miércoles, 19 de julio de 2017

lunes, 17 de julio de 2017

viernes, 14 de julio de 2017

Cuán profundo es el océano

Existe una vieja canción de amor llamada How deep is the ocean? Fue escrita en 1932 y si la buscas en youtube podrás escuchar versiones de terroristas musicales como Miles Davis, Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Etta James y Chet Baker. También hay una canción de los Bee Gees que es más conocida y que tal vez hayas cantado borracho en un karaoke o aullando como perro en tu cama y que se titula: How deep is your love. Incluso Hector Lavoe se preguntaba en una salsa: ¿De qué tamaño es tu amor? Ahora, si no tienes ganas de hablar de la profundidad de ciertas pendejadas como el amor y de verdad quieres saber qué tan hondo es el océano, también te lo puedo contar. Imagínate que tomas dos de los edificios más altos de Lima -digamos el Centro Cívico y el Westin- los pones uno encima de otro y te paras en el techo. Si te lanzaras desde allí, cuando te estrellaras contra el piso habrías recorrido la misma distancia que Herbert Nitsch cuando batió el record de sumergirse en el mar solo con el aire que le cabía en los pulmones. 218 metros. Pero esa, por supuesto, no es la profundidad máxima del océano. 300 metros más abajo aún podrías ver nadar a las ballenas azules. Y digo VER porque poco después ya no se ve nada. A mil metros de profundidad se apagan las luces. El sol, como un surfista lento, no logra atravesar la marea. A 3 mil metros te verás rodeado de calamares gigantes. No calamares como Calamardo porque Fondo de Bikini está mucho más arriba y porque además es un dibujo animado. Hablo de calamares reales de 14 metros capaces de atrapar ballenas como una tarántula atrapa un ratón. Intenta no soñar con eso. Poco más abajo -a 3821 metros- están los restos del Titanic. Y después, a 4000 metros de profundidad, comienza la Zona Abisal. Ahí los peces son más feos que el diablo y tienen colmillos y hasta su propia linterna para cazar. A 6000 metros está la Zona Hadal que debe su nombre al dios griego de la muerte. Si estuvieras dentro de aquel agujero, que es como una endodoncia en el fondo marino, sentirías la presión de 50 aviones sobre los hombros. Pero todavía falta. El punto más profundo registrado está mucho más abajo, en la Fosa de las Marianas, a 10994 metros de profundidad. Si no puedes imaginarlo, piensa que 10 mil metros es la altura a la que un avión comercial vuela. Ahora reemplaza las nubes por sombras y tinieblas. En 1960 el oceanógrafo Jacques Piccard y el teniente Don Walsh llegaron hasta los 10916 metros con su batiscafo Trieste. Tardaron 5 horas en bajar y se quedaron 20 minutos en aquella oscuridad. Después salieron picando culo y volvieron a la superficie en 3 horas. Hasta ahí hemos llegado. La profundidad es una cosa verdaderamente aterradora. Me resulta difícil creer que la gente pueda amar tanto. Cuando los Bee Gees preguntaban How deep is your love? dudo que alucinaran los 10 mil metros. Yo al menos me conformaría con tu metro sesenta y tengo una amiga que dice que con 15 centímetros la hace linda. Martín Adán escribió: “Si quieres saber de mi vida, vete a mirar al mar”. Aunque supongo que él se refería más bien al ir y venir de las olas en las playas de Barranco. También recuerdo una canción de Silvio Rodríguez que me gustaba cuando era joven y en la que él dice: “Quién fuera el batiscafo de tu abismo” Vaya deseo. En aquel entonces me parecía un verso precioso. Ahora creo que la oscuridad de nuestras fosas, con sus calamares gigantes, sus Titanics sumergidos y sus peces abisales, es algo que solo nosotros mismos podemos explorar. Leía hace unos días la última novela de Ray Loriga en la que el personaje le habla a otro tipo de Julio Verne y le dice: “¿Sabe qué hay exactamente a veinte mil leguas debajo de la superficie del mar, en realidad? Nada. A esa profundidad no hay absolutamente nada, todo lo que había debajo del mar en ese libro lo puso Julio Verne. Hasta el último pez.” A veces tengo la impresión de que el amor es eso: un encantador océano que nosotros mismos inventamos con todos sus peces. ¿Y por qué haríamos algo así? Pues porque como dijo Martín Adán en ese mismo poema: La Soledad es una roca dura. También porque Ella Fitzgerald y Etta James pueden convencerte de cualquier cosa cuando cantan. Y porque en el fondo todos necesitamos que nuestro Nautilus se ponga a navegar.



martes, 6 de junio de 2017

miércoles, 31 de mayo de 2017

martes, 30 de mayo de 2017

¿Por qué escribes?

