martes, 7 de mayo de 2019

Chorearle una sonrisa a un preso

El año pasado el Ministerio de Cultura y su proyecto "La libertad de la palabra", infiltraron entre los presos del Penal Sarita Colonia varios ejemplares de mi libro de cuentos: Orientación vocacional. Un mes después me llevaron a mí. Esta es la crónica de una de las experiencias más bonitas que me ha tocado vivir como escritor.



Yo nunca había entrado a una cárcel.

Tampoco había estado en esta zona del Callao donde el Googlemaps no me sirve de nada, salvo para enterarme de que si me pierdo por aquí no sabré volver entero a casa.

Junto a la alta reja del Penal Sarita Colonia veo alineadas bolsas con víveres para los presos. Una de ellas es transparente y puedo distinguir lo que lleva. Pero no es necesario descifrarlo. Una hoja cuadriculada adherida con cinta scotch hace un inventario del contenido:

-10 bolsas de cuates picantes
-10 bolsas de cuates sin picante
-10 bolsas de papitas lays
-10 paquetes de cheetos

“Hijo querido, aquí te mandamos estas cositas, esperamos que estés bien y que el Señor te proteja”

Las bolsas de víveres se quedan asoleándose pero a mí me hacen pasar. Nunca he estado en un penal, sin embargo los presos del Sarita aguardan por mí. Me fallan los pies. Recuerdo la escena de una de mis películas favoritas: Andy Dufresne entra esposado y con la cabeza gacha a la prisión de Shawshank. Los internos ríen y apuestan cuál de los condenados va a llorar primero.

¿Acaso yo voy a llorar?
Sí, vas a llorar. Pero todavía falta.

Los guardias me conducen por los pasadizos salpicados de gatos que duermen sobre los jardines de la cárcel. Al igual que Andy Dufresne yo también soy inocente, es decir, nunca me han atrapado cagándola. Porque he robado. He robado y he mentido como todos. Pero sin ser descubierto. Mi único crimen público ha sido dedicar mi vida a inventar historias. Los internos del Sarita Colonia las han leído entre rejas. Han leído mi libro y ahora quieren conocerme. Están esperándome en el auditorio. Me han escrito un rap titulado El Orientador. Nunca nadie me ha escrito un rap:

El orientador así le dicen
y nunca deja que los grandes lo pisen
es un maestro de la vida fatal
y en lectura ni para q’ contar
es una máquina llena de sabiduría
desde pequeño su papá le decía
q’ él algún día iba a comprender
q’ importante tenía q’ser
Tiene su propio estilo no sean Atrevidos
O de Sarita los sacamos prendidos ♫

(continúa…)


Si mis amigos del colegio pudieran verme ahora tal vez no hubieran tirado mi mochila al techo. Si supieran que aquí soy el nuevo Tatán no le hubieran prendido fuego a mi carpeta.

Entro al auditorio y me veo rodeado por internos de baja, mediana y alta peligrosidad. Se acercan y se empujan para darme la mano. Hola Pierre, me dicen, qué gusto conocerte. El apretón de manos se convierte en un abrazo. Afuera eran presos, criminales. Apenas estoy junto a ellos son... son chicos, son adolescentes, son tan parecidos a mis alumnos. La mayoría ronda los 20 o 25 años. Chibolitos. La sonrisa aún les brilla en la cara aunque al lado salte una cicatriz.

Hemos hecho estos dibujos sobre tus cuentos, me dicen.

Veo papelógrafos pegados en las paredes del auditorio como en la función escolar del Día de la Madre. Solo que esta vez yo soy la madre. Ahí están Maicol, Manimal, Panzaloca, Luchito en llamas, Natalia B, mi amiga del colegio que quería ser actriz porno. Ellos la han dibujado, han soñado y se han pajeado con mi personaje entre las rejas del Sarita Colonia. Putamare, les digo y me agarro la cabeza. Y ellos se ríen.

