domingo, 13 de mayo de 2018

Chancletazos



Esa es mi mami, conmigo en brazos, rumbo a que me reviente a chancletazos por primera vez en la vida. La he dibujado de verde porque ella tiene unos lindos ojos verdes y porque cuando se rayaba se convertía en la novia del Increíble Hulk. Me cuenta mi mamá que por esos días -sin que ella lo supiera- yo había agarrado la costumbre de esquivar carros. Era un maldito engendro. Al parecer me sentaba en la vereda de la calle Bolívar donde vivía mi abuela en Sullana y esperaba tranquilo a que viniera uno. Como Sullana era entonces una ciudad pequeña junto al río y corrían los 80's, no había tantos carros y yo tenía que esperar un rato. Cuando por fin aparecía uno, me ponía de pie y cruzaba la pista corriendo, cagao de risa. Los choferes se asustaban y pasaban tocando el claxon pero sin mayores percances. Mi vieja me pescó un día en que me jugué la vida. Esperé a que el carro estuviera demasiado cerca y corrí. Hubo pánico y pelos parados. El chofer tuvo que meterse una frenada mortal y casi se le voltea el carro. Se bajó furioso y, por supuesto, en vez de gritarme a mí, gramputeó a mi vieja. Mi mamá solo fue al medio de la pista y me levantó con una mano. Regresó corriendo a la casa de mi abuela. Me llevaba atrapado como si fuese una pelota de fútbol americano. Yo era el primero de la veintena de nietos que vinieron luego así que mi abuela y todos mis 7 tíos intentaron arrancarme de las manos de mi mamá. Ellos sabían lo que me esperaba. Pero no pudieron. Eran como los Avengers intentando quitarle el guante a Thanos que ya llevaba consigo la gema del alma (su chancleta). Mi vieja atravesó toda la casa de mi abuela y se metió conmigo al baño. El baño de mi abuela, lo recuerdo claramente, era un baño de casa antigua de provincia, con las paredes sin tarrajear y con una pedazo de madera vieja como puerta. Parecía más una caverna, sin luz, con un solo tubito de metal por donde caía un grueso chorro de agua helada. Mi mamá trancó la puerta, abrió el caño y empezó a repartirme jebe por todo el pellejo. Yo no supe si sentía más frío, dolor o miedo. Era la trilogía del horror. Salí del baño bien mojado, lloroso y peinado con raya al medio. Nunca más volví a cruzarme la pista. Por eso he llegado vivo a los 39. Seguro que mi mami se quiere morir del roche al leer esto en facebook xD, pero lo he contado porque después de aquella vez ella solo me reventó 2 o 3 veces más. Y ahora comprendo -estoy segurísimo- que cada una de esas veces, me lo merecía. Por lo general, cuando una vieja te revienta, ahora lo sé, lo hace para que después la vida no te reviente peor. Una mamá siempre te va a atropellar más bonito que un auto embalado. Y vas a ver que algún día vas a extrañar tanto sus besos y su mano entre tus cabellos, como el jebe de sus chancletas con el que te dio de alma para que siempre volvieras vivo a casa.

