domingo, 13 de abril de 2014

la gente dice que me he vuelto loco

Hace 10 años cogí un lapicero azul y escribí algo sobre un viejo polo blanco. Hace 10 años yo acababa de regresar de Brasil y estaba en la miseria y estaba solo y estaba también algo extraviado. Que digo ALGO extraviado. Mierda, estaba como Major Tom una semana después de la canción. Era un satélite obsoleto y todas las esquinas de la ciudad me parecían agujeros negros. No tenía muchas cosas, pero tenía un lapicero azul y un viejo polo blanco. Uno de esos polos con los que hacíamos educación física. Salir a la calle, estando pobre y solo, no siempre era fácil así que yo necesitaba una especie de traje protector. Una escafandra para la noche. El polo así como estaba no me servía. Por eso agarré el lapicero y escribí algo sobre el lado del pecho. Después me lo puse y salí de la nave. Esa noche conocí al primer grupo de chicos con los que me junté a leer cuentos. Y más tarde, cuando otros amigos me dijeron que bajara al Juanito para tomar unas chelas, fui y llegué a una mesa en la que, además de mis amigos, también estaba mi primera enamorada... y su nuevo chico. Estuve unos 20 minutos en la mesa y luego fui a estallar mi supernova a otro bar. ¿Qué habría sido esa noche de mí sin ese polo? No sé. ¿Qué habría sido de mí sin aquellos versos de Eielson? Ni puta idea. Probablemente sería un tipo parecido al que hoy me mira desde el espejo. Pero nunca hubiese comprendido que uno puede encontrarse en el abismo. Que también hay un extraño confort dentro de la confusión. Y que la calma es una mano que se extiende y puede encontrarte en cualquier esquina de la galaxia donde hayas caído.


Este era el poema que me escribí sobre el polo:



 La gente dice que me he vuelto loco

Porque no uso corbata
Ni sombrero. O porque me enamoro
Siempre cuando llueve
O hace frío. La gente se ríe
De mi corazón cuando estornudo
Cuando lloro o cuando respiro
Pero la verdad es que la gente
Detesta mi cara de payaso
Asustado. Y sobre todo mi bolsillo
Siempre vacío y la oscuridad
En que me muevo entre destello
Y destello



Jorge Eduardo Eielson
Lima, 13 de abril de 1924 - Milán, 8 de marzo de 2006

viernes, 11 de abril de 2014

mr blue sky

esta noche. esta jodida noche. que ganas de ver a joel y clementine para irme a la mierda en subterráneo. que ganas de que amanezca a las 3 de la madrugada. de que fumar no haga daño. esta noche. de pintar tu pelo con las manos. de que mi cama tenga rueditas y bajar a toda velocidad por Arenales. de que seas color verde como las botellas. y ámbar. y verde también. que ganas de bailar en la pantalla del insomnio. de llorar como en el poema de Girondo. Inundar las veredas y los paseos. de ser feliz estando triste. tan triste. de escuchar esta canción 99 veces. vamos 30. de decir la palabra blue blue blue. de saber cómo se dicen en japonés, en suajili, en mudo. de explicarte qué significa mamihlapinatapai. que ganas de que nadie lea lo que escribo. como cuando tenía 16 y escribía anónimamente sobre la pantalla azul del wordperfect. estanoche. esta jodida noche. que ganas de no haber leído nunca Carta a una señorita en París. de que me digas: léelo, te va a gustar. de besar los nidos de las hormigas, la madera vieja, la infancia de mi madre. que ganas de pensar: esto también podría escribirlo sobrio. de saber que no. pero he de disparar 99 veces al aire si he de darle una al corazón. esta noche. que ganas de ver cómo muda de piel la serpiente urbana. de ser un barrendero recogiendo las escamas del viernes. que ganas de hurgar los tachos, las luces de neón, las peceras. para saber qué hacemos con los días. la rueca de nuestro tiempo. que ganas locas de salir de esta casa de los espejos. de escribir un cuento de verdad. ¿para qué? si yo escribía para esto. para llenar las noches cuando todavía no sabía peinarme ni sacar a bailar a nadie. pero no es solo eso. también son las ganas entrar al lenguaje como a una cueva. de ser atacado por los osos. de ser herido. de detener el abismo. que ganas de quedarme dormido.

