miércoles, 26 de diciembre de 2018

Darks es mejor que recibirks

Son las 9 de la noche del 25 de diciembre. Me he pasado las últimas 24 horas encerrado en mi depa, lanzando, comiendo pavo norteño con las manos y viendo Duro de matar. Comprendo que esta vez he llevado mi aversión por la Navidad demasiado lejos. De pronto extraño a los seres humanos. Quiero salir a las calles, quiero ver a gente abrazarse, quiero darle un regalo a alguien, aunque sea para ver qué cara pone. ¿Pero a estas horas... a quién? Pienso en el portero de mi edificio, un chibolo que debe estar ahí abajo, también solo y aburrido. Imagino que ya el resto de vecinos le debe haber llevado pavo horneado en diferentes versiones. Así que yo cojo una de las bolsas de chifles que me mandó mi viejo, agrego también unos olorosos mangos piuranos. Ya estoy por bajar cuando siento que es un regalo muy impersonal, algo le falta. Entonces regreso y me paro frente a mi librero. No sé si mi portero lee. Nunca lo he visto leer. Pero igual me pongo a escoger algo para él. Primero saco los 15 cuentos de humor y amor de Bryce, pero al revisarlo descubro que fue un regalo de mi mami así que lo regreso al librero. Después saco El olvido que seremos de Hector Abad Faciolince, un libro hermoso sobre la mirada de un hijo a un padre, pero recuerdo que prometí regalárselo a mi papá y desisto. No quiero terminar dándole uno de esos libros que regalo porque ya no me gustan. Quiero darle algo que lo conmueva, un libro que tenga un personaje con el que pueda empatizar. Así que cojo la pila de libros que leí este año y encuentro Crimen y castigo. Lo abro y descubro entre sus páginas los tickets de papel bulky con la cara de José Olaya que me daban en el muelle del Terminal Pesquero de Chorrillos cuando iba a leer al mar. Este es, pienso, este le puede gustar. Meto el libro y la comida en un paquete y bajo las escaleras. Primero le doy los chifles y los mangos que recibe feliz. Luego un apretón de manos que nunca nos habíamos dado. Y finalmente le pregunto ¿Te gusta leer? Sí, me dice. Entonces le extiendo la novela de Dostoievski. A mí me gustó mucho, le cuento, ojalá te guste. Y me voy. Subo a mi bici y pedaleo por toda la Arequipa hasta el Centro de Lima. Hay gente en las calles, compran chocolate caliente y globos frente al Parque de las aguas, se toman fotos junto a los arbolitos navideños de la Plaza de Armas. Y antes de darme cuenta, yo también me hago un selfie junto al arbolito. Descubro que, aunque sea por un momento, me gusta sentir que soy también parte de la raza humana y de sus estúpidos rituales. Compro un chocolate caliente y mientras pedaleo de regreso a casa pienso si mi portero ya habrá abierto la bolsa de chifles o habrá ojeado las primeras páginas del libro. Calculo cuánto tardará en meterse en el pellejo de Rodión Raskólnikov y sentirlo como suyo. Cuánto tardará en escoger a uno de mis vecinos para meterle un hachazo en la cresta ¿Será a la vieja del 3er piso que puso las luces navideñas en noviembre? ¿Será al csmre que me roba el lubricante de la bici cada que lo olvido en el estacionamiento? ¿Será al que nunca recoge la caca de su perro del jardín? Tantas hermosas posibilidades que acabo de sembrar en su corazón. Bien decía mi madre que cuando uno da un regalo, se está regalando algo a sí mismo. Creo que por fin he comprendido la magia de la Navidarks.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Pasear calato

Mi amiga Carmen me inboxea desde Barcelona para decirme ¡Ponte ropa! Acaba de ver el último selfie que he subido a mi instagram. Aparezco calato leyendo Las palabras de Jean-Paul Sartre. Me he permitido ser como una de esas cumbieras intelectuales que logran fusionar el placer de la lectura al flagrante coqueteo virtual. Pero antes de que dejen de leer y se vayan a mirar mi instagram, les adelanto que en realidad no estoy calato. Leer a Sartre calato ya sería un abuso de existencialismo, sobre todo considerando el volumen de mi existencia. Pero sí estoy en boxer porque estoy en mi jato y porque vivo solo. Cualquier misántropo que haya excluido de sus dominios al mundo sabe que la prenda oficial del hogar es el calzoncillo, de preferencia viejo para que no apriete. La ropa es un invento del diablo. Basta mirar a Karl Lagerfeld.

Cuando yo era niño, mi padre se paseaba en sus calzoncillos de bikini blanco por toda la casa. Se paseaba como un gran oso polar delante de mi mamá, de sus hijos y hasta de Mechita y Juanita, las sorprendidas hermanas que nos cocinaban y cuidaban. En defensa suya debo decir que Talara es una ciudad que quema como poto de mototaxista. Por eso además de la calatería mi padre había abierto una heladería que al principio se llamó Chupetes Pierre, luego Chupetes Venecia, luego Tío Rico y al final Cremoladas Yum Yum. Mi amigo Hiro que vio el logo a través de un espejo dijo que mi viejo vendía cremoladas de muy-muy. Pero esa es otra historia.

La chupetería quedaba junto a nuestra casa del parque 5-17, de modo que bastaba cruzar una puerta en el patio para entrar al ronronear de las batidoras y congeladoras, a los frasquitos de vainilla apilados, a las cajas de maní y pasas que coronaban los chupetes, a las cáscaras de tamarindo recién pelado y al adictivo olor que brotaba de una gran pila de bolsas de leche enci listas para ser batidas y congeladas. Mi padre cruzaba ese umbral todo el día y siempre lo hacía en calzoncillos. Recibía a sus 20 o 30 heladeros en calzoncillos, en calzoncillos anotaba el número de helados que habían vendido, en calzoncillos les pagaba, en calzoncillos se acercaba a mi tío Fernando que tostaba manís en una paila o a Segundo que parchaba la llanta de una carreta averiada, en calzoncillos se paraba junto al portón de su chupetería a mirar el barrio, en calzoncillos se comía un chupete, en calzoncillos contaba un chiste y en calzoncillos volvía a casa.

Todos los heladeros (al menos a mí me lo parecía a mis 8 años) lo trataban con cariñoso respeto y le decían ¡hasta mañana, Don Raúl! Tal vez por eso yo crecí convencido de que el respeto era algo que no tenía que ver con la ropa, pues si mi viejo podía conservarlo aun en calzones, entonces era evidente que la corbata y los zapatos no tenían nada que ver. Es un poco extraño porque cuando mi viejo no estaba calato, cuando usaba terno por ejemplo, era muy prolijo y cuidadoso. Siempre llevaba los botones bien puestos, un pañuelo limpio y nunca dejaba que nos fuéramos al colegio con los zapatos sin lustrar.

Cuando a los 13 años dejé de vivir con él para venir a Lima y tuvo que ver cómo yo me dejaba crecer el pelo y usaba jeans viejos y zapatillas cada vez más rotas, se volvió un poco loco. Hasta hace un par de años todavía me llevaba al peluquero cada vez que nos veíamos. "Ya vamos para que te saquen un poco de lana" me decía. Yo accedía más por verlo feliz que por otra cosa. Pero mientras el peluquero me esquilaba pensaba en que todos los intentos que mi viejo hizo para que yo me viera como un tipo decente, nada podían contra esa primera lección que me dio al andar calato por la vida. Yo era un niño de ocho años pero entendí bien el mensaje: Lo primero era estar cómodo con quien tú eras. Tal vez si tú te aceptabas el resto te imitaría. Y el respeto era algo que duraba más si se construía con la forma en la que tratabas a los demás y con el empeño que le ponías a tus helados que con pantalones y corbatas.