Viene un chico a entrevistarme. Cruza la puerta de mi depa y lo primero que dice es esto: "Me he tomado la libertad de traer estas cervezas". Eso es lo primero que dice mientras me alcanza un sixpack de Coronas. Al cabo de 10 minutos y 4 chelas hemos sacado la guitarra. Al cabo de 4 boleros hemos sacado la hierba. Al cabo de 4 pitadas al porro estamos hablando de Schopenhauer y de Bauman y de sus apocalípticas visiones del amor. La grabadora sigue prendida pero ya estamos en juerga y ninguno se acuerda de la entrevista. Así que yo le hablo de ti. Y este chico, que tiene una década menos que yo pero que ha leído mucho, me analiza y me explica lo que me está pasando. Pero no entra en huevadas como yo. Me lo explica seriamente, con citas bibliográficas. Confronta su teoría con el enfoque antropológico y con el contexto histórico social. Plantea el marco teórico de mi corazón. Claro que a ratos también vuelve a coger la guitarra y se mete un Contigo aprendí ♫. Tras lo cual yo le meto un tacle al cerebro y lo arrastro hasta el ducto de basura por pendejo. Pero antes de que lo lance, él parece recordar la entrevista y me pide una última preguntita: ¿Por qué escribes? ¿Sabes por qué escribo, ctm? Escribo porque nadie va a entrevistar a un contador y se aparece con un sixpack de chelas. Escribo porque ir al psicólogo cuesta un culo de plata y los psicólogos no saben los acordes de Contigo aprendí. Y escribo porque es la única forma que yo conozco de hacer una tesis sobre mi corazón. Ah ya, dice, puuuta pero como vas no creo que te gradúes. Y entonces lo suelto. Escucho cómo su cuerpo va cayendo por el ducto junto a las botellas de Corona vacías. Adiós, le digo. Y cierro la puerta. Pero va a volver. Lo presiento.