jueves, 10 de abril de 2014

el Dibujapingas

La frase con la que debería empezar esta historia, está por la décima línea. Pero no la leas ahora, carajo. Aguante un poco, maldito precoz. Estoy enseñando a mis alumnos ganchos narrativos, formas de empezar a contar; y si este texto fuera de uno de ellos, se lo corregiría y le diría: No flaco, mira, esta frase tan mortalmente reveladora que has puesto en la décima línea, debería ser la frase con la que abres el cuento. Sin embargo, yo necesito un poco de intriga antes. Este ciclo tengo casi 200 alumnos, pero nunca soñé que ÉL estaría entre ellos. Recuerdo que cuando vi aquella escena de Superbad dije: ptmre, este weon es mi ídolo. Y a los ídolos los vemos solo de lejos, no? Pero ya no. Este es el asunto: Uno de mis alumnos DIBUJA PINGAS. TODO EL TIEMPO.

Al principio me costó reaccionar. Les había pedido que se dibujen metamorfoseándose en algo: un monstruo, un animal milenario, un objeto parlante. Cuando pegamos los dibujos en la pizarra, había de todo: unicornios, robots skaters, hombres lobo, pordioseros, serial killers, chicas gato, patos rockeros, fantasmas, pingüinos hambrientos y de pronto: un pene que decía: soy lindo. Como el curso es de creatividad y lo que menos me interesa es censurarlos, me reí con ellos.

Luego jugamos al Cadáver Exquisito. Para quien nunca ha jugado este juego de los surrealistas, hay que tomar una hoja de papel y dibujar (o escribir) cualquier pendejada en la parte superior. Luego esa parte de la hoja se dobla hacia atrás, dejando apenas un rastro de la base del dibujo para que otra persona del grupo lo continúe sin saber qué hay arriba. Cuando se acaba la hoja, desdoblas y todos miran el dibujo. Entonces descubres cosas como seres que tienen cabeza de dragón, una casa en la garganta, el mar en el estómago y dos aviones en las patas. Otros grupos tenían dibujos con cabeza de manzana, garganta de remolino, tórax de pollito y un hombre dormido en los pies. Pero en el grupo de este muchacho, el cadáver exquisito tenía un patrón de pingas cada tanto. Le salían de los ojos, del ombligo, del tobillo. Sus amigos estaban muertos de la risa y todo el salón quería ver el dibujo. Yo no sabía si lanzarlo por la ventana o reírme o abrirle el cerebro para ver qué había dentro. Así que me acerco lentamente y le digo cariñosamente: ¿qué pasa con las pingas, muchacho? Todos: JAJAJAJAJAJJA ¿No te la ves todos los días cuanto te bañas? ¿no te la enjabonas? EL SALÓN ESTALLA EN LLAMAS. Sus amigos dicen: las pingas lo tienen loco, profe. Algunas chicas se desmayan. Él también se ríe. Le cuento del chibolo de Superbad. Nos miramos como entendiéndonos.

No sé si la próxima clase seguirá dibujando pingas o no. Ahora que ya ha descubierto que es algo normal y que no me descuadran sus dibujos, veremos si lo que realmente lo impulsaba era la contemplación artística del aparato o las ganas de joder. No estoy asado con él. De hecho, una parte de su cerebro me cae bien. Sin embargo, mi cabeza no deja de pensar en ese día venidero, tal vez veinte años desde ahora, cuando me lo encuentre en un supermercado, hecho un señor, paseando de la mano de su esposa y su hijito, y él me salude emocionado y me cuente de todos los edificios que está construyendo y yo lo felicite y nos despidamos nostálgicos, y entonces, justo mientras él abre el capó de su carro para meter las verduras y las frutas, yo me vuelvo y le grito: Oeee ¿Y te acuerdas de cuando toda la clase te la pasabas dibujando pingas?