Leía ayer en el Diario de un libertino de Rubem Fonseca que la única respuesta inteligente a ¿por qué te hiciste escritor? es la de un tal Montalbán que dijo: "me hice escritor para volverme alto y bonito". O como decía Cesar Calvo: "Se escribe un poema... para poder comer con la mano en los salones si nos viene en gana". Mi viejo preparaba los mejores chupetes de Talara para poder andar por la vida en calzoncillos. Y yo me hice escritor para poder tomarme selfies calato con un libro de Sartre en la mano como una adolescente cachera y ponerme a escribir cuatro horas de pura pichulada para justificarlo. Como quien mata la tarde, así por joder.

Salud, viejo.
Escribir es mi pasearme en calzoncillos por el mundo.


martes, 11 de diciembre de 2018

lunes, 10 de diciembre de 2018

Rick and Tolstói

Han empezado mis vacaciones y las tardes se me van entre una novela de Tolstói y la última temporada de Rick and Morty. Salto de una ficción a otra como quien unta mantequilla por un lado del pan y mermelada por el otro. Me sorprende que a mi cerebro tan ahumado por el canabis y los exámenes de mis alumnos no le cueste aceptar la verosimilitud de tramas tan disparejas. Resurrección, la última novela que León -peleador sin ley- Tolstoi publicaría en vida, vio la luz en el Imperio Ruso hace 120 años. La tercera temporada de Rick and Morty la subieron a Netflix hace unas semanas. Resurreción cuenta la vida del Príncipe Dmitri Ivánovich Nejliúdov que un día, al participar de un juicio como jurado, descubre entre las acusadas de homicidio a su primer amor, Ekaterina Máslova, con la que alguna vez tuvo un choque y fuga y a la que luego abandonó a su suerte. Nejliúdov comprende inmediatamente que toda la catástrofe de la vida de Máslova ha sido culpa suya y decide reparar el daño hecho. En la serie animada, el científico Rick Sanchez se convierte a sí mismo en un pepinillo encurtido para evitar ir a terapia con Morty y el resto de la familia. Lo logra pero cae a un desagüe y tiene que lamerle el cerebro a una cucaracha voladora para poder desplazarse ya que como es un pepinillo, no tiene extremidades. Al rato ya se ha convertido en una rata biónica que se infiltra en una agencia de seguridad del estado y con la ayuda de un prisionero de guerra llamado Jaguar, aniquilan a todos los agentes y escapan. Es el mejor capítulo de la temporada. Sobre la novela de Tolstói no podría decir si es la mejor porque Ana Karenina y La muerte de Ivan Ilich y La sonata a Kreutzer también me dejaron locazo. Diré lo mismo que en Kill Bill decían de los sables de Hattori Hanzo: "Si vas a comparar una novela de Tolstói con otra, tienes que compararla con todas las otras novelas que no hayan sido escritas por León Tolstói". De todas formas, empecé a escribir esto porque estoy maravillado con la predisposición de nuestros cerebros a aceptar la ficción. No importa qué tan absurda sea, si las leyes de la arquitrama o antitrama propuestas están bien construidas aceptamos la matrix. Escribo también porque hace tiempo que no lo hacía y cuando tengo mucho tiempo libre me pongo a hacer huevadas. Por ejemplo, he llenado la puerta de mi baño de stickers de memes, por ambos lados. Mi amigo Gonzalo vino y se horrorizó. Dijo que no puedo ver una pared vacía porque ya quiero ponerle un póster o un sticker. Por ejemplo creo que ahora voy a poner dos pósters grandazos en mi cuarto. Uno de Lev Tolstói y otro de Rick Sanchez, para recordarme a lo que me dedico. Para recordarme que no importa si inventamos a un príncipe ruso que busca la redención de su alma o a un Pickle Rick con cuerpo de rata mutante que no quiere ir a terapia. Si un escritor consigue que alguien siga su historia hasta el final ya tiene un razón para escribir.

