placa donde explica por qué su obra se llama "La palabra del mudo" cuando un señor se me acerca y me dice: YA LLEGARON LOS MARCIANOS. Me lo dice mientras señala algo que flota en el aire y avanza hacia nosotros. Al principio me asusto. Pero luego veo que es solo un drone que él mismo dirige con un control. Le sonrío y me voy a sentar a una banca. El señor se reúne con un chico de veintipocos años y entre los dos hacen volar el drone y conversan sobre su desempeño. Lo hacen rodear las palmeras, lo aterrizan en el grass y sobrevuelan el busto. De pronto llega una chica rubia con fachas de extranjera y rapada a lo Sinead O'Connor. Carga con una maleta y una bolsa y se sienta en otra de las banquitas. Pasados un par de minutos, mientras el drone sigue volando, la chica se pone a llorar. Llora con calma pero en voz alta y abriendo la boca como un niño que quiere ser notado. Es un lamento largo y a la vez desprovisto de dolor, como el llanto de quien ha leído las instrucciones para llorar de Cortázar y decide ver si funcionan. El llanto para y vuelve y para otra vez. Tanto yo como los locos del drone le echamos miradas fugaces pero no nos acercamos. Después de unos minutos la chica se para, coge sus cosas y se va. El chico del drone la intercepta y le pregunta si está bien. Le ofrece su botella de agua. Ella dice que no quiere agua pero le pregunta si le invita un cigarro. El chico se lo da, se lo enciende y a la vez enciende uno para él. La chica se va a otra banquita a fumar. Fuma como si no hubiese estado llorando. Fuma como si fumar o llorar fueran dos cosas que los seres humanos pueden hacer y que por tanto conviene hacerlas alguna vez. Lo que me hace pensar nuevamente en los marcianos. Me pregunto si ellos llorarán o cómo haríamos para explicarles que a los seres humanos nos brota líquido de los ojos cuando estamos tristes. En eso pienso cuando de pronto me dan ganas de llorar, no de pena, sino solo por estar ahí, por haber dormido fuera de casa tal vez, o porque existen los parques y los drones y los extranjeros. Pero no lloro. No lloro sino hasta 10 minutos después cuando, bajando por Diagonal, veo un gato acurrucado en la vereda y me doy cuenta de que esa mañana no se va a repetir jamás. Pero eso es después. Ahora me quedo en el óvalo un rato más. Me quedo porque falta la tercera historia. Estoy seguro de que falta algo además del drone y la chica. Miro los alrededores preguntándome a qué hora viene el tercer loco de esta mañana y cuánto rato tendré que esperar. Espero y espero. Hasta que me doy cuenta de que soy un tipo despeinado que no ha dormido en su cama y que, en vez de pedalear rumbo a casa, coge el otro camino y se va a visitar una estatua.

sábado, 7 de mayo de 2016

la literatura está en los detalles

—La literatura está en los detalles, muchachos. Por ejemplo, cuando García Márquez empieza El coronel no tiene quien le escriba, no dice: era un viejo muy pobre, sino que nos lo describe raspando con un cuchillo un tarro de café hasta que se desprenden las últimas raspaduras del polvo mezcladas con óxido de lata. Y tampoco nos dice que el viejo tenía hambre sino que dice que sentía que le nacían hongos y lirios venenosos en las tripas. Esas imágenes golpean, conmueven y perduran. ¿Entienden? Bien, ahora les toca a ustedes. Quiero que describan con un detalle el día más pobre de su vida.
—Profe, en la época en la que yo trabajaba en McDonalds estaba tan pobre que usaba el papel de las hamburguesas como rizla.
—¿Como quéee?
—Como rizla
—Csmre, oe, toma 10 lucas y anda tráeme un cuarto de libra sin pepa.

domingo, 1 de mayo de 2016

Hay algo en la geometría de cocinar que ordena la vida. Sobre todo si uno cocina con paciencia, un plato que conoce, o un plato que alguien más va a agradecer con los ojos cerrados. No sé -en qué- ni -por qué-, pero cortar tomates se parece a regar las plantas del balcón y deshojar albahaca huele a bolero viejo. Por eso es que siempre cocino los domingos. La danza del cuchillo sobre la tabla de picar es la cura de mi resaca. Arrancarle el corazón a un pimiento, desvestir un diente de ajo, escarmenar el spaguetti son acciones en las que puedo confiar, pues sé que siempre tendrán los mismo resultados. En tanto que con las personas nunca se sabe. El pimiento no te va a morder el cuello, la albahaca no se va a enamorar de ti. Uno va picando, va echando los tomates a la sartén, vierte un chorrito de vino y sabe que no puede agregar las hojas hasta el final o se pondrá todo amargo. Este orden de los ingredientes se expande y sube por la cuchara de palo hasta tus brazos. Nivela tu presión. Calma tu ansiedad como un punto final bien puesto. Hay algo en cocinar que se parece a escribir.



