martes, 24 de abril de 2018

Prealmuerzos

Mis alumnos leen sus ejercicios de redacción y yo los voy corrigiendo: no construyas oraciones tan largas, esa metáfora está buena, esa ya es muy pajera, me gusta el gancho narrativo que has usado, la cagaste en el remate. Al mediodía hacemos una pausa y los mando a comer. Un chico esbelto y atlético como un semidiós saca de su mochila un táper que contiene 4 sánguches de pan francés con queso. Están bien alineados uno sobre otro, como si fuesen marineros en sus camarotes. En silencio va sacando uno por uno y se los come a grandes mordiscos. Me le acerco. ¿Ese es tu almuerzo, muchacho? le pregunto. No, profe, me dice, yo almuerzo a las 2 de la tarde. ¿Es tu desayuno? No, profe, ya desayuné a las 8. Csm ¿Y esto qué es, entonces? Este es mi entre-almuerzo, me explica y saca el segundo sandwich. Weón, le digo, si yo quisiera “entrealmorzar” 4 panes con queso y tener tu cuerpo tendría que inyectarme esteroides, comprarme una rueda de hámster gigante y poner todos los días mi dvd de aeróbicos con Alan Wong. Se caga de risa. Le devuelvo su texto lleno de inútiles correcciones y pienso ¿De qué sirven las metáforas y los ganchos narrativos? Lo que todos queremos es entrealmorzar 4 panes con queso con esa misma impunidad. En ese momento entiendo la prosa apátrida #139, cuando Ribeyro, que ya no puede comer, beber ni fumar sin padecer, ve pasar a un fornido obrero por la plaza y piensa: “su estómago por cuarenta años de lecturas”.

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