martes, 3 de diciembre de 2019

Un lenguado de 400 kilos

Oe, ptmre. Uno de mis alumnos de Periodismo, el que está a punto de chorrearse a la bica como gorda por tobogán, escoge escribir para el trabajo final un PERFIL sobre su abuelo Gastón: un señor de 82 años que practica el buceo y la caza submarina. Es una buena historia, pienso mientras leo y mastico mi pan chapla. Por eso le perdono que me la haya mandado tarde, le perdono que sea un archivo rtf en vez de un doc (se le ha malogrado la laptop, dice el csm) y le perdono incluso que los nombres de las playas donde su abuelo pescaba estén escritas en minúscula: pucusana, punta hermosa, san bartolo.

De hecho, estoy tan metido en la historia en la que su abuelo pesca meros, cabrillas, rollizos "y otras bestias" como él llama a los pobres pescaditos, que sigo leyendo incluso cuando escribe que su abuelo "llegó a cazar un lenguado de más de 4 metros de longitud con 400 kilos". Dos líneas después la imagen del enorme pez me aletea en el cerebro y paro. Oe, aguanta ¿Cuánto puede pesar un lenguado? ¿Pa' cuántas porciones de ceviche rendirá un lenguado de 400 kilos? Alapucta. Qué rico.

Cierro el Word y abro el Google. Todavía no le he quitado el voto de confianza a mi alumno. No soy experto en ictiología. Vamos, tal vez sí hay lenguados gigantes.¿O ustedes podrían negarlo a rajatabla? Les he enseñado que una de las cosas más importantes es corroborar datos, ahora es mi turno.

Pregunto: ¿Cuánto puede llegar a pesar un lenguado?
Google me responde: "El lenguado es un pez blanco, de forma plana y de agua salada. Habita en fondos cubiertos de arena o lodo, dejando al descubierto sólo los ojos. Peso en la adultez: 1.6 kg, aunque se han visto ejemplares de hasta 9 kilogramos"

Conchasumare.

No lo quiero mandar a la bica. No le quiero desgraciar el verano. Entro a Youtube y tipeo: Lenguado gigante. Aparece un pescador en bividí sacando de la orilla un enorme lenguado con la panza blanca. Es un pez grande y hermoso, pero el tipo lo puede cargar como si fuese un niño gordo. Pesa 12 kilos, el hombre lo muestra orgulloso, es una pintura. Otro vídeo dice: "Lenguado de 10 kilos arrastra a un pescador". Le doy click. Si un lenguado de 10 kilos tiene fuerza para eso, ¿qué puede hacer uno de 400 kg?

Un lenguado de 4 metros y 400 kilogramos tendría que ser como aquel lenguado del poema de Watanabe "A veces sueño que me expando / y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande / que los más grandes. Yo soy entonces / toda la arena, todo el vasto fondo marino".

Tal vez es mi culpa por llevarles tanta poesía, pienso. Tal vez la cagué cuando los mandé a leer a Hemingway. Yo quería que aprendieran de su novelita aquel estilo duro, ágil y directo como un gancho. Ellos aprendieron que hay peces de 400 kilogramos y que los viejos solitarios pueden pescarlos en los golfos.

Ya no me queda más que jalarlo. Pero entonces recuerdo otra historia, una que me contó mi mamá. Es de la época en la que era secretaria en Serpetro y su oficina quedaba cerca al muelle de Talara. A veces los pescadores pasaban por la oficina a ofrecer pescado y su jefe siempre dejaba indicado que le dejaran uno o dos de la pesca del día. Cierta mañana el pescador pasó:
—Señora Mirtha, hoy tenemos pez espada ¿Querrá el jefe?
—Sí, señor, déjele para su cevichito
—¿Cuánto le dejo?
—Déjele un par, pues
Al pescador casi se le salieron las tripas de la risa
—¡¿Un parrr? Señora Mirtha, ¿usté sabe de qué porte es un pez espada?

