sábado, 11 de enero de 2020

La maravillosa historia de Canchita y Roberta Planta

Tengo un amigo que tiene la cabeza como una olla de popcorn recién hecho. Le decimos Canchita. Si viviéramos en Brasil le diríamos Pipoca y Cabeza’e’cotufas si fuésemos chamos venezolanos. También podríamos haberle puesto Pochoclo, Poporopo, Poporocho o Pororó, porque el maíz reventado a fuerza de calor es uno de esos productos mágicos que cada pueblo americano quiso renombrar a su manera. Pero como nosotros nacimos en Perú, le pusimos Canchita, que suena más cariñoso y le hace justicia. Porque la verdad es que Canchita se hace querer, es un buen muchacho, esmirriado como una lagartija del desierto, solo come hojas de lechuga, recorre Lima en bicicleta y siempre te sonríe, si no con la boca, con el alma. Me hace recordar eso que dijo el negro Fontanarrosa cuando le preguntaron qué soñaba para su hijo: “Que sus amigos sonrían al verlo llegar” dijo. La huevada es que Canchita, además de tener el corazón noble y la cabellera como una olla de maíz reventado, también tiene el cerebro en pleno proceso de combustión, por toda la hierba que se fuma. Una vez, en medio de una fiesta en mi casa, desapareció y al rato lo encontré en mi cuarto a oscuras. Estaba sentado en el vértice que formaban las dos mamparas y miraba desde el piso 11 hacia la noche de Lima. Edificios luminosos y carros que atravesaban la Vía Expresa a todo dar. ¿Qué haces, Canchita? le pregunté. Estoy manejando tu edificio por el espacio sideral, me dijo. Su tórax se mecía suavemente y sus manos se aferraban a un timón imaginario. Viéndolo yo también empecé a sentir que mi departamentito de Diez Canseco era el Halcón Milenario, así que me fui del cuarto. Si uno se queda mucho rato junto a Canchita termina por contagiarte la ingravidez. Conversar con él es como tener un ácido en la lengua. Eventualmente todo empieza a ponerse extraño y maravilloso. Y hacía tiempo que yo no veía a Canchita. (Qué loco, escribí "Canchita" y el Facebook me sugirió que etiquetara su nombre real. ¿Cómo sabe Facebook que es a él a quien me refiero?) Bueno, la vaina es que he pasado meses sin verlo y de pronto me suena el teléfono. Es él. Aló, Pierre, estás en tu jato? Csm. Me cuenta que está en Barranco, a un par de cuadras de mi nuevo hogar porque acaba de salir de un Taller. ¿Un taller de qué? Acá en Barranco solo puede ser una de esas pendejadas para estafar tías recién divorciadas: Taller para alinear los chakras, Taller para bailar como la Rosalía, Taller para dibujar como Cherman, Taller para decirle a tus amigas que eres escritora. Pero no, no es nada de eso. Es un Taller para el Autocultivo de Cannabis, porque Canchita será pastrulo pero también emprendedor. O sea que prende y emprende. Solo que hay un problema, me dice. ¿Qué pasa? No puedo llevarme las plantas hasta mi jato pe’. Canchita vive del otro lado del Rímac. Se van a maltratar con el viaje en combi ¿Puedes cuidármelas tú? Y aquí entra el segundo CSM de la historia. Ven, le digo, ven y acá vemos. A los 5 minutos llega Cancha con una gran sonrisa y 2 vasitos de tecnopor llenos de tierra húmeda. Un minúsculo brotecito verde asoma de cada vaso. Parece el niño que vuelve del Nido con su embrión de tomate recién germinado y se lo da a su mamá para que lo ponga junto a la ventana. Siéntate, le digo. Le preparo un té de manzanilla y mientras tanto Canchita