lunes, 10 de agosto de 2015

jueves, 30 de julio de 2015

Nunca he podido ver a una trapecista sin enamorarme, y sin morir de terror, que al fin y al cabo es la misma vaina. No sé si les pase a todos, pero es que a nosotros nos jodió Valdelomar. Es imposible curarse de un cuento como El vuelo de los cóndores. Yo no iba al circo hace años pero ayer, cuando ya habían salido los caballos y los malabaristas, y ya casi no me quedaba pop-corn en la caja y al apagarse las luces la vi allá arriba colgando del aro, la memoria del niño que fui me susurró: es Miss Orquídea. Y después me dijo: se va a caer. La putamadre. Inútilmente esperé que desplegaran la malla de seguridad o que pusieran un colchón. Ella se balanceaba sobre el vacío. La banda del circo tocaba una canción triste como un adagio o como un tango al que le han quitado la letra sin lograr extirparle el dolor. Recordé lo que decía el niño del cuento: ¡Cuánto habría dado yo porque aquella niña rubia y triste no volase! Sin embargo, la pequeña trapecista de ayer no estaba triste. Parecía divertida mientras enroscaba las piernas en el aro. No era exactamente un aro, era más bien como una lira a la que han quitado las cuerdas y ella colgaba de cabeza y luego se sostenía con una sola mano y elevaba una pierna perfecta. Estuve observando sus movimientos, la tensión de sus músculos y entonces lo comprendí. Por unos segundos dejé de escuchar la banda del circo, los aplausos de la gente y vi el circo de día: las butacas vacías, los malabaristas fumándose un pucho. Y la vi a ella entrenando esa rutina todas las mañanas. La vi sin aquel traje de encaje celeste. La vi vestida con su malla vieja, una malla agujereada y percudida de tanto rozar las sogas y los trapecios, de tanto aterrizar sobre la tierra del escenario. Y me dije: Esta chica no se va a caer. De hecho, su verdadera hazaña no consiste en no caerse, sino en reproducir para nosotros la sensación de que esa posibilidad existe. Está tejiendo el vértigo con sus piernas. Lejos de desilusionarme, esto me maravilló, pues delataba todo su esfuerzo como artista y era como ver esos detalladísimos dibujos de las máquinas voladoras de Leonardo da Vinci. Me pregunté además, con algo de angustia y euforia, si esto pasaría en todas las artes, por ejemplo, si alguno de mis cuentos delató la noche de desvelo que lo produjo. Me pregunté si hoy, al leer esta historia, alguien adivinaría que la estuve escribiendo mientras la veía volar. O que fui tartamudeando las primeras oraciones al salir de la carpa, o que al llegar a casa tuve que desacomodar mi biblioteca buscando el libro que me permitiría citar la frase exacta del cuento. Además, pensé ¿tendrá esto algo de valor para quien lee? ¿Será esto más bonito si saben que hay diez horas de sueño y un plato de tallarines entre las primeras dieciséis líneas y las últimas veinte? La verdad es que no lo sé. Pero ayer pude asomarme tras las bambalinas del vuelo y me pareció maravilloso descubrir que lo que para algunos es un abismo, para otros resultar ser el único lugar posible donde sentarse a mirar el mundo.

domingo, 21 de junio de 2015

Cabezas de pescado

Aunque suene raro o chistoso, nunca me siento tan parecido a mi viejo como cuando mastico cabezas de pescado. Lo descubrí hace unos días. Estaba en una cebichería de Surquillo y pedí una cachema frita. La trajeron entera. De tan grande no cabía en el plato y era como la escena del viejo pescador de Hemingway que no puede subir el pez espada a su bote y tiene que ver cómo los tiburones se lo comen. ¡Qué bestia! dije y agarré mi tenedor. Primero me comí toda la pulpa con el arroz y la salsa de cebollita. Como un gato, lamí el espinazo. Y en ese momento, cuando vi la solitaria y aterradora cabeza frita sobre el plato vacío, lo supe. Supe que me comería hasta los ojos y los dientes rostizados, y que tras ello me llegaría la inminente verdad de la que Ribeyro escribe en las líneas finales de su cuento Página de un diario: “Pero si soy mi padre –pensé. Y tuve la sensación de que habían transcurrido muchos años.”