domingo, 6 de abril de 2014


el domingo es la cola de un animal que ya está en otra parte

lunes, 31 de marzo de 2014

Mi tía Matilde o está loca o me quiere mucho pero ella cree que un día voy a ganar el Nobel. Me lo recuerda cada vez que nos encontramos frente a la fuente de cebiche con la que me reciben cuando llego a Talara. Cuando cumplí 13 años (un mes antes de venirme a vivir a Lima) me regaló una vieja edición del Quijote de la Mancha que parecía sacada del librero del propio Cervantes. Pesaba como 3 kilos, tenía el lomo rugoso y del mismo color rojo de la cera con la que antiguamente sellaban las cartas, el título aparecía en letras largas y doradas, las páginas eran amarillas como percudidos periódicos de ayer y cada tanto te encontrabas con unos grabados de Gustavo Doré, tan alucinantes y con tantos detalles que, al observarlos, tú también te volvías loco por un rato y creías que el mundo estaba lleno de damiselas, entuertos y gigantes.

Sin duda, era un regalo osado para un niño de 13 años. Sobre todo porque a los 13 a mí me habían regalado un bate de béisbol y lo que más me provocaba no era leer sino juntar a mis primos y a nuestros vecinos para pasarnos las noches en un terral que había frente a nuestras casas, bateando, corriendo y sudando hasta ponernos como chanchos. Mi tía Matilde nos miraba sentadita desde un banquito, junto al algarrobo en la puerta de su casa; y la verdad es que no sé cómo rayos logró ver más allá de la mugre y el sudor y pensar que regalarme su propia edición del Quijote era una buena idea. Presiento que debe haberle costado desprenderse de ella pues también es profesora de literatura y ama los libros tanto como yo los amo hoy. Aquel Don Quijote de la Mancha fue mi primer libro viejo y lo he llevado conmigo en todas mis mudanzas que no han sido pocas. Está demás decir que no lo leí hasta casi diez años después, pero cuando lo hice, comprendí que mi tía no solo me había regalado un libro, sino la confianza de que aquellas palabras se transformarían en algo mucho más grande cuando tocaran mi corazón.

Ahora que es su cumpleaños y yo la recuerdo y recuerdo a los chicos con los que jugaba béisbol en aquel terral frente a su casa, pienso en cuánto hemos crecido. Mis primos, sus hijos, que lejos estamos. Ahora David es un intachable juez, el chino Arturo un ingeniero que levanta calles y puentes; y Tania, la menor, a la que dicen que yo perseguía hasta hacerla llorar, es contadora y tiene su propia casita con jardín y tortugas. Cada vez nos vemos menos. Al extender nuestras alas nos hemos ido alejando del nido que hicimos sobre aquel algarrobo en el parque 14. Pienso que está bien, que es lo que debía pasar. Y sin embargo, no puedo evitar preguntarme qué hubiera sido de nosotros si mi tía Matilde y todos nuestros tíos no hubiesen creído que todo lo que vertían en nuestro corazón se expandiría tanto. Si mi tía Magali no me hubiese leído fábulas de Esopo antes de dormir, si mis tíos Héctor y Roberto no me hubieran enseñado a bailar el rock, si mi tía Lucha no me hubiese ayudado con los problemas del Baldor, si mi tío Pepe no me hubiese prestado su estetoscopio, si todas mi tías no me hubiesen enseñado la ternura, si mi tío Willie no hubiese contado tantas historias chistosas en la sobremesa y si mi tía Matilde no me hubiese regalado esa vieja edición de el Quijote. Es decir, si ella no creyese que yo un día voy a ganar el Nobel ¿Quién sería yo entonces?

miércoles, 26 de marzo de 2014

encuentros del tercer tipo



oe loco ¿quién es tu peluquero?
¿tú tampoco tienes cosa?
préstame tu cel para un mensajito pe'
ET llama a casa


viernes, 14 de marzo de 2014

La lonchera del fin del mundo

No sé si mi hermana recuerda esto pero, cuando éramos chiquitos y vivíamos en casa de mi abuela, preparamos una lonchera de emergencia por si llegaba el fin del mundo. Por supuesto que a los 5 años nuestro concepto de "emergencia" no tenía nada que ver con linternas, alimentos enlatados y medicamentos, sino mas bien con poner a buen recaudo nuestros objetos favoritos.

