viernes, 12 de diciembre de 2014

Tragicómico viaje a la laguna de la Huacachina con mi futuro editor, también conocido como La vetusta Morla. El amigo que me invitó a leer poesía nunca apareció. Como él era el único que sabía que yo iba a leer (y yo no me tengo tanta fe poética como para decir esta boca es mía) no leí ni mierda. Mis textos se quedaron dentro de mi morral junto con mis calzoncillos y mi cepillo de dientes. En otro momento no me hubiese importado, pero como justo ando leyendo Mujeres de Bukowski, un libro que Charles escribió cuando ya era famoso y en el que cuenta de todas las muchachitas que se lanzaban a su cama después de los recitales, pues, yo andaba optimista con la idea. Al final solo compartí una habitación de hotel con mi editor, que es lo que le toca al 99% de escritores. Pero compramos un pisco. Nos lo pasábamos de una cama a la otra. Apagamos las luces. Mirábamos un programa de cocina en el que Anthony Bourdain puteaba a otro chef. Comía y decía: esto es una basofia. Luego le daban otra cosa: Basura, basura. Otro plato nuevo: Lo peor que he probado en la vida. El otro chef quería llorar. Al principio pensé: pobre muchacho. Pero luego me daba más pena por Bourdain. En lo triste que debe ser haber desarrollado tanto el paladar y que todo te parezca una mierda. Luego me quedé dormido. En el bus de regreso vimos el atardecer. Treinta minutos antes de llegar a Lima la terramoza puso un cd con videos de Enrique Iglesias. En uno salía Mickey Rourke pateándole la barriga. Esa fue la única parte buena. La peor parte fue cuando reconocí una de las canciones y me di cuenta que era una terrible versión en español de la bellísima canción que los Flying Pickets tocan al final de Fallen Angels. Only you. Si en el 2013 hubieses entrado a mi corazón como quien entra a la casa del terror, hubieses escuchado esa canción de fondo. La última vez que fui a la laguna la Huacachina, hace 8 años, perdí mis lentes amarillos en medio de una borrachera en las dunas. Cuando desperté volví a las dunas y me puse a buscar mis lentes amarillos. Yo les llamaba los lentes de la felicidad así que no quería perderlos. Temía que el simbolismo se materializara. El sol pegaba en la arena y me rebotaba en la cara como bofetadas de lata. Al cabo de una hora desistí. Di por perdidos los lentes. Esa misma tarde volvimos a Lima en la camioneta de Fer. Por la mañana habíamos estado en la piscina del hotel jugando a aguantar la respiración. Yo quería aguantar más. No porque me importara ganar sino porque me parecía lógico que de los 7, fuese yo, el único que había ido sin novia, el más dispuesto a vivir bajo el agua. Pero el asma no me dejó. Pensé: a lo mejor la próxima vez que venga encuentro mis lentes. Pero no los he encontrado esta vez.

