jueves, 7 de enero de 2016

Matacojudos

(Carta de introducción al curso Géneros Literarios 2016-0)

Queridos alumnos. En mis tierras piuranas crece un árbol al que los lugareños llaman el Matacojudos. La primera vez que escuché su nombre me cagué de risa y mi profesora de Historia me contó que le decían así porque sus frutos -grandes como papayas y duros como mameys- a veces se desprendían de sus lianas y, si pasabas por ahí pensando en la guasa del burro, te mataban por cojudo. Csmre. En mi último viaje a Piura vi uno de estos árboles y le dije a mi vieja: ¡Señor Cautivo de Ayabaca, para el carro! y me fui corriendo a traer uno de los frutos. Mi vieja me dijo: ¡churre adefesiero! ¿pa qué quieres eso? Pero yo lo guardé y me lo traje como equipaje de mano en el Ittsa. Al llegar lo puse ahí en mi biblioteca junto a mis libros, pero solo ahora que empieza el ciclo y les veo las caras me doy cuenta de su oculto propósito. Los libros, queridos alumnos, también son, en su propia manera, matacojudos. No por esa aburrida idea de que los libros enseñan o educan, sino porque cuando ves a través de otros ojos: los ojos de Mowgli, de Colmillo Blanco, de Gregorio Samsa, de la Cándida Eréndira, de Jean Valjean o de Henry Chisnaki, desenfocas tu cerrada forma de ver el mundo y terminas por entender mejor a los demás y sus formas de vivir. Leer tiende a curar el racismo, el patriotismo y los fanatismos extremos. Es decir, leer mata la cojudez. Ahora bien, yo les voy a dar muchos libros en el ciclo, libros luminosos, libros para abrir la mente, pero de todas formas voy a llevar el matacojudos piurano a la clase y lo dejaré tranquilito en el escritorio. Es solo para que recuerden que si no leen, todavía me queda este método primitivo y no dudaré en reventárselos contra el cerebro. Les haré una trepanación craneana literaria tal que la cojudez les va a manar a chorros como un géiser. Les voy a convertir el cráneo en una cornucopia de materia gris alrededor de la cual los demás nos sentaremos a seguir contando historias ancestrales como la de este maravilloso árbol y a brindar por la muerte de la cojudez.

 Bienvenidos


domingo, 6 de diciembre de 2015

jueves, 26 de noviembre de 2015

jueves, 12 de noviembre de 2015

miércoles, 11 de noviembre de 2015

miércoles, 4 de noviembre de 2015

los músicos del Titanic

Cuando empecé a enseñar me sentía como Noé con su arca. Quería salvar a todos los animales. -Disculpen la precisión de la metáfora-. Si un solo alumno parecía desmotivado, yo enloquecía y volcaba todas mis técnicas para subirlo a cubierta. Con el paso de los ciclos descubrí que eso era demencial y suicida, no solo porque no todos conectan con la ficción o la literatura sino porque algunos alumnos tienen una alucinante vocación por el naufragio. Se quieren ir a la mierda y se van a llevar todo lo que se les ponga delante, incluido el profe. Comprendí entonces que mi tarea no era convertirme en el arca de Noé sino mas bien en algo así como el Kon-tiki, una pequeña balsa en la que solo los más entusiastas y valientes llegarían hasta la orilla de lo improbable.

A veces también pasa que al final del ciclo uno ya está tan agotado que no parece ni el arca de Noé ni el Kon-tiki ni el velero llamado libertad de Perales, sino mas bien Kate Winslet flotando en su tablita sin poder salvar siquiera al pendejo que la acaba de pintar calata en el Titanic.

Pero volviendo al Kon-tiki, lo que quería contar es que hay ciertos alumnos maravillosos que son como las velas de la embarcación. Las preguntas que hacen tras leer un cuento, la forma en que van subrayando frases, los grititos de asombro o las breves risas que dejan escapar mientras leemos, le dan vida al cuento. Yo los miro de reojo mientras me paseo leyendo entre las carpetas y, por el brillo de sus ojos y la forma en que aprietan las copias, comprendo que están dentro de la historia. Gracias a ellos uno puede seguir leyendo emocionado y puede incluso arrastrar sin problema la carga pesada de los que se duermen o revisan su celular o preguntan si pueden ir al baño justo cuando estás diciendo la frase más bonita del cuento.