 Fue así que la lonchera (recuerdo que era roja y alta como una caja de herramientas), se fue llenando de juguetes, crayolas, canicas, chapas y otras rarezas como monedas de sol que mi papá nos había regalado porque empezaba la era de los intis. Es probable que mi hermana también incluyera algunas de esas hojas de carta que coleccionaba y en las que aparecían niños que no tenían tiempo para atarse los pasadores de las botas porque estaban muy ocupados dándose besitos. Y bueno, recuerdo que yo metí un diccionario mini-sopena ilustrado que por aquel entonces cargaba por todos lados. Después de aquel arsenal ya casi no había espacio restante así que lo destinamos a una hermosa mandarina, tal vez presintiendo que después de jugar entre los escombros de la civilización, nos daría un poco de hambre.

El hecho es que a los pocos días, cansados de esperar el fin del mundo (la paciencia de un niño es tan larga como la mecha de un cohetón prendido), fuimos a abrir la lonchera y descubrimos que la mandarina se había podrido y había bañando con su hediondez anaranjada todos nuestros tesoros. Fue un duro golpe y tardamos en recuperarnos de la impresión. Muy tristes nos pusimos a limpiar nuestros juguetes y decidimos que no prepararíamos más loncheras de emergencia y que si el fin del mundo por fin se animaba a venir, su vieja en vinagre lo iba a estar esperando.

Hace un tiempo, visitando un librería de viejo mientras mi hermana recorría el mundo tomando fotos en su crucero, encontré un diccionario mini-sopena como el que habíamos metido en aquella lonchera hace 30 años. No había visto uno como ese desde entonces. Estaba en la zona de remates de un sol, junto a una pila de apolilladas revistas Selecciones. Lo cogí tratando de disimular mi emoción y sin dudar metí la mano al bolsillo y pagué. Ahora lo tengo en casa, apoyado contra la ventana del baño. Hace unas semanas mi editor vino a tomarse unas chelas y después de miccionar regresó todo alterado por el pasadizo gritando ¿Por qué rayos tienes un diccionario en el baño, Pierre? ¿el significado de qué palabras quieres buscar en ese momento?

Me reí, pero no le conté la historia. No se la conté porque no sabía cómo se cuenta una historia como esta. De hecho, estoy tratando de averiguarlo mientras la escribo.

Aquel diccionario me lo habían comprado mis papás porque ese año ya me tocaba ir al colegio. Las clases todavía no empezaban pero yo había cogido el mini-sopena ilustrado y lo cargaba todo el tiempo en el bolsillo de mi short donde los niños menos nerds llevaban su trompo. Unas cuarenta veces al día lo abría y leía algunas palabras, miraba los dibujitos y lo volvía a cerrar.

Reconozco que suena terriblemente pretencioso pensar que a los 5 años ya intuía ese confort que ahora obtengo de los libros (sobre todo porque entonces apenas sabía leer), pero la verdad es que no se me ocurre otra razón, descartando la posibilidad de echarle la culpa al amigable olor del papel bulki entintado. 

Al meter mi diccionario a la lonchera del fin del mundo, aquel niño que fui, realmente creía que ese objeto lleno de palabras nos sería de mucha utilidad si teníamos que sobrevivir en un mundo desolado. Y esa extraña confianza, es la misma que aún hoy conservo y que me tiene sacando libros de casa aún cuando sé que no tendré tiempo de leerlos durante mi jornada.