Se me acerca un rubio de dientes afilados ¿Cuál será su crimen? ¿Pasar droga? Ha hecho una nueva portada para mi libro. Cuando leí tus cuentos recordé mi infancia. Voy a responderle algo cuando el director del Penal me jala y me lleva hasta la mesa de la ceremonia. ¿No te falta tu billetera no? me pregunta cagándose de risa. Meto la mano al bolsillo y la siento ahí. Me jode que me haya hecho desconfiar de ellos. Ni que estuviéramos en el Congreso, csm. Me pasa un micrófono. Tengo ¿80? ¿100 presidiarios delante de mí? Me siento como Johnny Cash at Folsom Prison. Todos guardan un respetuoso silencio. Ni mis alumnos de ISIL me prestan tanta atención. ¿Qué carajo les puedo decir? Puedes engañar a tus lectores hipsters del facebook, a tus alumnos. Puedes engañar a tus críticos. A un tipo condenado a diez años de cárcel no puedes mentirle.

Rosalina, la representante del Ministerio de Cultura que ha venido conmigo, dice: “El notable escritor Pierre Castro nos acompaña esta mañana”. Csmre, no me presentes así, qué palta. Pero ellos le creen y aplauden. Ellos no saben que afuera del penal soy un escritor chiquito, que los críticos nunca se acuerdan de mí, que todavía me cuesta terminar mis cuentos, que como decía Vallejo: quiero escribir y me sale espuma.

He presentado mi libro frente a mis amigos escritores, les cuento, lo he presentado frente a mi familia, he recibido premios de señores de corbata que me extendieron diplomas y jugosos cheques, y nunca me había sentido tan bien recibido como esta mañana delante de ustedes. Les hablo de pie. No puedo sentarme. De pie les cuento mi historia, mi infancia provinciana, el divorcio de mis viejos, mi llegada a Lima a los 13 años. La acabo en 3 minutos. Tu propia historia se vuelve una caricatura cuando tienes que contarla a tipos que han sido condenados a vivir encerrados en el culo de la ciudad. Prefiero que ellos hagan las preguntas así que suelto el micrófono.

–¿Todavía ves a los amigos que mencionas en tu libro, Pierre?

Al Necropedozoofílico lo veo todas las semanas, jugamos playstation. Ha puesto un restaurant con su novia: El Mesón de los Chukys, ahora es un hombre de bien que prepara choritos a la chalaca. Se cagan de risa. Si el Necropedozoofílico se ha reformado, todos pueden reformarse. Hay esperanza.

–Pierre, en tu libro tú les has puesto chapas a todos tus amigos del colegio, pero dinos cuál era la tuya.

Csmre, me cagan. Ya algunos periodistas me han hecho esa pregunta y siempre la he esquivado. A ellos no puedo negárselo. Trago saliva. Escuchen, les digo, cuando era niño yo era bien culón. Risas bajitas. A un pendejo se le ocurrió una palabra. Una palabra chiquita pero que se me pegó como un herraje a la vaca: Potito. Así me decían en primaria. Les falta barriga a los conchesumares para carcajearse. Parece que les hubieran dado la libertad condicional a todos. A la mierda, otra pregunta.

–Querido Pierre– me dice otro reo. Y esto que dice es lo que me quiebra, lo que me hace saltar las lágrimas. Pero mejor lo voy a guardar para el final.

Después de la ronda de preguntas empieza el show. Espío el cronograma que sostiene la señorita del Ministerio sentada junto a mí. Habrá rap, poesía, teatro, palabras de las autoridades, firma de autógrafos. Todo por un puñado de cuentos, maldita sea.

En el montaje teatral que han preparado y que es como una versión achorada de la escuelita del Chavo, recrean la historia de mi pata Kalolo y la de Manimal (el weón que en la primaria me contaba cómo cachaban las mantis y las arañas). También recrean el cuento de mi pata Alibabá, el terror de las loncheras. Uno de los presos me interpreta a mí. Es un gordito culón al que lo dejan varado con la cuenta. La historia de mi vida nunca mejor contada.