La primera vez que reflexioné sobre esto fue en uno de los párrafos iniciales de mi cuento El río:

"En Talara, había visto a mi padre comer cabezas de pescado toda mi niñez. Era uno de sus platos favoritos y con gran gusto les mascaba los cachetes que mi madre había dorado en aceite; les sorbía las cuencas de los ojos expulsando, apenas, una pequeña bolita blanca que yo hacía rodar sobre mi plato vacío. Finalmente, les mordía todos los rincones, incluso los diminutos dientes hasta que el cráneo del pobre pescado se desarmaba bajo aquel impetuoso beso que alguna vez fuese para mi madre. Para mí, aquello era un espectáculo maravilloso y es por eso que yo nunca comí cabezas de pescado. Hubiera sido como ver a Houdini realizar uno de sus actos y luego pedir que me atasen de la misma manera. Sin embargo, allá en Manaus, tanto Talara como mi infancia eran dos sitios ya lejanos, así que tomé una silla junto al resto de hombres y pedí un plato de aquella sopa de pescado"

Aquel, debo decir, fue un incidente aislado y solo posible porque estaba en el Amazonas y sentía que debía probar cosas nuevas. La segunda vez que comí cabezas de pescado y la primera vez que realmente lo disfruté, ya había vuelto de mi viaje por Brasil y estaba borracho. Volvía de una fiesta. Un amigo me jaló hasta mi jato y recuerdo que apenas atravesé la puerta del depa sentí que me moría de hambre. Cuando abrí la refrigeradora –en esa época yo andaba más misio que el negro Alacrán– solo encontré media cebolla. Después abrí el congelador y encontré una bolsa de plástico con un sospechoso bulto. Lo abrí en el lavatorio. Eran tres cabezas de pescado.

Cuando preparábamos cebiche con mi hermana guardábamos las cabezas porque sabíamos que servían para hacer chilcano, pero como mi viejo ya no vivía con nosotros y nosotros no comíamos cabezas de pescado, al cabo de unos días seguían abandonadas en la refrigeradora llenándose de escarcha. Esa madrugada, sin embargo, el hambre que yo tenía era tan salvaje que metí la cebolla y las tres cabezas a una olla con agua y sal y prendí el fuego, esperando vaya a saber qué cosa. Luego me fui a recostar a mi cama. Al cabo de una hora desperté asustado y fui corriendo a la cocina. El agua, casi totalmente consumida, burbujeaba, la cebolla ya se había deshojado en transparentes pétalos y a las cabezas de pescado se les estaban desprendiendo minúsculos fragmentos de pellejo que flotaban alrededor dándole una consistencia extraña al caldo. Apagué el fuego y me serví todo en un plato hondo.

Es posible que nunca haya comido algo tan rico como eso. Por la mañana, mi hermana encontró el plato con todos los huesos del cráneo y preguntó ¿Mi papá ha venido? Lo preguntó como quien ve restos de ganado muerto y dice ¿Ha sido el Chupacabras?. Pero no. Había sido yo.

Desde entonces como cabezas de pescado. Las como en el chilcano, en sudado, fritas, arrebozadas, como sea. Y cuando la gente me queda mirando como a un animal de zoológico, cuando la mesera recoge el plato y no encuentra la cabeza y se asusta, yo pienso que me estoy convirtiendo en mi padre. Y eso me gusta, porque mi padre y yo no nos parecemos en casi nada. Y saber que lo que nos une es la capacidad de devorarle la cabeza a un pescado me hace sentir como si fuéramos parte de una escondida tribu de salvajes. La tribu de los hombres que han devorado todos los ojos del océano. Los hombres que sonríen y muerden con los dientes de los peces.