 Feliz día, mamá ♥

viernes, 4 de mayo de 2018

Las esquinas rotas

Me gusta dormir. Las cortinas de mi habitación son marrones y gruesas como pellejo de elefante. Las escogí así para que al mediodía mi cuarto pueda recrear la oscura tibieza de una madriguera de lémures. Y dentro de ese tibio vientre dormía hasta hace un rato cuando mi cel comenzó a sonar. ¿Quién caraj... Una ex-alumna. No mires, no mires o va a darse cuenta de que la dejaste en visto. Pero miro. La curiosidad puede más que el sueño. Me cuenta que tiene un amigo que está depre. Quiere recomendarle un libro. ¿Qué libro le recomiendo, profe? Csm. No es la primera vez que un alumno me hace esa pregunta. En mi cabeza empieza a sonar la vieja canción de Serú Girán ♪ Quisiera una canción para un amigo ♫ que no puede salir de la melancolía eterna de sufrir ♪ de amorrr. Porque es de amor. Seguro que es por amor. Y pienso también: qué suerte la de este chibolo, tener un amiga que ande buscando libros para ponerlo contento. Cuando yo era chibolo y me deprimía no tenía amigos, solo tenía terokal xD No, mentira, tenía amigos pastrulos, que no es lo mismo pero es igual. Bueno, estaba a punto de mandarle el pack. Lo preparé la primera vez que me dijeron: profe, tengo un amigo que está depre. Ta bien pe' ctm le dije esa vez, ya mucho selfie calato, mucha frase motivacional con tu frapuccino de starbucks. Hay irse a la mierda de vez en cuando, chupar tequila en el boulevard de los sueños rotos, vomitar en la esquina del desengaño y agarrarse a cabezazos contra el poste de la duda existencial. Es así o no se aprende nada de la vida. Profe, usted es malo no? a usted le pegaban de chiquito con el cable de la plancha, no profe? Ya, ctm, toma tu PACK motivacional y no me jodas. Les pasaba a los cronopios y los famas, a Charlie Brown y al negro Fontanarrosa para que se les remecieran las tripas de la risa. Pero nunca me gustó esa solución fácil. Era como tirarles tres kilos de cachorritos bulldog encima. A veces pensaba: weón, recomiéndales tu libro de cuentos, tal vez no se le quite la depre a su amigo pero a tu editor sí :'v Así que hoy, bueno, hoy todavía no le he respondido a mi ex alumna. La he dejado en visto y me he quedado pensando ¿Qué libros leo yo cuando estoy triste? Y la verdad es esta, flaca: cuando estoy triste leo libros tristes. La náusea, por ejemplo, la leí en la época más dura de mi vida: misio, solo y fuera de mi país. Y encima Sartre me venía a contar que agarraba una cuchara y sentía que la cuchara lo tocaba, que las cosas tenían como un melancolía pegajosa que reptaba hasta nosotros. La náusea de vivir. Loco, yo estaba en Rio de Janeiro: el sol, el mar, las garotas y Sartre me venía con huevadas oe. Y yo lo leía. Me iba a un parque y leía en vez de irme a la playa a decirle a la primera chica que se me cruzara: vocé é a coisa mais linda que eu já vi passar. Nunca estuve tan triste como en Brasil. Imagínate entrar a una librería y que Rayuela no se llame Rayuela sino "O jogo da amarelinha". Me quería volver loco. Entré a un teatro porque pensé que ahí encontraría una pausa a tanta calatería y tanta fiesta. A mitad de la función los actores se bajaron del escenario y se pusieron a bailar samba con el público. Salí indignado. No sé, mira. Tal vez es como eso que dicen: Misery loves company. O tal vez es otra cosa. Pero una de las mejores noches de mi vida la pasé leyendo mi libro favorito en voz alta. Lo leí solito desde la página 1 hasta la 174. Me paseaba por la sala, por la cocina. En una mano llevaba el libro y en la otra un vaso de whisky. Me creía Orson Welles o Jake LaMotta leyendo Shakespeare en la primera escena de Raging Bull. ¿Y sabes de qué trata ese libro de mierda? De un pendejo que está tan harto del mundo que se encierra en su cuarto a escuchar música. Ese libro es lo que leo cuando estoy triste. Perro masoquista, dirás. Pero no, mira. Lo que pasa es esto: Me gusta saber que alguien más entiende que el mundo es una cosa espantosa y que a veces solo queremos encerrarnos a escuchar música. Es la misma razón por la que tú me gustabas. Tú creías que yo amaba tus piernas y tu sonrisa porque yo las mordía desesperado, pero no era eso. Era que algo en ti había estado roto. Eras una islita del caribe devastada por un huracán. Y te habías levantado. Habías sorteado la gran ola y estabas del otro lado, frente a mí. No, loca, no hay libros felices para escapar de la depresión. Es solamente la confirmación de que, como decía el tango: el mundo fue y será un porquería, el pan sube de precio, la gente se muere de frío, fumar da cáncer, nos hacemos viejos, llenamos de plástico el mar y de asientos vacíos nuestro corazón. Pero en medio de todo eso -cada día- alguien escribe una canción y hornea pan y baila en su sala vacía, y cuando caminas por Lima, te hacen una venia los floripondios, te llama por teléfono tu mamá, alguien en el mundo piensa en ti. Así que nada, si estás depre, coge cualquier libro, coge una callecita por tu casa, coge un puente, una piedrita, una persona cualquiera y mírala. Mírala hasta que te des cuenta que todos tenemos una esquina rota. Pero en esa esquina rota están sentadas las ganas. Las ganas de morder y de cantar y de salir a cagarla nuevamente. Porque como decía Vallejo: Hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir.