viernes, 21 de noviembre de 2014

la última clase

El ciclo va llegando a su fin. Me quedo mirando a mis alumnos y me pregunto si realmente les he enseñado algo. Detengo la clase. En un arranque (no sé bien si de sinceridad o de narcisismo) les digo que saquen un papelito y escriban una pregunta que les gustaría hacerme. Una pregunta sobre el acto de escribir o de publicar un libro. Algo que no haya podido enseñarles en el ciclo. Algo que no esté en el syllabus ¿Cualquier cosa, profe? Cualquier cosa. Se ponen a escribir. ¿Listos? Listos. Lo primero que preguntan: Profe ¿consume drogas cuando escribe? Ya la veía venir. Todos me quedan mirando con sonrisas ansiosas, como si yo fuera Johnny Depp en "Miedo y Asco en Las Vegas" y estuviera a punto de abrir una maleta y ponerme a repartir metanfetaminas y éter. Me cuesta romperles el corazón, pero lo hago. Bueno, chicos, las consumo pero nunca cuando escribo. La hierba da sueño. Un par de chelas, una botella de vino, eso sí, lo suficiente para invocar esa maravillosa habilidad de confundir una cama con un rinoceronte, pero no tanto como para dejar que tu propio sueño te atraviese el cerebro con su cuerno. Segunda pregunta: ¿Qué es la literatura? Ala no, muy difícil. Profe, tiene que responder, exigen. Me quedo mudo, pienso un poco. Es lo que se inventa la gente que no aprendió a vivir en el mundo real. Tercera pregunta. ¿Cuánto gana escribiendo? JAJAJA Que buen chiste, csm, siguiente pregunta. Ya pe’ profe, en serio. Mira, lo poco que gané me lo gasté invitándoles chelas a los amigos que compraron mi libro. Profe, ¿cuánto le toma escribir un cuento? A veces una noche, a veces un mes, hay cuentos que empecé cuando tenía 20 y los terminé cuando tenía 30. ¿Qué es lo que más le gusta de escribir? Escribir. Ese momento en que acabo un cuento y siento que he creado una mano capaz de apretar un corazón. Última pregunta. Profe, ¿necesita estar inspirado para escribir? Lo necesitaba cuando tenía 17. Escribía cada vez que una chica me choteaba. Escribía para escapar de la friendzone. Pero a ese ritmo escribía dos veces al año. Entonces comprendí que no podía depender de eso. Tampoco se trata de escribir sin inspiración, pero mira, si te sientas todos los días a escribir, al cabo de un tiempo eres como uno de los perros de Pavlov y no puedes ver un teclado sin empezar a salivar. Todo lo que te pasa lo imaginas en palabras. Ahora puedo escribir sobre cualquier huevada y convertirla en algo maravilloso. ¿Cómo sobre qué, profe? Sobre ustedes por ejemplo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

un ogro, un duende

La clase acaba temprano pero un grupo de chicas se queda en el salón. Hacen una rueda sentadas sobre sus carpetas y una de ellas entrevista a las demás. Las graba con su celular, imagino que para el trabajo de otro curso. Yo estoy en mi escritorio, tratando de pasar desapercibido. Estas son las preguntas de la entrevista: ¿Cuántos novios has tenido? ¿Has sido infiel? ¿Has tenido relaciones bajo los efectos del alcohol? ¿Consumes sustancias alucinógenas? ¿Has besado a una chica? ¿Has dudado de tu sexualidad? ¿Quieres casarte? ¿Aceptarías hacer un trío? Las chicas han respondido que sí a casi todo. Efusivamente, además. Luego se van del salón, abrazadas y muertas de risa. Yo me quedo leyendo los cuentos que han presentado hoy. La mayoría de las historias tratan de ogros, de duendes y de seres malignos que dificilmente logran asustarme. Pienso "si supieran que escuchando sus respuestas a la entrevista se me ha puesto la carne de gallina, hubieran escrito sobre sus propias vidas". Un ogro, un duende, no son nada comparados con una mujer con las hormonas revueltas.

sábado, 15 de noviembre de 2014

temblores

El temblor de ayer me agarró dictando clases en el 8vo piso. El tema era "El diálogo en la narración" así que les estaba proyectando escenas de Pulp Fiction, que es probablemente la película con los mejores diálogos en la historia del cine. Es más, si alguna vez me preguntan: Pierre ¿por qué eras profe?, una de las posibles respuestas será: "para ver las caras de mis alumnos cuando por primera vez en sus vidas ven al negro Samuel Jackson decir Ezequiel 25,17. O para ver cómo se enamoran de Mia Wallace cuando cuenta su chiste de la familia tomate, o para sentir sus respiraciones contenidas justo antes de que Vincent le clave la inyección de adrenalina en el pecho".