Cuando estos chicos faltan a clases, el barco se hace pesado y empiezas a sentirte como Ben Hur en las galeras. Uno sigue leyendo, pero siente que el cuento es como una palito de fósforo raspando contra una superficie lisa que no lo enciende. En estos casos lo que hago es olvidarme de que estoy en un salón de clases y seguir leyendo solo para mí, convencido de que ni la apatía de quince wachiturros es capaz de matar un cuento tan bello como Un día perfecto para el pez plátano. Sin embargo, desde el fondo de mi ensimismamiento, sigo escuchando sus ronquidos o el teclear de sus celulares; y para no enloquecer y matarlos me repito mentalmente que ellos son como los músicos del Titanic que están tocando su dulce indiferencia mientras yo me voy a la mierda con todo y mi barco.




viernes, 30 de octubre de 2015

es viernes y las veredas lo saben

Usted ha bebido más de la cuenta. Abandone su carro. Emprenda el camino a casa mientras repite: soy un animal bípedo, estas son mis piernas, mis hermosas piernas. Deliberadamente pierda el camino. Deje escapar esa moneda de diez céntimos. Entre por calles desconocidas. Visite ese parque al que nunca va. Guíese por el olor de los jazmines. Ríndase. Estruje con su corazón la belleza de estar perdido. Recuéstese en este pedacito de cemento que hemos apartado para usted. Colóquese en posición fetal y forme con ambas manos una breve almohadilla de falanges y metacarpos. Apoye en ella su cabeza entumecida. Cierre los ojos. Sienta la brisa urbana cubrirlo como una sábana de luces. Piense que sobre usted está lloviendo eucalipto y cante. Cántese una canción de cuna como las que le cantaba su madre al nacer. Recuérdela cuando era joven y lo sostenía entre sus brazos. Llore si es preciso. Piense en todas las hormigas de su ciudad. Imagínelas haciendo una gran ronda alrededor suyo. Acepte que algún día ellas se lo comerán. Usted será la cena. Pero aún le queda tiempo. Usted está vivo. Alégrese. Déjese masticar por los ruidos de la noche. No tema quedarse dormido. Sueñe que está sobrio. Sueñe que está en su cama y una mujer hermosa lo está desnudando. Acaricie la acera. Sienta cómo la materia pierde su dureza y lo acoge. Déjese tragar. Desaparezca. Despierte con el sol pegado a la cara. Pregúntese qué pasó. No descubra nunca que la sobriedad es la verdadera borrachera. Prometa no volver a empinar una botella. Olvídese de esta vereda. Váyase a su casa.

miércoles, 28 de octubre de 2015

un día de furia

Son las 2 pm. Voy manejando bicicleta cuando de pronto me pica la cabeza. Es un picor que mide 3 milímetros, como un circulito de sol proyectado por una lupa sobre mi cuero cabelludo. Es un picor tan punta-de-alfiler, tan pedacito de carbón, tan la concha de khalessi, que sé que cuando consiga rascarme tendré un orgasmo craneal. Inmediatamente y sin dejar de pedalear, me llevo una mano a la cabeza y, entonces, mis uñas ya listas para despellejarme el parietal derecho se topan con el casco. La desesperación me embarga: Voy tarde a clases, la bicicleta lleva velocidad, el semáforo está en verde y debo aprovecharlo. No puedo darme el lujo de parar, quitarme el caso y empezar a rascarme la cabeza como un simio en medio de la Tomás Marsano. Pero también pienso: carajo, qué tal que más allá me pasa algo y me voy del mundo sin rascarme por última vez en la vida. Así que freno en seco, me quito el casco y lanzo mi mano al ataque. Mis dedos, como una manada de monos aulladores, atraviesan la jungla de mi pelo y se clavan a mordiscos contra mi piel. Me recorre un escalofrío eléctrico. Cierro los ojos, mi lengua sale pa'fuera y en ese momento sé que eso es la felicidad. Sé que en tres segundos se habrá terminado y que volveré a ser un profesor apurado en su camino a clases, pero en ese momento, en ese momento en que el picor se va disolviendo como una pastillita de redoxon en un vaso de agua helada, en ese momento soy feliz.

