martes, 9 de mayo de 2017

Sangrecita

El 1ro de mayo le vendí mi vieja cocina a mi amiga Regina. Contraté un camión en el mercado de Surquillo y se la llevé hasta su casa en La Victoria. Cuando ya me estaba regresando ella me mandó un mensaje al cel y me dijo que dentro del horno yo había dejado una sartén. ¿Te la has olvidado o viene de yapa? me preguntó. Le dije: Regina, esa es la sartén en la que cocinábamos la sangrecita de nuestras viejas noches literarias, es un regalo para ti. Csmre. Casi la mato de la emoción. Se puso a gritar como demente solo porque le había regalado un trasto que yastaba'chomierda. Pero entendí su alegría. Regina fue parte del primer grupo de chicos con los que me junté a escribir y leer cuentos. Bebíamos vino barato y comíamos chancays sentados en las meadas esquinas de Quilca. Nuestro cuentos no evolucionaron mucho pero nuestra forma de chupar sí. Del vino barato pasamos a la chela y cuando ya nos pusimos burgueses instauramos el mojito como el trago oficial del grupo. Comprábamos ingentes cantidades de yerbabuena y la majábamos con azúcar rubia en un mortero que mi viejo me había traído de Cuba. Por cierto que mi viejo se llama Raúl Castro como el hermano de Fidel y cuando fue a Cuba casi lo dejan puesto y me mandan al otro barbón. La vaina es que con tanto cuento y tanto mojito nos empezó a dar hambre en las madrugadas así que a cierta hora de la noche yo me transformaba en el chef de Southpark, agarraba cualquier huevada que encontraba en mi refri y la tiraba a la sartén. Una noche encontré un paquete de sangrecita de Metro. Le agregué cebollita, tomate y serví. Lo bueno de tener amigos borrachos es que cualquier cosa que les cocinas les sabe rico. Después de la sangrecita, Regina, Miguel Ángel y Ever ya no aceptaron otro plato. Tal vez la sangrecita nos recordaba nuestros viejos tiempos de indigencia o tal vez creíamos en el ritual de beber sangre como una ofrenda a los dioses. No sé. Pero comíamos como salvajes. Poco tiempo después nos fuimos dando cuenta de que más que un grupo literario éramos un grupo de borrachos hambrientos y dramáticos que cantaban canciones de Jacques Brel a las 3 de la mañana y dejamos de frecuentarnos. Pero Regina siguió escribiendo. Durante mucho tiempo entre nosotros había corrido el rumor de que Regina solo había escrito un cuento en su vida que se llamaba "Ni un puto cobre". Pero un tiempo después nos enteramos de que había quedado finalista del Premio Caretas y luego del Premio Copé. Y ninguno de los cuentos era Ni un puto cobre. El día en que le regalé la sartén, Regina me dijo que la sangrecita había potenciado sus poderes literarios y que yo le regalara ahora esa sartén era como si le hubiera heredado el Teseracto de los Avengers. xD Serásss pendeja, le dije. Y nos despedimos. Pero me alegró que le hubiese echado la culpa a la sangrecita de Metro. Me dejó pensando en esto: El talento es una carga muy pesada e intentar pararla de pecho es una locura. Les contaba el otro día a mis alumnos que esto de firmar las obras es una moda nueva, antes las historias pasaban de boca en boca y eran de todos. Los narradores -Cortázar decía que a veces sentía lo mismo- son apenas médiums que transcriben lo que les dictan desde el otro lado. Ahora ¿quién nos dicta desde el otro lado? Quién chucha sabe. Reconozco que el talento requiere persistencia y que entre mojito y mojito también tuvimos madrugadas y madrugadas en las que nos sacamos la mierda frente al teclado escribiendo cuentos malísimos hasta volverlos decentes. Pero me gusta también la idea de que hay un ingrediente de la receta que escapa de nosotros, ya sea la sangrecita de Metro, las canciones de Jacques Brel o este foco rojo que ahora ilumina mi sala. Me gusta la idea de que mis dedos se agiten sobre el teclado como caballos salvajes que no obedecen lo que les dicto. Que a lo mejor yo escribo esta historia porque tú necesitas leerla y no porque yo necesito escribirla. O que leerla te ha gustado porque te agarré con hambre y estás pensando en si vas a encontrar Metro abierto para correr a comprarte un paquete de esa maldita sangrecita.

1 comentario:

Miguel Ángel Peña López dijo...

Alamierda, me emocioné. De lo que me estoy perdiendo por no entrar a Facebook.