domingo, 4 de noviembre de 2018

la cuadrícula de la memoria

Todo comienza con una canción. Voy en mi bici. No he preparado la clase de hoy. Solo me quedan los 23 minutos que tardo en pedalear hasta el instituto para idear algo. Entonces me salta Paramar en los audífonos. Paramar es una canción de Los Prisioneros, una de las más bonitas. ¿Cómo puedes sacar una clase de una canción? Se puede. El amor acaba, por ejemplo, esa es una tesis con fondo musical. Otra cosa es que te hagas el weón, pero mi tío José José ya te avisó. ¿Y no cantaba Daniel F que el rocknroll le dio más lecciones? Loco, una vez me inventé una clase con tornillos. Era mi colección de tornillos viejos que recojo de la pista cuando voy en la bici. Los puse a mirar tornillos oxidados como media hora. Eso lo saqué del primer capítulo de Rayuela (o sea del capítulo 73 que es el primero cuando lees la novela según la fumada de Cortázar). Un tipo que sentado en la puerta de su jato se queda mirando un tornillo en el suelo. Los vecinos se ríen, se indignan, pero luego se paltean ¿Qué tanto mira ese csm? Al final el tipo se muere y el tornillo desaparece. Uno de los vecinos lo mira a solas y se llena de preguntas. La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos, escribió también su amiga Pizarnik. Bicho, aquí bichito ven. Si miras las cosas de cerca tal vez aprendas algo. O te vuelvas loco, claro. Los insectos ya habían inventado el submarino antes que el hombre. Unas arañitas que viven bajo el agua pero no pueden respirarla así que sumergen burbujas que capturan con sus telarañas y se construyen una cúpula de oxígeno como la de Arenita en Fondo de Bikini. Pero yo estaba contando algo de una canción. Ah sí, mira. Paramar es una canción en la que Jorge Gonzáles destaza el amor romántico, ya sabes que a los Prisioneros les llega todo a la punta del pájaro. Pero dicen una verdad innegable como una caca de elefante. No es fácil manosear las mismas palabras de amor / que se entregan a cualquiera / para amar. Ahí está mi clase. Vamos a destazar el lenguaje romántico como si fuera un conejo. Mientras corro a sacar copias, los dejo viendo Alta Fidelidad, la peli con John Cusack basada en el libro de Nick Hornby. A Rob Gordon su novia lo ha terminado y hace un recuento de sus 5 más memorables rupturas amorosas. Cuando termina la peli después de que Jack Black canta Let's get it on, les pido que saquen una hojita. Título: Construcción de personajes. Hoy van a ser Rob Gordon. Van a describir a 3 ex novio(a)s. ¡Noooooooo! Si todavía no tienen 3 en la lista (yo a su edad no tenía ni una ex novia) pueden describir a sus amores platónicos o a sus chapes. Esta es la única condición: los 3 deben ser tan diferentes como El bueno, el malo y el feo, como Curly, Larry y Moe, alamierda, como Bombón, Burbuja y Bellota. Lo que les gustaba de uno, no puede aparecer en la lista del otro, las palabras de cariño que le decían a uno, no pueden ser las del otro. Se ponen a escribir cagaos de risa, por fuera es decir, porque por dentro algunos están llorando. Muy cruel esta tarea, profe. ¡Y me hacen un dibujito también! Y anotan una canción y un objeto que relacionen a esa persona. De fondo les pongo a Michael Jackson cantando Billie Jean. A ratos me llaman para que me acerque a sus carpetas y les revise el avance. Un chico me muestra su hoja, ha escrito que su exnovia era abierta y liberal. ¿Cómo liberal? le pregunto, tienes que ser más específico al describirla, ¿liberal como Vargas Llosa o como William Wallace? No, pes profe, como Vargas Llosa ni cagando, escribe algo en su hoja y me la vuelve a pasar. A su ex le gustaba el ménage à trois, tener artistas invitados en la cama. Ahhh yaaa, liberaaal. Otra alumna me llama. Sus 3 exnovios aparecen dibujados y descritos bajo un gran rótulo que dice "My dogs". Csmre. Acaba la clase y recojo los papelitos. Los dejo ir y me paso el sábado tirado en el sillón leyendo sus historias. Hace 2 años dejé de preguntar el nombre de cada alumno en la primera clase. Tengo casi 200 salvajes por ciclo y me parece vano prometerles que voy a acordarme de todos los nombres. Ni que fuera Pato Banton recitándose los 50 estados norteamericanos en Go Pato. Pero cuando te cuentan su vida ya es otra vaina. Cuando una alumna te cuenta que se encerró con su novio en el baño y mandó a su viejo a comprar toallas higiénicas para poder sacarlo sano y salvo, ya no te puedes olvidar de su nombre. Pero ¿quieren saber qué es lo que más recuerdan mis alumnos de sus ex novios? Es locazo porque no tiene nada que ver con el estereotipo del chico o chica ideal que nos afanamos en construir para seducir a alguien. Son más bien los actos fortuitos donde perdemos el control lo que conmueve a la gente. Una alumna dice que lo que con más cariño recuerda fue la tarde en que su novio se dejó maquillar por ella. Otra que el suyo le besaba la mano cuando estaba distraída y otra dice que su chico la escuchó hablar de Harry Potter y el misterio del príncipe por horas, cuando él era loquito Rápidos y Furiosos. Ya ves, tú queriéndote parecer a Vin Diesel y ella solo necesita un Ron Weasley. Y a los chicos también les gustan las salvajes. El de la novia anarquista cuenta que una vez la vio con sus amigos en Quilca incendiando la basura y haciendo grafitis y ahí senamoró xD. Otro dice que cada vez que iban al cine podía contar con que su chica sacara ingentes cantidades de comida de la cartera. "Nos gustaba mucho comer pollo a la brasa mientras discutíamos de política. Hasta pensamos abrir un canal de youtube llamado Análisis político comiendo pollo a la brasa". También tienen nuevas formas de conocerse. Al parecer el nuevo ¿No te he visto en otro lado? es ¿Sabes cómo se pone la arroba en este teclado? Y en cuanto al sexo. Esto es genial porque ya descubrieron que en la cama lo que más les gusta reírse y estar en confianza, no parecer actores porno. Y además son como pajaritos. Les emociona que les canten canciones y les cocinen. También anotan las cosas feas pero de esas no vamos a hablar. Se resumen en esto: La persona que dice amarte quiere que seas otra persona. "No le gustaba que jugara videojuegos así que la terminé". "No le gustaba que me ponga pantalones rotos ni minifaldas". Bye bye my love. Y bueno, aquí están los dibujitos que hicieron. No sé por qué dicen que no saben dibujar si les han quedado tan chevéveres. Los he scaneado y he hecho un collage porque me gustaron y sobre todo porque pensé que mirándolos algo uno entiende. De hecho, el collage fue lo primero que hice y luego me puse a mirarlo y a escribir. Pensaba también en la canción de Michael Jackson que escuchábamos en el salón mientras dibujaban. Sobre todo esa parte en la que Michael dice: No vayas por ahí rompiéndole el corazón a las jovencitas. Y ten cuidado a quien le das tu amor porque la mentira se convierte en la verdad. Creo que Michael dice: Mother always told me don't go around breaking young girls hearts. Así como Las Supremes cantaban “I remember mama said: You can’t hurry love, you just have to wait”. O sea que no importa si eres Michael Jackson, Diana Ross o Phil Colins, hazle caso a tu vieja que ella sabe, no solo porque te han parido sino porque también alguna vez estuvo enamorada. Bueno, ya no sé qué decir. Es domingo y quiero irme a mi cama a leer un cuento. Pero miren el collage y acaben la historia ustedes ¿Cómo los dibujarían sus exnovios? xD ¿De qué se acordarán cuando alguien diga su nombre? ¿Es algo bonito? Y si no lo es, pues háganle caso a Michael y ya no vayan por ahí rompiendo corazones, que un día seremos solo un dibujito y un recuerdo en la cruel cuadrícula de la memoria.


domingo, 28 de octubre de 2018

APESAR DE VOCÊ

Cuando tenía 23 años renuncié a mi primer empleo. Entonces trabajaba en el diario La República subiendo las noticias del día a la web y tenía horario de guachimán, entraba a las 6pm y volvía a casa de madrugada. Los travestis de la avenida Arequipa me veían pasar en mi bici camino a casa y me saludaban. Un día me aburrí, renuncié, cogí mi mochila y mi guitarra y me fui a perseguir un sueño: conocer Latinoamérica. Mi plan era llegar a Buenos Aires pero dos semanas después levanté la vista y vi que me había ido de avance hasta Rio de Janeiro. Lo primero que hice después de mirar alrededor: el mar, las palmeras, las garotas y los puestitos de cerveja helada, fue buscar un teléfono público y llamar a mi viejo para decirle que tenía que vender su chupetería de Piura y venirse a vivir a la Tierra Prometida. Con razón Charly cantaba "la alegría no es solo brasilera" me dije. Putamre, porque parece. Realmente parece que ahí la hubieran inventado. Con mis últimos ahorros alquilé un cuartito en Copacabana a dos cuadras de ese Hotel que alguna vez había hospedado a Sinatra y a Brigitte Bardot y me fui en zunga a la playa. Cuando desperté a la mañana siguiente vi que al pie de mi morada había brotado un alegre mercadito. Bajé y compré goiabas y otras frutas cuyo nombre apenas podía pronunciar. Con el pasar de las semanas descubrí que Río también era una ciudad muy triste, con gente que dormía en la calle y balas que zumbaban como luciérnagas cuando se armaba la guerra en las favelas. Pero a pesar de la tristeza, nunca faltaba la samba en plena calle, fuera lunes o sexta-feira. Nunca faltaban los cariocas que semicalatos llegaban a jugar futvóley a las 11 de la noche. Ni los conciertos gratuitos en la playa. Los Rolling Stones gratis en la playa! ¿Cuándo va a pasar eso en Lima? le pregunté a mi amigo Fer que fue a visitarme. Weón, me dijo, su ministro de cultura es Gilberto Gil, es como si nuestro ministro de cultura fuera Pochi Marambio, imagínate! Me quedé a vivir un año y medio en Río de Janeiro y cuando me fui me salían lágrimas de caipirinha por todos lados. Hice amigos, aprendí hasta a rezar en portugués e intenté bailar samba, sin éxito. Pero sobre todo, comprendí que la alegría brasilera era siempre un APESAR, una terquedad, una flor de asfalto. Porque como todos los pueblos de América, Brasil ha sido sacudido y pisoteado por la violencia y las dictaduras. Pero su música, sobre todo su música y la sonrisa abierta de su gente, son el testimonio de que la rebeldía también puede ser una forma de bailar, de escribir, de cantar todos los días. Nunca he podido escuchar esta canción de Chico Buarque sin que se me caigan las lágrimas. Parece que nunca se acaban los fascistas. Por suerte, tampoco se acaba la música.