martes, 24 de abril de 2018

Prealmuerzos

Mis alumnos leen sus ejercicios de redacción y yo los voy corrigiendo: no construyas oraciones tan largas, esa metáfora está buena, esa ya es muy pajera, me gusta el gancho narrativo que has usado, la cagaste en el remate. Al mediodía hacemos una pausa y los mando a comer. Un chico esbelto y atlético como un semidiós saca de su mochila un táper que contiene 4 sánguches de pan francés con queso. Están bien alineados uno sobre otro, como si fuesen marineros en sus camarotes. En silencio va sacando uno por uno y se los come a grandes mordiscos. Me le acerco. ¿Ese es tu almuerzo, muchacho? le pregunto. No, profe, me dice, yo almuerzo a las 2 de la tarde. ¿Es tu desayuno? No, profe, ya desayuné a las 8. Csm ¿Y esto qué es, entonces? Este es mi entre-almuerzo, me explica y saca el segundo sandwich. Weón, le digo, si yo quisiera “entrealmorzar” 4 panes con queso y tener tu cuerpo tendría que inyectarme esteroides, comprarme una rueda de hámster gigante y poner todos los días mi dvd de aeróbicos con Alan Wong. Se caga de risa. Le devuelvo su texto lleno de inútiles correcciones y pienso ¿De qué sirven las metáforas y los ganchos narrativos? Lo que todos queremos es entrealmorzar 4 panes con queso con esa misma impunidad. En ese momento entiendo la prosa apátrida #139, cuando Ribeyro, que ya no puede comer, beber ni fumar sin padecer, ve pasar a un fornido obrero por la plaza y piensa: “su estómago por cuarenta años de lecturas”.

viernes, 13 de abril de 2018

Un oso tierroso y el ratatatata del amor

Ya, mira, te voy a contar una historia. No sé si vaya a quedarme buena porque las historias que escribo de madrugada las escribo en modo gremlin, o sea que me quedan -o medio cojudas como Gizmo o ya muy berracas como la Gremlin Hembra- pero al menos puedo prometerte que será honesta. El sueño no me deja mentir. Así que ahí voy. El otro día iba pedaleando mi bici por Aviación cuando el shuffle me soltó Ordinary World de Duran Duran. El shuffle para la música, se me ocurrió en ese momento, debe haber sido como la llegada de la metralleta al mundo de la pólvora. Antes uno le apuntaba a algo, ya sabes, tenías un objetivo y ¡bang! le dabas. Con el shuffle y la metralleta ya es más como ratatatatatata y vamos a ver qué chucha cae. Los tiempos modernos que le dicen. Media babosa mi comparación pero en todo caso te decía que voy pedaleando cuando el shuffle me suelta Ordinary World y yo recuerdo esto:

Mi primera novia, la primera chica que me besó cuando yo ya me había resignado a que el año 2000 llegara con su meteorito de mierda pero sin alguien que me quisiera, me regaló, además de mi primer beso, un cassette. Llevábamos una semana juntos y yo estaba más feliz que Drew Barrymore al final de Jamás besada. Una noche ella bajó a mi cuarto y me dio el cassette. Era un compilado de esos que armábamos en los 90's, con el nombre de las canciones escrito con lapicero azul en la etiqueta. Me contó que cuando estaba en el colegio un amigo se lo había regalado y que ahora quería dármelo. Luego se fue a dormir y yo me quedé oyendo el cassette. Todas las canciones eran baladas románticas así que imaginé que aquel chico había estado templadazo de mi novia. No recuerdo la lista completa pero estaban dos canciones que yo nunca había oído: Every rose has its thorn de Poison y Ordinary World de Duran Duran. Ahora, cada vez que las escucho me acuerdo de mi primera chica y de cómo se sentían sus besos bajo la sombra de los álamos y las buganvilias.

Ya, pero mira, la verdad es que ayer fue diferente. Ayer en quien me quedé pensando no fue tanto en ella sino en su amigo. Ese chico de 15 años que una noche, probablemente con el corazón hecho una tortilla, compiló ese cassette soñando con que alguna de las canciones activara en ella el mecanismo del deseo. ¿Qué hubiera pensado él -me pregunté- si alguien le hubiese mostrado el futuro en una bola de cristal y hubiese visto su cassette pasando de sus manos a las mías? Si hubiera comprendido que con esa música no iba a conquistarla pero que su regalo iba a ser importante para un tipo que 20 años después todavía recuerda sus baladas y se sienta en la madrugada a escribir una historia.