Después vuelvo a ponerme el casco y me voy. Entonces recuerdo que el lunes conversaba con dos amigas acerca de los piojos. Estábamos contándonos cómo hacían nuestros viejos para exterminarlos. Una de mis amigas contaba que un día su papá, desesperado porque los piojos no morían con nada, le había echado gasolina en la cabeza. Dijo que la idea original era también prenderle fuego al pelo, pero que su vieja había intervenido para evitar que la convirtieran en un Sayayin a tan temprana edad. Mi viejo no me echó gasolina pero un día me dijo que la mejor técnica para matar los piojos era rallarte un ladrillo sobre la cabeza. Anda, pendejo, le dije. En serio, contestó y agregó: después te echas una cerveza y entonces cuando los piojos están bien borrachos se agarran a ladrillazos.

En la clase de la tarde no pasó nada muy interesante salvo porque un alumno me preguntó si "iba" era con H y después en su examen confundió al personaje del libro y en vez de llamarla Amélie-san escribió Amélie Esan.

Así que al final del día estoy de nuevo en la bici, de regreso a casa. Voy por la Primavera cuando un conchasumadre me mete su camionetaza y me cierra contra la vereda. Freno en seco. Pero esta vez no sale el Pierre "ya estoy acostumbrado a estos animales". No sale el Pierre Mary Poppins en bicicleta. Esta vez sale el Pierre ángeles del infierno, el Pierre Machete, así que rodeo la camioneta y voy a pararme frente a ella. Mirando al tipo le pregunto si no ha visto cómo me ha cerrado. Hay una chica en el asiento del copiloto. Como el tipo levanta los brazos como diciendo: a mí qué chucha. Mi mano, que hace horas estuvo rascándome la cabeza e inventando la felicidad, forma un compacto e inesperado puño y baja como una comba contra el capot de la camioneta. En esos dos segundos infinitos en que mi mano se está clavando contra el carro y abollándolo, descubro que eso es el horror. Pienso que no debí hacerlo, que yo nunca hago esas cosas y no entiendo qué ha pasado. Justo antes de irme veo la cara de sorpresa de la chica. La de él no la veo así que no sé que estará pensando. Lo único que sé es que no puede seguirme porque hay decenas de carros detenidos frente a él. Mientras termino de hacer el camino a casa, asustado y enojado ya no con él sino conmigo mismo, vengo pensando en cómo ese pequeño acto de violencia podría haber cambiado toda nuestra vida. Imagino hipotéticas conversaciones entre el tipo y su chica. Y aunque en la mayoría de ellas ambos me putean. También imagino una en que ella me da la razón y se pelean. Después imagino algo peor. Imagino que el tipo tiene hijos y que mi furia clavada contra su capot puede transformarse en malhumor y después en un grito para ellos. En ese momento, me alegro de todos los puñetazos que nunca di en mi vida. Muchos tipos se lo merecían, pero por alguna razón, en ese momento me alegra no haberlos dado.

Al llegar a casa Pika viene corriendo a verme. Mis manos atraviesan su pelaje cochino de perro de alcantarilla y sienten su húmeda lengua que dice: por fin llegaste, conchetumare. Y con esas mismas manos cojo una mandarina y la pelo y me la como. Y con esas mismas manos me pongo a escribir esta historia. Y mientras mi puño y mi miedo de desvanecen con el movimiento de mis dedos, siento que esa es mi forma de pedir disculpas.

lunes, 5 de octubre de 2015

Cuántos cantos tiene la Ilíada

Mi profesor de literatura en el colegio era un viejito amable y de modales antiguos llamado Ricardo Gaona. Lo recuerdo con su impecable traje de color beige y recuerdo también la emoción con que nos recitaba fragmentos de La Ilíada mientras nosotros mirábamos por la ventana esperando a que sonara el timbre del recreo. No entendíamos ni mierda y tampoco queríamos entender. Sin embargo, había algo en su forma de leer a Homero que me hizo sentir que detrás de esa puerta había algo. Algo que yo no necesitaba en ese momento, pero por lo que algún día volvería. Mis amigos me dijeron que el viejito también podía ponerse locazo y que una vez había agarrado a puñetazos a un malcriado en pleno salón de clases. Al principio no lo creí, pero cuando me dijeron el nombre del malcriado dije: ah pes, ese conchesumare seguro se lo merecía.