me explica cada cuánto hay que echarles agua (reposada previamente 24 horas) y cuánta luz debe caerle a los vasitos. Si puedes, les pones música de Air Supply para que se relajen. Adopción responsable pe’. Mira, aquí las voy a poner, le digo y coloco los vasitos en la banquita de madera junto a la ventana. Aquí van a estar contentas. Canchita me abraza y se va. Quién sabe cuándo volveré a ver a mi amigo. Al día siguiente despierto y me asomo a verlas. Bienvenidas a mi hogar, les digo antes de sentarme a escribir. Y desde entonces, cada dos días les echo un chorrito de agua reposada. A veces saco la guitarra y les canto canciones dulces como Puff the magic dragon o Bird on the wire. Realmente quiero que sobrevivan porque esta es la 3ra vez que tengo cannabis a mi cuidado y siempre he fracasado. La primera vez que lo intenté tenía 20 años. Vivía solo en mi cuartito de estudiante universitario y acababa de perder a mi primer amor. ¿Qué mejor momento para dedicarme a la horticultura? Puse la maceta en la cornisa de la ventana y le tiré las pepas que había guardado de mi primera vez. Y empezó a crecer, maravillosa gobernaba los altos cielos de Los Álamos de Monterrico. Al poco tiempo una paloma puso sus huevitos encima de los brotes y después apoyó su emplumado culo encima de la maceta. Shuu Shuuu, palomitaa ¿Pero con qué cara podía desalojar a una futura madre en nombre del tetrahidracanabinol? La dejé nomás y me resigné, no sin cierta alegría, porque en esa época ya había yo empezado a comprender que me estaba convirtiendo en uno de esos hombres que cuando siembran marihuana cosechan pichones de paloma. Una amiga le apodó La paloma CEDRO en honor a su lucha contra la drogadicción y ahí quedó la historia. La segunda vez que lo intenté, años después, realmente lo intenté. Tenía unas pepas maravillosas porque entonces ya mi empleo me daba para sacar producto de calidad. Nada de roja ni ponzoña. Puro scan scannercaligrafilisticopialidoso. Fui hasta SODIMAC y compré una jardinera de 60 cm, tierra preparada, pulverizador de agua y toda la vaina. Entonces me ganó la soberbia. Todo orgulloso puse la jardinera en el pasadizo de la quinta como una vieja que saca sus helechos para poner piconas a las vecinas. La vaina es que no solo se pusieron piconas sino paranoicas y me las asesinaron. Así que ahora, esta vez, realmente quiero ver a estas crecer y florecer. Y crecen, causa. Por algo se llama hierba. Le basta que la dejes tranquila con un poco de agua y luz. Ya lo decía La Raza: Pongo, pongo, pongo la semillita / Cada día con agua riego la hierbita / Crece sola y es natural / Por qué chucha me dicen que es ilegal // Después de dos meses, una de las plantitas se ha marchitado y ha muerto, pero la otra, su hermana, alza sus hojas como una alta palmera y le da sombra a mi pequeña pantera de plástico. Al cabo de 3 meses, le han crecido 4 juegos de ramitas verdes como jóvenes iguanas. Y entonces, justo entonces, mi viejo me fonea desde Talara y anuncia que va a venir de visita a Lima. La CSMMM. A ver, mi viejo sabe. Claro que sabe, porque ha leído mis cuentos. Sobre todo ese que le dediqué y que se llama: Mi viejo en Facebook y un kilo de mandarinas. Pero una cosa es que sepa que de vez en cuando me fumo un troncho (en la inexacta precisión de ese “de vez en cuando” se apoya nuestro tratado de paz) y otra cosa, es que vea un sembradío de macoña