viernes, 22 de abril de 2016

no decir nada

Son las 11 am. Ha salido el sol y Paulo y yo llegamos a la universidad donde nos han invitado a hablar de literatura. En el patio hay un muro lleno de poemas de Apollinaire, Girondo, Huidobro, Oquendo de Amat y está también ese verso de Luis Hernandez que dice que los laureles se usan en los poetas y en los tallarines. Un verso que da hambre. Nos ponen una mesita y un par de micrófonos frente al jardín más grande. Todo está listo. Excepto el público. Ningún chibolo se aproxima. ¿Y quién los puede culpar? Se ven tan cómodos bajo los árboles, conversando con sus amigas, coqueteándose, tirándose briznas de grass. Da hasta flojera hablar de literatura. Pero para eso nos han invitado. Así que Paulo y yo nos ponemos a disertar frente a 30 metros cuadrados de pasto virgen. Hablamos de Eielson y Ribeyro para las hormigas y los chanchitos de tierra. De pronto empiezo a soltar unos csmres, carajos y pendejos para ver si aunque sea por curiosidad ganamos público. Es un recurso narrativo bastante barato pero algo logra. Es decir, nadie se acerca, pero al menos ya nos miran y nos sonríen desde lejos. Estamos acostumbrados, les digo, no se palteen por nosotros, no somos políticos. Durante años hemos escrito cuentos y poemas sin que nadie los leyera. Mas bien esto nos hace sentir como en casa. Y agradecemos y nos despedimos. Un par de profesores se acercan y nos compran nuestros libros para que nuestros editores no se pongan a llorar. Paulo dice que fuga y fuga. Yo también me voy en mi bici. Pero como estoy cerca de mi antiguo depa, voy a ver si todavía anda por ahí el tío del cebiche mutante. Y lo encuentro. Lo encuentro justo antes de que venda el primer plato. Está en los últimos momentos de concentración. Es como Tong Po pateando las columnas del estadio antes de partirle la madre al hermano de VanDamme. Pone todo al alcance, alista la cucharita y el exprimidor, se frota las manos, y para cuando dice YA, QUIÉN QUIERE, tiene a 8 personas -incluyendo un cobrador de combi y una serenazgo- salivando con 6 lucas en la mano. El primero soy yo. Coloca todos los platos y pone dentro de cada uno un montoncito de calamar con culantro, le corta la cabeza a un limón y lo exprime encima, agrega ceboia picada, ajo, ají limo, sal y con una cucharita empieza a revolver mientras con la otra mano hace girar los platos como trompos. Hace lo mismo con cada uno y después se echa una gota de jugo sobre el dorso de la mano y prueba. La gente se está masticando la lengua. Finalmente pone dos tajadas de camote y empieza a picar montones de chicharrón que coloca como un crocante peñasco sobre cada cebiche. Cuando ya la gente está estirando las manos, el tío dice: ¡aguanten! y saca un último pedazo de chicharrón de calamar, lo corta en finas tiras y se queda mirando los cebiches como un japonés haciendo ikebana. Puta que la gente ya se quiere volver caníbal. Y entonces, para cerrar el acto, le coloca a cada plato ese último pedacito de chicharrón en un lugar estratégico. Sin huevadas que parece que si lo colocara en otro lugar del plato, el mundo estallaría en mil pedazos. Es la palabra puesta en el lugar preciso. Y después: ya coman pe carajo, tanta huevada por un cebiche xD. Y bueno, no les voy a contar a qué sabe porque ya tengo que irme a cocinar y me da flojera buscar una metáfora adecuada. Pero el puestito queda en Sucre con Bolívar por si quieren ir. La cosa es que después me vengo cleteando y en la esquina con la Marina me compro una lata de chela porque el cebiche me ha dado sed de delirio. Mientras bebo, recuerdo que en esa esquina Arguedas vio un espectáculo que inspira uno de los poemas de Katatay. Y también en esa esquina es que Scorza cuenta que decide crear Populibros Peruanos. Le doy otro sorbo a mi chela y subo al puente de la Brasil como quien monta un brontosaurio dormido. En vez de bajar hacia Miraflores por Salaverry, doblo a la derecha una cuadra antes en una callecita llamada Ugarte y Moscoso que antes se llamaba Mariscal La Mar y entonces freno en seco. Freno porque estoy entrando por primera vez en mi vida a la cuadra en la que vivía Manongo Sterne en No me esperen en abril. La cuadra en la que él escuchaba cantar a las cuculíes mientras se preguntaba ¿cómo se podía ser un chico feliz en una ciudad con esos amaneceres? Es una calle tranquila de árboles altos y frondosos y casas gigantescas que ocupan un tercio de la cuadra cada una. Bajo pedaleando despacio por el camino que alguna vez él hizo acompañando a Tere Mancini hasta su casa, 6 cuadras más abajo, justo antes de llegar al Parque de la Pera. Miro el barrio un rato pero luego no sé qué hacer y vuelvo a casa. Al llegar me pongo a escribir toda esta historia. Sin embargo, cuando la termino, como ahorita, no le encuentro sentido alguno y la borro completa y me voy a mi cama a dormir. Y me siento mejor ahí que escribiendo. No tengo ni idea de por qué la he vuelto a escribir hoy. Cuando uno escribe encuentra hilos sueltos por todas partes. Puede ser un muro lleno de poemas o un jardín vacío frente a ti o un señor que pica culantro. Hilos que al jalarlos se convierten en historias, pero eso no significa que debas jalarlos todos, uno debe escoger o sino la vida se convierte en una casa de los espejos. Carver cuenta que a él se le ocurrían frases. Por ejemplo esta: "Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono" Decía que en esa frase estaba todo el cuento y que poco a poco lo iba sacando. Ahora me doy cuenta que a veces es mejor quedarse en la cama y no decir nada. O ir al mercado a comprar tomates y cebollas para cocinar en silencio sin más sonido que el de tus dedos contra la cáscara de las verduras. Y olvidarse de que uno escribe. Y comer. Y dormir.

