miércoles, 31 de mayo de 2017

martes, 30 de mayo de 2017

¿Por qué escribes?

Viene un chico a entrevistarme. Cruza la puerta de mi depa y lo primero que dice es esto: "Me he tomado la libertad de traer estas cervezas". Eso es lo primero que dice mientras me alcanza un sixpack de Coronas. Al cabo de 10 minutos y 4 chelas hemos sacado la guitarra. Al cabo de 4 boleros hemos sacado la hierba. Al cabo de 4 pitadas al porro estamos hablando de Schopenhauer y de Bauman y de sus apocalípticas visiones del amor. La grabadora sigue prendida pero ya estamos en juerga y ninguno se acuerda de la entrevista. Así que yo le hablo de ti. Y este chico, que tiene una década menos que yo pero que ha leído mucho, me analiza y me explica lo que me está pasando. Pero no entra en huevadas como yo. Me lo explica seriamente, con citas bibliográficas. Confronta su teoría con el enfoque antropológico y con el contexto histórico social. Plantea el marco teórico de mi corazón. Claro que a ratos también vuelve a coger la guitarra y se mete un Contigo aprendí ♫. Tras lo cual yo le meto un tacle al cerebro y lo arrastro hasta el ducto de basura por pendejo. Pero antes de que lo lance, él parece recordar la entrevista y me pide una última preguntita: ¿Por qué escribes? ¿Sabes por qué escribo, ctm? Escribo porque nadie va a entrevistar a un contador y se aparece con un sixpack de chelas. Escribo porque ir al psicólogo cuesta un culo de plata y los psicólogos no saben los acordes de Contigo aprendí. Y escribo porque es la única forma que yo conozco de hacer una tesis sobre mi corazón. Ah ya, dice, puuuta pero como vas no creo que te gradúes. Y entonces lo suelto. Escucho cómo su cuerpo va cayendo por el ducto junto a las botellas de Corona vacías. Adiós, le digo. Y cierro la puerta. Pero va a volver. Lo presiento.

martes, 9 de mayo de 2017

Sangrecita

El 1ro de mayo le vendí mi vieja cocina a mi amiga Regina. Contraté un camión en el mercado de Surquillo y se la llevé hasta su casa en La Victoria. Cuando ya me estaba regresando ella me mandó un mensaje al cel y me dijo que dentro del horno yo había dejado una sartén. ¿Te la has olvidado o viene de yapa? me preguntó. Le dije: Regina, esa es la sartén en la que cocinábamos la sangrecita de nuestras viejas noches literarias, es un regalo para ti. Csmre. Casi la mato de la emoción. Se puso a gritar como demente solo porque le había regalado un trasto que yastaba'chomierda. Pero entendí su alegría. Regina fue parte del primer grupo de chicos con los que me junté a escribir y leer cuentos. Bebíamos vino barato y comíamos chancays sentados en las meadas esquinas de Quilca. Nuestro cuentos no evolucionaron mucho pero nuestra forma de chupar sí. Del vino barato pasamos a la chela y cuando ya nos pusimos burgueses instauramos el mojito como el trago oficial del grupo. Comprábamos ingentes cantidades de yerbabuena y la majábamos con azúcar rubia en un mortero que mi viejo me había traído de Cuba. Por cierto que mi viejo se llama Raúl Castro como el hermano de Fidel y cuando fue a Cuba casi lo dejan puesto y me mandan al otro barbón. La vaina es que con tanto cuento y tanto mojito nos empezó a dar hambre en las madrugadas así que a cierta hora de la noche yo me transformaba en el chef de Southpark, agarraba cualquier huevada que encontraba en mi refri y la tiraba a la sartén. Una noche encontré un paquete de sangrecita de Metro. Le agregué cebollita, tomate y serví. Lo bueno de tener amigos borrachos es que cualquier cosa que les cocinas les sabe rico. Después de la sangrecita, Regina, Miguel Ángel y Ever ya no aceptaron otro plato. Tal vez la sangrecita nos recordaba nuestros viejos tiempos de indigencia o tal vez creíamos en el ritual de beber sangre como una ofrenda a los dioses. No sé. Pero comíamos como salvajes. Poco tiempo después nos fuimos dando cuenta de que más que un grupo literario éramos un grupo de borrachos hambrientos y dramáticos que cantaban canciones de Jacques Brel a las 3 de la mañana y dejamos de frecuentarnos. Pero Regina siguió escribiendo. Durante mucho tiempo entre nosotros había corrido el rumor de que Regina solo había escrito un cuento en su vida que se llamaba "Ni un puto cobre". Pero un tiempo después nos enteramos de que había quedado finalista del Premio Caretas y luego del Premio Copé. Y ninguno de los cuentos era Ni un puto cobre. El día en que le regalé la sartén, Regina me dijo que la sangrecita había potenciado sus poderes literarios y que yo le regalara ahora esa sartén era como si le hubiera heredado el Teseracto de los Avengers. xD Serásss pendeja, le dije. Y nos despedimos. Pero me alegró que le hubiese echado la culpa a la sangrecita de Metro. Me dejó pensando en esto: El talento es una carga muy pesada e intentar pararla de pecho es una locura. Les contaba el otro día a mis alumnos que esto de firmar las obras es una moda nueva, antes las historias pasaban de boca en boca y eran de todos. Los narradores -Cortázar decía que a veces sentía lo mismo- son apenas médiums que transcriben lo que les dictan desde el otro lado. Ahora ¿quién nos dicta desde el otro lado? Quién chucha sabe. Reconozco que el talento requiere persistencia y que entre mojito y mojito también tuvimos madrugadas y madrugadas en las que nos sacamos la mierda frente al teclado escribiendo cuentos malísimos hasta volverlos decentes. Pero me gusta también la idea de que hay un ingrediente de la receta que escapa de nosotros, ya sea la sangrecita de Metro, las canciones de Jacques Brel o este foco rojo que ahora ilumina mi sala. Me gusta la idea de que mis dedos se agiten sobre el teclado como caballos salvajes que no obedecen lo que les dicto. Que a lo mejor yo escribo esta historia porque tú necesitas leerla y no porque yo necesito escribirla. O que leerla te ha gustado porque te agarré con hambre y estás pensando en si vas a encontrar Metro abierto para correr a comprarte un paquete de esa maldita sangrecita.