Esto además me hizo pensar en otra cosa que me permitió triangular mi reflexión: los libros viejos que compramos en Camaná y que traen dedicatorias ajenas. Por ejemplo el que estoy leyendo ahorita, Crimen y Castigo de Dostoievski, lo compré por 15 soles en Amazonas y al abrirlo vi que alguna vez fue un regalo para un chico que el 2004 cumplía 20 años. La dedicatoria es larga y cariñosa, al parecer de una tía que siempre le regalaba libros. Ahora ese chico ya debe andar por los 34 ¿Por qué se habrá deshecho de Crimen y castigo? A lo mejor se quedó misiazo como Raskolnikov y para no salir a repartir hachazos vendió todos sus libros. A lo mejor no le gustaban las novelas psicológicas (como mis alumnos que dicen que no les gusta El guardián entre el centeno porque Holden “piensa mucho” Csm, pásame la correa) Quién sabe. La vaina es que ahora ese libro llegó a mi casa y me está trastornando, tal vez hasta cambiando mi forma de escribir. Y todo porque alguien hizo un regalo que otra persona no conservó. Mira, tengo miedo de que mi historia se convierta en una moraleja así que voy a dar un giro dramático y te voy a contar la historia del Oso Tierroso, que también viene al caso, ya vas a ver.

El oso tierroso era un oso de peluche gigante, de esos que pesan como 100 kilos y que mi amigo Fer compró para su novia. Entonces él tenía 19 años y no andaba sobrado de plata, pero pidió prestado, empeñó hasta su carné de medio pasaje y se llevó al oso gigante sacando la cabeza por la ventana del taxi. Fue hasta La Molina y lo dejó en el cuarto de Susy. Más tarde llegó ella y vio al oso. Siempre he querido ver la cara de una chica cuando recibe uno de esos osos gigantes. Yo nunca lo sabré porque yo a ti no te voy a regalar esas pendejadas, estás advertida. ¿Qué se puede hacer además con un oso de peluche gigante? Es decir, fácil al verlo te le lanzas encima y lo abrazas. Las semanas siguientes lo miras con cariño, hasta que un día le tiras un polo encima de la trompa, luego un calzón. Al rato con tanta ropa ya no se le ve ni la cara. Un día ocupa demasiado espacio y sale expatriado del cuarto. Acaba en el depósito o en el patio como cama pal perro. Y mira, eso fue exactamente lo que le pasó al oso de Fer. Lo descubrimos en una fiesta que hizo Susy en su casa poco tiempo después. Estábamos chupando con toda la mancha cuando Carloncho vio algo que le llamó la atención. Oe Fer, le dijo mientras señalaba un bulto peludo en un rincón del patio ¿Ese no es tu oso? Fer miró de reojo y dijo: Nooo, mi oso debe estar en el cuarto de Su. Pero luego volteó de nuevo como diciendo tas weón, le dio un lento sorbo a su chela, Susy puso cara de pánico y de pronto vimos cómo Fer se ponía de pie y caminaba asustado hasta el rincón. Ahí estaba el oso, destripado y enterrado, le faltaba un ojo que Ramón, el cocker de Susy, le había arrancado a mordiscos. Fer cargó a su oso con ambos brazos y vino hasta nosotros. Parecía una escena de Rescatando al soldado Ryan, csm. MI OSOOOOOO!!! gritó. Y Carloncho le dijo: No, weón, ya no es tu oso, ahora se llama TierrOso. xDDD. Ptmre.

Bueno, ahora Fer ya no tiene 19 sino 39 pero ¿saben qué? Susy todavía es su chica. Son una de las poquísimas parejas de aquel tiempo que sobrevivió. Tienen 3 hijitos y cuando los veo, todavía me parecen Kevin y Winnie en los primeros capítulos de Los años maravillosos, aunque hayan dejado un oso destripado en el camino. Creo que ya estoy abusando de vuestra paciencia así que voy a terminar de una vez esta jodida historia.

