domingo, 7 de abril de 2019
martes, 2 de abril de 2019
La broma infinita de prestar un libro
Hace años una amiga me llamó a la medianoche del domingo porque de pronto había tenido una epifanía: Quería leer más. Y no solo quería leer más, quería leer libros gordos, gordísimos weón, libros que le costara cargar para poder sumergirse en ellos como si fueran piscinas portátiles. Le dije que viniera a escoger algo de mi librero y yo mismo le fui poniendo libros en las manos mientras le contaba parte de la trama. Le daba libros cortos y pegadores como ganchos a la mandíbula porque sé lo jodido que es enganchar a un lector. Le di Las vírgenes suicidas, Guerra Mundial Z, probablemente algo de Stephen King y cosas así, pero todos me los iba tirando por la cabeza con una mirada que parecía decirme: ctmre, dame algo de verdad. Bueno, terminó llevándose de mi jato: Ana Karenina de Tolstói (1059 páginas), La broma infinita de Foster Wallace (más de 1200 páginas, rankeado en varias listas como uno de los libros más difíciles de leer. Yo mismo lo había dejado en la página 10 y Pika le había mordisqueado una esquina con desgano) Y de yapa se llevó The catcher in the rye en la edición norteamericana con la portada original, que me trajo mi pata Alfredo Deza de EEUU. Después de un año le pregunté cómo iba. Me pidió más tiempo. Después de 2 años le dije que no fuera pendeja, que ya me los devolviera. Los trajo. Había leído The catcher in the rye hasta la mitad y cheleando en la playa, el libro estaba cuarteado por el sol y las olas, Ana Karenina estaba intacto pero antes de darme La broma infinita me dijo que le diera otra oportunidad para intentarlo. Creo que más por orgullo que por ganas. Dejé que se lo llevara. Hace 3 años que no sé de ella xD. Creo que ahora vive en Barcelona así que dudo que se lo haya llevado consigo o le hubieran cobrado equipaje extra por ese chancabuques. Ahora ya no presto libros. Y la verdad es que cada vez me resulta más difícil recomendar alguno. He descubierto que cada lector es diferente. A mí me encantó Ana Karenina, pero vaya a saber si a ti te guste. Para eso existen lugares llamados librerías. Son hermosas. Y si eres pobre, bueno, las ferias de libros viejos, Quilca, Camaná, Amazonas. Vayan a caminar por sus pasillos como hueveando y abran libros al azar. Lean las primeras líneas. Si lo que te pega es Elvira Sastre, bueno, llévate ese. No será Ana Karenina, pero al menos podrás terminarlo :v
domingo, 31 de marzo de 2019
sábado, 30 de marzo de 2019
martes, 26 de marzo de 2019
Gallopavos fugitivos
En 1939, a puertas de la Segunda Guerra Mundial, el pintor bielorruso Marc Chagall, que en aquel entonces residía en Francia, creó una de las pinturas más bellas de la historia del surrealismo: Los recién casados de La Torre Eiffel. En ella vemos al propio Chagall vestido de morado y a Bella, el amor de su vida, escapando hacia la felicidad montados sobre un hermoso gallo blanco. Algunos dicen que el gallo representa la esperanza y la fertilidad. Otros dicen que representa la Francia de la que Chagall escapa ante la invasión nazi y que el intenso rojo de su cresta es el horror de la guerra. A mí siempre me han parecido un poco absurdos estos sobre-análisis del arte. Yo solo veo a una pareja junto a un hermoso gallo blanco y con eso me alcanza. Además me trae a la memoria otro heroico gallo gigante: aquel en el que Hans el erizo escapaba de su hogar en El narrador de cuentos. Descubrí también una tira de Inodoro Pereyra en la que Serafín -el sobrino vegetariano- llega al rancho cabalgando una gallina de dos metros y le dice a su tío: “hay que ver hasta donde crecen estos bichos cuando uno no se los come”. Claro que es una tira cómica, pero igual ya me pareció mucha coincidencia tanta mitología alrededor de las aves de corral y me pregunté: Carajo, realmente ¿hasta dónde puede crecer una gallina si uno no se la sancocha? A lo mejor los avestruces eran como las gallinas solo que aprendieron a decir patitas pa’ que te quiero y quién los ve ahora. A ver échate a coger un avestruz, intenta robarle su huevo. Eso ya lo vimos en Los dioses deben estar locos. No es buen negocio. Pensaba en esto porque justo después de Navidad, vino a visitarme mi amigo el humorista gráfico Carlos Lavida y me contó la historia de su pavo navideño. Me dijo que le habían dado un vale en su trabajo y que al ir a reclamarlo descubrió que el pavo lo entregaban vivo. Te lo daban atado a una pita y tenías que hacer otra fila para que lo sacrificaran. La fila era larguísima y tenías tiempo de sobra para acompañar a tu pavo en sus últimos minutos de vida. Carlitos me contó que mientras esperaba su turno trató de evitar establecer contacto visual con el bicho, pero que de todas formas podía sentir su miedo reptando por la pita hasta él. Al rato no resistió, se salió de la fila y se llevó el pavo a casa. Decidió que esa Navidad la pasaría comiendo panetón y ensalada. Cuando imagino a Carlitos cruzando las calles de Lima con su pavo vivo atado a una pita, me parece algo tan mágico como un cuadro de Chagall. Y cuando escucho a alguien decir que el arte copia a la vida pienso que felizmente a veces también es la vida la que copia al arte.
Aparecido en la Revista h, ed.85
marzo 2019
sábado, 2 de marzo de 2019
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






