martes, 9 de mayo de 2017

Sangrecita

El 1ro de mayo le vendí mi vieja cocina a mi amiga Regina. Contraté un camión en el mercado de Surquillo y se la llevé hasta su casa en La Victoria. Cuando ya me estaba regresando ella me mandó un mensaje al cel y me dijo que dentro del horno yo había dejado una sartén. ¿Te la has olvidado o viene de yapa? me preguntó. Le dije: Regina, esa es la sartén en la que cocinábamos la sangrecita de nuestras viejas noches literarias, es un regalo para ti. Csmre. Casi la mato de la emoción. Se puso a gritar como demente solo porque le había regalado un trasto que yastaba'chomierda. Pero entendí su alegría. Regina fue parte del primer grupo de chicos con los que me junté a escribir y leer cuentos. Bebíamos vino barato y comíamos chancays sentados en las meadas esquinas de Quilca. Nuestro cuentos no evolucionaron mucho pero nuestra forma de chupar sí. Del vino barato pasamos a la chela y cuando ya nos pusimos burgueses instauramos el mojito como el trago oficial del grupo. Comprábamos ingentes cantidades de yerbabuena y la majábamos con azúcar rubia en un mortero que mi viejo me había traído de Cuba. Por cierto que mi viejo se llama Raúl Castro como el hermano de Fidel y cuando fue a Cuba casi lo dejan puesto y me mandan al otro barbón. La vaina es que con tanto cuento y tanto mojito nos empezó a dar hambre en las madrugadas así que a cierta hora de la noche yo me transformaba en el chef de Southpark, agarraba cualquier huevada que encontraba en mi refri y la tiraba a la sartén. Una noche encontré un paquete de sangrecita de Metro. Le agregué cebollita, tomate y serví. Lo bueno de tener amigos borrachos es que cualquier cosa que les cocinas les sabe rico. Después de la sangrecita, Regina, Miguel Ángel y Ever ya no aceptaron otro plato. Tal vez la sangrecita nos recordaba nuestros viejos tiempos de indigencia o tal vez creíamos en el ritual de beber sangre como una ofrenda a los dioses. No sé. Pero comíamos como salvajes. Poco tiempo después nos fuimos dando cuenta de que más que un grupo literario éramos un grupo de borrachos hambrientos y dramáticos que cantaban canciones de Jacques Brel a las 3 de la mañana y dejamos de frecuentarnos. Pero Regina siguió escribiendo. Durante mucho tiempo entre nosotros había corrido el rumor de que Regina solo había escrito un cuento en su vida que se llamaba "Ni un puto cobre". Pero un tiempo después nos enteramos de que había quedado finalista del Premio Caretas y luego del Premio Copé. Y ninguno de los cuentos era Ni un puto cobre. El día en que le regalé la sartén, Regina me dijo que la sangrecita había potenciado sus poderes literarios y que yo le regalara ahora esa sartén era como si le hubiera heredado el Teseracto de los Avengers. xD Serásss pendeja, le dije. Y nos despedimos. Pero me alegró que le hubiese echado la culpa a la sangrecita de Metro. Me dejó pensando en esto: El talento es una carga muy pesada e intentar pararla de pecho es una locura. Les contaba el otro día a mis alumnos que esto de firmar las obras es una moda nueva, antes las historias pasaban de boca en boca y eran de todos. Los narradores -Cortázar decía que a veces sentía lo mismo- son apenas médiums que transcriben lo que les dictan desde el otro lado. Ahora ¿quién nos dicta desde el otro lado? Quién chucha sabe. Reconozco que el talento requiere persistencia y que entre mojito y mojito también tuvimos madrugadas y madrugadas en las que nos sacamos la mierda frente al teclado escribiendo cuentos malísimos hasta volverlos decentes. Pero me gusta también la idea de que hay un ingrediente de la receta que escapa de nosotros, ya sea la sangrecita de Metro, las canciones de Jacques Brel o este foco rojo que ahora ilumina mi sala. Me gusta la idea de que mis dedos se agiten sobre el teclado como caballos salvajes que no obedecen lo que les dicto. Que a lo mejor yo escribo esta historia porque tú necesitas leerla y no porque yo necesito escribirla. O que leerla te ha gustado porque te agarré con hambre y estás pensando en si vas a encontrar Metro abierto para correr a comprarte un paquete de esa maldita sangrecita.