APESAR DE VOCÊ
Chico Buarque
Hoy es usted quien manda. Si lo dijo, dicho está y no hay discusión. Hoy mi gente anda hablando bajito y mirando hacia el piso. Usted que inventó este estado, inventó por inventar toda la oscuridad Usted que inventó el pecado Se olvidó de inventar el perdón Pero a pesar de usted Mañana será otro día Yo le pregunto a usted ¿dónde se va a esconder de esta enorme euforia? ¿Cómo le va a prohibir al gallo cuando insista en cantar? Agua nueva brotando y la gente amándose sin parar. Cuando le llegue el momento a ese sufrimiento voy a cobrarle con intereses, lo juro Todo este amor reprimido Este grito contenido Esta samba en lo oscuro. Usted que inventó la tristeza Ahora tenga la fineza de desinventarla Usted va a pagar bien pagada cada lágrima derramada en este penar A pesar de usted Mañana será otro día Y hasta quiero pagar para ver el jardín florecer como usted no quería Usted va a amargarse viendo el día rayar sin pedirle permiso Y yo me voy a morir de reír Porque ese día va a venir Antes de lo que usted piensa


sábado, 6 de octubre de 2018

Las cuatro y diez

Este cómic es un tributo a una de mis canciones favoritas
Las cuatro y diez de Luis Eduardo Auté







































No hay problema


Conversaciones biodegradables con mi pata Cri Cri


domingo, 13 de mayo de 2018

Chancletazos



Esa es mi mami, conmigo en brazos, rumbo a que me reviente a chancletazos por primera vez en la vida. La he dibujado de verde porque ella tiene unos lindos ojos verdes y porque cuando se rayaba se convertía en la novia del Increíble Hulk. Me cuenta mi mamá que por esos días -sin que ella lo supiera- yo había agarrado la costumbre de esquivar carros. Era un maldito engendro. Al parecer me sentaba en la vereda de la calle Bolívar donde vivía mi abuela en Sullana y esperaba tranquilo a que viniera uno. Como Sullana era entonces una ciudad pequeña junto al río y corrían los 80's, no había tantos carros y yo tenía que esperar un rato. Cuando por fin aparecía uno, me ponía de pie y cruzaba la pista corriendo, cagao de risa. Los choferes se asustaban y pasaban tocando el claxon pero sin mayores percances. Mi vieja me pescó un día en que me jugué la vida. Esperé a que el carro estuviera demasiado cerca y corrí. Hubo pánico y pelos parados. El chofer tuvo que meterse una frenada mortal y casi se le voltea el carro. Se bajó furioso y, por supuesto, en vez de gritarme a mí, gramputeó a mi vieja. Mi mamá solo fue al medio de la pista y me levantó con una mano. Regresó corriendo a la casa de mi abuela. Me llevaba atrapado como si fuese una pelota de fútbol americano. Yo era el primero de la veintena de nietos que vinieron luego así que mi abuela y todos mis 7 tíos intentaron arrancarme de las manos de mi mamá. Ellos sabían lo que me esperaba. Pero no pudieron. Eran como los Avengers intentando quitarle el guante a Thanos que ya llevaba consigo la gema del alma (su chancleta). Mi vieja atravesó toda la casa de mi abuela y se metió conmigo al baño. El baño de mi abuela, lo recuerdo claramente, era un baño de casa antigua de provincia, con las paredes sin tarrajear y con una pedazo de madera vieja como puerta. Parecía más una caverna, sin luz, con un solo tubito de metal por donde caía un grueso chorro de agua helada. Mi mamá trancó la puerta, abrió el caño y empezó a repartirme jebe por todo el pellejo. Yo no supe si sentía más frío, dolor o miedo. Era la trilogía del horror. Salí del baño bien mojado, lloroso y peinado con raya al medio. Nunca más volví a cruzarme la pista. Por eso he llegado vivo a los 39. Seguro que mi mami se quiere morir del roche al leer esto en facebook xD, pero lo he contado porque después de aquella vez ella solo me reventó 2 o 3 veces más. Y ahora comprendo -estoy segurísimo- que cada una de esas veces, me lo merecía. Por lo general, cuando una vieja te revienta, ahora lo sé, lo hace para que después la vida no te reviente peor. Una mamá siempre te va a atropellar más bonito que un auto embalado. Y vas a ver que algún día vas a extrañar tanto sus besos y su mano entre tus cabellos, como el jebe de sus chancletas con el que te dio de alma para que siempre volvieras vivo a casa.