Cuando empezó el temblor íbamos recién en Royaaale with cheeeese, pero como estábamos en el 8vo piso todos salieron corriendo como ratas de alcantarilla. Nos evacuaron del edificio. Al volver, quise darle play a la peli pero estaban mirando su facebook, mandando mensajitos. Les digo: ¡apaguen esas huevadas! Me dicen: profe, es que tengo que avisarle a mi vieja que he sobrevivido. Así que les doy unos minutos. Cuando por fin todos apagan su cel, llega un mensajito al mío. Es mi vieja. Se cagan de risa. Les digo: ¡Yo también tengo mamá! ¿qué pensaban, que me habían hecho de fango como a los orcos del señor de los anillos?

La llamada de mi vieja no ha entrado así que tengo un mensaje de voz. Parece que mi vieja (que está en Sullana en el cumple de mi abuela) no se ha dado cuenta de que se ha activado la casilla de voz así que la escucho matarse de risa con mis tíos. Les dice "ese chico es muy nervioso, ¿qué habrá hecho en el salón?". Y luego la voz de mis tíos: seguro que ha dejado a sus alumnos encerrados y se ha tirado por las escaleras jaaaaa y mi abuelita: ay pobre muchacho! Tengo que salir del salón para reírme con ganas. Pero el mensajito además me deja pensando en por qué mi vieja creerá que los temblores me asustan tanto. Entonces recuerdo estas 2 escenas de mi niñez.

Tenía 13 años cuando llegamos a Lima. Una noche de ese año (1993) me fui a jatear donde mi tío Héctor que vivía en la azotea de uno de los edificios más viejos de Lince. Y justo ESA madrugada, hubo un temblor de la granputasumare. Como el cuarto de mi tío era una pocilga chiquita y tenía muchas repisas y huevadas inservibles, todo empezó a caer sobre la cama y era como el diluvio universal. Pero eso no fue lo peor. Lo más jodido es que mi tío era vecino de 2 viejas locas que estaban aterrorizadas y se pasaron el resto de la madrugada gritando en la azotea: ¡CRISTO MÍO, SACA A SATANÁS DE ESTE EDIFICIO! Los vecinos las mandaban a callar pero ellas siguieron por varias horas cantando la canción del Señor de los Milagros y otros conjuros que me pusieron los pelos de punta. Al día siguiente llegué a mi jato totalmente traumatizado, no tanto por el temblor sino por la imagen de esas viejas que creían estar luchando contra una cabra gigante.

El otro recuerdo es todavía más antiguo. Tal vez tenía yo 10 años. Habíamos ido con mis tíos y mis primos a pasar el fin de semana en una casa de playa de Punta Sal. Estábamos almorzando cuando todo empezó a temblar. Si hay algo peor que un temblor, es un temblor cerca al mar. Corrimos fuera de la casa. Cuando el temblor acabó nos miramos las caras para ver si estábamos completos y entonces el tío Lucho se dio cuenta de que yo me había traído mi plato de comida conmigo. Me señaló y dijo: "ESE PIERRE, SE HA TRAÍDO SU COMIDA! NI COJUDO!" Todos mis tíos y mis primos voltearon a verme. Yo era un niño gordito y aterrorizado pero que todavía sostenía un plato de comida entre las manos. Estalló la carcajada. Mi tío Lucho tenía una risa capaz de partir un cerro en dos y era tan contagiosa como la varicela. Los pendejos no dejaron de joderme en todo el viaje. Eso fue hace como 25 años pero como yo no vivo con mi mamá hace 17 seguro que ella sigue alucinándome en alguna pendejada cada vez que hay un temblor.

Ayer, sin embargo, estuve tranquilo. Cuando empezó el temblor, me puse a recoger todos los muñecos de acción que había llevado para que mis alumnos hicieran diálogos y luego me quedé en la puerta del salón, esperando tranquilamente a que pasara el temblor. Ahora me doy cuenta de que varios de mis terrores adolescentes se han curado. Ya tampoco les tengo miedo a las inyecciones, ni a la oscuridad, ni a las calles vacías, ni a los locos, ni a mi sótano de madrugada, ni a los líquidos inflamables. Todavía le tengo un poco de miedo a los ciegos pero supongo que eso es porque no conozco a ninguno. Y siento también que el gran miedo a la muerte va desapareciendo. Envejecer debe ser eso. Algo como ir trabando amistad con ella. Empiezas por mirarla de reojo, le conversas, le escribes un cuento. Entiendes su punto de vista. Y cuando ya eres capaz de mirarla a los ojos y sonreirle, es porque has comprendido que ella no tiene ninguna prisa, que te dejará escribir todos los cuentos que te faltan y que el día que venga a llevarte de paseo, estarás tan preparado como un chico que mete latas de atún a su mochila, antes de irse de campamento con sus patas.