lunes, 18 de abril de 2016

Una espada desnuda

No sé con qué cara me paro todos los lunes frente a dos salones de 35 alumnos y les digo que vengo a enseñarles algo. Los miércoles y los viernes es más fácil porque ya me he acostumbrado de nuevo a mí mismo, pero el lunes, con la resaca todavía fresca, me siento como Toledo pidiéndole a Mark Zuckerberg que decodifique las Líneas de Nazca. Por cierto que el otro día leímos ese cuento de Stephen King en el que un loco anda matando chicas a martillazos y al terminar un alumno me preguntó si Stephen King era el señor de la silla de ruedas. Le dije que ese era Stephen Hawking y que ese Stephen escribía libros sobre agujeros interestelares y no sobre agujeros en el cráneo. Ah ya, me dijo. La cosa es que hoy tocó clase sobre la descripción y las figuras literarias. Así que estoy allí leyéndoles este verso de Kipling que Borges cita en una entrevista y que dice que es uno de las metáforas más bonitas que ha encontrado: "Si no me hubieran dicho que era el amor, yo hubiera creído que se trataba de una espada desnuda". Y leemos también sobre la candente mañana en la que Beatriz Viterbo murió y leemos la descripción del Aleph y leemos sobre el olor de Francia en la nariz de Jean-Baptiste Grenouille. Finalmente los mando a escribir una descripción de algo que odien o que les guste con demencia, una canción, una persona. Y mientras les aconsejo que eviten los clisés y que descubran su propia manera de ver el mundo, me doy cuenta de que estoy haciendo lo que hace un fotógrafo cuando le sube el ISO a la cámara. Estoy tratando de que su sensibilidad capte más información. En general, me digo, esta clase de mierda debería llamarse: Cómo subirle el ISO a tu alma. Pre requisitos: tener un alma. Pero descubro, sobre todo, que animar a alguien a percibir más cosas es ponerlo en peligro. Es como convertir su armadura en un colador. Es cambiarle el bat de béisol por el guante. Es conectarle las orejas, la lengua, los ojos, la nariz y el tacto al órgano más bipolar del cuerpo. Y eso, de ninguna forma es una herramienta profesional. ¿Por qué habrán incluido este curso tan pastrulo en la malla curricular? me pregunto. Pero ellos parecen contentos escribiendo y cuando les pido 2 hojas presentan 3 o 4. Y yo recibo sus trabajos sintiéndome un poco culpable por haberlos activado. Pienso: es la resaca, Pierre, es la resaca, tú no has hecho nada, no les has enseñado nada. Pero me voy a casa tratando de recordar cómo me pasó a mí, preguntándome si Lima me parecería igual de bonita si no la hubiese descubierto leyendo La casa de cartón, o si la neblina tendría esa capacidad de hacerme delirar si nunca hubiese leído El amor es ciego de Boris Vian. O si acaso sentiríamos lo mismo aquí dentro si nunca hubiésemos encontrado ese maldito verso de Kipling.