jueves, 4 de mayo de 2017

Y si acaso no brillara el sol

Tuve un profe de literatura que me dijo: “Nunca escribas historias tristes cuando estés triste. Cuando estés triste intenta con el humor y deja a la tristeza reptar en paz. El dragón de Komodo muerde a su presa y sigue el rastro de la herida durante días. La tristeza irá por ti. No la busques”. Así que cuando me pidieron 4000 caracteres sobre la nostalgia, y yo andaba como un cubo de Rubik al que han quitado todos los stickers, me dije: “Vamos a esperar, vamos a recostarnos sobre esta roca caliente”. Y esperé junto a mi planta carnívora. Aprendí de ella la paciencia. Esperé hasta que nos alcanzó la noche del domingo. La noche del domingo no es un dragón de Komodo. La noche del domingo es el Godzilla de la nostalgia. ¿Podríamos pensar en una hora de la semana menos pendeja para escuchar a Coltrane tocar My one and only love? Y ayer nomás estaba en el matrimonio de dos amigas. Mi primera boda lesbiana. Me sentía como en ese capítulo de Seinfeld en el que Elaine va a una boda leca y dice: “Yo no soy lesbiana, odio a los hombres pero no soy lesbiana” ¿No es bello cuando los actos cotidianos coinciden con escenas de nuestros sitcoms favoritos? No se le puede pedir más a la vida. En la fiesta estoy tirado en un comodísimo sillón blanco mientras todas mis amigas bailan. Me recuesto, miro hacia arriba y descubro los globos. Decenas de globos de colores colgando del toldo árabe. Y me digo: “Esto es. Así tiene que empezar mi historia”. Fui y le pedí un gintonic al barman. Le puso una rodaja de pepinillo y una estrella de anís y yo volví a mi mueble. Nunca se empieza a escribir delante de la hoja en blanco. La hoja en blanco huele tu miedo igual que las chicas. En cambio si te le acercas con un gintonic en la mano dice: “Bueno, este ya viene puesto, si lo destrozo igual le queda su gintonic“. Como decía Hemingway: “Escribe borracho, edita sobrio”. Pero nunca te revientes el cerebro de un escopetazo como él. Uno empieza a escribir mientras se ata los zapatos, al despertar de una pesadilla, cuando cruzas un puente y no ves el final de tu ciudad. Sentarte a tipear las palabras es un mero acto burocrático. Pero volviendo a lo de los globos, recordé que estaba yo en otra fiesta en un club campestre, como 10 años atrás. Nos había dado la noche y bailábamos sobre el césped apenas iluminado por unos farolitos lejanos. Entonces alguien recogió todos los globos de helio que habían quedado de la fiesta. Tenía por lo menos dos docenas de globos atrapados. Los sostenía emocionado como si fueran pájaros exóticos. Vino corriendo y cuando estuvo en medio de nosotros los liberó. La velocidad de ascenso de un globo inflado con helio tiene la aceleración exacta para que creas que puedes detenerlo. Pero no puedes. Allí estábamos todos con la cabeza vuelta hacia el firmamento gritando: “¡Ohhhhhh!” Los globos subían como espermatozoides buscando la luna. Yo me quedé mirando el cielo incluso después de que la noche se había tragado al último. Fue una de las pocas veces en que se me salieron las lágrimas por algo tan tonto. Pero no era tonto. Ese día en la boda me di cuenta. Un globo es el resumen de todo lo que hemos perdido. Porque un globo no es más que un retazo muy pequeño de plástico. El resto le pertenece a la atmósfera. Todo lo que tú crees que es el globo, no es el globo. Es el cielo. Y por eso escapa de ti. Adoro todo lo que no es mío. Tú por ejemplo. Blanca Varela. Cuando tenía 23 años me fui a vivir a Río de Janeiro. Antes de irme un amigo me dijo: “Oye, ¿sabes que en Brasil hay una palabra que no se puede traducir a otro idioma? Saudade, loco”. La saudade es la alegría de estar triste. “Fuera mierda”, le dije. Pero cuando llegué a Río lo entendí. Hasta la lluvia te hacía feliz. Daban ganas de empaparse de todo lo que cayera del cielo porque al fin y al cabo había bossa nova para curarlo. Pienso en los globos que se van como todas las escenas finales de tus películas favoritas. Ahora reemplaza las películas por los momentos de tu vida en que perdiste a alguien. Trata de que no se te desdibuje la sonrisa.


*este texto apareció en el 6to número de la Revista MOT y lo ilustró Karina Huertas

