martes, 7 de mayo de 2019

Chorearle una sonrisa a un preso

El año pasado el Ministerio de Cultura y su proyecto "La libertad de la palabra", infiltraron entre los presos del Penal Sarita Colonia varios ejemplares de mi libro de cuentos: Orientación vocacional. Un mes después me llevaron a mí. Esta es la crónica de una de las experiencias más bonitas que me ha tocado vivir como escritor.



Yo nunca había entrado a una cárcel.

Tampoco había estado en esta zona del Callao donde el Googlemaps no me sirve de nada, salvo para enterarme de que si me pierdo por aquí no sabré volver entero a casa.

Junto a la alta reja del Penal Sarita Colonia veo alineadas bolsas con víveres para los presos. Una de ellas es transparente y puedo distinguir lo que lleva. Pero no es necesario descifrarlo. Una hoja cuadriculada adherida con cinta scotch hace un inventario del contenido:

-10 bolsas de cuates picantes
-10 bolsas de cuates sin picante
-10 bolsas de papitas lays
-10 paquetes de cheetos

“Hijo querido, aquí te mandamos estas cositas, esperamos que estés bien y que el Señor te proteja”

Las bolsas de víveres se quedan asoleándose pero a mí me hacen pasar. Nunca he estado en un penal, sin embargo los presos del Sarita aguardan por mí. Me fallan los pies. Recuerdo la escena de una de mis películas favoritas: Andy Dufresne entra esposado y con la cabeza gacha a la prisión de Shawshank. Los internos ríen y apuestan cuál de los condenados va a llorar primero.

¿Acaso yo voy a llorar?
Sí, vas a llorar. Pero todavía falta.

Los guardias me conducen por los pasadizos salpicados de gatos que duermen sobre los jardines de la cárcel. Al igual que Andy Dufresne yo también soy inocente, es decir, nunca me han atrapado cagándola. Porque he robado. He robado y he mentido como todos. Pero sin ser descubierto. Mi único crimen público ha sido dedicar mi vida a inventar historias. Los internos del Sarita Colonia las han leído entre rejas. Han leído mi libro y ahora quieren conocerme. Están esperándome en el auditorio. Me han escrito un rap titulado El Orientador. Nunca nadie me ha escrito un rap:

El orientador así le dicen
y nunca deja que los grandes lo pisen
es un maestro de la vida fatal
y en lectura ni para q’ contar
es una máquina llena de sabiduría
desde pequeño su papá le decía
q’ él algún día iba a comprender
q’ importante tenía q’ser
Tiene su propio estilo no sean Atrevidos
O de Sarita los sacamos prendidos ♫

(continúa…)


Si mis amigos del colegio pudieran verme ahora tal vez no hubieran tirado mi mochila al techo. Si supieran que aquí soy el nuevo Tatán no le hubieran prendido fuego a mi carpeta.

Entro al auditorio y me veo rodeado por internos de baja, mediana y alta peligrosidad. Se acercan y se empujan para darme la mano. Hola Pierre, me dicen, qué gusto conocerte. El apretón de manos se convierte en un abrazo. Afuera eran presos, criminales. Apenas estoy junto a ellos son... son chicos, son adolescentes, son tan parecidos a mis alumnos. La mayoría ronda los 20 o 25 años. Chibolitos. La sonrisa aún les brilla en la cara aunque al lado salte una cicatriz.

Hemos hecho estos dibujos sobre tus cuentos, me dicen.

Veo papelógrafos pegados en las paredes del auditorio como en la función escolar del Día de la Madre. Solo que esta vez yo soy la madre. Ahí están Maicol, Manimal, Panzaloca, Luchito en llamas, Natalia B, mi amiga del colegio que quería ser actriz porno. Ellos la han dibujado, han soñado y se han pajeado con mi personaje entre las rejas del Sarita Colonia. Putamare, les digo y me agarro la cabeza. Y ellos se ríen.