Después cae el telón, nos tomamos fotos, les firmo los libros, el rap, los poemas, los dibujos y ellos vuelven ¿A dónde? ¿A dónde mierda vuelven?

¿Quieres conocer los pabellones del penal? me pregunta el director. Pucha, no sé. Es decir, sí quiero, quiero saber cómo es una cárcel. Pero no quiero avergonzarlos. No quiero verlos encerrados cuando se han mostrado tan libres aquí en el auditorio.

Me conducen por los pasadizos interiores del Sarita Colonia. No es como lo había imaginado. Hay rejas y alambradas, claro, pero muchas de ellas están abiertas y los presos andan de un lado a otro como niños en el recreo. Es la hora del rancho. Una gran olla humea en el patio y un grupo espera con un plato entre las manos. ¿Qué toca hoy? Guiso de pollo con papa. Qué rico. ¿Alcanzará para mí? También tienen una biblioteca. Panfletos y libros de autoayuda. Yo les voy a mandar libros de verdad, les prometo.

¿Entonces vas a volver, Pierre?

Antes de salir del Penal me dicen que tienen que pedirme algo, que si no acepto no hay problema pero les alegraría mucho que aceptara.

¿Quieres ser el padrino de nuestra promoción?

¿De promo? ¿Estudian acá dentro? Claro, me dicen, y este año acabamos la secundaria ¿Aceptas?

Padrino de Promo de los Reclusos del Sarita Colonia.
Esta no se la hizo ni Vargas Llosa, csm.
Acepto al toque.


* * *


Llega el verano y el día de la ceremonia.

Rosalina y yo volvemos al penal en un taxi que avanza por la avenida Colonial. Hoy el sol brilla para todos. Les llevamos de regalo una caja de libros donados por el proyecto La libertad de la palabra y otro paquete que he armado con libros de mi propia biblioteca. Son novelas de las que me ha costado mucho desprenderme. Pero como son historias que suceden en una prisión, me ha parecido justo regalárselas a ellos. No sé por qué pero me emociona saber que alguien dentro del Sarita Colonia va a leer La milla verde de Stephen King.

¿Qué va a sentir cuando metido en su celda se sienta acompañado por John Coffey, el condenado a la silla eléctrica más bueno del mundo? Otro de los libros que llevo es El conde de Montecristo de Alexandre Dumas. Lo robé de la biblioteca de mi abuela. ¿Ya ven que todos somos choros? Ese no lo he leído aún pero me hace recordar una escena en la que Andy Dufresne está armando la biblioteca de la prisión de Shawshank y le dice a otro preso ¿Sabes de qué trata este? Trata de un tipo que se escapa de una prisión. Y el preso le responde: Pucha, entonces deberíamos ponerlo junto a los libros educativos :v

En la ceremonia de su graduación mis amigos bailan para Ministros y Autoridades. Marineras, huaynos y danzas amazonas. Liberan una paloma blanca que se niega a irse y se queda mirándolos desde un murito. También han formado una orquesta sinfónica pero nada de Chopin ni Mozart. Interpretan diferentes canciones de Queen (parece que también se han quedado afanadazos con la película). Cuando sus tambores tocan We will rock you, las nalgas se despegan de los asientos y da ganas de ponerse a cantar con ellos.

Estos presos del Penal Sarita Colonia no se van a fugar. No van a atravesar estas rejas con un alicate sino con su diploma de secundaria y las ganas de no volver a entrar. Me pregunto qué siente un ex convicto cuando ve por última vez el penal desde la calle. Esa sonrisa. Ese calor del sol en la mollera. El sol debe calentar diferente afuera. Tal vez sienten un poco de miedo también. A algunos los espera un chibolito, a otros una esposa o una madre que ya no tendrá que hacer cola frente al penal para llevarles bolsas de Cuates y Cheetos.