al llegar al depa de su primogénito. Así que digo: ni cagando, se va a loquear y va a tirar su calzoncillo al techo, como dice él. Déjala ahí, me dice un amigo, acaso tu viejo la va a reconocer? Weón, mi viejo es Raúl Castro, ex presidente de Cuba, me va a estatizar la planta, tssss. Mi viejo ha dicho que llega el domingo. Así que el sábado por la mañana, un sábado como hoy, decido sacar la plantita del hogar. Sé a quién se la voy a heredar, por supuesto, tengo –además de Canchita- decenas de amigos drogadictos a los que quiero mucho. El único problema es que no sé cómo llevármela. A estas alturas del partido la plantita ya mide 50 centímetros de alto. No es poca cosa. Además tiene un olor potente y seductor como el último perfume de Paco Rabanne. Es una misión delicada, como cuando Miyagi y Daniel San trasplantan el bonsái al acantilado. Si pido un Beat el taxista va a olerla, se va a paltear y va a desviarse hasta la comisaría más cercana. Tengo que ir en mi bici, no hay de otra. Con mucho cuidado meto la maceta a un morral y me lo ato al cogote. Es importante que no se maltrate, que llegue radiante. Apoyo el morral contra mi pecho, el último brote de hojas asoma fuera y me hace cosquillas en el cuello. Tranquila, bandida, le digo, vas a estar bien. Put your head on my shoulder. Bajo por las escaleras para no cruzarme con mis vecinos hipsters, saco la bici del sótano y salgo pedaleando de Barranco. Nunca hasta ese sábado de mi puta vida me había dado cuenta de la cantidad de patrulleros y serenazgos que recorren las calles de Miraflores. Barrio pa’ pendejo este. Me cruzo a una Pati en Reducto, a dos en Larco y al último serenazgo en el Parque Kennedy. He logrado sortearlos a todos como en una misión de Grand Theft Auto. Finalmente, la maravillosa avenida Pardo me protege bajo la fresca sombra de sus ficus. Recuerdo el nombre de una hermosa película iraní de Abbas Kiarostami: ¿Dónde está la casa de mi amigo? Y es eso lo que me voy repitiendo mientras pedaleo el resto del camino. ¿Dónde está la casa de mi amigo? ¿Dónde está la casa de mi amigo? ¿Dónde está la casa de mi amigo? Mi amigo vive con su novia en el Barrio de Ribeyro, entre el mar y la Huaca Juliana. Al llegar, ato mi bici a un poste y subo por las escaleras. Toco el timbre y me abren la puerta. Les he traído un regalo, les digo. Y entonces, como quien devela un monumento maravilloso, saco la planta del morral. La cara que ponen es todo mi premio. Es la cara del niño que ve por primera vez un avión en el aire. O para ser más preciso, la de Leo di Caprio en aquella escena de La playa cuando se encuentran con el sembradío infinito: “Csmre, eso es lo que yo llamo un montón de marihuana” Qué Papá Noel ni qué huevada. Esta es la prueba definitiva de la amistad. ¡Ya se me ocurrió hasta un nombre para ponerle! me dice mi pata que además es DJ: En honor al rock la vamos a llamar Roberta Planta. ¡Dámela, drogadicto! me dice ella y la coloca junto a una ventana donde tiene al resto de sus plantitas no alucinógenas. Después nos ponemos a beber y a reír a carcajadas hasta que cae la noche. Al dormirme, sueño que la planta florece y nos conversa. En mi sueño la planta tiene la cara de mi pata Canchita que maneja mi edificio por el espacio sideral. ¿Qué haces, Canchita? le pregunto. Y entonces Canchita se voltea hacia mí y me dice: hago que mis amigos sonrían al verme llegar.