 Feliz día, mamá ♥

viernes, 4 de mayo de 2018

Las esquinas rotas

Me gusta dormir. Las cortinas de mi habitación son marrones y gruesas como pellejo de elefante. Las escogí así para que al mediodía mi cuarto pueda recrear la oscura tibieza de una madriguera de lémures. Y dentro de ese tibio vientre dormía hasta hace un rato cuando mi cel comenzó a sonar. ¿Quién caraj... Una ex-alumna. No mires, no mires o va a darse cuenta de que la dejaste en visto. Pero miro. La curiosidad puede más que el sueño. Me cuenta que tiene un amigo que está depre. Quiere recomendarle un libro. ¿Qué libro le recomiendo, profe? Csm. No es la primera vez que un alumno me hace esa pregunta. En mi cabeza empieza a sonar la vieja canción de Serú Girán ♪ Quisiera una canción para un amigo ♫ que no puede salir de la melancolía eterna de sufrir ♪ de amorrr. Porque es de amor. Seguro que es por amor. Y pienso también: qué suerte la de este chibolo, tener un amiga que ande buscando libros para ponerlo contento. Cuando yo era chibolo y me deprimía no tenía amigos, solo tenía terokal xD No, mentira, tenía amigos pastrulos, que no es lo mismo pero es igual. Bueno, estaba a punto de mandarle el pack. Lo preparé la primera vez que me dijeron: profe, tengo un amigo que está depre. Ta bien pe' ctm le dije esa vez, ya mucho selfie calato, mucha frase motivacional con tu frapuccino de starbucks. Hay irse a la mierda de vez en cuando, chupar tequila en el boulevard de los sueños rotos, vomitar en la esquina del desengaño y agarrarse a cabezazos contra el poste de la duda existencial. Es así o no se aprende nada de la vida. Profe, usted es malo no? a usted le pegaban de chiquito con el cable de la plancha, no profe? Ya, ctm, toma tu PACK motivacional y no me jodas. Les pasaba a los cronopios y los famas, a Charlie Brown y al negro Fontanarrosa para que se les remecieran las tripas de la risa. Pero nunca me gustó esa solución fácil. Era como tirarles tres kilos de cachorritos bulldog encima. A veces pensaba: weón, recomiéndales tu libro de cuentos, tal vez no se le quite la depre a su amigo pero a tu editor sí :'v Así que hoy, bueno, hoy todavía no le he respondido a mi ex alumna. La he dejado en visto y me he quedado pensando ¿Qué libros leo yo cuando estoy triste? Y la verdad es esta, flaca: cuando estoy triste leo libros tristes. La náusea, por ejemplo, la leí en la época más dura de mi vida: misio, solo y fuera de mi país. Y encima Sartre me venía a contar que agarraba una cuchara y sentía que la cuchara lo tocaba, que las cosas tenían como un melancolía pegajosa que reptaba hasta nosotros. La náusea de vivir. Loco, yo estaba en Rio de Janeiro: el sol, el mar, las garotas y Sartre me venía con huevadas oe. Y yo lo leía. Me iba a un parque y leía en vez de irme a la playa a decirle a la primera chica que se me cruzara: vocé é a coisa mais linda que eu já vi passar. Nunca estuve tan triste como en Brasil. Imagínate entrar a una librería y que Rayuela no se llame Rayuela sino "O jogo da amarelinha". Me quería volver loco. Entré a un teatro porque pensé que ahí encontraría una pausa a tanta calatería y tanta fiesta. A mitad de la función los actores se bajaron del escenario y se pusieron a bailar samba con el público. Salí indignado. No sé, mira. Tal vez es como eso que dicen: Misery loves company. O tal vez es otra cosa. Pero una de las mejores noches de mi vida la pasé leyendo mi libro favorito en voz alta. Lo leí solito desde la página 1 hasta la 174. Me paseaba por la sala, por la cocina. En una mano llevaba el libro y en la otra un vaso de whisky. Me creía Orson Welles o Jake LaMotta leyendo Shakespeare en la primera escena de Raging Bull. ¿Y sabes de qué trata ese libro de mierda? De un pendejo que está tan harto del mundo que se encierra en su cuarto a escuchar música. Ese libro es lo que leo cuando estoy triste. Perro masoquista, dirás. Pero no, mira. Lo que pasa es esto: Me gusta saber que alguien más entiende que el mundo es una cosa espantosa y que a veces solo queremos encerrarnos a escuchar música. Es la misma razón por la que tú me gustabas. Tú creías que yo amaba tus piernas y tu sonrisa porque yo las mordía desesperado, pero no era eso. Era que algo en ti había estado roto. Eras una islita del caribe devastada por un huracán. Y te habías levantado. Habías sorteado la gran ola y estabas del otro lado, frente a mí. No, loca, no hay libros felices para escapar de la depresión. Es solamente la confirmación de que, como decía el tango: el mundo fue y será un porquería, el pan sube de precio, la gente se muere de frío, fumar da cáncer, nos hacemos viejos, llenamos de plástico el mar y de asientos vacíos nuestro corazón. Pero en medio de todo eso -cada día- alguien escribe una canción y hornea pan y baila en su sala vacía, y cuando caminas por Lima, te hacen una venia los floripondios, te llama por teléfono tu mamá, alguien en el mundo piensa en ti. Así que nada, si estás depre, coge cualquier libro, coge una callecita por tu casa, coge un puente, una piedrita, una persona cualquiera y mírala. Mírala hasta que te des cuenta que todos tenemos una esquina rota. Pero en esa esquina rota están sentadas las ganas. Las ganas de morder y de cantar y de salir a cagarla nuevamente. Porque como decía Vallejo: Hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir.

martes, 24 de abril de 2018

Prealmuerzos

Mis alumnos leen sus ejercicios de redacción y yo los voy corrigiendo: no construyas oraciones tan largas, esa metáfora está buena, esa ya es muy pajera, me gusta el gancho narrativo que has usado, la cagaste en el remate. Al mediodía hacemos una pausa y los mando a comer. Un chico esbelto y atlético como un semidiós saca de su mochila un táper que contiene 4 sánguches de pan francés con queso. Están bien alineados uno sobre otro, como si fuesen marineros en sus camarotes. En silencio va sacando uno por uno y se los come a grandes mordiscos. Me le acerco. ¿Ese es tu almuerzo, muchacho? le pregunto. No, profe, me dice, yo almuerzo a las 2 de la tarde. ¿Es tu desayuno? No, profe, ya desayuné a las 8. Csm ¿Y esto qué es, entonces? Este es mi entre-almuerzo, me explica y saca el segundo sandwich. Weón, le digo, si yo quisiera “entrealmorzar” 4 panes con queso y tener tu cuerpo tendría que inyectarme esteroides, comprarme una rueda de hámster gigante y poner todos los días mi dvd de aeróbicos con Alan Wong. Se caga de risa. Le devuelvo su texto lleno de inútiles correcciones y pienso ¿De qué sirven las metáforas y los ganchos narrativos? Lo que todos queremos es entrealmorzar 4 panes con queso con esa misma impunidad. En ese momento entiendo la prosa apátrida #139, cuando Ribeyro, que ya no puede comer, beber ni fumar sin padecer, ve pasar a un fornido obrero por la plaza y piensa: “su estómago por cuarenta años de lecturas”.

viernes, 13 de abril de 2018

Un oso tierroso y el ratatatata del amor

Ya, mira, te voy a contar una historia. No sé si vaya a quedarme buena porque las historias que escribo de madrugada las escribo en modo gremlin, o sea que me quedan -o medio cojudas como Gizmo o ya muy berracas como la Gremlin Hembra- pero al menos puedo prometerte que será honesta. El sueño no me deja mentir. Así que ahí voy. El otro día iba pedaleando mi bici por Aviación cuando el shuffle me soltó Ordinary World de Duran Duran. El shuffle para la música, se me ocurrió en ese momento, debe haber sido como la llegada de la metralleta al mundo de la pólvora. Antes uno le apuntaba a algo, ya sabes, tenías un objetivo y ¡bang! le dabas. Con el shuffle y la metralleta ya es más como ratatatatatata y vamos a ver qué chucha cae. Los tiempos modernos que le dicen. Media babosa mi comparación pero en todo caso te decía que voy pedaleando cuando el shuffle me suelta Ordinary World y yo recuerdo esto:

Mi primera novia, la primera chica que me besó cuando yo ya me había resignado a que el año 2000 llegara con su meteorito de mierda pero sin alguien que me quisiera, me regaló, además de mi primer beso, un cassette. Llevábamos una semana juntos y yo estaba más feliz que Drew Barrymore al final de Jamás besada. Una noche ella bajó a mi cuarto y me dio el cassette. Era un compilado de esos que armábamos en los 90's, con el nombre de las canciones escrito con lapicero azul en la etiqueta. Me contó que cuando estaba en el colegio un amigo se lo había regalado y que ahora quería dármelo. Luego se fue a dormir y yo me quedé oyendo el cassette. Todas las canciones eran baladas románticas así que imaginé que aquel chico había estado templadazo de mi novia. No recuerdo la lista completa pero estaban dos canciones que yo nunca había oído: Every rose has its thorn de Poison y Ordinary World de Duran Duran. Ahora, cada vez que las escucho me acuerdo de mi primera chica y de cómo se sentían sus besos bajo la sombra de los álamos y las buganvilias.