martes, 11 de noviembre de 2014

chamarras

Que poco nos fijamos en lo que se ponen las chicas. karen me dice: me he manchado con palta, llévame una casaca de cuero para taparme. yo recuerdo a karen en casaca de cuero, así que pienso que será fácil abrir su clóset y sacar su casaca y llevársela. pero cuando abro las puertas de su clóset, me encuentro con un culo de casacas de cuero. le digo: webona, tienes 8 casacas de cuero. que te computas. el fonzi? broder, hay una de cuero azul, una marrón con cuello de felpa, otra que es mitad de cuero mitad de lona, otra con incrustaciones de metal y así seguimos. Causa, yo tuve 1 sola casaca de cuero en mi vida y ya me sentía la cagada. tenía 16 años y poseía una casaca de cuero. ¿cuántos de mis patas tenían casaca de cuero? ni uno! eran unos pordioseros de mierda. tener casaca de cuero era como tener un lamborghini. pero karen tiene 8. así que le digo: oe carajo, qué te pasa? quién chucha tiene 8 casacas de cuero? me dice: pierre de mierda, agarra cualquiera y llévamela. más tarde nos encontramos y se la doy. veo cuando se la pone, tan linda. luce sus famosas fachas de príncipe y mendigo. la reconozco. esa es karen, carajo, pienso. y tambén pienso: que jodido es parecerse a uno mismo

martes, 4 de noviembre de 2014

el hombre que solo comía zanahorias

Mis 2 mujeres se han ido de casa. Karen a la selva y Pika a un albergue donde la están entrenando. Un albergue que según Karen es como la colina de los teletubis llena de perritos pero que yo imagino mas bien como el manicomio de Alguien voló sobre el nido del cuco en versión canina. En su primera mañana de ausencia han venido 2 chicos a entrevistarme. Dos ex alumnos. Los recibí con vasos llenos de jugo de fresa porque esta mañana fui al mercadito y vi que todavía estaban en temporada, o sea que cuestan 4 o 5 soles el kilo, dependiendo de qué tan machucadas estén. Después de la entrevista les pregunté si querían tomar otra cosa y nos tomamos medio jonca de chelas. Mientras bebíamos hablábamos de este cuento de Bukowski sobre el caníbal y la ninfómana. Y también de aquel cuento de S.King sobre un chico que pasea por la ciudad con flores y que al final mata a una chica a martillazos. Antes de irse uno de ellos me dice: No pareces profe. Le digo: ¿qué parezco, alumno?. No, tampoco. ¿Barrendero? No. ¿Qué entonces? Un ebrio. Nos damos la mano en la puerta del edificio y yo me voy en la bici. Paso la tarde durmiendo. Por la noche voy a Inestable y me compro la Poesía Completa de Leopoldo María Panero. Al llegar a casa abro el libro al azar y encuentro un poema que se llama El hombre que solo comía zanahorias. Lo leo y entonces pienso. Este soy yo. Este es mi poema. Y cierro el libro. Y miro mi sala vacía de ladridos y de risas. Y no sé si estar triste. O contento.