También los espera Lima por supuesto. “Porque en todo Lima está la tentación que te devora –escribió Oswaldo en Los inocentes- Y el dinero. Sobre todo el dinero, que hay que conseguirlo como sea”

Pero sé que eres bueno…


* * *


Me despido de mis amigos del Sarita Colonia. La próxima vez que los vea tal vez nos crucemos en la calle. Antes esa posibilidad me hubiese aterrado. Ahora pienso que es bueno que los hombres nunca pierdan la oportunidad de redimirse.

Rosalina y yo salimos del penal, nos devuelven nuestro DNIs y teléfonos. No hemos podido sacar ni una sola foto, pero del ecran de mi memoria esta película nunca se borrará. Tomamos un mototaxi para salir del barrio, un bus para salir del Callao y finalmente un Beat que serpentea por la Costa Verde rumbo a mi casa en Barranco. Voy mirando el mar y pienso cómo será no poder verlo cuando te dé la gana.

Entonces recuerdo lo que me dijo aquel preso en el auditorio. Era un señor de unos 50 años, se había puesto de pie: “Tal vez no te des cuenta de lo valioso de tu trabajo, Pierre, pero no sabes lo difícil que es hacer sonreír a alguien dentro de estas paredes.”

La frase me tira 10 años atrás. Estoy junto a Oswaldo Reynoso en una casona de Barranco. Vamos a presentar mi primer libro de cuentos. Mi papá y mi mamá han venido desde Piura. También están todos mis amigos. Y cuando Oswaldo recibe el micrófono dice esto: Hay una diferencia entre hacer reír a alguien y hacerlo sonreír. Lo primero es fácil. Luego toma mi libro y sonríe. A mi mamá le brillan los ojos.

El taxi se detiene en la curva de salida hacia Barranco, me despido y bajo para que ellos puedan seguir rumbo al Ministerio de Cultura sin desviarse. Hago el resto del camino a casa lateando. Incluso caminar bajo los árboles puede convertirse en algo maravilloso si has visto cómo sería que te privaran de ello.

Casi llego a casa. Camino por mi cuadra moviendo los dedos sobre un teclado imaginario. ¿Cómo voy a empezar a contar esta historia? ¿Cuál es la parte importante? Recuerdo los gatos del penal, las bolsas de cuates esperando bajo el sol, las rejas, los guardias, la humeante olla de comida en el patio. Pero sobre todo recuerdo sus caras divertidas, los dibujos que habían hecho, ese instante de la obra teatral en que volvieron a ser chibolos y se lanzaron bolas de papel como verdaderos colegiales, esa pintura sobre una tablita de madera que me regaló uno de ellos diciéndome: “dile a tu editor que si quiere la use de portada para cuando reediten tu libro”. Recuerdo la graduación de esa mañana cuando les cambié de lado la borla en su birrete y me preguntaron si alguna vez iba a escribir algo sobre ellos.

Algunos poetas escriben, como decía César Calvo, “para que los hermanos como Ángel Avendaño no sientan tanto frío en las prisiones, y para que el general Velasco lea estas líneas y sepa que Avendaño sigue preso por orden de una culebra disfrazada”. Hay otros escritores, como Manuel Puig en El beso de la mujer araña, que con la historia de dos presos que traban amistad contándose las películas que vieron alguna vez convierte una celda en un cine. Otros como José María Arguedas o Reinaldo Arenas que con El sexto y Antes que anochezca pueden hacer que te dé miedo pisar un Penal. Hay otros más fatalistas que pueden hacerte sentir que el mundo entero es una gran cárcel y otros que, al contrario, parecen revelarnos que el alma humana puede ser libre incluso estando encadenada.

Y al final de esta larga cola estoy yo con mis cuentos en las manos. Pensando que de todos aquellos momentos en que sentí que mi vocación de escritor se confirmaba, como cuando le pude contar a mi papá que había ganado el Copé o cuando vi a un niño leyendo mi libro en la banquita de un centro comercial, o cuando al escribir una historia pude convertir un recuerdo triste en algo feliz, nunca había sentido tan claramente el sentido de mis mañanas frente al teclado hasta que un preso del Sarita Colonia me dijo que lo había hecho sonreír.



martes, 23 de abril de 2019

el reconfortante peso de un libro en la mano


A veces pienso que más que un lector apasionado yo soy un yonqui de los ácaros. Y bueno, esos bichitos no anidan en los libros electrónicos sino en los de papel. Tengo asma desde los quince y, sin duda, un libro electrónico me ahorraría varias asfixias; pero aquella aburrida salud arrasaría con la sensación de que los libros son para mí una adicción y no un inmaculado e inodoro producto que consigo por internet.