Ya, pero mira, la verdad es que ayer fue diferente. Ayer en quien me quedé pensando no fue tanto en ella sino en su amigo. Ese chico de 15 años que una noche, probablemente con el corazón hecho una tortilla, compiló ese cassette soñando con que alguna de las canciones activara en ella el mecanismo del deseo. ¿Qué hubiera pensado él -me pregunté- si alguien le hubiese mostrado el futuro en una bola de cristal y hubiese visto su cassette pasando de sus manos a las mías? Si hubiera comprendido que con esa música no iba a conquistarla pero que su regalo iba a ser importante para un tipo que 20 años después todavía recuerda sus baladas y se sienta en la madrugada a escribir una historia.

Esto además me hizo pensar en otra cosa que me permitió triangular mi reflexión: los libros viejos que compramos en Camaná y que traen dedicatorias ajenas. Por ejemplo el que estoy leyendo ahorita, Crimen y Castigo de Dostoievski, lo compré por 15 soles en Amazonas y al abrirlo vi que alguna vez fue un regalo para un chico que el 2004 cumplía 20 años. La dedicatoria es larga y cariñosa, al parecer de una tía que siempre le regalaba libros. Ahora ese chico ya debe andar por los 34 ¿Por qué se habrá deshecho de Crimen y castigo? A lo mejor se quedó misiazo como Raskolnikov y para no salir a repartir hachazos vendió todos sus libros. A lo mejor no le gustaban las novelas psicológicas (como mis alumnos que dicen que no les gusta El guardián entre el centeno porque Holden “piensa mucho” Csm, pásame la correa) Quién sabe. La vaina es que ahora ese libro llegó a mi casa y me está trastornando, tal vez hasta cambiando mi forma de escribir. Y todo porque alguien hizo un regalo que otra persona no conservó. Mira, tengo miedo de que mi historia se convierta en una moraleja así que voy a dar un giro dramático y te voy a contar la historia del Oso Tierroso, que también viene al caso, ya vas a ver.

El oso tierroso era un oso de peluche gigante, de esos que pesan como 100 kilos y que mi amigo Fer compró para su novia. Entonces él tenía 19 años y no andaba sobrado de plata, pero pidió prestado, empeñó hasta su carné de medio pasaje y se llevó al oso gigante sacando la cabeza por la ventana del taxi. Fue hasta La Molina y lo dejó en el cuarto de Susy. Más tarde llegó ella y vio al oso. Siempre he querido ver la cara de una chica cuando recibe uno de esos osos gigantes. Yo nunca lo sabré porque yo a ti no te voy a regalar esas pendejadas, estás advertida. ¿Qué se puede hacer además con un oso de peluche gigante? Es decir, fácil al verlo te le lanzas encima y lo abrazas. Las semanas siguientes lo miras con cariño, hasta que un día le tiras un polo encima de la trompa, luego un calzón. Al rato con tanta ropa ya no se le ve ni la cara. Un día ocupa demasiado espacio y sale expatriado del cuarto. Acaba en el depósito o en el patio como cama pal perro. Y mira, eso fue exactamente lo que le pasó al oso de Fer. Lo descubrimos en una fiesta que hizo Susy en su casa poco tiempo después. Estábamos chupando con toda la mancha cuando Carloncho vio algo que le llamó la atención. Oe Fer, le dijo mientras señalaba un bulto peludo en un rincón del patio ¿Ese no es tu oso? Fer miró de reojo y dijo: Nooo, mi oso debe estar en el cuarto de Su. Pero luego volteó de nuevo como diciendo tas weón, le dio un lento sorbo a su chela, Susy puso cara de pánico y de pronto vimos cómo Fer se ponía de pie y caminaba asustado hasta el rincón. Ahí estaba el oso, destripado y enterrado, le faltaba un ojo que Ramón, el cocker de Susy, le había arrancado a mordiscos. Fer cargó a su oso con ambos brazos y vino hasta nosotros. Parecía una escena de Rescatando al soldado Ryan, csm. MI OSOOOOOO!!! gritó. Y Carloncho le dijo: No, weón, ya no es tu oso, ahora se llama TierrOso. xDDD. Ptmre.

Bueno, ahora Fer ya no tiene 19 sino 39 pero ¿saben qué? Susy todavía es su chica. Son una de las poquísimas parejas de aquel tiempo que sobrevivió. Tienen 3 hijitos y cuando los veo, todavía me parecen Kevin y Winnie en los primeros capítulos de Los años maravillosos, aunque hayan dejado un oso destripado en el camino. Creo que ya estoy abusando de vuestra paciencia así que voy a terminar de una vez esta jodida historia.

Quiero que recuerdes el regalo más bonito que hiciste alguna vez. Y quiero que recuerdes el regalo más bonito que te hicieron a ti ¿dónde carajo están? ¿dónde los tienes guardados? ¿o dónde diablos los perdiste? Ese retrato en el que hasta pareces guapo (y tú no eres guapo), ese libro que tanto querías, ese disco que ya no oyes, ese llavero de tu personaje favorito, esa foto de cuando ella era chiquita, ese gremlin en drogas, esa pitita que amarraste a tu muñeca, esa taza en la que te tomaste 34 cafés y que luego se rompió, ese maldito osito de peluche de Taiwán. Tanta bala perdida. El impulso que nos lleva a darle algo a la persona que amamos termina siendo también como una metralleta que no siempre golpea el blanco. El shuffle del amor. Pero ¿sabes? siempre ese cariño llega a algún lugar. Alguien oye esas canciones, alguien más lee ese libro, alguien recoge ese juguete y lo pone en su escritorio o se lo da a su bebé. Porque así como las minas destrozan a niños después de las guerras, el amor -como dijo Lord Byron- va a encontrar su camino, incluso a través de senderos por donde los lobos temen ir a cazar.


lunes, 9 de abril de 2018

Encuentro por las azoteas

¿Qué cara ponía Ribeyro cuando leía a Bukowski? ¿Se cagaba de risa o se aburría? Siempre me lo he preguntado. Son casi contemporáneos. Ambos murieron el 94. De hecho deben haberse leído. Y si los dos hubieran vivido en Lima, seguro que algunas chelas se habrían metido juntos. Bueno, el otro día leíamos en clase "Por las azoteas" (ese cuento que leíste en el cole y que debes releer pronto), y me pareció reconocer un verso de Bukowski entre las líneas de Julio Ramón. Sucede cuando el rey de los gatos está de cumpleaños, ha traído frutas y limonada para comer con su amigo y de pronto le comenta esto: "¿No decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?" El verso de Bukowski no habla de los botones de la camisa, habla del cordón de los zapatos, pero es casi lo mismo:

"no son las cosas importantes las que
llevan a un hombre al
manicomio. Está preparado para la muerte o para
el asesinato, el incesto, el robo, el incendio,
la inundación.
No, es la serie continua de pequeñas tragedias
lo que lleva a un hombre al
manicomio...
no es la muerte de su amor
sino el cordón de su zapato que se rompe cuando tiene prisa."