Quiero que recuerdes el regalo más bonito que hiciste alguna vez. Y quiero que recuerdes el regalo más bonito que te hicieron a ti ¿dónde carajo están? ¿dónde los tienes guardados? ¿o dónde diablos los perdiste? Ese retrato en el que hasta pareces guapo (y tú no eres guapo), ese libro que tanto querías, ese disco que ya no oyes, ese llavero de tu personaje favorito, esa foto de cuando ella era chiquita, ese gremlin en drogas, esa pitita que amarraste a tu muñeca, esa taza en la que te tomaste 34 cafés y que luego se rompió, ese maldito osito de peluche de Taiwán. Tanta bala perdida. El impulso que nos lleva a darle algo a la persona que amamos termina siendo también como una metralleta que no siempre golpea el blanco. El shuffle del amor. Pero ¿sabes? siempre ese cariño llega a algún lugar. Alguien oye esas canciones, alguien más lee ese libro, alguien recoge ese juguete y lo pone en su escritorio o se lo da a su bebé. Porque así como las minas destrozan a niños después de las guerras, el amor -como dijo Lord Byron- va a encontrar su camino, incluso a través de senderos por donde los lobos temen ir a cazar.


lunes, 9 de abril de 2018

Encuentro por las azoteas

¿Qué cara ponía Ribeyro cuando leía a Bukowski? ¿Se cagaba de risa o se aburría? Siempre me lo he preguntado. Son casi contemporáneos. Ambos murieron el 94. De hecho deben haberse leído. Y si los dos hubieran vivido en Lima, seguro que algunas chelas se habrían metido juntos. Bueno, el otro día leíamos en clase "Por las azoteas" (ese cuento que leíste en el cole y que debes releer pronto), y me pareció reconocer un verso de Bukowski entre las líneas de Julio Ramón. Sucede cuando el rey de los gatos está de cumpleaños, ha traído frutas y limonada para comer con su amigo y de pronto le comenta esto: "¿No decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?" El verso de Bukowski no habla de los botones de la camisa, habla del cordón de los zapatos, pero es casi lo mismo:

"no son las cosas importantes las que
llevan a un hombre al
manicomio. Está preparado para la muerte o para
el asesinato, el incesto, el robo, el incendio,
la inundación.
No, es la serie continua de pequeñas tragedias
lo que lleva a un hombre al
manicomio...
no es la muerte de su amor
sino el cordón de su zapato que se rompe cuando tiene prisa."

¿Verdad que parece haberlo tomado de ahí? También pensé que esa epifanía no es tan difícil de alcanzar. Es probable que otros escritores ya la hubiesen utilizado. Jean Paul Sartre en La náusea por ejemplo. A lo mejor Ribeyro se refiere a otro escritor famoso. Pero si Bukowski le dedicó un poema de Vallejo, no me parece tan descabellado pensar que Julio estaba citando a Charles. Además, el personaje de la azotea, apartado del mundo, apestado, marcado ¿no se parece un poco a Henry Chinaski? Esta tarde se me ha cerrado con llave la puerta del cuarto cuando iba a bañarme y me he quedado desnudo en mi sala. No tenía ni un solo jean fuera del cuarto ¿Cómo ir a llamar al cerrajero? Me quedé sacudiendo el pomo de la puerta como un loquito, pensando que sí, que estaba a punto de ir a parar al manicomio. Luego he venido a sentarme a escribir que es una de las pocas cosas que me tranquilizan. Tengo un gran póster de Ribeyro justo frente al teclado. Una amiga me dijo ¿Sabes que las fotos de Ribeyro dan mala suerte no? Algo así he escuchado, le digo, pero esta no voy a quitarla ni cagando. ¿Ah no? ¿Por qué no? Pucha, si de vez en cuando no tuviera mala suerte, si no me quedara a veces del otro lado de la puerta que quiero cruzar, entonces ¿de qué escribiría? Como decía Julio: donde empieza la felicidad, empieza el silencio.