martes, 31 de diciembre de 2019

El recuento de los daños

Hace un par de veranos, mi amiga Carmen vino a echar unas chelas a mi casa y -mientras yo cocinaba y ella hacía de DJ en mi Spotify- me propuso un juego. Mira Piers, me dijo extendiendo su vaso para que le sirviera más chela. Ya basta de Smiths y huevadas hipsters, de ahora en adelante solo canciones que palteen. ¿Cómo así, Carmen? Canciones que nos den vergüenza, pe salvaje. Una tú, una yo, ¿te parece? Ya rugiste, le contesté. Y entonces se fue corriendo a darle play al Popurrí de Pandora. Porque le nacía del corazón.

Ahora Carmen vive con su esposo Jordi en Barcelona, en una cuestita que sube del Mar Mediterráneo hacia las colinas y que se llama Poeta Cabanyes. Cuando hace un año fui a conocer Europa, ella y Jordi (y su gato Kitano y su perra Maggie) me alojaron y me llevaron a comer jamones, gambas y gazpacho. Pero recuerdo que el primer día, Carmen dio inicio al tour conduciéndome hasta una plaquita justo al frente de su edificio.

—Lee, salvaje— me dijo.
La placa decía así:

"En aquesta casa
va néixer el día 27 del XII del 1943
el cantautor Joan Manuel Serrat"

Casi me caigo de culo. Estaba yo hospedado frente al hogar en el que había crecido el autor de Lucía, de Penélope, de Tu nombre me sabe a hierba, el hombre que había escrito una canción de amor entre un loco y un maniquí ¿Me sonaba familiar? Esa noche, además, bebí mi primera cerveza catalana en esa misma calle, frente a un gran retrato de Joan Manuel, graffiteado sobre las paredes de una farmacia de turno. Putamare, —pensé— acá en Barcelona la gente se cura con Serratproxeno intravenoso.

Sin embargo, ahora que recuerdo esas madrugadas subiendo todo macerado en absenta por el Carrer Poeta Cabanyes y dándole una última mirada a la plaquita de Serrat antes de caer rendido sobre mi cama catalana, pienso que hubiese tenido más coherencia con el resto del Universo que Carmen viviera frente a la casa de Pablito Ruiz o de Las Flans. Porque la vida entera de mi amiga Carmen es un placer culposo. Una canción que paltea pero nos pone a bailar la memoria.

Algunos amigos te regalan libros o el primer perro de tu infancia. Otros te regalan un disco de los Beatles o te llevan a una fiesta en la que conoces al amor de tu vida. Carmen me regaló, como quien te contagia la varicela, el nunca tener que avergonzarme de la música que me hace feliz.

A lo que iba es a que el otro día me traje a casa a mis alumnos del taller para celebrar la clausura y propuse aquel juego que me enseñó Carmen. Al principio la gente no se mandaba. Todos tienen una reputación que cuidar. Ponían a Chacalón o a Britney Spears. Fuera, ctm, piteábamos, Muchacho provinciano y Oops!... I did it again ya son himnos. A nadie le debe dar vergüenza cantarlos. Entonces la gente pasó a Chayanne, a Christian Castro, a Diego Bertie, a la Shakira postmoderna. Pero todavía faltaba humillarse más. Todavía nadie vomitaba. Entonces una chica fue y puso El recuento de los daños de Gloria Trevi

* * *

Yo recuerdo que cuando era chiquita, mi hermana Cynthia tenía un cassette de la Trevi. Había quedado hipnotizada un día que la vio presentarse en Viva el sábado, el show musical que ponían en los 80’s después de Risas y Salsas. La vio en 20 uñas sobre el escenario, agitando los pelos de alambre mientras gritaba con su voz aguardentosa:

♪ A mí me gusta estar de pelo suelto
Aunque me vean siempre con enredos
A mí me gusta andar de greña suelta
Aunque se acabe de infartar mi abuela ♫

Weón, mi hermana tenía 9 años pero escuchó la canción como una trompeta que la llamaba a unirse a las filas de la insurrección. Pidió que le comprasen el cassette y desde entonces se pasaba las mañanas como una poseída, cantando y barriendo el piso de la casa con su larga melena negra. De milagro mis viejos no llamaron al exorcista de Talara.

Inevitablemente, a mí terminaron por pegárseme las rolas que mi hermana oía. Aún ahora me sé letras completas de Gloria Trevi, de Lucero, de Thalia, de Paulina y de Muñecos de papel. Tal vez no las cantaba en voz alta como ella para no paltear, pero en el taller mecánico de mi corazón, eso era lo que se oía.

Así que cuando 30 años después, propuse aquel juego y oí que alguien le daba play a El recuento de los daños, sentí que me hormigueaba la lengua y quise cantarla.

A diferencia de Pelo suelto (o Zapatos viejos), canciones en las que Gloria Trevi le dice al mundo que se caga echada en lo que digan los demás, El recuento de los daños, muestra su patética versión de perrito atropellado. La pobre muchacha hace un paralelo entre el fin de una relación y un accidente automovilístico en el que le han dado 20 vueltas de campana.

En el recuento de los daños / Del terrible choque entre los dos
Del firme impacto de tus manos / No sobrevivió mi precaución

No sé si es peor esa o “Con los ojos cerrados” (Qué más me da si miente, yo le creo). Ambas son la versión musical de las novelas de Televisa. Sin embargo, poca gente de mi generación con un sixpack encima y un corazón roto pasaría la prueba del silencio. O tal vez estoy exagerando. Como me dijo una amiga: weón, le has puesto mucha colapez a tu gelatina.