¿Verdad que parece haberlo tomado de ahí? También pensé que esa epifanía no es tan difícil de alcanzar. Es probable que otros escritores ya la hubiesen utilizado. Jean Paul Sartre en La náusea por ejemplo. A lo mejor Ribeyro se refiere a otro escritor famoso. Pero si Bukowski le dedicó un poema de Vallejo, no me parece tan descabellado pensar que Julio estaba citando a Charles. Además, el personaje de la azotea, apartado del mundo, apestado, marcado ¿no se parece un poco a Henry Chinaski? Esta tarde se me ha cerrado con llave la puerta del cuarto cuando iba a bañarme y me he quedado desnudo en mi sala. No tenía ni un solo jean fuera del cuarto ¿Cómo ir a llamar al cerrajero? Me quedé sacudiendo el pomo de la puerta como un loquito, pensando que sí, que estaba a punto de ir a parar al manicomio. Luego he venido a sentarme a escribir que es una de las pocas cosas que me tranquilizan. Tengo un gran póster de Ribeyro justo frente al teclado. Una amiga me dijo ¿Sabes que las fotos de Ribeyro dan mala suerte no? Algo así he escuchado, le digo, pero esta no voy a quitarla ni cagando. ¿Ah no? ¿Por qué no? Pucha, si de vez en cuando no tuviera mala suerte, si no me quedara a veces del otro lado de la puerta que quiero cruzar, entonces ¿de qué escribiría? Como decía Julio: donde empieza la felicidad, empieza el silencio.


lunes, 12 de marzo de 2018

Guabas

Acá en Lima les dicen pacaes pero en Talara, donde yo las conocí, les decíamos guabas y al salir del colegio, hambrientos y locos, las bajábamos de los árboles a pedradas o saltando hasta prendernos de una de ellas como monos. La corteza de la vaina es de un verde tipo sapito de estanque y está recubierta por un invisible pelusilla que parece insinuar que algo jugoso se esconde adentro. Para abrirlas bastaba con estrujarlas como quien exprime una camiseta recién lavada, y entonces aparecía esa camada de diminutos osos polares que dormían apretados unos contra otros. Bastaba meterse uno a la boca para que el sol que nos calcinaba desde la suela de los zapatos hasta la punta del pelo se fuera a joder a otra parte. Qué sabor tan bueno. Qué sensación de primer beso. Al final solo quedaba sobre la lengua una pepita negra como el ónix. Si tenías suerte, te tocaba una que ya estaba germinando y bastaba con que la pusieras sobre un poco de tierra fértil para soñar con tu própio árbol en casa. Compartir una guaba -este algodoncito para ti y este para mí- es una de las actividades románticas favoritas de los talareños, que se las comen sentados al pie de un árbol mientras sueñan que el amor es también una vaina verde bajo la cual se puede estar apretadito y fresco, a salvo del sol y de la gente.


jueves, 1 de marzo de 2018

QWRT


Por primera vez en 22 años de escribir historias he desarmado mi teclado. Con una regla metálica le he ido saltando las teclas una por una. Por ahí salieron volando la R, la E, la T. El backspace se fue la mierda con todas las palabras que se tragó. El printscreen, otro huevonazo. El Ctrl estaba roto. No es la voz escribir Stone, ni Rolling Stone, pero intentaré seguir con esto porque lo considero importante. Y porque a propósito de desarmar teclados, esta mañana leía una crónica de Leila Guerriero. O más bien un texto en el que ella intenta explicar cómo se escribe una buena crónica. Leila reconoce no tener muchas certezas sobre el método del milagro. Además le da miedo hurgar en la maquinaria pues teme que si la mira con mucha intensidad terminará por romperla, así como yo he reventado mi teclado pensando que hallaría algo. Pero nada. Sus 107 botones han quedado regados sobre mi escritorio como un puñado de escarabajos muertos. 85 soles me ha costado comprarme uno nuevo. Pero me resisto a conectarlo todavía. No quiero deshacerme del viejo. Me quedo mirando los agujeros de las letras, llenos de migas de pan y de pelusas y de un pegajoso polvo verde parecido al tetrahidracanabinol. Pero no es THC porque yo no lanzo cuando escribo. Ayer por drogadicto me quedé dormido después de la cuarta línea y he tenido que continuar hoy. No tendría por qué aclarar esto pero una amiga me ha dicho que hago demasiada apología a las drogas y que puedo confundir a los niños. Yo le dije que el más confundido era yo y que por eso he decidido no tener hijos para que ningún pequeño conchesumare me vea como su modelo a seguir. Pero en todo caso, si hay alguien que me lee y le gusta escribir, le tengo noticias: la hierba no escribe por ti. Coincido en cambio con Leila en esto, ella dice que le rompe el corazón tener que decírnoslo pero esta es la única fórmula que conoce: encerrarse en un departamento de 36 metros cuadrados en jornadas de 16 horas y concentración de monje budista. He ahí el secreto. Yo no estoy tan loco. Jamás he escrito 16 horas seguidas y mucho menos como monje budista. Yo tengo que pararme a ponerle repeat a esa canción de Morrissey, tengo que bajar al mercado por tu fruta favorita, y tengo que conversar con Frances, la chica maniquí de ojos azules que vive conmigo. Pero entre todo eso escribo, y por eso mi teclado está lleno de pan y de pelo. Ninguna mujer, por mucho que yo la haya deseado, ha tenido tanto tiempo mis dedos sobre sus botones. He tocado muchas más veces la mugrienta G de este teclado que la huidiza G de una mujer. Sé que cuando machuco la A aparecerá la A. Las personas no son tan simples. A mi teclado le debe haber caído agua porque hace unos días empezó a comportarse como un ser humano. Cuando apretaba la R aparecía también la T y cuando apretaba la A aparecía la N o se cerraba una ventana. Así que lo he desarmado como quien le pregunta ¿qué chucha te pasa? La única respuesta que he obtenido son 107 pedacitos inertes que ya no podrán escribir ninguna historia. Y a propósito de historias, viene una amiga y me regala un póster de Reservoir dogs y tomamos café y hablamos de cuentos. Y en medio de todo eso me pregunta ¿No te pasa a ti que a veces te da vergüenza lo que escribes? ¿Que si no me pasa? Casi la abrazo. ¡Me pasa todo el tiempo! Me da vergüenza todo lo que he escrito en mi vida, todo lo que he publicado, y en tardes como esta, cuando Tom Jobim canta Desafinado en mi sala vacía, me da vergüenza hasta todo el amor que he dado. Pero de eso se trata ¿no? De decir las cosas que te da vergüenza decir. De decirlas todos los días mientras comes pan y se te cae el pelo. Mientras compras fruta que nadie se comerá y mientras te gastas los primeros soles de tu sueldo en un reluciente teclado inalámbrico con mouse incluido. Ahora mis alumnos del taller están por llegar y yo no he impreso ningún cuento para leerles. Y no tengo ninguna clase preparada. Estoy en calzoncillos y hecho mierda al medio de mi sala intentando terminar de escribir esto. Y al primero que llegue le abriré la puerta así, de brazos abiertos y desnudo y le diré: este es mi único consejo, muchacho, ahora vete a tu casa. Escribe, desarma tu teclado, pregúntale ¿Qué chucha te pasa? Y cuando se niegue a contestarte, reviéntalo, aporrea las teclas toda la tarde hasta que te diga la verdad, hasta que cante la maldita canción que tú necesitas escuchar.