lunes, 12 de marzo de 2018

Guabas

Acá en Lima les dicen pacaes pero en Talara, donde yo las conocí, les decíamos guabas y al salir del colegio, hambrientos y locos, las bajábamos de los árboles a pedradas o saltando hasta prendernos de una de ellas como monos. La corteza de la vaina es de un verde tipo sapito de estanque y está recubierta por un invisible pelusilla que parece insinuar que algo jugoso se esconde adentro. Para abrirlas bastaba con estrujarlas como quien exprime una camiseta recién lavada, y entonces aparecía esa camada de diminutos osos polares que dormían apretados unos contra otros. Bastaba meterse uno a la boca para que el sol que nos calcinaba desde la suela de los zapatos hasta la punta del pelo se fuera a joder a otra parte. Qué sabor tan bueno. Qué sensación de primer beso. Al final solo quedaba sobre la lengua una pepita negra como el ónix. Si tenías suerte, te tocaba una que ya estaba germinando y bastaba con que la pusieras sobre un poco de tierra fértil para soñar con tu própio árbol en casa. Compartir una guaba -este algodoncito para ti y este para mí- es una de las actividades románticas favoritas de los talareños, que se las comen sentados al pie de un árbol mientras sueñan que el amor es también una vaina verde bajo la cual se puede estar apretadito y fresco, a salvo del sol y de la gente.


jueves, 1 de marzo de 2018

QWRT


Por primera vez en 22 años de escribir historias he desarmado mi teclado. Con una regla metálica le he ido saltando las teclas una por una. Por ahí salieron volando la R, la E, la T. El backspace se fue la mierda con todas las palabras que se tragó. El printscreen, otro huevonazo. El Ctrl estaba roto. No es la voz escribir Stone, ni Rolling Stone, pero intentaré seguir con esto porque lo considero importante. Y porque a propósito de desarmar teclados, esta mañana leía una crónica de Leila Guerriero. O más bien un texto en el que ella intenta explicar cómo se escribe una buena crónica. Leila reconoce no tener muchas certezas sobre el método del milagro. Además le da miedo hurgar en la maquinaria pues teme que si la mira con mucha intensidad terminará por romperla, así como yo he reventado mi teclado pensando que hallaría algo. Pero nada. Sus 107 botones han quedado regados sobre mi escritorio como un puñado de escarabajos muertos. 85 soles me ha costado comprarme uno nuevo. Pero me resisto a conectarlo todavía. No quiero deshacerme del viejo. Me quedo mirando los agujeros de las letras, llenos de migas de pan y de pelusas y de un pegajoso polvo verde parecido al tetrahidracanabinol. Pero no es THC porque yo no lanzo cuando escribo. Ayer por drogadicto me quedé dormido después de la cuarta línea y he tenido que continuar hoy. No tendría por qué aclarar esto pero una amiga me ha dicho que hago demasiada apología a las drogas y que puedo confundir a los niños. Yo le dije que el más confundido era yo y que por eso he decidido no tener hijos para que ningún pequeño conchesumare me vea como su modelo a seguir. Pero en todo caso, si hay alguien que me lee y le gusta escribir, le tengo noticias: la hierba no escribe por ti. Coincido en cambio con Leila en esto, ella dice que le rompe el corazón tener que decírnoslo pero esta es la única fórmula que conoce: encerrarse en un departamento de 36 metros cuadrados en jornadas de 16 horas y concentración de monje budista. He ahí el secreto. Yo no estoy tan loco. Jamás he escrito 16 horas seguidas y mucho menos como monje budista. Yo tengo que pararme a ponerle repeat a esa canción de Morrissey, tengo que bajar al mercado por tu fruta favorita, y tengo que conversar con Frances, la chica maniquí de ojos azules que vive conmigo. Pero entre todo eso escribo, y por eso mi teclado está lleno de pan y de pelo. Ninguna mujer, por mucho que yo la haya deseado, ha tenido tanto tiempo mis dedos sobre sus botones. He tocado muchas más veces la mugrienta G de este teclado que la huidiza G de una mujer. Sé que cuando machuco la A aparecerá la A. Las personas no son tan simples. A mi teclado le debe haber caído agua porque hace unos días empezó a comportarse como un ser humano. Cuando apretaba la R aparecía también la T y cuando apretaba la A aparecía la N o se cerraba una ventana. Así que lo he desarmado como quien le pregunta ¿qué chucha te pasa? La única respuesta que he obtenido son 107 pedacitos inertes que ya no podrán escribir ninguna historia. Y a propósito de historias, viene una amiga y me regala un póster de Reservoir dogs y tomamos café y hablamos de cuentos. Y en medio de todo eso me pregunta ¿No te pasa a ti que a veces te da vergüenza lo que escribes? ¿Que si no me pasa? Casi la abrazo. ¡Me pasa todo el tiempo! Me da vergüenza todo lo que he escrito en mi vida, todo lo que he publicado, y en tardes como esta, cuando Tom Jobim canta Desafinado en mi sala vacía, me da vergüenza hasta todo el amor que he dado. Pero de eso se trata ¿no? De decir las cosas que te da vergüenza decir. De decirlas todos los días mientras comes pan y se te cae el pelo. Mientras compras fruta que nadie se comerá y mientras te gastas los primeros soles de tu sueldo en un reluciente teclado inalámbrico con mouse incluido. Ahora mis alumnos del taller están por llegar y yo no he impreso ningún cuento para leerles. Y no tengo ninguna clase preparada. Estoy en calzoncillos y hecho mierda al medio de mi sala intentando terminar de escribir esto. Y al primero que llegue le abriré la puerta así, de brazos abiertos y desnudo y le diré: este es mi único consejo, muchacho, ahora vete a tu casa. Escribe, desarma tu teclado, pregúntale ¿Qué chucha te pasa? Y cuando se niegue a contestarte, reviéntalo, aporrea las teclas toda la tarde hasta que te diga la verdad, hasta que cante la maldita canción que tú necesitas escuchar.