Hace 5 años, cuando llevamos a mi hermana al aeropuerto porque se iba a embarcar por primera vez en el crucero, ella andaba un poco loca porque no había podido conseguir un libro que tenía muchas ganas de leer. Mientras mis papás la abrazaban y llenaban de besos y lágrimas, yo fui corriendo al Duty Free y conseguí aquel libro. Se lo di justo antes de verla desaparecer por la puerta de embarque.

Supongo que así como mi viejo me regala pañuelos cuando quiere decir: te quiero, yo regalo libros. Y aunque con los años he comprendido que la vida, al igual que las mandarinas, a veces se descompone y nos mancha y apesta las cosas queridas, hay otras verdades que nunca se desvanecen y que siempre están ahí para abrigarnos cuando sentimos que sobre nuestro corazón se cierne el fin del mundo.

Se llaman palabras.


jueves, 13 de marzo de 2014

Stephen King en Huancayo

¿Cuál fue el primer libro de Stephen King que leí? Fue Cujo. Lo compré un domingo en que el mundo parecía deshabitado y comprar un libro sobre un perro psicópata parecía buena idea. No sólo era la falta de gente en la avenida Aviación, sino esa decadente imagen de las columnas del tren que nunca pasaba. Para mí, jamás lucieron como los rieles de un tren que llegaría. Eran más bien como las ruinas de una civilización devastada. Me senté en un paradero a hojear el libro. Corría el 2007 y yo esperaba un bus que me llevase a la reunión semanal para leer cuentos con los heridos. La novela no empezaba hablando del San Bernardo que contrae rabia sino de un asesino de mujeres llamado Frank Dodd y de una abuela que asustaba a los niños diciéndoles que si no se portaban bien Frank Dodd vendría por ellos. A pesar de que el asesino se había quitado la vida, era como si el terror colectivo de los niños lo mantuviera vivo. Entonces era muy pronto para sacar conclusiones sobre el rollo de S.K. pero, ahora que miro hacia atrás y pienso en esas primera página de Cujo comparada con sus otras novelas, me doy cuenta de que si Stephen King no es un típico escritor de libros de terror es porque, a diferencia del resto, él no escribe libros para causar miedo, sino que escribe como si quisiera descubrir QUÉ ES EL MIEDO. Lo importante no es el gatillo que dispara el terror (tal vez por eso en los Simpsons lo parodian y aparece diciendo que va a escribir una historia de horror sobre Benjamin Franklin y la electricidad) sino lo que sucede cuando el terror entra a tu mente. Después de Cujo leí Carrie y debo decir que ella resulta mucho más entrañable en la novela que en la peli de Coppola (sobre todo cuando cuentan que le gustaba Bob Dylan y que anotaba en su cuaderno frases de Just like a woman). Ni qué decir de la nueva versión hollywoodense ¿Alguien la ha visto? ¿Debo verla? Luego mi tía Magali me regaló The body (llevada al cine como Stand by me) y hace una semana terminé las 1503 páginas de IT, que es probablemente uno de los libros que más me ha enganchado y que por supuesto no trata de un payaso asesino aunque la portada diga lo contrario. ¬¬. Ahora dicen que Stephen King va a venir a la feria de Huancayo y pienso que tiene que ser joda. Pero ¿y si no es joda? Hace unas semanas mi amiga Carmen me prestó una peli llamada "Stuck in love" que trata de una familia de escritores. El hijo adolescente es fan de Stephen King y tiene todos sus libros y cuando por fin consigue una novia guapísima, le regala IT como quien le regala una caja de chocolates. Otra gente regala El amor en los tiempos del cólera, Rayuela. Son cojudeces. Él le regala IT y a la mierda. La cosa es que la hermana, que también es escritora y acaba de publicar su primera novela, le envía a S.K. uno de los cuentos de su hermano y S.K. termina llamándolo y le dice que su cuento está de puta madre. Yo pienso que si Stephen King es uno de esos escritores atípicos que: 1. ganan dinero escribiendo 2. llaman por teléfono a sus fanáticos, tal vez también sea posible que venga a una feria en Huancayo. Después de todo, en IT, uno de sus personajes cuenta que unos indios peruanos le enseñaron a meterse limón por la ñata para aguantar mejor el alcohol. Además, otra de las cosas pajas de S.K. es que usualmente sitúa varias de sus historias en los lugares donde ha vivido, como Maine, su pueblo natal. ¿Y si viniera y escribiera una novela de terror sobre Huancayo? Tal vez algo maligno que habita en el tren o en las nieves del Huaytapallana. Oh demonios. Debo preparar mi mochila.