miércoles, 17 de junio de 2015

decisiones

Me encuentro en el club de cátedra con un amigo, profesor de filosofía. En realidad no es mi amigo, solo conversé con él una vez en una fiesta, pero su conversación fue tan sincera y transparente que desde entonces lo sentí como alguien cercano. Además anda siempre con esta expresión de estar navegando en el velero llamado libertad de Perales y eso me pastelea. Es decir, ver que una persona que tiene como profesión cuestionarse todo, conserva esa paz, como que me reconcilia con la vida. Pienso: si este pendejo anda así de tranquilo seguro que es porque en el fondo todo está bien con el universo. ¿No? Bueno, la cosa es que al entrar al club de cátedra, veo que este amigo filósofo está detenido frente a la chica del carrito sanguchero y con la mirada inspecciona detenidamente todas las galletas, kekes, brownies, chocolates, barras energéticas y sánguches posibles. ¡Hola! -le digo- ¿cómo estás?. Sonriendo pero casi sin dejar de mirar el carrito me responde: "Tomando decisiones". ¡La putamadre! Tomando decisiones. Yo pensé que estaba mirando galletas. También yo vengo con un sánguche de pollo en la mano. Lo acabo de comprar afuera de la universidad y es uno de esos que vienen con un sachet de mayonesa para que tú mismo se lo untes. 2.50 me costó. Había uno de 3 soles pero venía en pan ciabatta y era muy grande para andarlo comiendo delante de mis alumnos. Supongo que yo también tomé una decisión al escogerlo pero no lo había pensado hasta que él lo dijo. Finalmente parece decidirse y sonríe como si acabara de resolver una paradoja. ¡TOMA TIEMPO! me dice y se va todo contento con su desayuno. Yo termino de preparar mi café y me voy también a comer el mío. Pero entonces mi sánguche ya no me sabe a sánguche sino a teorema de pollo deshilachado. Y el café es una paradoja de la amargura. Y el sillón en el que me siento a beberlo es un acolchado signo de interrogación. Así que me paro y me voy a caminar por la universidad. Pero ahora cada paso que doy me parece un camino posible, otros encuentros, otro tiempo. Así que pienso: si escoger un sánguche implica una decisión, qué pasará cuando en un rato tenga que escoger la forma en que daré mi clase o la nota con la que condenaré a mis alumnos a la bica y posiblemente a otro futuro. ¿Que calles escogeré hoy al volver a casa en mi bici? ¿Iré el viernes a ese reencuentro con mis amigas del colegio? ¿Qué nombre le pondré a mi nuevo libro? ¿Llamaré hoy a mi mamá? Mis pasos se hacen cada vez más lentos y pesados, me voy encorvando, endureciendo, atemporalizando. Por fin llego a una banquita donde apoyo el culo totalmente petrificado. Y así me quedo. Una de mis manos me sostiene la barbilla. La otra se aferra a los restos de un sánguche de pollo que ya no sabré cómo terminar.

martes, 16 de junio de 2015

GOT

En la sala de casa mi roomate tiene una reu y yo escucho las conversaciones desde mi escritorio. Ahorita iban a empezar a hablar de Game of Thrones pero una chica paró la conversación diciendo: "No no no, chicas, yo no puedo ver juego de tronos porque me calienta. Hay demasiado cache y encima la ponen en las noches. Y lo jodido no es tanto que cachen, sino que además del cache hay mucho texto, entonces no te puedes concentrar en ninguna de las dos cosas porque apenas empiezas a ponerte caliente ya se murió alguien. Y así no se puede vivir" La mejor reseña de todos los tiempos.

jueves, 28 de mayo de 2015

con el Couch en el Tockyns

así que estamos en el bar. mi amigo me dice ¡una chela y nos vamos! pero pedimos cuatro. y luego dos más y luego dos más. y me cuenta. amé a esa mujer tanto. pero ella me traía en su carro y me contaba la historia del amor de su vida. y en ese momento me di cuenta que yo no era parte de la foto. ni siquiera era el fotógrafo. no era ni el tipo del catering, me entiendes? pero espera. mientras yo la escuchaba llorar por otro pendejo, bajábamos por una calle de Miraflores desde la cual yo veía la cruz de Chorrillos. No sé qué puta calle era. pero se veía la cruz y sentía que aquello era una señal. Ya sabes, la cruz, que me hablara de otro tipo. así que decidí olvidarla. pero hoy el taxi que me trajo bajó por la misma calle de la cruz. 5 años después. ¿tú crees en las señales? nah, mierda. mira. armé una lista de spotify solo por los nombres de las canciones. para que juntos dijeran algo. Me and the devil the old and the young like a child again not in love it's no good paint it black master and servant under my thumb I'll stay with you gimme shelter but not tonight. ¿te parece que dice algo? ¿oye tú crees en las señales? carajo, hazme caso ¿a quién estás mensajeando?