Pasé literatura como cualquier otro curso. No recuerdo haberme sacado ningún 20 ni que él me haya augurado futuro alguno como escritor. Me despedí de ese profe como de tantos otros y después de salir del colegio no lo volví a ver más ni a pensar mucho en él. Veinte años después, soy yo quien entra a un salón a dictar una clase de literatura. Es el primer día del ciclo y estoy tomando asistencia cuando veo su nombre en mi lista. Primero se me ocurre que es una coincidencia, así que la dejo pasar. Pero como este chico que lleva su nombre, participa y comenta bastante, le pregunto: Ricardo ¿alguien en tu familia se dedica a la literatura? Me mira un momento, extrañado por la pregunta, y luego responde: Sí, mi abuelo era profesor de literatura en un colegio. ¿Y cómo se llama tu abuelo? pregunto. Se llamaba Ricardo como yo… pero ya murió. Tu abuelo fue mi profesor de literatura, le cuento, un buen profesor. Después no se me ocurre qué más decir así que solo nos miramos. Pero en esos segundos de silencio, mientras el resto del salón nos observa y espera, mi cerebro entra en trompo, como cuando sigues el rastro de una jugada de billar imposible esperando que alguna bola entre a la buchaca. Y finalmente me doy cuenta de que además de estar en un salón de clases, estoy parado en uno de los 3 vértices de un triángulo equilátero espacio-temporal que nos une a mí, a él y a su abuelo. Y de pronto siento que su abuelo va a aparecer en el salón como cuando en los Thundercats Yaga venía desde el más allá a aconsejar a Leon-o. Y pienso que yo soy Leon-o. Y que su abuelo va a venir todo azul al salón y me va a preguntar delante de mis alumnos cuántos cantos tiene la Ilíada. Y como no voy a saber ni mierda, me va a agarrar a tabazos cósmicos y me van a botar de mi chamba y después todos mis alumnos van a seguir contando esta historia y alguien va a decir: ah pes, ese conchesumare seguro se lo merecía.

domingo, 13 de septiembre de 2015

calatas

Ahora que leo la noticia de que Playboy dejará de publicar calatas, recuerdo que cuando era un chibolo pajero de 3er ciclo, mi profe Torrejón, que tenía por buena costumbre desahuevarnos y quitarnos la ñoñez escolar, nos dijo en una clase: ¡Muchachos, tienen que leer Playboy!. Todo el mundo se quedó locazo, así que el profe siguió: ¡No solo publican calatas, carajo! ¡En Playboy escriben las mejores mentes de esta generación! Csmre. Yo quise hacerle caso pero cuando eres chibolo gastarte más de 20 lucas en una revista es un acto demencial y suicida. Sin embargo, siempre me quedé pensando en esa frase. "Las mejores mentes de nuestra generación". En aquel entonces, mi pata M***** tenía una Playboy en su casa y yo la revisaba cuando iba a visitarlo. Todavía recuerdo a 3 de las chicas que salían en esa revista. Las recuerdo con más fidelidad y detalle que a chicas que conocí en carne y hueso. Ustedes pensarán que exagero porque ahora para ver calatas no hace falta más que entrar a google, o incluso a facebook, dependiendo del tipo de amigas que tengas. Pero en el 97 para ver calatas teníamos que mirar revistas o esperar la medianoche del domingo con la tele prendida. Pero volviendo a lo de "las mejores mentes", hace poco, mientras preparaba una clase sobre Ray Bradbury titulada "¿Por qué se queman los libros?", averigüé que mi profe Torrejón no estaba tan loco. Los primeros extractos de Fahrenheit 451, aquella maravillosa novela de Bradbury sobre una sociedad del futuro en la que leer está prohibido, fueron publicados por primera vez en Playboy. En aquel entonces Hugh Heffner no tenía un imperio ni una mansión llena de conejitas, era apenas un joven visionario sin mucho dinero, pero pagó 450 dólares para publicar a Bradbury en los primeros números de su revista. Pagó para publicar literatura en su revista de calatas ¿Qué hubiese sido del mundo sin Ray y sin Hugh? Yo nunca tuve una Playboy y hace un rato la nostalgia del pajero que fui me dijo que vaya al quiosco más cercano a comprarme una. La última Playboy con calatas. Sin embargo, finalmente he decidido abstenerme y conservar solo el recuerdo de aquella Playboy noventera de mi pata Manuel. Está tirada en un rincón de mi memoria y las chicas están poniéndose amarillas y arrugadas. Y seguro que tiene buenos artículos también. Artículos escritos por las mejores mentes de mi generación. Tal vez algún día los lea.