lunes, 3 de noviembre de 2014

el hígado encebollado de mi vieja

A estas horas y después de un largo día de trabajo me acabo de cocinar un suculento hígado encebollado como los que hacía mi vieja para el desayuno allá en Talara. No lo preparaba todos los días, ni que fuéramos gallinazos. Pero una vez por semana para emocionar el buche. En provincias el amor se demuestra con alimento. Por eso fui un niño redondo. Me querían mucho. A mi hermana también le gustaba el hígado encebollado excepto por el hígado. Que rico, decía la pendeja y se llenaba el pan de cebollas, tomates y ajíes. Mis papás se separaron cuando yo era niño así que casi no tengo recuerdos de estar todos juntos, salvo por esas mañanas talareñas desayunando hígado encebollado. Cuando quedaba un último pedazo en la fuente, mi viejo agarraba un pedazo de pan francés, le metía el hígado dentro con un poco de cebollitas y me lo daba. Todos nos reíamos y ahí llegaba la movilidad y salíamos disparados al colegio. En algún momento mi vieja me enseñó a picar cebollas y tomates. Me enseñó cómo se le pone la sal a la carne. Han pasado más de 20 años. El hígado encebollado me sigue sabiendo a calor de hogar.

viernes, 24 de octubre de 2014

los que dicen que Lima es horrible seguro que no tienen bicicleta. o nunca la recorrieron borrachos o al lado de una chica divertida. si hiciste las tres cosas, estoy seguro de que estás enamorado de esta maldita ciudad

jueves, 23 de octubre de 2014

miércoles, 22 de octubre de 2014

los tomacorrientes con deseo

Entrar a la boca del dinosaurio. Habitar una bombilla eléctrica. Abrir los brazos como el hombre de vitruvio. Usar de almohada el aliento de una botella. Incendiar un inofensivo día miércoles. No temerle a la hoja en blanco. Pedirle ayuda a tu radiocasetera. Pensar en tu mochila de colegio extraviada en el techo del colegio. ¿Cómo he llegado tan lejos sin haberme perdido el rastro? ¿Por qué sigo pareciéndome tanto a mí mismo? Después de Mr. Meursault, de Dean Moriarty, de John Singer uno pensaría que te cambia el alma. Pero sigo siendo el pellejo carcomido por el fuego adolescente. Es como tener un viejo Dogde con el motor de un Lamborghini. Ver a lo lejos los postes de luz de Villa María del Triunfo. Pensar: mi pata Jon debe andar por ahí, extraviado como yo, besando las veredas, bailando un vals con el tronco de una acacia amarilla. Pensar: mañana tengo el día libre. Acordarme de esa vez que me tiré la pera del colegio con unos patas. La playa de piedras de Miraflores. Nos sentíamos como presidiarios recién fugados. Casi velociraptores. Teníamos 13 años y 44 dientes cada uno. Veíamos a las chicas en bikini y nos parecían cometas intergalácticos. El mar es una especie de recordatorio. Por eso vale la pena ir a mirarlo de vez en cuando. Abrir las cortinas. Cerrar las cortinas. Cerrar los ojos. Desabotonarte el miedo. Yo no estoy enamorado, te dije, más tratando de convencerme a mí mismo que a ti. Abrazar mi guitarra como si fuera un caimán negro. Negarme a comer. Bailar un adagio de Albinoni. Lamer las paredes. Viajar en el techo de los buses. Imaginarte con mi camisa a cuadros. Gritar versos en desorden. Pensar en todos los libros que no debí leer. En las clases de baile que debí tomar. Hacer llenado de techo. Poner cortadoras en nuestros cumpleaños. Las flores a la fotosíntesis, las serpientes a destilar veneno. Equivocar la puerta del baño. Mirar los tomacorrientes con deseo. Echarte perfume para ir a la bodega. Mirar tu nevera como si fuera un portal. Confundir el urinario con el oráculo de delfos. Recordar a tu vecina jugando con su hula hula. Confundir el recuerdo con los anillos de Saturno. Morir en un colchón demasiado grande. Despertar temprano. Vestir tu saco azul como un príncipe. Llamar Rocinante a tu bicicleta. Sentir el aire de la mañana en Benavides. Sonreír como una nube que suelta relámpagos. Saber que todo está bien. Cruzarme contigo. Ver como se desbarata el universo.