miércoles, 21 de febrero de 2018

sábila en la cara

Si hay algo que les envidio a los viejos es el haberse cansado de esperar para hacer con su vida lo que les canta el culo. Parados frente a la carretilla de la esquina, un viejito y yo esperamos nuestro emoliente. Él está primero en la cola y observa cómo el emolientero raspa una hoja de sábila sobre su vaso. -No botes la cáscara- le pide. Nuestro emolientero termina de echar esa baba transparente y le extiende la vaina verde todavía pegajosa. ¡Qué loco! pienso, el tío se va a llevar la cáscara de sábila a casa para darle otro uso medicinal. ¿Se la va a llevar? ¿A casa? Weónnnn, el tío se pone a frotarse la sábila ahí mismo sobre todo el pellejo. La usa como si fuese un jabón. Con cuidado se la pasa por ambos brazos y luego por la carita. Parece un comercial de jabón Moncler lara lalá ♫ lara lalá. El abuelo lo hace además con tanto gusto que ya parece Miss Huanchaco untándose bronceador en la orilla del mar. Luego se seca su emoliente y se va por ahí, tan contento. Y yo, que mañana cumplo 39, me digo: tú también ya estás viejazo, Pierre, úntate nomás tu sábila en la cara, postea esa canción que siempre te da roche postear, escribe los cuentos que te provoca escribir, dile que la quieres, sé feliz, ctm.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Excursión de San Valentín

Mi clase de hoy, la última clase del ciclo, la clase en la que los llevo de excursión al mar para revivir un cuento de Vargas Llosa en el que dos amigos se enamoran de la misma chica, coincide justo con San Valentín. Como ya sé que mis alumnos son cacheros, les advierto en la clase anterior: ¡Díganme de verdad si van a venir! ¡Pero no me mientan, carajo! Y los únicos 3 sobrevivientes de los 5 que se matricularon en verano me juran que sí, que de todas maneras vienen a pasear conmigo en San Valentín. ¿En serio, chicos? Claro, profe. Si quieren traigan a sus enamorados, les digo, vamos con ellos, yo les invito una chela. Sale, profe. Así que hoy llego y fotocopio el cuento, hasta hecho el pendejo saco copias para los enamorados. Llego al salón y solo encuentro a un salvaje sentado en su carpeta. Oe ¿y los demás? le pregunto. No sé, profe, fácil se están demorando por el tráfico. Treinta minutos los esperamos en el salón. Nos miramos de reojo con una tensión que crece y crece. Yo pienso: Fácil igual hago el paseo solo con él. E imagino que él piensa "Putamadre, ojalá el profe no esté tan foreveralone que quiera hacer el paseo solo conmigo". Pero sí lo estoy. Además, la ruta del cuento termina en la Costa Verde, al pie de la Bajada Balta, así que si nos chapa un serenazgo va a pensar que estamos yendo al oscurito a lograrlo. No no ni cagando. Le digo, muchacho, tienes 2 opciones: 1. O tú y yo pasamos San Valentín juntos haciendo la ruta del cuento rumbo al mar o 2. La haces tú solito y me escribes una crónica de cómo es pasar San Valentín leyendo a Vargas Llosa. El maldito escoge la segunda opción. Así que le dibujo la ruta, le indico cómo llegar y lo dejo ir. Le faltan patas para irse al desgraciado. Y yo apago la PC, apago las luces del salón y me voy. Bajo por las escaleras hasta la sala de profesores donde tampoco encuentro a nadie. Solo me reciben las 4 pantallas azules con el logo de Windows, los 4 teclados y las 4 sillas de siempre. Escojo una y me siento. Y pienso que está bien, que en realidad esto es lo que siempre he querido: que me pasen huevadas para poder contarlas. Empiezo a teclear y a teclear. Pero al rato sigo tan solo que apenas escucho el ruido de mis dedos sobre el teclado y la brisa artificial del aire acondicionado que llena la habitación vacía. Así que abro el youtube y pongo una balada con el volumen al tope ¿de Poison? ¿de Aerosmith? ¿de Air Supply? No sé, mierda, de quien chucha sea, con tal de no escuchar dentro de mi cráneo el temblor de todos los telos en los que mis alumnos están cacha que te cacha mientras su profe escribe como pendejo.