Se me acerca un rubio de dientes afilados ¿Cuál será su crimen? ¿Pasar droga? Ha hecho una nueva portada para mi libro. Cuando leí tus cuentos recordé mi infancia. Voy a responderle algo cuando el director del Penal me jala y me lleva hasta la mesa de la ceremonia. ¿No te falta tu billetera no? me pregunta cagándose de risa. Meto la mano al bolsillo y la siento ahí. Me jode que me haya hecho desconfiar de ellos. Ni que estuviéramos en el Congreso, csm. Me pasa un micrófono. Tengo ¿80? ¿100 presidiarios delante de mí? Me siento como Johnny Cash at Folsom Prison. Todos guardan un respetuoso silencio. Ni mis alumnos de ISIL me prestan tanta atención. ¿Qué carajo les puedo decir? Puedes engañar a tus lectores hipsters del facebook, a tus alumnos. Puedes engañar a tus críticos. A un tipo condenado a diez años de cárcel no puedes mentirle.

Rosalina, la representante del Ministerio de Cultura que ha venido conmigo, dice: “El notable escritor Pierre Castro nos acompaña esta mañana”. Csmre, no me presentes así, qué palta. Pero ellos le creen y aplauden. Ellos no saben que afuera del penal soy un escritor chiquito, que los críticos nunca se acuerdan de mí, que todavía me cuesta terminar mis cuentos, que como decía Vallejo: quiero escribir y me sale espuma.

He presentado mi libro frente a mis amigos escritores, les cuento, lo he presentado frente a mi familia, he recibido premios de señores de corbata que me extendieron diplomas y jugosos cheques, y nunca me había sentido tan bien recibido como esta mañana delante de ustedes. Les hablo de pie. No puedo sentarme. De pie les cuento mi historia, mi infancia provinciana, el divorcio de mis viejos, mi llegada a Lima a los 13 años. La acabo en 3 minutos. Tu propia historia se vuelve una caricatura cuando tienes que contarla a tipos que han sido condenados a vivir encerrados en el culo de la ciudad. Prefiero que ellos hagan las preguntas así que suelto el micrófono.

–¿Todavía ves a los amigos que mencionas en tu libro, Pierre?

Al Necropedozoofílico lo veo todas las semanas, jugamos playstation. Ha puesto un restaurant con su novia: El Mesón de los Chukys, ahora es un hombre de bien que prepara choritos a la chalaca. Se cagan de risa. Si el Necropedozoofílico se ha reformado, todos pueden reformarse. Hay esperanza.

–Pierre, en tu libro tú les has puesto chapas a todos tus amigos del colegio, pero dinos cuál era la tuya.

Csmre, me cagan. Ya algunos periodistas me han hecho esa pregunta y siempre la he esquivado. A ellos no puedo negárselo. Trago saliva. Escuchen, les digo, cuando era niño yo era bien culón. Risas bajitas. A un pendejo se le ocurrió una palabra. Una palabra chiquita pero que se me pegó como un herraje a la vaca: Potito. Así me decían en primaria. Les falta barriga a los conchesumares para carcajearse. Parece que les hubieran dado la libertad condicional a todos. A la mierda, otra pregunta.

–Querido Pierre– me dice otro reo. Y esto que dice es lo que me quiebra, lo que me hace saltar las lágrimas. Pero mejor lo voy a guardar para el final.

Después de la ronda de preguntas empieza el show. Espío el cronograma que sostiene la señorita del Ministerio sentada junto a mí. Habrá rap, poesía, teatro, palabras de las autoridades, firma de autógrafos. Todo por un puñado de cuentos, maldita sea.

En el montaje teatral que han preparado y que es como una versión achorada de la escuelita del Chavo, recrean la historia de mi pata Kalolo y la de Manimal (el weón que en la primaria me contaba cómo cachaban las mantis y las arañas). También recrean el cuento de mi pata Alibabá, el terror de las loncheras. Uno de los presos me interpreta a mí. Es un gordito culón al que lo dejan varado con la cuenta. La historia de mi vida nunca mejor contada.