De todas formas, cuando le dan play, yo me pongo a cantarla con mis alumnos del taller. Pero eso, por supuesto, no es lo más asqueroso.

* * *

Unos días después de la reu, cuando la resaca ya se ha ido, yo todavía llevo la canción en los audífonos. Me siento como si hubiese arrastrado hasta el lunes el meloso olor de los cigarrillos del sábado. La he agregado a una de mis listas de Spotify y la voy oyendo mientras entro a ISIL. La voy oyendo mientras el guachimán me dice Buenos días, profesor, la oigo mientras estaciono la bici, mientras cruzo el patio, mientras subo las escaleras y, como le he puesto repeat, todavía sigue sonando cuando me detengo en la puerta del aula. Entonces giro hacia el balcón del pabellón B para dejar que la canción termine.

Un alumno que ha llegado temprano a la clase de Guion se me acerca y me extiende la escaleta de su cortometraje. Ahorita entro y la reviso —le digo, mientras me señalo los audífonos—. Claro, profe —responde y se va creyendo que estoy en medio de un Podcast de Robert McKee o de Paul Thomas Anderson—.

—¡Compórtate, carajo! —me grita la consciencia cuando me quedo solo— Tú les has dado clases enteras en contra de ese beso que me sube al cielo ¿Qué chucha haces coreando con la Trevi que te hundes en el infierno?
—¡Es que la culpa es de mi hermana que se compró el cassette! —reclamo— ¡Es la culpa de Viva el sábado!
—Is li quilpi di mi hirmini… Tu hermana tenía 9 años, pendejo, tenía permiso pa escuchar webadas, ¿cuál es tu excusa? ¿Pa’ eso te hospedas frente a la casa de Serrat?

Tengo el puño cerrado sobre el cable de los audífonos, listo para arrancarlos del cel y acabar con la humillación a la que yo mismo me he sometido. Pero dejo correr la canción hasta el final con la terquedad de un niño que se niega a escupir un chicle viejo.

Después entro al salón y me transformo en El profe. Me pongo a explicar en qué consiste un Guion Literario, cómo se escribe un buen diálogo, libre de clichés y lugares comunes. Pobre de ustedes, carajo —les advierto— que otra vez me traigan libretos de La Rosa de Guadalupe. Prohibido que los personajes lloren. Prohibido usar la muerte como desenlace ¿Prosor, por qué el personaje no se puede morir al final? Porque ese es el desenlace de la vida, ustedes pueden idear algo mejor.

Mis alumnos me creen, asienten y asustados dejan que les revise el avance de su guion. Pero mientras me paseo entre las carpetas, siento latir dentro del bolsillo de mi jean el Corazón delator de Gloria Trevi. El gato negro de la vergüenza maúlla tras la delgada pared de mi dignidad. Tengo la certeza de que cualquier mal movimiento de mi coxis va a darle play al Spotify y ellos van a descubrir la verdad. Van a saber que debajo del póster de Reservoir Dogs que adorna mi sala tengo uno de Magneto. Al instante me repongo y pongo cara de profe de Guion, cara de que no sé quién chucha es Paulina Rubio.

En el fondo, me digo, tenía razón Ribeyro cuando dijo que “La madurez es una impostura inventada por los adultos para justificar sus torpezas y procurarle una base legal a su autoridad”

—Cynthia— le digo a mi hermana— estoy escribiendo una historia de las épocas en las que te pegaste con Gloria Trevi.
—Ptmre, eso se lo inventaron ustedes —me dice— Yo nunca me pegué con esa canción.
—Annnnnda, ctm xD Ya la escribí. Ahora es verdad.

Mi hermana ya no tiene 9 años sino 38. Es fotógrafa de una cadena de cruceros. Ha recorrido más países que todo el resto de la familia junta. Se ha tomado fotos en Paris, Dublín, El Cairo, Liverpool y Nagasaki solo para que nadie se acuerde que de niña barría el suelo de casa cantando Pelo Suelto.