viernes, 26 de enero de 2018

martes, 16 de enero de 2018

Como vai você?

Cuando yo era niño mi mamá estaba enamorada de Roberto Carlos. Tenía varios casetes suyos y los ponía con frecuencia. Imaginen una casa en la que siempre suena Qué será de ti, Cóncavo y convexo, Detalles, El gato que está triste y azul. Csmre. Hace poco le conté que en una tienda de antigüedades había encontrado un casete de Paul Anka que ella tenía y que me lo compré porque sentí que si rescataba ese recuerdo podría escribir algo. Ay, me dijo, pero si quieres los casetes están todos en cajas en el depósito. ¿Me los puedo llevar? pregunté. Claro, dijo. Así que subí y empecé a abrir cajas. Fue como hurgar en el corazón de mi mamá, en su forma de querer, de extrañar, de desear. Ahora tengo sus casetes sobre mi escritorio y al pie de mi cama. No tengo casetera para escucharlos así que lo que hago es leer la lista de canciones y buscarlas en spotify. Cuando les doy play y me pongo a cantar no siento que vuelvo a mi infancia sino a la juventud de mi mamá. Entonces voy a mirarme al espejo para buscarla. Y me alegra tanto parecerme a ella, tener su cabello, sus ojos, su sonrisa. Haber heredado hasta su forma de enamorarse.


martes, 2 de enero de 2018

mi primer viaje de h@ng@s alucinógenos

El 30 de diciembre del año 2017 
comí mi primer puñado de hongos alucinógenos 
Por suerte 
tenía una libreta a mano
Y decidí registrar el viaje
Según Gonza, 
el viaje nos duraría de 4 a 5 horas


Hasta entonces yo solo había probado marihuana
y las stoneadas me duraban de 10 a 50 minutos
(eso según quién me hubiera vendido la hierba)
Pero recuerdo todavía aquellos lejanos días de mi juventud en que los viajes de hierba me duraban un día entero porque la Amazonía de mi cerebro aún no había sido devorada por el gran incendio de la risa 


De los hongos yo no sabía nada
No sabía ni siquiera cuál era su aspecto
Gonza me contó que crecían debajo de la caca de la vaca
Y eso me gustó

Estos son los hongos que Gonza trajo esa mañana:






El día anterior no comas carne— me había advertido
Y por la mañana toma algo ligero. Yo te caigo a las 10am con los hongos
Voy a desayunar un vaso de avena— le dije ¿está bien?

Perfecto dijo


Gonza tocó mi puerta a las 11am 
Se había bañado
Yo también me había bañado
Y además había ordenado mi casa
Como si tuviera una cita con una chica bonita


Gonza se desparramó en un sillón y dijo —Bueno, comamos los hongos—.
Tranquilo, conchatumare le dije Quiero hacerlo con calma, acabo de tomar la avena
Estaba nervioso
Nervioso de una forma buena
Como si mi cerebro fuese una callecita de barrio en la que la gente estuviera sacando las sillas de sus casas y colgando guirnaldas de papel crepé de los postes de luz.

—¿Quieres saber qué te va a pasar?— preguntó Gonza
—Dale, cuéntame
—Ya, mira, no es como la hierba
—Ok, le dije, es todo lo que necesito saber


Sabía que eventualmente perdería el control de mi cerebro
Pero cogí mi lapicero azul y mi lapicero verde como si fueran las asas de un timón
Y empecé a anotar


Este es el resultado