Después cae el telón, nos tomamos fotos, les firmo los libros, el rap, los poemas, los dibujos y ellos vuelven ¿A dónde? ¿A dónde mierda vuelven?

¿Quieres conocer los pabellones del penal? me pregunta el director. Pucha, no sé. Es decir, sí quiero, quiero saber cómo es una cárcel. Pero no quiero avergonzarlos. No quiero verlos encerrados cuando se han mostrado tan libres aquí en el auditorio.

Me conducen por los pasadizos interiores del Sarita Colonia. No es como lo había imaginado. Hay rejas y alambradas, claro, pero muchas de ellas están abiertas y los presos andan de un lado a otro como niños en el recreo. Es la hora del rancho. Una gran olla humea en el patio y un grupo espera con un plato entre las manos. ¿Qué toca hoy? Guiso de pollo con papa. Qué rico. ¿Alcanzará para mí? También tienen una biblioteca. Panfletos y libros de autoayuda. Yo les voy a mandar libros de verdad, les prometo.

¿Entonces vas a volver, Pierre?

Antes de salir del Penal me dicen que tienen que pedirme algo, que si no acepto no hay problema pero les alegraría mucho que aceptara.

¿Quieres ser el padrino de nuestra promoción?

¿De promo? ¿Estudian acá dentro? Claro, me dicen, y este año acabamos la secundaria ¿Aceptas?

Padrino de Promo de los Reclusos del Sarita Colonia.
Esta no se la hizo ni Vargas Llosa, csm.
Acepto al toque.


* * *


Llega el verano y el día de la ceremonia.

Rosalina y yo volvemos al penal en un taxi que avanza por la avenida Colonial. Hoy el sol brilla para todos. Les llevamos de regalo una caja de libros donados por el proyecto La libertad de la palabra y otro paquete que he armado con libros de mi propia biblioteca. Son novelas de las que me ha costado mucho desprenderme. Pero como son historias que suceden en una prisión, me ha parecido justo regalárselas a ellos. No sé por qué pero me emociona saber que alguien dentro del Sarita Colonia va a leer La milla verde de Stephen King.

¿Qué va a sentir cuando metido en su celda se sienta acompañado por John Coffey, el condenado a la silla eléctrica más bueno del mundo? Otro de los libros que llevo es El conde de Montecristo de Alexandre Dumas. Lo robé de la biblioteca de mi abuela. ¿Ya ven que todos somos choros? Ese no lo he leído aún pero me hace recordar una escena en la que Andy Dufresne está armando la biblioteca de la prisión de Shawshank y le dice a otro preso ¿Sabes de qué trata este? Trata de un tipo que se escapa de una prisión. Y el preso le responde: Pucha, entonces deberíamos ponerlo junto a los libros educativos :v

En la ceremonia de su graduación mis amigos bailan para Ministros y Autoridades. Marineras, huaynos y danzas amazonas. Liberan una paloma blanca que se niega a irse y se queda mirándolos desde un murito. También han formado una orquesta sinfónica pero nada de Chopin ni Mozart. Interpretan diferentes canciones de Queen (parece que también se han quedado afanadazos con la película). Cuando sus tambores tocan We will rock you, las nalgas se despegan de los asientos y da ganas de ponerse a cantar con ellos.

Estos presos del Penal Sarita Colonia no se van a fugar. No van a atravesar estas rejas con un alicate sino con su diploma de secundaria y las ganas de no volver a entrar. Me pregunto qué siente un ex convicto cuando ve por última vez el penal desde la calle. Esa sonrisa. Ese calor del sol en la mollera. El sol debe calentar diferente afuera. Tal vez sienten un poco de miedo también. A algunos los espera un chibolito, a otros una esposa o una madre que ya no tendrá que hacer cola frente al penal para llevarles bolsas de Cuates y Cheetos.