No reacciono ante los ebooks porque nuestro tacto es insensible a la textura de los kilobytes y porque el diminuto taller óseo de mi oído se agita cuando la cascada es de papel y no de clics.

Un libro electrónico ha perdido todos sus privilegios de objeto; y por tanto, nunca podrá encarnar su rol de asiento, de paraguas, de máscara, de abanico, de escondite, de fetiche o de almohada. Y, dado que no puedes prestarlo, no tienes disponible la excusa de recuperarlo para reencontrarte con alguien.

No me gustan los libros electrónicos porque se consiguen googleándolos o revisando catálogos virtuales. Es decir, yendo directamente hacia ellos, como en esas falsas rutas de los libros de autoayuda. No te permiten la sorpresa de encontrarlos por azar. Y sin aquel azar, dejaría de existir para siempre nuestra cara de sorpresa, cada vez que -en la excursión anual a los libreros de Amazonas- encontramos una primera edición de los cuentos de Ribeyro o de Cortázar.

Además, yo leo para desconectarme, leo para que ustedes dejen de existir por un rato, y eso no es posible si sostengo entre las manos cualquier objeto electrónico, aquellas brutales anclas que me atan a esta época veloz y que no me dejan huir a las tibias calles con olor a plátano de Macondo.

Tal vez se deba a que trabajo en una computadora pero, para mí, leer literatura en una pantalla que brilla es algo tan terrible como caerle a una chica por chat. No me gustan los libros electrónicos porque, aunque cumplen el objetivo principal, han eliminado el ritual y leerlos es como tirar con ropa, como un viaje al cine sin olor a canchita ni trailers, o como lanzar sin desmoñar ni reírte de huevadas. Me gusta que cuando subo al Metropolitano una chica estire el cuello para averiguar lo que estoy leyendo. Me dan pena en cambio los libros electrónicos encerrados en su cárcel de chips, pues yo mismo tengo una carpeta con más de doscientos pdfs que no he leído ni leeré.

Mi biblioteca, por el contrario, es un lugar vivo, una ciudad abierta dentro de mi casa donde veo caminar a todos los personajes que alguna vez leí. En aquellos estantes de madera Bukowski es vecino de barrio de Vallejo y El eternauta pone su basura junto a la del Psicópata Americano.

No sé, pero frente a un libro electrónico me siento como otro mono desnudo en el mundo, un chango frente al monolito de Odisea en el Espacio. En cambio, frente a mi biblioteca, siento la infinita euforia de las posibilidades que otros hombres experimentan al entrar a un aeropuerto.