Es lo que hacemos todos ¿no? Escribimos libros, hacemos postgrados, citamos a Ribeyro y pegamos posters de Tarantino para que aquel vídeo en el que aparecemos ebrios y llorosos haciendo el recuento de nuestros daños, se pierda para siempre.

Por suerte, existen las amigas como Carmen, las listas de Spotify y las chelas, para traer de vuelta a casa la alegría. O la poca vergüenza, que tanto se le parece.



lunes, 16 de diciembre de 2019

Suavecito

-A ver qué te estás comprando- me preguntó una amiga que me veía salir del stand de Planeta con una bolsita sospechosa. -No son para mí, le dije antes de mostrarle los libros. Uno lo había comprado para mi mamá y el otro para Nicole. Eran 2 libros que yo no hubiese comprado por iniciativa propia, pero que sabía que a ellas las iban a poner contentas. -¿Por qué te avergüenzas?-preguntó mi amiga riéndose en mi cara de mis elecciones suavecitas-¿Qué hay de malo con la ternura, Pierre? -Nada de malo- le dije- a mí también me gustaba Benedetti. -¿Y por qué tienes que decirlo en tiempo pasado como si fuera un ex al que has superado?-preguntó. -¡BUENO, COÑO, que me gusta todavía, pero ya déjame vivir! XD Se cagó de risa y yo me fui corriendo abrazado a mi bolsa como si acabara de comprar dos docenas de manzanas acarameladas. Csm. Felizmente tuvimos mamás que nos criaron con ternura, chicas que hacen que nos provoque desenpolvarla y amigos que nos recuerdan de qué estamos hechos. Este vasito lo dibujé yo hace más de 10 años, pero vamos, que también podría haberlo dibujado hoy.



miércoles, 11 de diciembre de 2019

810 Gonzales Prada

Iba en mi bici por Surquillo rumbo a una entrevista en Útero y, a pocos metros de llegar, recordé que esa era la calle del poema de Juan Ramírez Ruiz, así que pasé a visitar. Qué bestia Lima para tener poesía hasta en sus rincones más feos


martes, 3 de diciembre de 2019

Un lenguado de 400 kilos

Oe, ptmre. Uno de mis alumnos de Periodismo, el que está a punto de chorrearse a la bica como gorda por tobogán, escoge escribir para el trabajo final un PERFIL sobre su abuelo Gastón: un señor de 82 años que practica el buceo y la caza submarina. Es una buena historia, pienso mientras leo y mastico mi pan chapla. Por eso le perdono que me la haya mandado tarde, le perdono que sea un archivo rtf en vez de un doc (se le ha malogrado la laptop, dice el csm) y le perdono incluso que los nombres de las playas donde su abuelo pescaba estén escritas en minúscula: pucusana, punta hermosa, san bartolo.

De hecho, estoy tan metido en la historia en la que su abuelo pesca meros, cabrillas, rollizos "y otras bestias" como él llama a los pobres pescaditos, que sigo leyendo incluso cuando escribe que su abuelo "llegó a cazar un lenguado de más de 4 metros de longitud con 400 kilos". Dos líneas después la imagen del enorme pez me aletea en el cerebro y paro. Oe, aguanta ¿Cuánto puede pesar un lenguado? ¿Pa' cuántas porciones de ceviche rendirá un lenguado de 400 kilos? Alapucta. Qué rico.

Cierro el Word y abro el Google. Todavía no le he quitado el voto de confianza a mi alumno. No soy experto en ictiología. Vamos, tal vez sí hay lenguados gigantes.¿O ustedes podrían negarlo a rajatabla? Les he enseñado que una de las cosas más importantes es corroborar datos, ahora es mi turno.

Pregunto: ¿Cuánto puede llegar a pesar un lenguado?
Google me responde: "El lenguado es un pez blanco, de forma plana y de agua salada. Habita en fondos cubiertos de arena o lodo, dejando al descubierto sólo los ojos. Peso en la adultez: 1.6 kg, aunque se han visto ejemplares de hasta 9 kilogramos"

Conchasumare.