martes, 26 de mayo de 2015

la teoría del iceberg


Hoy, en medio de una clase sobre la teoría del iceberg en la que leemos cuentos en los que aparentemente no pasa nada pero cuyos personajes viven una tensión tremenda por conflictos que se tejen bajo la marea de lo narrado (Un día perfecto para el pez plátano de Salinger, Gato bajo la lluvia de Hemingway, ¿Por qué no bailan? de Carver) una alumna me pregunta: ya profe, pero ¿qué pasa cuando no está usted para hacer con nosotros este análisis del cuento y descubrir la parte oculta del iceberg? ¿qué pasa si nunca lo veo y no entiendo el cuento? Una pregunta totalmente válida y hermosa a la que tengo que responder algo estúpido y triste: Bueno, supongo que entonces te lo pierdes. Y está bien. Hay libros, cuentos, poemas que no llegan a nosotros en el momento indicado. O fotografías que un día te parecen estúpidas y otro día pueden hacerte llorar. No podemos pisar todas las minas del campo minado. No podemos ser el Titanic todos los días. Ella alza los hombros y sonríe de medio lado como resignada. Quisiera decirle algo más pero no se me ocurre qué. Así que al volver a casa en la bici, pedaleando por Salaverry sigo pensando en lo que me dijo. Pienso que a mí no me angustia tanto perderme ciertos cuentos o libros o canciones porque ya he tenido suficientes que me han marcado para siempre. Pero solo cuando ya estoy por entrar a Pezet descubro que aquello que ella me preguntó sobre los cuentos es lo mismo que a mí me angustia sobre la gente que he conocido o sobre la gente que me cruzo en la calle: ¿Y si no llegaron en el momento indicado? ¿Y si los dejé pasar de largo porque no me gustó la primera frase que dijeron? ¿Y si estaba demasiado borracho, demasiado cansado, demasiado distraído para darme cuenta de lo bellos que eran? Porque me ha pasado que tras haber perdido a una chica o algún amigo he dicho, años después, ¡Era por eso que lo hacía! ¡Así se sentía! ¡Oh mierrrrdaaa! Y he querido abrazarlos como cuando terminaba de leer un libro que me partía. Pero a la gente no se puede volver tan fácilmente como a los libros. No siempre puedes releerlos. A veces tienes que vivir para siempre con la angustia de no saber si en otra época de tu vida los hubieses entendido mejor. O si incluso, pudieron haberse convertido en tu libro favorito. Sigo pedaleando y veo a la gente en las calles, pero ya no veo gente, sino icebergs. Solo una parte de ellos asoma: su cara de sueño, la marca de su carro, lo que compran en el supermercado. Pero debajo de todo eso intuyo sus corazones, la parte grande del iceberg, esperando impactar en alguien que los comprenda. Y me pregunto qué tanto de mi iceberg está visible y si acaso ponerlo más a flote será la razón por la que escribo. Y me pregunto también qué tan lejos está el barco que viene hacia mí. O si es que ya nos cruzamos antes y nos dejamos ir.

jueves, 21 de mayo de 2015

viernes, 15 de mayo de 2015

oe ¿pa eso llamas desde el futuro?

Ayer, al final de la noche, estaba en mi cama viendo una película cuando entró una llamada a mi cel. Lo levanté para ver quién llamaba antes de ponerlo en mute pero no era ninguno de mis contactos. En la pantalla aparecía un número larguísimo como si me estuvieran llamando desde la Matrix. Apreté la tecla verde. ¿Aló? Era mi hermana llamándome desde Singapur.

-¡Holaaaa Kimiiii!
-Habla pes, salvaje
-¿Dónde estás?
-En Singapur
-No jodass ¿Y qué hora es allá?
-Son las 11 de la mañana del viernes.
-¡Cállate, si acá en Lima todavía es jueves!
-Lo sé. Te estoy llamando desde el futuro.
- 0__o ¡Csmmm!

