domingo, 4 de diciembre de 2011

las palabras

Hace un par de días, mientras arreglaba mi cocina, levanté por el lado equivocado una bolsita de mondadientes y cayeron al piso decenas de aquellos diminutos maderos. No eran mondadientes regulares, de los que tienen ambos extremos puntiagudos, sino unos de marca china que parecen el mástil de una bandera en miniatura. Tampoco venían amontonados en una caja de cartón, sino cuidadosamente alineados uno junto a otro como en un tatami y recubiertos finalmente por una lámina plástica sobre la que aparece impreso un oso panda, comiendo hojas de eucalipto.

Algo contrariado, me arrodillé y me puse a recogerlos para echarlos al tacho de basura. Entonces, mientras trataba de levantarlos y me picaba las yemas de los dedos, fue que pensé en esto: "si cuando era niño, a mi mamá se le hubiesen caído los mondadientes, yo hubiera corrido a recogerlos para hacer algo con ellos. En un primer instante no hubiese sabido bien para qué, pero hubiese intuído que había en ellos un juego posible: hurgar en las cuevas de las hormigas, lanzarlos como dardos a la gente, andar picando nalgas, conseguir pegamento y construir con ellos una cabaña, o lo más probable, dada mi temprana vocación por la piromanía: hacer una montañita y prenderles fuego."

Por un rato me sentí triste de haber perdido esa capacidad de ver, en las cosas más pequeñas, una posibilidad. Pensaba en esto también ayer que fui a la ferretería a buscar un par de clavos para instalar un perchero que acababa de comprar. Yo solo necesitaba dos, pero el señor que atendía me dijo que los vendían por peso y me dio, envueltos en papel periódico, más de veinte clavos. Mientras los llevaba a casa pensaba ¿dónde voy a guardar los que me sobren?, un pensamiento aburrido, y además imposible para un niño, que en cambio hubiese corrido con los clavos en busca de un martillo, un imán, una pita o una pared para raspar.

A veces crecer, es un poco como perder una caja en la mudanza. Al principio no te das cuenta, porque son muchas cajas. Incluso puede hasta aliviarte la sensación de llevar menos peso. Pero con cada mudanza vas perdiendo una caja tras otra, hasta que un día te das cuenta que ninguna de esas contiene lo que llevabas en la primera mudanza y te vuelves loco. Por eso es que los viejitos tienen esa cara de recien asaltados. El tiempo les ha dejado recuerdos, pero se ha llevado todo lo demás.

Esto por supuesto, no siempre es cierto. Lo he escrito porque soy un cretino y suelo verme tentado ante las imágenes desoladoras. La verdad de las cosas es que la mayor parte de las veces, el tiempo reemplaza sabiamente esas cajas. Te quita a los hijos, pero te devuelve nietos. Se lleva a la gente que conociste, pero te acerca más a tus dos o tres verdaderos amigos. Y sin duda, arrasa con tu energía, pero te da la sabiduría y calma necesaria para ser feliz tomando sol sentado en la mecedora del jardín.

En mi caso en particular, pues sí, he dejado de emocionarme ante un grupo de mondadientes que caen al piso o un montón de clavos que no necesito. Es posible incluso que la próxima vez que vea un balde de legos, que fueron mi juguete favorito de la infancia, se despierte primero en mi la nostalgia, que una reales ganas de jugar con ellos. Y sin embargo, puedo asegurar que el tiempo no me ha robado nada y que sigo siendo como un niño, maravillado ante las posibilidades que ofrecen los objetos pequeños. Solo que ¿a quién podría interesarle ya un grupo de mondadientes, clavos, o pedazos de plástico, cuando ha descubierto al fin la posibilidad de jugar con las palabras?

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a nuestro querido Julio Ramón Ribeyro,
que nos dejó un día como hoy, hace 17 años

5 comentarios:

MAP dijo...

Eres un reverendo cretino. Hasta el final lo has sido. Pensar que esto lo has escrito después de decir que coleccionas fósiles de cangrejos.

Pierre dijo...

xD
cómo me maltratas, flu

MAP dijo...

así es la amistad

MAP dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
imovane dijo...

pierreeeeee me dan ganas de darte un abrazoooooo
cha que