domingo, 30 de abril de 2017

el fusil del poeta es una rosa

¿Qué hora era? ¿Qué hacíamos ahí? ¿Por qué ese bar siempre nos abduce como una nave nodriza? En el baño me topé con un chico que meaba mientras con la mano libre sostenía una rosa. No era uno de esos raquíticos botones con que los niños pobres coaccionan a los amantes clandestinos. Era una gran rosa roja como robada de un cuento de Oscar Wilde. Al parecer se había negado a dejarla en la mesa y se sostenía de ella igual que un borracho abraza un poste de luz. El chico se desvanecía sobre las mayólicas del baño pero la rosa seguía firme y era casi un fusil que velaba por él como en la canción de Chabuca Granda. ¿Quién se la habría dado? me pregunté. Qué rosa más bonita. Después bajé la vista a mi urinario y vi que el chorro que escapaba de mi cuerpo caía sobre una figurita del álbum de Batman. Adherido al desagüe, Batman discutía con el Guasón bajo la lluvia ácida. ¿Qué tan probables son objetos como una rosa y una figurita de Batman en el baño de un bar? Eso me hizo pensar en algo que escuché el otro día en el programa de Bill Nye que me dijiste que mirara. Un científico dijo que si lanzábamos algo al espacio las probabilidades de que se topara en su camino con un objeto estelar eran casi inexistentes. Dijo que nuestra idea de que el Cosmos está lleno es solo una ilusión -como todas las cosas en las que hemos puesto nuestra confianza-. De pronto levantamos la vista al cielo y nos parece que las estrellas vivieran todas en el mismo barrio. Pero no es verdad. Las distancias entre una y otra son insalvables. Lo mismo que pasa algunas noches con la gente en un bar. Vas hasta la rocola, te abres paso para pedir una cerveza y tu hombro roza otros hombros. Tu pupila es disparada como un meteorito contra otras pupilas. Y la colisión nunca tiene lugar. Ves a un chico borracho sostener una rosa en el baño del bar. Cambias diez soles para tener monedas para canciones. Estás bailando con la chica que lleva pájaros de colores sobre el vestido. ¿Qué pájaros son? Creo que son faisanes. Quieres tener los ojos abiertos pero los cierras. Quieres decir algo más pero te callas. Las ondas de sonido necesitan de materia para desplazarse. Cuánto te costó comprender eso en el colegio. Comprender que un grito viajaba más rápido a través de una pared que del aire. Ahora atraviesas el resto de la noche en silencio como un cometa. Tu larga cola de ganas te persigue y va lamiendo bocas, ojos, paredes, enchufes, el fondo de los vasos. Tu larga cola de ganas se sube al taxi contigo y se sube al ascensor contigo y al llegar a casa se sube a la cama contigo y te envuelve como una crisálida. Sueñas con ella y con el chico que columpiaba toda su borrachera de una rosa. Sueñas con los pájaros de colores. Sueñas con la selva y el universo. Y antes de que las compuertas de tus ojos terminen de cerrarse, deseas que todos los científicos del mundo estén equivocados. Que todo objeto lanzado hacia la noche colisione con algo AT SOME POINT IN TIME. Porque prefieres la destrucción masiva al interminable viaje en el vacío. Porque siempre te resultó más fácil dormir con ruido que en silencio. Y porque te enseñaron desde pequeño que para que lo bello siga siendo bello debe tener la efímera duración de una canción bailada al pie de una rocola, o de una rosa que parece sostener el corazón de un muchacho para siempre, antes de dejarlo caer al suelo.

jueves, 20 de abril de 2017

Podría nadar

Llevo 20 días viviendo en una cáscara de nuez. La metáfora se la he robado a Hawking que decía lo mismo sobre el Universo. Pero es que la guarida de todo humano -por más pequeña que sea- es un vasto cosmos. Y yo me acabo de mudar. Desde mi ventana veo mi calle que tiene 2 floripondios, un puesto de emolientes y una iglesia adventista del séptimo día. Por ahora mi depa es un agujero negro. Pero estoy tratando con todas mis fuerzas de convertirlo en un Big Bang. Ayer vi una foto del corazón de un agujero negro en el instagram de la NASA. Para que veas que no solo stalkeo tu instagram, ctm. No era negro. Era de colores. Era como si el universo estuviera preparando un jugo surtido. El corazón de mi casa nueva es un foco rojo que compré en Sodimac y que también cambia de colores con un control remoto. Es rojo cuando quiero que la casa parezca un burdel y azul cuando me acuerdo de ese cuento de García Márquez que se llama La luz es como el agua. Gonzalo está enojado porque a él se le ocurrió primero lo de poner un foco rojo en su cuarto. Todavía no entiende que somos como Porcel y Olmedo y debemos permanecer unidos. Salvo por ese foco rojo y mi colchón y mi bella planta carnívora, el depa está vacío. Cuando pongo una canción -digamos la versión larga de Pictures of you- la casa vacía le hace eco y vibra y me devuelve la voz de Robert Smith como una avalancha. Además tengo un vecino que toca la trompeta. Se computa Chet Baker el puta y cuando cae la tarde te suelta la intravenosa de almostblue. Ayer subió mi vecina del 302 a decirme que se debía estar fugando el agua de mi casa porque le estaba empapando las paredes. Yo le dije que no era agua y que todo era culpa del trompetista del 401 así que fuimos a tocarle la puerta y terminamos chupando los 3 juntos hasta que se hizo de noche. No sabes lo que cuesta llenar un depa vacío. Decir aquí va este plato, aquí la celda de los recuerdos, aquí te espera esta almohada. Es como llenar el corazón de un agujero negro. Ya sabes que esas cosas pueden tragar planetas como quien se come una bolita de aguaymanto. Y escribo aguaymanto con cierta emoción porque no sabes lo que tardé en darme cuenta de que era una palabra compuesta. Y de lo bonita que era: Agua y Manto. Decía Luis Hernández: Nunca he sido feliz. Pero, al menos, He perdido varias veces La felicidad. ¿Qué pondré aquí? ¿Dónde puedo esconder este libro? ¿Volveré a ponerme este polo? La guitarra y los libros como boyas salvavidas al pie de la cama. Cierro puertas y ventanas. Digo adiós a los floripondios, los emolientes y los adventistas del séptimo día. Conecto la música. Mi casa nueva se va llenando de canciones como una pecera. Y yo podría nadar, pero prefiero flotar.