Después conversamos de otras cosas pero cuando colgamos yo solo pensaba en que mi hermana estaba en el futuro. Y ya no pude dormir. Me pasé las siguientes horas pensando en el movimiento de la Tierra, en el Sol, en los husos horarios y en huevadas que nunca me he tomado la molestia de averiguar. Cosas como ¿en qué lugar del planeta empieza a contar el nuevo día? ¿Cuándo y cómo se pusieron de acuerdo? ¿Quién será la última persona del planeta que amanece? ¿Lo sabe? ¿Qué pasa si vas en un barco justo a la medianoche y cruzas esa línea? Y hoy por la mañana: ¿Por qué según el reloj de mi pc mi hermana todavía no ha hecho la llamada que yo ya estoy describiendo? ¿Qué pasa si en 5 minutos, a las 11am, le devuelvo la llamada y su teléfono suena ocupado? ¿Seré yo? Pero sobre todo, la pregunta que me sigue carcomiendo el cerebro es: ¿Por qué mientras yo veo una maravillosa película de Yasujirō Ozu llamada Cuentos de Tokio, mi hermana me llama desde Singapur para contarme que se va a comprar un celular nuevo y quiere que vaya a Compuplaza a que le averigüe si el ancho de banda de Perú es compatible con el de Singapur y si ellos hacen el cambio y cuánto cuesta? ¿Por si acaso alguno de ustedes sabe? xD


lunes, 11 de mayo de 2015

Caradeperro Records

Hace poco le regalaron a Karen un libro llamado "1001 discos que hay que escuchar antes de morir". Como lo tenemos de centro de mesa, cuando nuestros amigos vienen de visita, agarran el libro y lo hojean y gritan: ¡Alamierdaaa este disco! o ¡NOOOOO este disco NOOOO, que quemado! o van corriendo al índice, diciendo: ¡Este disco tiene que estar! ¡TIENE QUE ESTARRR!. Y cosas así. Yo no soy un muchacho que escuche discos, soy más de canciones. Pienso que el shuffle es una de las mejores cosas que se inventó en la vida. Sin embargo, se me ocurrió que sería paja escuchar un disco cada mañana y escribir algo. Tengo un libro que terminar y ando medio trabado y una vez leí que la mejor forma de escribir algo es tener que escribir otra cosa. Un profesor también me dijo: Levántate todas las mañanas y vence el miedo a la página en blanco escribiendo lo que sea. Así que bueno, acabo de crear una página/sello discográfico para hacer eso. Se llama CARAdePERRO Records y Pika sale en el logo. Yo antes tenía un blog donde hablaba de canciones. Se llamaba "Las canciones favoritas de Bruce Lee" y era un blog que disfrutaba escribir, pero luego me lo cerraron por subir canciones sin permiso y solo pude rescatar una docena de textos que había impreso o enviado por mail. La idea de esta página es un poco diferente. No voy a hablar de los álbumes ni mucho menos hacer crítica musical. Lo que haré será darle play al álbum en youtube y escribir algo mientras lo escucho. Luego lo linkearé para que ustedes puedan oírlo mientras leen. Iré avanzando en orden y tratando de no saltear ninguno de los 1001 álbumes. Vamos a ver hasta dónde llegamos. El primero es "In the Wee Small Hours" de Frank Sinatra. Fue grabado en 1955 y, aunque no tiene ninguna de las canciones más famosas de Frank, es terriblemente bello. El libro dice que es el mejor disco de desamor de todos los tiempos y fue grabado al poco tiempo de que Frank terminara su larga relación con la actriz Ava Gardner. Me he pasado la mañana oyéndolo y he escrito un texto con el que inauguraré "Caradeperro Records". Al principio le iba a poner Everymorning Records pero dudo que pueda publicar algo todos los días. Prometo tratar de escuchar dos álbumes por semana. Además vi la cara de Pika que es quien va a estar aquí escuchando los álbumes y dije: CARADEPERRO!

 Bueno, aquí los dejo con Caradeperro Records y Mr. Frank