No lo quiero mandar a la bica. No le quiero desgraciar el verano. Entro a Youtube y tipeo: Lenguado gigante. Aparece un pescador en bividí sacando de la orilla un enorme lenguado con la panza blanca. Es un pez grande y hermoso, pero el tipo lo puede cargar como si fuese un niño gordo. Pesa 12 kilos, el hombre lo muestra orgulloso, es una pintura. Otro vídeo dice: "Lenguado de 10 kilos arrastra a un pescador". Le doy click. Si un lenguado de 10 kilos tiene fuerza para eso, ¿qué puede hacer uno de 400 kg?

Un lenguado de 4 metros y 400 kilogramos tendría que ser como aquel lenguado del poema de Watanabe "A veces sueño que me expando / y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande / que los más grandes. Yo soy entonces / toda la arena, todo el vasto fondo marino".

Tal vez es mi culpa por llevarles tanta poesía, pienso. Tal vez la cagué cuando los mandé a leer a Hemingway. Yo quería que aprendieran de su novelita aquel estilo duro, ágil y directo como un gancho. Ellos aprendieron que hay peces de 400 kilogramos y que los viejos solitarios pueden pescarlos en los golfos.

Ya no me queda más que jalarlo. Pero entonces recuerdo otra historia, una que me contó mi mamá. Es de la época en la que era secretaria en Serpetro y su oficina quedaba cerca al muelle de Talara. A veces los pescadores pasaban por la oficina a ofrecer pescado y su jefe siempre dejaba indicado que le dejaran uno o dos de la pesca del día. Cierta mañana el pescador pasó:
—Señora Mirtha, hoy tenemos pez espada ¿Querrá el jefe?
—Sí, señor, déjele para su cevichito
—¿Cuánto le dejo?
—Déjele un par, pues
Al pescador casi se le salieron las tripas de la risa
—¡¿Un parrr? Señora Mirtha, ¿usté sabe de qué porte es un pez espada?

Mi alumno va a jalar el curso de Periodismo, pero en nombre de estas hermosas fantasías de peces gigantes —las de mi mami o las del Capitán Nemo atrapado en el Nautilus— no voy a ser tan duro con él. Tal vez no tenga futuro como periodista, pero quién sabe y le estoy dando la bienvenida al viejo club de los fabricantes de mentiras.




viernes, 22 de noviembre de 2019

dignamente acompañado

dentro de esta copa de vino ya vacía

que compré por 4.99 en la sección de menaje de plaza vea
vierto un chorro largo de agua blanca
como un padrecito de provincia
que enjuaga el último rastro de su fe


ahora que tengo 40
sé que debo beber agua después de cada cabernet sauvignon
si no quiero resucitar con la cabeza
extraviada en el sepulcro

mi abuela Bertha que me prestaba su Remington anaranjada
para que yo tipeara mis primeras palabras caca picho poto
y el señor Lizardo Cruzado que me firmó el polo viejo sobre el que yo había dibujado con tinta indeleble una hermosa cucaracha
presentaron esta noche sus nuevos poemarios
tal vez por eso
he sentido tan lejos de ellos
el irrefrenable deseo
de escribir huevadas

es horrible pero ahora existe
es horrible pero ahora existe

les dije a todos los amigos
que haría todo lo posible por reprimirlo

eso sería –dijeron– como cerrarle la puerta en la cara al náufrago que vuelve
o como cubrir con la mano tu copa cuando alguien te ofrece vino
-aunque tu poesía sea el Concha y Toro de 16.90 que venden en los gritos-

a lo mejor es el tetrahidracanabinol de la tarde
o que me puse a ver cómo bebían sangre
los hermosos vampiros de Only lovers left alive

pensé que iba a ser una noche larga
pensé que hoy vería a las estrellas y a mis amigos
sin embargo me quedé en casa a escribir

parece que será otra noche larga
pero solitaria

lo cuál después de todo no está mal
porque como decía el señor Porchia:
No he probado ningún vino superior a mi sangre

Y el otro poeta al que también voy a asaltar esta noche
dijo en 8 líneas lo que yo no pude en 40

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Acompañado

Es decir
Solo
Y
Mi alma