miércoles, 12 de abril de 2017

Estoy escribiendo junto a mi ventana cuando veo pasar a un moreno desnudo por mi calle. Ahora vivo en el cuarto piso así que lo veo nítidamente con todos sus músculos y protuberancias. Un gran tatuaje le cubre parte del pecho. La verdad es que no está completamente desnudo. Va en boxers negros. Pero tiene un cuerpo tan bien formado que parece calato aunque no lo esté. El hijodeputa viene de comprar el pan. Trae como 6 panes franceses en una bolsa plástica. La panadera se debe haber quedado loca, preparando baguettes a granel. El negro camina como si para cargar 6 panes franceses se necesitara usar todos los músculos del cuerpo. Yo, que esta mañana me he estado mirando al espejo orgulloso de haber perdido los kilos que me sobraban, ahora me siento desmoralizado. Pasa, pasa, negro ctm. Lo que me recuerda que hace unos días Sam me contó que estaba en un bar chupando con tres amigas y que vieron un moreno tan bonito que cuando él se cambió de bar tuvieron que seguirlo solo para poder seguir mirándolo. Csm. Oe, siempre que veo un negro fornido me acuerdo de esa escena de Gladiador cuando el comprador de esclavos está examinando a uno y le paletea las nalgas para probarlo, como quien tantea si un melón está maduro. Esta mañana desayuné medio melón, por cierto. Ahora mi planta carnívora está en la ventana esperando que caiga algún mosquito. Yo sigo escribiendo, atento a ver qué más pasa por mi calle.

domingo, 26 de febrero de 2017

Dame

Voy a la bodega. Buenas, ¿me da 2 paquetes de fideos tornillo? Uy, no nos queda tornillo, solo nos queda fideo reguetón. ¿Reguetón? Sí, así se llama. A ver enséñame. Me traen un paquete de fideos rigatoni. Csm. Ya pes, si solo les queda reguetón, dame.