jueves, 4 de mayo de 2017

Y si acaso no brillara el sol

Tuve un profe de literatura que me dijo: “Nunca escribas historias tristes cuando estés triste. Cuando estés triste intenta con el humor y deja a la tristeza reptar en paz. El dragón de Komodo muerde a su presa y sigue el rastro de la herida durante días. La tristeza irá por ti. No la busques”. Así que cuando me pidieron 4000 caracteres sobre la nostalgia, y yo andaba como un cubo de Rubik al que han quitado todos los stickers, me dije: “Vamos a esperar, vamos a recostarnos sobre esta roca caliente”. Y esperé junto a mi planta carnívora. Aprendí de ella la paciencia. Esperé hasta que nos alcanzó la noche del domingo. La noche del domingo no es un dragón de Komodo. La noche del domingo es el Godzilla de la nostalgia. ¿Podríamos pensar en una hora de la semana menos pendeja para escuchar a Coltrane tocar My one and only love? Y ayer nomás estaba en el matrimonio de dos amigas. Mi primera boda lesbiana. Me sentía como en ese capítulo de Seinfeld en el que Elaine va a una boda leca y dice: “Yo no soy lesbiana, odio a los hombres pero no soy lesbiana” ¿No es bello cuando los actos cotidianos coinciden con escenas de nuestros sitcoms favoritos? No se le puede pedir más a la vida. En la fiesta estoy tirado en un comodísimo sillón blanco mientras todas mis amigas bailan. Me recuesto, miro hacia arriba y descubro los globos. Decenas de globos de colores colgando del toldo árabe. Y me digo: “Esto es. Así tiene que empezar mi historia”. Fui y le pedí un gintonic al barman. Le puso una rodaja de pepinillo y una estrella de anís y yo volví a mi mueble. Nunca se empieza a escribir delante de la hoja en blanco. La hoja en blanco huele tu miedo igual que las chicas. En cambio si te le acercas con un gintonic en la mano dice: “Bueno, este ya viene puesto, si lo destrozo igual le queda su gintonic“. Como decía Hemingway: “Escribe borracho, edita sobrio”. Pero nunca te revientes el cerebro de un escopetazo como él. Uno empieza a escribir mientras se ata los zapatos, al despertar de una pesadilla, cuando cruzas un puente y no ves el final de tu ciudad. Sentarte a tipear las palabras es un mero acto burocrático. Pero volviendo a lo de los globos, recordé que estaba yo en otra fiesta en un club campestre, como 10 años atrás. Nos había dado la noche y bailábamos sobre el césped apenas iluminado por unos farolitos lejanos. Entonces alguien recogió todos los globos de helio que habían quedado de la fiesta. Tenía por lo menos dos docenas de globos atrapados. Los sostenía emocionado como si fueran pájaros exóticos. Vino corriendo y cuando estuvo en medio de nosotros los liberó. La velocidad de ascenso de un globo inflado con helio tiene la aceleración exacta para que creas que puedes detenerlo. Pero no puedes. Allí estábamos todos con la cabeza vuelta hacia el firmamento gritando: “¡Ohhhhhh!” Los globos subían como espermatozoides buscando la luna. Yo me quedé mirando el cielo incluso después de que la noche se había tragado al último. Fue una de las pocas veces en que se me salieron las lágrimas por algo tan tonto. Pero no era tonto. Ese día en la boda me di cuenta. Un globo es el resumen de todo lo que hemos perdido. Porque un globo no es más que un retazo muy pequeño de plástico. El resto le pertenece a la atmósfera. Todo lo que tú crees que es el globo, no es el globo. Es el cielo. Y por eso escapa de ti. Adoro todo lo que no es mío. Tú por ejemplo. Blanca Varela. Cuando tenía 23 años me fui a vivir a Río de Janeiro. Antes de irme un amigo me dijo: “Oye, ¿sabes que en Brasil hay una palabra que no se puede traducir a otro idioma? Saudade, loco”. La saudade es la alegría de estar triste. “Fuera mierda”, le dije. Pero cuando llegué a Río lo entendí. Hasta la lluvia te hacía feliz. Daban ganas de empaparse de todo lo que cayera del cielo porque al fin y al cabo había bossa nova para curarlo. Pienso en los globos que se van como todas las escenas finales de tus películas favoritas. Ahora reemplaza las películas por los momentos de tu vida en que perdiste a alguien. Trata de que no se te desdibuje la sonrisa.


*este texto apareció en el 6to número de la Revista MOT y lo ilustró Karina Huertas