martes, 2 de abril de 2019

La broma infinita de prestar un libro

Hace años una amiga me llamó a la medianoche del domingo porque de pronto había tenido una epifanía: Quería leer más. Y no solo quería leer más, quería leer libros gordos, gordísimos weón, libros que le costara cargar para poder sumergirse en ellos como si fueran piscinas portátiles. Le dije que viniera a escoger algo de mi librero y yo mismo le fui poniendo libros en las manos mientras le contaba parte de la trama. Le daba libros cortos y pegadores como ganchos a la mandíbula porque sé lo jodido que es enganchar a un lector. Le di Las vírgenes suicidas, Guerra Mundial Z, probablemente algo de Stephen King y cosas así, pero todos me los iba tirando por la cabeza con una mirada que parecía decirme: ctmre, dame algo de verdad. Bueno, terminó llevándose de mi jato: Ana Karenina de Tolstói (1059 páginas), La broma infinita de Foster Wallace (más de 1200 páginas, rankeado en varias listas como uno de los libros más difíciles de leer. Yo mismo lo había dejado en la página 10 y Pika le había mordisqueado una esquina con desgano) Y de yapa se llevó The catcher in the rye en la edición norteamericana con la portada original, que me trajo mi pata Alfredo Deza de EEUU. Después de un año le pregunté cómo iba. Me pidió más tiempo. Después de 2 años le dije que no fuera pendeja, que ya me los devolviera. Los trajo. Había leído The catcher in the rye hasta la mitad y cheleando en la playa, el libro estaba cuarteado por el sol y las olas, Ana Karenina estaba intacto pero antes de darme La broma infinita me dijo que le diera otra oportunidad para intentarlo. Creo que más por orgullo que por ganas. Dejé que se lo llevara. Hace 3 años que no sé de ella xD. Creo que ahora vive en Barcelona así que dudo que se lo haya llevado consigo o le hubieran cobrado equipaje extra por ese chancabuques. Ahora ya no presto libros. Y la verdad es que cada vez me resulta más difícil recomendar alguno. He descubierto que cada lector es diferente. A mí me encantó Ana Karenina, pero vaya a saber si a ti te guste. Para eso existen lugares llamados librerías. Son hermosas. Y si eres pobre, bueno, las ferias de libros viejos, Quilca, Camaná, Amazonas. Vayan a caminar por sus pasillos como hueveando y abran libros al azar. Lean las primeras líneas. Si lo que te pega es Elvira Sastre, bueno, llévate ese. No será Ana Karenina, pero al menos podrás terminarlo :v

sábado, 30 de marzo de 2019

martes, 26 de marzo de 2019

Gallopavos fugitivos

En 1939, a puertas de la Segunda Guerra Mundial, el pintor bielorruso Marc Chagall, que en aquel entonces residía en Francia, creó una de las pinturas más bellas de la historia del surrealismo: Los recién casados de La Torre Eiffel. En ella vemos al propio Chagall vestido de morado y a Bella, el amor de su vida, escapando hacia la felicidad montados sobre un hermoso gallo blanco. Algunos dicen que el gallo representa la esperanza y la fertilidad. Otros dicen que representa la Francia de la que Chagall escapa ante la invasión nazi y que el intenso rojo de su cresta es el horror de la guerra. A mí siempre me han parecido un poco absurdos estos sobre-análisis del arte. Yo solo veo a una pareja junto a un hermoso gallo blanco y con eso me alcanza. Además me trae a la memoria otro heroico gallo gigante: aquel en el que Hans el erizo escapaba de su hogar en El narrador de cuentos. Descubrí también una tira de Inodoro Pereyra en la que Serafín -el sobrino vegetariano- llega al rancho cabalgando una gallina de dos metros y le dice a su tío: “hay que ver hasta donde crecen estos bichos cuando uno no se los come”. Claro que es una tira cómica, pero igual ya me pareció mucha coincidencia tanta mitología alrededor de las aves de corral y me pregunté: Carajo, realmente ¿hasta dónde puede crecer una gallina si uno no se la sancocha? A lo mejor los avestruces eran como las gallinas solo que aprendieron a decir patitas pa’ que te quiero y quién los ve ahora. A ver échate a coger un avestruz, intenta robarle su huevo. Eso ya lo vimos en Los dioses deben estar locos. No es buen negocio. Pensaba en esto porque justo después de Navidad, vino a visitarme mi amigo el humorista gráfico Carlos Lavida y me contó la historia de su pavo navideño. Me dijo que le habían dado un vale en su trabajo y que al ir a reclamarlo descubrió que el pavo lo entregaban vivo. Te lo daban atado a una pita y tenías que hacer otra fila para que lo sacrificaran. La fila era larguísima y tenías tiempo de sobra para acompañar a tu pavo en sus últimos minutos de vida. Carlitos me contó que mientras esperaba su turno trató de evitar establecer contacto visual con el bicho, pero que de todas formas podía sentir su miedo reptando por la pita hasta él. Al rato no resistió, se salió de la fila y se llevó el pavo a casa. Decidió que esa Navidad la pasaría comiendo panetón y ensalada. Cuando imagino a Carlitos cruzando las calles de Lima con su pavo vivo atado a una pita, me parece algo tan mágico como un cuadro de Chagall. Y cuando escucho a alguien decir que el arte copia a la vida pienso que felizmente a veces también es la vida la que copia al arte.