viernes, 10 de febrero de 2017

las gemelas torbellino

Dos amigas gemelas me contaron esta historia. Me la contaron en stereo porque como son gemelas y están sincronizadas, una empezaba la frase y la otra la terminaba así que yo tenía que girar constantemente la cabeza y no sé si fue eso o la historia lo que me dejó loco. Lean y juzguen. Las llamaremos "Las gemelas torbellino" para encubrir su identidad verdadera. Pero porsiaca no son las hermanas Cayo, no sean atorrantes. Estas gemelas son más powers. Aunque ellas también son 3 porque además de las gemelas hay otra hermana pequeña que es cantante con su guitarra y que me lo confirmó todo. La vaina es que las hermanas torbellino fuman hierba como pendejas. Las 3. Lanzan troncho y siembran plantas carnívoras como Morticia Addams. Y cada vez que prendían la fogata su vieja las empezaba a joder. Que son unas drogadictas, ya van a empezar a apestarme la casa, se les va a quemar el cerebro y tanta huevada. Las hermanas torbellino hacían oreja de palo y seguían montando su unicornio verde por las praderas del delirio. Hasta que un día una se aburrió de que le karmearan el viaje, se rayó y le dijo: mira, vieja, yo te quiero como mierda pero no puedes hablar de algo que no conoces. Si vas a criticar primero tienes que probar. Si tú la pruebas y después de eso sigues pensando lo mismo, todo bien. Csmre, tú le dices eso a mi vieja y no cree ni en Bruce Lee. Qué método científico ni qué huevada. Te revienta a nunchacazos. Y, claro, la vieja torbellino también se loqueó y dijo que no y no, pero al acabo de un rato dijo YOLO y atracó. Así que las gemelas fueron corriendo a sacar el moño que tenían guardado entre sus calzones y volvieron gritando esto se va a descontrolaaar. Pusieron la marimba sobre la mesa y empezaron a desmoñarla. La vieja estaba locaza y espiaba todo el proceso. ¿Por qué le sacas esas ramitas? Porque eso no se fuma, mamá ¿Por qué botas las pepas? Porque revientan. Todo quería saber. Dicen las gemelas que en ese momento dejó de ser su madre, se abolieron los roles y se convirtió en una más de la pandilla. Ese maravilloso momento en que descubres que tus viejos también son seres humanos. Finalmente estuvo listo el troncho, le dieron una pitada y se lo pasaron. La tía torbellino lo agarró como si le acabaran de pasar la antorcha para inaugurar las Olimpiadas de Jamaica. Miró el troncho por todos los lados, se lo acercó a los labios y fumó. No pasó nada. Le dio otra pitada y tampoco pasó nada. Entonces hizo la del drogadicto primerizo: no esperó sino que siguió dándole y dándole hasta que se acabó el wiro. No siento nada, dijo. Así es, le dijeron las gemelas, tú solo relájate y espera. La tía se cansó de esperar a que le hiciera efecto y entonces dijo: No pasa nada, carajo, tanta huevada ¡VAMOS AL CINE! Vamos pe, dijeron las gemelas torbellino. Pero la llevaban bien vigilada porque ya sabían que ingentes cantidades de tetrahidrocannabinol iban surfeando por la médula espinal de su progenitora rumbo al cerebro como las tortugas de Buscando a Nemo. La tía llegó al cine y se compró un balde de popcorn de esos que vienen con refill infinito. Llegaron a sus butacas, la sentaron con su balde y ahí la perdieron. Dicen que le pedían popcorn, le preguntaba cualquier cosa y su vieja no respondía. Solo miraba el ecram agarrada a su balde de canchita como si fuera una nave espacial. ¿Qué película vieron? les pregunto a las gemelas. Las gemelas torbellino no se acuerdan. ¡Esa es una parte muy importante de la historia -les digo- no pueden no acordarse! Pero nada, por eso me demoré en venir a contar esta historia. Es decir, imagínate que pudieras stonear a tu vieja y llevarla al cine. Es algo casi tan hermoso como cuando Elvis le regaló el Cadillac rosado a la suya. Así que pensé... Pierre, si tú stonearas a tu madre ¿qué película te gustaría ver con ella? Y me dije, tendría que ser algo muy bonito, algo como City Lights de Chaplin o, bueno, Big Fish. Me encantaría ver Big Fish con mi mamá stone. Así que no sé. Imaginen la peli que más les guste. Igual la tía torbellino podría haber estado viendo Los pitufos y no se iba a dar ni cuenta porque estaba en otra dimensión. De regreso en casa se quedó jato tres días y al despertar dijo: Oigan, no me hizo nada la hierba ¿no? Y las gemelas cagadas de risa le dijeron: carajo, si te has comido un balde de popcorn solita y has visto toda la peli en mute ¿qué más quería que te pasara? ¿que se te apareciera Pochi Marambio y te cantara Llaman a la puerta? Eso es todo lo que hace la hierba, mamá: comes rico y duermes rico. Ah yaaaaa, dijo la vieja. Y nunca más las volvió a joder. Me contaron que años después incluso les cuidaba la hierba porque una de las gemelas se había comprado como medio kilo y le daba miedo fumárselo todo de porrazo así que se lo dio a su mamá para que se lo diera en dosis moderadas. La vaina es que un día esta gemela dejó de vivir en la jato de su vieja y olvidó su moño. La tía torbellino lo tuvo guardado ahí por años. Hasta que un día, no tuvo cómo pagarle a un jardinero o un hippie que le vendía unas artesanías o no sé qué huevadas y le dijo: UY, YA SÉ CÓMO TE VOY A PAGAR! y se metió corriendo a la jato. Al volver le ofreció el moño con ambas manos como si le estuviera dando mandarinas y el tío mas bien pensó que le estaban ofreciendo las esferas del dragón. Las recibió con una gran sonrisa y se fue corriendo como el Yeti. Nunca más lo han vuelto a ver. Esta es la historia que me contaron las gemelas. No tiene moraleja. La he contado porque tenía que contarla. Y ahora ya me voy porque debo ir a podar el jardín de plantas carnívoras de la tía torbellino. Que dice que luego me va a pagar en especias y justo hoy que he quedado con mi vieja para ir al cine.