También los espera Lima por supuesto. “Porque en todo Lima está la tentación que te devora –escribió Oswaldo en Los inocentes- Y el dinero. Sobre todo el dinero, que hay que conseguirlo como sea”

Pero sé que eres bueno…


* * *


Me despido de mis amigos del Sarita Colonia. La próxima vez que los vea tal vez nos crucemos en la calle. Antes esa posibilidad me hubiese aterrado. Ahora pienso que es bueno que los hombres nunca pierdan la oportunidad de redimirse.

Rosalina y yo salimos del penal, nos devuelven nuestro DNIs y teléfonos. No hemos podido sacar ni una sola foto, pero del ecran de mi memoria esta película nunca se borrará. Tomamos un mototaxi para salir del barrio, un bus para salir del Callao y finalmente un Beat que serpentea por la Costa Verde rumbo a mi casa en Barranco. Voy mirando el mar y pienso cómo será no poder verlo cuando te dé la gana.

Entonces recuerdo lo que me dijo aquel preso en el auditorio. Era un señor de unos 50 años, se había puesto de pie: “Tal vez no te des cuenta de lo valioso de tu trabajo, Pierre, pero no sabes lo difícil que es hacer sonreír a alguien dentro de estas paredes.”

La frase me tira 10 años atrás. Estoy junto a Oswaldo Reynoso en una casona de Barranco. Vamos a presentar mi primer libro de cuentos. Mi papá y mi mamá han venido desde Piura. También están todos mis amigos. Y cuando Oswaldo recibe el micrófono dice esto: Hay una diferencia entre hacer reír a alguien y hacerlo sonreír. Lo primero es fácil. Luego toma mi libro y sonríe. A mi mamá le brillan los ojos.

El taxi se detiene en la curva de salida hacia Barranco, me despido y bajo para que ellos puedan seguir rumbo al Ministerio de Cultura sin desviarse. Hago el resto del camino a casa lateando. Incluso caminar bajo los árboles puede convertirse en algo maravilloso si has visto cómo sería que te privaran de ello.

Casi llego a casa. Camino por mi cuadra moviendo los dedos sobre un teclado imaginario. ¿Cómo voy a empezar a contar esta historia? ¿Cuál es la parte importante? Recuerdo los gatos del penal, las bolsas de cuates esperando bajo el sol, las rejas, los guardias, la humeante olla de comida en el patio. Pero sobre todo recuerdo sus caras divertidas, los dibujos que habían hecho, ese instante de la obra teatral en que volvieron a ser chibolos y se lanzaron bolas de papel como verdaderos colegiales, esa pintura sobre una tablita de madera que me regaló uno de ellos diciéndome: “dile a tu editor que si quiere la use de portada para cuando reediten tu libro”. Recuerdo la graduación de esa mañana cuando les cambié de lado la borla en su birrete y me preguntaron si alguna vez iba a escribir algo sobre ellos.

Algunos poetas escriben, como decía César Calvo, “para que los hermanos como Ángel Avendaño no sientan tanto frío en las prisiones, y para que el general Velasco lea estas líneas y sepa que Avendaño sigue preso por orden de una culebra disfrazada”. Hay otros escritores, como Manuel Puig en El beso de la mujer araña, que con la historia de dos presos que traban amistad contándose las películas que vieron alguna vez convierte una celda en un cine. Otros como José María Arguedas o Reinaldo Arenas que con El sexto y Antes que anochezca pueden hacer que te dé miedo pisar un Penal. Hay otros más fatalistas que pueden hacerte sentir que el mundo entero es una gran cárcel y otros que, al contrario, parecen revelarnos que el alma humana puede ser libre incluso estando encadenada.

Y al final de esta larga cola estoy yo con mis cuentos en las manos. Pensando que de todos aquellos momentos en que sentí que mi vocación de escritor se confirmaba, como cuando le pude contar a mi papá que había ganado el Copé o cuando vi a un niño leyendo mi libro en la banquita de un centro comercial, o cuando al escribir una historia pude convertir un recuerdo triste en algo feliz, nunca había sentido tan claramente el sentido de mis mañanas frente al teclado hasta que un preso del Sarita Colonia me dijo que lo había hecho sonreír.