miércoles, 10 de octubre de 2012

Fuego

Cuando tenía 14 años mi mamá me llevaba a Librored. Ahora ya no existe Librored pero, por si se quieren ubicar, quedaba al lado del Bembos de la avenida Primavera. Era como una biblioteca de viejo donde alquilabas libros y revistas. ¿Pueden creerlo? Ahora ya cerró hasta el Blockbuster que estaba en la otra cuadra. Si ya no alquilan ni videos ¿cómo esperar que alguien se ponga a alquilar libros? En todo caso, les digo que era un lugar encantador, casi tanto como la nieta del bibliotecario que a veces rondaba por ahí. Con 14 años fui con mi vieja y alquilé "Un mundo para Julius"; y más adelante, (tratando de impresionar a la nieta) "La máquina de follar" de Bukowski. Ambos libros cumplieron roles muy importantes en mi vida. El primero, porque yo acababa de llegar a Lima, y la novela de Bryce hizo que conociera la ciudad real al mismo tiempo que la ciudad literaria, de tal modo que ambas acabaron por confundírseme y ahora ya no sé distinguirlas, lo cual resulta francamente maravilloso. El de Bukowski fue importante porque comprendí que la literatura no tenía por qué llevar a cuestas la bandera de la moral y que si uno tenía algo que contar, podía hacerlo como le diese su puta gana.

Contaba esto porque descubro ahora que mi mamá siempre me acercó a los libros, y tal vez eso explique que, ahora que mis hermanos pequeños, Ale y Bryan, tienen la edad que yo tenía entonces, yo le devuelva el favor y los rellene de libros y cómics cada vez que voy a visitarlos a Piura. Primero les mandé una colección de cuentos de Ribeyro y otra de historias de terror como Drácula, Frankenstein y La caída de la casa Usher de Poe. Incluí además mi colección de cómics de Batman para Bryan y “Momo” de Michel Ende para Ale. La segunda vez les llevé dos novelas gráficas: Persépolis y El eternauta. En mi última visita les he llevado una colección de cuentos de Bryce y una edición ilustrada de La metamorfosis de Kafka.

Mis hermanos y mi mamá reciben los libros con cariño. Los leen y cada vez que vuelvo los veo privilegiadamente ubicados en el centro de mesa de la sala donde otras familias colocan jarrones o cestos con frutas de plástico. Eso me alegra mucho, sin embargo, la última vez, esta visión me ha puesto paranoico. He descubierto, un poco horrorizado, que la forma en que yo acerco libros a mis hermanos no es natural como la que tuvo mi mamá conmigo cuando me llevaba a Librored. Lo mío es casi un bombardeo literario. Siembro libros como minas, esperando que en algún momento mis hermanos las pisen y algo estalle dentro de ellos ¿Qué espero, sin embargo? Eso es lo peor, lo terrible. Sin darme cuenta espero contagiarlos de esta enfermedad incurable llamada ficción.

Pretendiendo mostrarles el hermoso fuego al que mi madre me acercó, los empujo implacablemente hacia el incendio. Un incendio en el que yo me consumo todos los días y que ha hecho de mí este quebradizo hombre de carbón al que ya solo le quedan historias. Yo ya no soy parte de la sociedad. Me preocupa más escoger el libro que llevaré al salir de casa que la ropa que traigo puesta o el lugar al que me dirijo. Si me hablas por más de cinco minutos probablemente ponga tu voz en mute y le monte un diálogo de Salinger. Vivo dentro del campo minado y la gente corre el riesgo de volar en pedazos cuando se me acerca. He cambiado un trabajo estable por tiempo libre para escribir; y si alguna vez, una moneda dorada llega a caer en mis bolsillos corro como un yonqui a cambiarla por más de estas cajas de papel que voy apilando a mi alrededor como una de esas ancianas a la que ya solo le quedan jaulas y el canto de sus pájaros.

¿Deseo yo esto para mis hermanos? Claro que no. Quisiera que lean, pero que luego salgan a jugar. Bryan tiene una bonita raqueta de tenis y me gustaría verlo cuando la hace surcar el aire en busca de la esfera amarilla. Ale toma lindas fotos. Está en la universidad. Pronto ambos tendrán que salir al mundo y enfrentársele. Entonces me gustaría que lleven los libros que les regalé, pero que los carguen bajo el brazo; y no como hago yo, que los uso de escudo, de capa, de cobertor, de impermeable. Espero que el fuego de la ficción los cobije y los deslumbre pero que nunca los abrace candemente como a mí. Que ninguno de los libros que les dejé sea aquella peligrosa mina que haga estallar sus corazones y que nunca comprendan que no hay lugar más terriblemente acogedor que la literatura, pues esto es lo que la hace tan peligrosa para la vida.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Totalmente cierto. Por ejemplo yo, que busco en cada hombre a Santiago Názar. Es una búsqueda implacable porque no tolero bajo ninguna circunstancia que alguien se aleje un nanómetro del hombre que yo inventé...y es terrible, demasiado para una vida tan pequeña.
Cosas así...