miércoles, 21 de febrero de 2018

sábila en la cara

Si hay algo que les envidio a los viejos es el haberse cansado de esperar para hacer con su vida lo que les canta el culo. Parados frente a la carretilla de la esquina, un viejito y yo esperamos nuestro emoliente. Él está primero en la cola y observa cómo el emolientero raspa una hoja de sábila sobre su vaso. -No botes la cáscara- le pide. Nuestro emolientero termina de echar esa baba transparente y le extiende la vaina verde todavía pegajosa. ¡Qué loco! pienso, el tío se va a llevar la cáscara de sábila a casa para darle otro uso medicinal. ¿Se la va a llevar? ¿A casa? Weónnnn, el tío se pone a frotarse la sábila ahí mismo sobre todo el pellejo. La usa como si fuese un jabón. Con cuidado se la pasa por ambos brazos y luego por la carita. Parece un comercial de jabón Moncler lara lalá ♫ lara lalá. El abuelo lo hace además con tanto gusto que ya parece Miss Huanchaco untándose bronceador en la orilla del mar. Luego se seca su emoliente y se va por ahí, tan contento. Y yo, que mañana cumplo 39, me digo: tú también ya estás viejazo, Pierre, úntate nomás tu sábila en la cara, postea esa canción que siempre te da roche postear, escribe los cuentos que te provoca escribir, dile que la quieres, sé feliz, ctm.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Excursión de San Valentín

Mi clase de hoy, la última clase del ciclo, la clase en la que los llevo de excursión al mar para revivir un cuento de Vargas Llosa en el que dos amigos se enamoran de la misma chica, coincide justo con San Valentín. Como ya sé que mis alumnos son cacheros, les advierto en la clase anterior: ¡Díganme de verdad si van a venir! ¡Pero no me mientan, carajo! Y los únicos 3 sobrevivientes de los 5 que se matricularon en verano me juran que sí, que de todas maneras vienen a pasear conmigo en San Valentín. ¿En serio, chicos? Claro, profe. Si quieren traigan a sus enamorados, les digo, vamos con ellos, yo les invito una chela. Sale, profe. Así que hoy llego y fotocopio el cuento, hasta hecho el pendejo saco copias para los enamorados. Llego al salón y solo encuentro a un salvaje sentado en su carpeta. Oe ¿y los demás? le pregunto. No sé, profe, fácil se están demorando por el tráfico. Treinta minutos los esperamos en el salón. Nos miramos de reojo con una tensión que crece y crece. Yo pienso: Fácil igual hago el paseo solo con él. E imagino que él piensa "Putamadre, ojalá el profe no esté tan foreveralone que quiera hacer el paseo solo conmigo". Pero sí lo estoy. Además, la ruta del cuento termina en la Costa Verde, al pie de la Bajada Balta, así que si nos chapa un serenazgo va a pensar que estamos yendo al oscurito a lograrlo. No no ni cagando. Le digo, muchacho, tienes 2 opciones: 1. O tú y yo pasamos San Valentín juntos haciendo la ruta del cuento rumbo al mar o 2. La haces tú solito y me escribes una crónica de cómo es pasar San Valentín leyendo a Vargas Llosa. El maldito escoge la segunda opción. Así que le dibujo la ruta, le indico cómo llegar y lo dejo ir. Le faltan patas para irse al desgraciado. Y yo apago la PC, apago las luces del salón y me voy. Bajo por las escaleras hasta la sala de profesores donde tampoco encuentro a nadie. Solo me reciben las 4 pantallas azules con el logo de Windows, los 4 teclados y las 4 sillas de siempre. Escojo una y me siento. Y pienso que está bien, que en realidad esto es lo que siempre he querido: que me pasen huevadas para poder contarlas. Empiezo a teclear y a teclear. Pero al rato sigo tan solo que apenas escucho el ruido de mis dedos sobre el teclado y la brisa artificial del aire acondicionado que llena la habitación vacía. Así que abro el youtube y pongo una balada con el volumen al tope ¿de Poison? ¿de Aerosmith? ¿de Air Supply? No sé, mierda, de quien chucha sea, con tal de no escuchar dentro de mi cráneo el temblor de todos los telos en los que mis alumnos están cacha que te cacha mientras su profe escribe como pendejo.

viernes, 26 de enero de 2018

martes, 16 de enero de 2018

Como vai você?

Cuando yo era niño mi mamá estaba enamorada de Roberto Carlos. Tenía varios casetes suyos y los ponía con frecuencia. Imaginen una casa en la que siempre suena Qué será de ti, Cóncavo y convexo, Detalles, El gato que está triste y azul. Csmre. Hace poco le conté que en una tienda de antigüedades había encontrado un casete de Paul Anka que ella tenía y que me lo compré porque sentí que si rescataba ese recuerdo podría escribir algo. Ay, me dijo, pero si quieres los casetes están todos en cajas en el depósito. ¿Me los puedo llevar? pregunté. Claro, dijo. Así que subí y empecé a abrir cajas. Fue como hurgar en el corazón de mi mamá, en su forma de querer, de extrañar, de desear. Ahora tengo sus casetes sobre mi escritorio y al pie de mi cama. No tengo casetera para escucharlos así que lo que hago es leer la lista de canciones y buscarlas en spotify. Cuando les doy play y me pongo a cantar no siento que vuelvo a mi infancia sino a la juventud de mi mamá. Entonces voy a mirarme al espejo para buscarla. Y me alegra tanto parecerme a ella, tener su cabello, sus ojos, su sonrisa. Haber heredado hasta su forma de enamorarse.


martes, 2 de enero de 2018

mi primer viaje de h@ng@s alucinógenos

El 30 de diciembre del año 2017 
comí mi primer puñado de hongos alucinógenos 
Por suerte 
tenía una libreta a mano
Y decidí registrar el viaje
Según Gonza, 
el viaje nos duraría de 4 a 5 horas


Hasta entonces yo solo había probado marihuana
y las stoneadas me duraban de 10 a 50 minutos
(eso según quién me hubiera vendido la hierba)
Pero recuerdo todavía aquellos lejanos días de mi juventud en que los viajes de hierba me duraban un día entero porque la Amazonía de mi cerebro aún no había sido devorada por el gran incendio de la risa 


De los hongos yo no sabía nada
No sabía ni siquiera cuál era su aspecto
Gonza me contó que crecían debajo de la caca de la vaca
Y eso me gustó

Estos son los hongos que Gonza trajo esa mañana:






El día anterior no comas carne— me había advertido
Y por la mañana toma algo ligero. Yo te caigo a las 10am con los hongos
Voy a desayunar un vaso de avena— le dije ¿está bien?

Perfecto dijo


Gonza tocó mi puerta a las 11am 
Se había bañado
Yo también me había bañado
Y además había ordenado mi casa
Como si tuviera una cita con una chica bonita


Gonza se desparramó en un sillón y dijo —Bueno, comamos los hongos—.
Tranquilo, conchatumare le dije Quiero hacerlo con calma, acabo de tomar la avena
Estaba nervioso
Nervioso de una forma buena
Como si mi cerebro fuese una callecita de barrio en la que la gente estuviera sacando las sillas de sus casas y colgando guirnaldas de papel crepé de los postes de luz.

—¿Quieres saber qué te va a pasar?— preguntó Gonza
—Dale, cuéntame
—Ya, mira, no es como la hierba
—Ok, le dije, es todo lo que necesito saber


Sabía que eventualmente perdería el control de mi cerebro
Pero cogí mi lapicero azul y mi lapicero verde como si fueran las asas de un timón
Y empecé a anotar


Este es el resultado