miércoles, 12 de marzo de 2014

aterrizar

Cuando ya voy de regreso y me toca hacer el aterrizaje de la marihuana, siento que mi cerebro es aquel avión en picada que Denzel Washington (borracho y guiado únicamente por la intuición) intenta poner de cabeza para que levante el pico y no se reviente contra las colinas de la lucidez.


jueves, 6 de marzo de 2014

el fin de la tesis

Mi primo Lucho, que ha pasado los últimos 9 meses sentado 12 horas diarias frente a su laptop sin bañarse, ni juerguearse, ni pajearse, acaba de decir las 6 hermosas palabras que tanto esperábamos: "oe, creo que ya la acabé". Se refiere a su tesis. Yo, que estoy jugando GTA metiendo harta bala a la tombería, dejo el teclado y me paro de la silla. ¡No jodas! le digo, NO JODAS. Nunca he visto a nadie acabar su tesis. Por supuesto que sé de gente que las termina, pero siempre es el amigo de un amigo. Una puta leyenda urbana. Ahora que tengo uno de estos especímenes delante no sé cómo reaccionar. Casi me da ganas de prenderle fuego. Su hermano menor, el rockero de la familia que también ha llegado de Trujillo para estudiar mecatrónica en la cato, viene corriendo desde el cuarto. ¿En serio ya la acabaste? Lucho dice: Vamos por unas chelas, carajo. Su hermano le responde: mejor báñate que apestas. Lo miramos. Lucho luce como una versión adolescente de Jack Torrance: barbón, ojeroso, desquiciado. Es como si se hubiese inoculado la tesis y se le estuvieran chorreando todas las citas y los pie de páginas por los ojos. Su hermano y yo nos sentamos a ver cómo recoge las decenas y decenas de libros de filosofía del derecho con los que invadió todas las sillas de la sala. Los va guardando en su librero junto a la escultura de los burritos cacheros que le trajimos de Catacaos para ver si se inspiraba. Esta noche parte hacia Trujillo para inscribirla en su universidad y que le den la fecha de sustentación. Hay un ambiente de relajo en el hogar. Mientras lo veo dar vueltas por el pasadizo, la sala y el cuarto, casi extraviado, reconociendo el lugar que habita como si lo viera por primera vez, me pregunto: ¿Qué irá a hacer ahora este pendejo con esas 12 horas libres? Aquella obsesión casi sexual que tenía con su tesis tendrá que ser canalizada. Pero ¿en qué? ¿alcohol? ¿mujeres? ¿deportes? ¿trabajo? Ni cagando. Mi primo chupa pero no se emborracha, ha jurado no volverse a enamorar, no corre ni a la panadería y odia las oficinas casi tanto como yo. Solo queda una posibilidad: asesinarme. Todas esas cáscaras de plátano con las que le pegué en la cabeza mientras él tipeaba su obra cumbre, la mandarina que le exprimí sobre el cerebro, los fosforitos encendidos que lanzaba sobre su escritorio, las veces que le ponía una batea encima y mis incesantes prácticas de box y karate alrededor suyo, están volviendo a su memoria. Lo sé. A mis espaldas siento el carril de su impresora terminando de materializar el engendro. Cuando por fin termina, escucho cómo mi primo recoge todo ese montón de hojas y las empareja contra el escritorio. Entonces estalla en mí una risa nerviosa. Le digo que no pasa nada. Pero es innegable la epifanía: en todas esas hojas bond, tal como en la novela de Jack, hay solo una frase repetida. Una sola frase de locura y de muerte. Y es cuando de pronto comprendo que esta noche voy a ser perseguido a hachazos.