viernes, 30 de noviembre de 2012

Vamos a recoger un premio

Hace 18 años, cuando vine con mi familia a vivir a Lima, alquilábamos un departamentito en la Avenida Córpac de San Isidro. Mi mamá trabajaba cerca, en la torre de PetroPerú, uno de los edificios más altos que por aquel entonces se alzaban en Lima. Como hacía poco, los terrucos habían puesto una bomba por ahí, las ventanas se habían hecho añicos dejando pasar al invierno; y por tanto, mi mamá, que siempre ha sido un bichito de sol como las iguanas, moría de frío como Jack al final de El resplandor.

Por las tardes, camino a mis clases de inglés básico en el Británico de la avenida Arequipa, yo pasaba por el edificio de PetroPerú y miraba hacia arriba buscando a mamá. Tenía 14 años y Lima me parecía enorme. Cruzaba el puente de la Vía Expresa como si ante mí se abriese el Mar Rojo. Recuerdo que por ahí cerca, donde ahora hay un Interbank, había una librería Minerva donde compré "La casa de cartón" (me la habían pedido en el colegio). Recuerdo también que me senté a leerla en unas gradas junto a la librería y supe entonces que las novelas sobre Lima serían las guías turísticas que me ayudarían a conocer mi nueva ciudad: "Tú no comprendes cómo se puede ir al colegio tan de mañana y habiendo malecones con mar debajo".

Con el tiempo mi mamá volvió al sol de Piura. Yo me quedé en Lima, ingresé a la universidad y, de tanto leer, un día también empecé a escribir. A veces todavía paso con mi bicicleta por San Isidro y, mientras pedaleo, recuerdo los viejos tiempos cuando iba al Británico y a las clases de piano y cuando volví descalzo a casa porque un choro me había robado las zapatillas.

Este martes vuelve a Lima mi mamá y juntos iremos nuevamente al edificio de PetroPerú. Vamos a recoger un premio. Dicen que el trofeo es una pluma dorada como la del Grifo. Lima es el Grifo y nosotros hemos conseguido arrancarle su bella pluma. Ya no es mi mamá la muchacha friolenta de San Isidro ni soy yo el tímido colegial que no conocía los malecones de esta ciudad. Hemos crecido. Y sin embargo, algo queda de ellos en nosotros. Algo de aquel niño entrará el martes por esa puerta y presiento que también así lo siente mamá, pues ha invitado a una amiga que por aquel entonces trabajaba con ella en ese frío edificio sin ventanas.

Canta Sabina que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Y por si te pones necio, la negra Mercedes te lo vuelve a advertir con su voz de tibio pan: "uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida / y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas" Pero a pesar de que tengo más fe en las canciones que en muchas otras cosas, no creo que este sea el caso pues las cosas queridas, como mi madre, todavía están -gracias a Dios- junto a mí. Y creo que, mientras siga teniendo dentro aquel niño un poco extraviado, también seguirán aquí las ganas de escribir.


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