viernes, 5 de marzo de 2010

orientación vocacional 11

Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que Omar Peña fue el saqueador de loncheras más salvaje que haya conocido y conocerá esta ciudad. He recorrido unos cuantos colegios y siempre he encontrado cretinos que van y meten mano a las loncheras ajenas, pero lo de Omar no era hobbie ni asunto de aficionados. A este huevón Alibabá se le quedaba chico. Había empezado en la primaria, sacando ocasionalmente un sandwich de pollo por aquí, una naranja por allá, tal vez por hambre, yo creo que más por pendejada. Pero para cuando entramos a secundaria, su red de saqueo no sólo cubría todas las mochilas del salón, sino que en vista de que algunos terminamos por ponerles candado o llevarlas siempre con nosotros, empezó a realizar incursiones a los salones vecinos y la sala de profesores. Cuando la locura se apoderó de él, podías verle internarse en los pabellones de primaria de donde volvía con la mochila cargada de sanguches, ticoticos, sublimes, huevos duros, y plátanos casinegros que nos vendía mientras no muy lejos de allí a unos cuantos niños les rugía la panza de hambre.

Omar Peña parecía invencible, igual que Alibabá o el pirata Drake, pero donde la justicia falla, la ambición y la soberbia derriban a los grandes villanos. El golpe de las cuarenta empanadas desaparecidas de la cafetería fue demasiado para él. Dos profesores vinieron y lo sacaron del salón en silencio mientras su mochila iba dejando un misterioso olor a carne aliñada.

No volví a verle hasta diez años después, en el Parque Keneddy hace no más de un mes. ¡Omar, so cabrón!- grité. Omar se puso en guardia como un gato a punto de correr. Luego me reconoció y vino hacia mi. Nos abrazamos, nos reimos hicimos las preguntas estúpidas de siempre y cuando finalmente nos dimos cuenta que ambos éramos dos pobres diablos sin nada más que hacer, propusimos ir por unas chelas. Sentados sobre una mesa del Piers y después de contarnos un poco nuestras miserias, me narró al detalle cómo había sido lo del robo de las empanadas, el cómo lo había planeado con precisión durante semanas y lo trágico que le resultó no haber contado con que el mimo Director del colegio era un adicto a ellas y que por eso puso el colegio de cabeza cuando no encontró ninguna en la cafetería. Me contó también que a los niños de primaria no les robaba la comida sino que se la cambiaba por canicas, stickers y otras de esas porquerías que los niños saben apreciar. Yo no era un cabronazo, dijo, sólo un tipo con ganas de comer bien. ¡Salud por ello!- dije yo. Además –continuó Omar- éramos chibolos carajo. La gente cambia ¿no?. Asentí sonriendo. Volvimos a hacer un salud y pedimos más cerveza y una fuente de chicharrón de pollo que comimos casi con las manos. Cuando Omar se paró para ir al baño me quedé pensando en todas esas historias del colegio mientras picaba los últimos restos del chicharrón. Si pues, me dije nuevamente, la gente cambia. La gente cambia. La gente cambia. Y recuerdo que todavía me seguí repitiendo eso por media hora más mientras esperaba a Omar, hasta que llegó el mozo con la cuenta y me dijo que ya iban a cerrar.


8 comentarios:

Imberbe_Muchacho dijo...

Xuxa, te metieron cabeza. con la chela y el chihcarron no se juega

Regina LC dijo...

¡¡¡Pierreeeeeeeeeeeeeeeeee, eres un personaje de Ribeyro, carajoooooooooooo!!!

Anónimo dijo...

la cagada
que buena chucha mare!
que buena!!!!
la mama de nico!

LaHormiga dijo...

Yeeeee....

El Inde dijo...

La pucha!

Helí dijo...

lol,
si pues, la gente cambia,
siempre lo supe xD.


opino lo mismo que regina xD.

Sfumato de Marte dijo...

vaya, hace siglos que no como tico-tico...

Miriam dijo...

Como imaginaras para mi mente ignorante de comidas peruanas o golosinas, palabras como sublime, bue, me saben a gloria.
Que se puede comer que sea "Sublime", o sanguche de pollo, aca los sanguches de la lonchera son una mierda, un poco de queso y jamon si tienes suerte.
Me hubiera gustado ser la novia de Omar y convertirnos en los Bonnie and Clyde. No sé, hacer de la glotoneria un delito y viceversa.
ay que hambre, me voy a comer algo.
Saludos.
m.