Aparecido en la Revista h, ed.85
marzo 2019


sábado, 2 de marzo de 2019

jueves, 21 de febrero de 2019

Las fotocopias



Durante todo el día de ayer –mi hermoso primer día de vacaciones- recibí notificaciones de mis queridos ex alumnos que me etiquetaban, cagaos de risa, en una noticia que dice así:

“SE FUGÓ A CANCÚN CON EL DINERO
DE LAS COPIAS DE SUS ALUMNOS”

¡Profeee, su caso! me dicen los conchesumares xD. Las primeras dos veces que lo vi me dio risa. A la tercera ya me reía pero de costado como Terminator. Ahora ya estoy como Kathy Bates sacando el martillo en Misery. Y les voy a explicar por qué.

Imaginen esto -mis pequeños emisarios del Armagedón-. En mi cuarto hay un closet. En ese closet hay un cajón. Y en ese cajón hay una copia de todos los cuentos que alguna vez me emocionaron desde que tenía 17 años. Es el Anthology de 22 años de lecturas. Ahí están: Un día perfecto para el pez plátano de Salinger, De qué hablamos cuando hablamos de amor de Carver, La venganza de los malditos de Bukowski, El Ojo Silva de Roberto Bolaño, El muchacho que predecía los terremotos de Margaret St. Clair, Romper el cerdito de Keret, Papá Noél duerme en casa de Samanta Schweblin, Maleficio de Marguerite Yourcenar, Gato bajo la lluvia de Hemingway, Por las azoteas de Ribeyro. Y también hay cómics: Mafalda, Boogie el aceitoso, Inodoro Pereyra, PowerPaola, Persépolis, Maus. Cada mañana, antes de ir a clase, abro ese cajón y me pongo a pensar: ¿Qué les llevaré hoy a estos velociraptores urbanos para que se emocionen y no me hagan rabiar?

No solo lo hago por ustedes, claro. Lo hago por mí. No saben lo divertido que es ver la cara de alguien que está leyendo POR PRIMERA VEZ: Dejar a Matilde de Alberto Moravia, El lago de Bradbury o El amor es ciego de Boris Vian. Ese maravilloso momento en que llegas a la línea final de “Con Jimmy en Paracas” y el papá pregunta: Manolo ¿qué quiere decir “bungalow” en castellano? ¡Cuántas veces el cuento que quiero leerles no está en internet! Y tengo que apretujar mis amados libros en el scanner. Abrirlos en dos como se abre de patas Van Damme en Kickboxer, con el riesgo de que se deshojen y mueran, tal como le pasó a mi vieja edición de Lima en Rock autografiada por el propio Oswaldo. Pero lo hice. Y lo hice feliz, para que ustedes conocieran a Cara de Ángel, al Príncipe, al Rosquita. Recuerdo que incluso lo scaneé a colores para que pudieran ver cómo ese libro de hojas amarillas fue escrito sin miedo en la década del 60, cuando ni sus viejos habían aprendido a pajearse.

Después me voy al instituto con una hora de anticipación (una hora que nadie me paga), hago la fila en la fotocopiadora (la fila que ustedes no harán), espero, ayudo a engrapar, pago, y camino hacia el salón con un kilo de fotocopias en la mano. Luego debo pasar como un cobrador de combi entre sus asientos, esperar como pendejo a que saquen su billetera de Pucca, y cobrarles lo mismo que yo acabo de pagar por las copias. Si alguna vez les cobré 1 sol por una separata que valía 0.90 lo hice para no llenarme de céntimos, lo mismo que cuando me costaban 1.20 y redondaba para abajo. Eso sin contar que usualmente saco 30 copias y solo van 20 alumnos así que me regreso a casa con los tamales fríos sin vender.