Mi alumno va a jalar el curso de Periodismo, pero en nombre de estas hermosas fantasías de peces gigantes —las de mi mami o las del Capitán Nemo atrapado en el Nautilus— no voy a ser tan duro con él. Tal vez no tenga futuro como periodista, pero quién sabe y le estoy dando la bienvenida al viejo club de los fabricantes de mentiras.




viernes, 22 de noviembre de 2019

dignamente acompañado

dentro de esta copa de vino ya vacía

que compré por 4.99 en la sección de menaje de plaza vea
vierto un chorro largo de agua blanca
como un padrecito de provincia
que enjuaga el último rastro de su fe


ahora que tengo 40
sé que debo beber agua después de cada cabernet sauvignon
si no quiero resucitar con la cabeza
extraviada en el sepulcro

mi abuela Bertha que me prestaba su Remington anaranjada
para que yo tipeara mis primeras palabras caca picho poto
y el señor Lizardo Cruzado que me firmó el polo viejo sobre el que yo había dibujado con tinta indeleble una hermosa cucaracha
presentaron esta noche sus nuevos poemarios
tal vez por eso
he sentido tan lejos de ellos
el irrefrenable deseo
de escribir huevadas

es horrible pero ahora existe
es horrible pero ahora existe

les dije a todos los amigos
que haría todo lo posible por reprimirlo

eso sería –dijeron– como cerrarle la puerta en la cara al náufrago que vuelve
o como cubrir con la mano tu copa cuando alguien te ofrece vino
-aunque tu poesía sea el Concha y Toro de 16.90 que venden en los gritos-

a lo mejor es el tetrahidracanabinol de la tarde
o que me puse a ver cómo bebían sangre
los hermosos vampiros de Only lovers left alive

pensé que iba a ser una noche larga
pensé que hoy vería a las estrellas y a mis amigos
sin embargo me quedé en casa a escribir

parece que será otra noche larga
pero solitaria

lo cuál después de todo no está mal
porque como decía el señor Porchia:
No he probado ningún vino superior a mi sangre

Y el otro poeta al que también voy a asaltar esta noche
dijo en 8 líneas lo que yo no pude en 40

Me gusta
Beber
Dignamente
Acompañado

Es decir
Solo
Y
Mi alma

jueves, 31 de octubre de 2019

Devuélveme mi amor para matarlo

El rosario de mi madre, del compositor arequipeño Mario Cavagnaro, es uno de mis valses favoritos, pero siempre que oigo este verso de la canción, no puedo evitar imaginar huevadas como esta