Que alguien crea que un profe puede viajar a Cancún con el dinero de las copias solo confirma que los Comunicadores realmente son unas bestias en matemáticas y deberían suicidarse pronto.

El profesor de la noticia en la que me han etiquetado subió una foto en la playa a sus redes con una leyenda que dice: “Al fin un merecido viaje, quién iba a pensar lograrlo con una fotocopiadora” xD Evidentemente es una broma. No se puede confiar en una noticia que te linkea a otra que dice “Perro intenta rescatar juguete durante la hora de lavado y se vuelve viral”. Queridos alumnos, no sé qué les enseñan en Fuentes de información. Pero me da miedo.

De todas formas, según la noticia, los papás del colegio han exigido que se haga una investigación al profesor. Y yo pienso: ¿Quién es esta gente loca que reclama por un sol de cultura y no por los mil dólares que paga por un celular nuevo que dentro de un año será obsoleto?

Miren, mis queridos pichones de pterodáctilo, yo voy a seguir fotocopiando y repartiéndoles cuentos, cómics y poemas. Voy a seguir haciéndolo porque tuve una profesora hermosa de Lengua que hacía lo mismo cuando yo tenía 17 años. Se llamaba María Lourdes Morimoto y llevaba unas separatas divertidísimas, salpicadas de cuentos de cronopios y tiras de Mafalda. Gracias a una de esas tiras (aquella en la que Manolito confunde la palabra Pichiruchi con Machu Picchu), yo aprendí que las palabras, además de un significado tenían un sonido, un ritmo, cierta suavidad o aspereza que se podía sentir si las pronunciabas con cuidado, como quien paladea un vino o huele un melón frente a la góndola del supermercado.

Quién sabe, a lo mejor si María Lourdes no llevaba esas separatas tan chéveres, yo no hubiese descubierto mi amor por el lenguaje y hoy estaría todavía en una agencia de publicidad diseñando avisos para enyucarles celulares, autos o cojudeces por el estilo.

Ser su profe es una de las cosas más bonitas que me pasó en la vida. La verdad, es tan paja que lo haría gratis, así como gratis he escrito cuentos durante 23 años. Pero cuántas veces se me ha roto el corazón al salir del salón y ver una separata abandonada sobre una carpeta. La veo ahí tirada y me pregunto ¿No tendrán una novia o una mamá a la que regalarle esos cuentos? ¿No querrán leer esas historias nunca más? Luego la recojo y me la llevo, se la doy al señor de la limpieza o a la chica de las fotocopiadoras a quien a veces descubro espiando la separata.

Nunca he ido a Cancún y tampoco tengo ganas. La verdad es que la playa me llega un poco al pincho. Prefiero caminar por esas ciudades viejas y un poco detenidas en el tiempo que son como libros que nadie abre hace años.

No sé qué hacen con las separatas al final del ciclo. Imagino que algunos de ustedes las guardan con cariño o se las han regalado a un amigo. También sé que realmente no creen que los saqueo con las copias. Si me gustara el dinero no sería escritor ni mucho menos profe, dos de los trabajos peor pagados en el Perú. Si les conté toda esta historia, tampoco lo hice para reivindicarme. Sé que me quieren y que les gusta joderme. Siempre he sentido su cariño, tanto cuando me regalan un libro al final del ciclo como cuando me etiquetan en un meme.

Lo hice para que recuerden que así como se pueden compartir memes también se pueden compartir cuentos, poemas y cómics. Y el día que lo hagan, van a formar parte de una de las costumbres más viejas de la humanidad: la de pasar historias de boca en boca, de mano en mano y -ahora con internet- de post en post.

El día que descubran el orgasmo cerebral que produce sembrar una emoción, una epifanía o una pregunta existencial en un corazón ajeno, se van a dar cuenta de lo poco que importan 50 céntimos o un sol y lo mucho que importan las palabras.