viernes, 25 de octubre de 2019

La historia va saliendo solita

Viajo a Talara para firmar unos documentos. Es un viaje violento, de ida y vuelta. Porque estamos a mitad de semana y yo debo volver para dictar clases. Llevo 2 polos, 2 pares de medias y 2 boxers en la mochila, pero nunca llego a cambiarme. Tomar una ducha significa media hora menos para conversar con mi mamá, así que me la salto. La limpieza puede esperar. Al amanecer me paso el día con mi viejo corriendo del banco al notario, del notario a la sunarp, de la sunarp al notario otra vez. Para colmo a las 2pm cierran el puente de Sullana y mi bus de Talara a Piura es el último que logra cruzarlo a tiempo. Al bajar corriendo del EPPO, escojo a cualquiera de los mototaxistas que jalan pasajeros en la puerta del terminal. Tengo 10 minutos para llegar a Cruz del Sur y emprender el regreso a Lima. Mientras corremos hacia su moto, el tipo me alcanza un casco ¿Un casco? Sí. No tiene una mototaxi. He contratado una moto lineal. Esto es Rápidos y Furiosos versión Churre, feat. Armonía 10 y Los piuranitos. Cantinerooooo ♫ El casco además no me entra porque tengo cabeza de rottweiler. Así que mientras sorteamos a toda velocidad piuranos, piajenos y camiones cargados de algarrobos yo pienso: Ya me morí, csm. Ahora sí me morí, como diría Javier Heraud: entre pájaros y árboles. O sea entre gallinazos y matacojudos. Mientras veo pasar mi vida entera ante mis ojos y me despido del mundo, recuerdo uno de los pocos momentos de paz que tuve durante el viaje. Estoy sentado en la plataforma del BCP de Talara frente a una señorita que me abre una cuenta corriente. Como el sistema se demora en cargar, yo me distraigo posteando fotos de pacazos en mi Instagram. Pero cada que levanto la vista de mi cel, encuentro a la señorita echándome miradas furtivas. ¿Usted a qué se dedica, joven? me pregunta por fin. Soy profesor, le digo, y también escribo cuentos. Ahhh yaaa, con razón tiene esa cara de filósofo. Ohyara ons. Será que no me he bañado, porque yo con lo único que estoy filosofando es con el cebiche de caballa que mi viejo me va a invitar donde El Zambón cuando terminemos los trámites. Gracias, le digo, sin saber muy bien qué estoy agradeciendo. Tengo una niña de 4 años, me dice, no sé qué cuentos comprarle. El otro día le llevé uno de un osito que pasea por el parque con su abuelo. Cuando acabó me dijo Ya mami, pero ¿qué más? Nada más, le dije, porque ahí acababa el cuento. Lo que pasa, le digo, es que algunos editores creen que los niños son huevones y son más vivos que las arañas. Yo nunca leí un solo libro para niños. Deme un papel. La señorita me pasa un formulario del banco que ya no sirve y empiezo a anotarle títulos: Momo de Michael Ende, Matilda de Roald Dahl, El libro de la selva, Las crónicas de Narnia, tal vez más adelante algo de Verne o de Stephen King, en ayunas y dosis moderadas. Me siento como un doctor escribiendo una receta. Dele esto a su hija, todo va a estar bien. Dieciocho horas después, mi bus llega al terminal de Javier Prado, 25 minutos antes de mi clase de las 9am en Miraflores. El taxista que me lleva a ISIL me ve inquieto. ¿Tienes clase? pregunta. Sí, le digo, tengo que dictar en 20 minutos. ¡Ah, eres el profe! Claro pe. Como ya han pasado 18 horas y más de mil kilómetros desde que me vieron cara de filósofo, este ya me ve cara de indigente. Por eso no me cree que soy profe. Pero resulta que no solo soy profe. Conversando descubrimos que soy el profe de su hijo. ¿Y te hacen sufrir mucho? pregunta riendo. Tienen una ortografía que hace llorar, le digo, pero siempre es más chévere aguantar a un alumno que a un jefe. Pucha, me dice, es que en esta época quién escribe bien. Ya nadie ya. Lo que sí me jode un poco, me dice, es que ahora solo hablan con jergas en inglés, no se les entiende nada. Señor, sus hijos viven en una aldea global, para ellos el mundo está a la vuelta de la esquina, decir tweet, chat, post es como decir camote, perro, chaufa. No sé, dice, nosotros antes también hablábamos con jergas pero decíamos cosas en español. Señor, no estamos en Madrid, el español también es un idioma extranjero. Ya cálmese y no sea tan viejo lesbiano. Ahí en la esquina me deja. Entro corriendo al instituto con mi mochila a cuestas, marco mi entrada en un aparato que me escanea la mano. Corro al baño a lavarme la cara y todavía me quedan un par de minutos para comprar un café y un caprese. Parado frente a mis alumnos me tiemblan las piernas de cansancio, pero veo sus caras sonrientes como de publicidad de yougurt y recupero el buen humor. Quisiera explicarles que no he dormido ni me he bañado en 2 días. Que lo único que quiero es irme a mi cama y morir una semana. Pero entonces pienso en sus viejos. Ese taxista que ya no entiende el idioma de sus hijos, esa funcionaria del banco que quiere encontrar un cuento que emocione a su hijita, así como a ella alguna vez la emocionó un cuento de Hans Christian Andersen o de los hermanos Grimm. Entonces saco mis plumones y empiezo a anotar algo en la pizarra blanca. No sé qué es. Estoy tan cansado que realmente no sé ni qué curso dicto. Son palabras al azar las que escribo. Pero a veces basta con empezar a poner algo. Luego la historia va saliendo solita.