viernes, 10 de mayo de 2013

Un guiso

Hoy cociné mi famoso guiso del fin del mundo. Lo he llamado así porque recurro a su receta cuando la miseria, como un implacable meteorito, convierte mi refrigerador en un pueblo fantasma. Esta mañana por ejemplo, después de pagar el alquiler y la luz, me quedé con doce soles. Eran mis últimos doce soles y no sabía cuándo iba a volver a recibir dinero. Había que tomar medidas drásticas para hacerlos durar. Entonces recordé el famoso guiso del fin del mundo. Cogí las monedas y me fui en la bicicleta al mercado. Lo primero fue comprar el medio kilo de mollejas de pollo. La molleja es el buche. Aquel pequeño molinillo en el que las gallinas trituran los granos que picotean. Alguna vez te conté que también deben tragar pequeñas piedrecitas para que su molino funcione. Ojalá yo pudiera comer piedras como ellas. Las piedras no cuestan cuatro soles el kilo. Me limpiaron las mollejas y las picaron chiquitas, como para preparar aquel chirimpico chiclayano ¿Te acuerdas que comimos? Con los ocho soles que me quedaban fui a la verdulería y compré todo lo demás: un kilo de papas amarillas de tamaño mediano, choclos desgranados, un buen trozo de zapallo -para darle consistencia y aquel reconfortante color amarillo de todo buen guiso-, bolsitas de habas y arvejas; y para el aderezo: una cebolla, una cabeza de ajo y un kion. Además mi casera, que me ama con locura, me regaló un par de ajíes. Siempre me regala un par de ajíes, rojos rojos, como si estuviera dándome sus labios. Todavía me sobró un sol para comprarme un marciano de lúcuma. Lo vine chupando por el camino. Era un lujo no presupuestado, pero a veces conviene engañar a la miseria y decirle: no te tengo miedo, vieja puta, mira como chupo mi chup. Lo primero que se hace es lavar y aderezar las mollejas. Más que aderezarlas, hay que dinamitarlas con sabor pues son un músculo poderoso y la sal tardará en roerles el alma. Se le pone también, pimienta, comino, vinagre y sillao. Se le pone todo lo que tengas a mano. Yo le puse páprika de una vieja pizza y las últimas gotas de ron de una petaca. Entonces se procede a sofreírlas junto a los ajos y la cebolla picada. Después vuelcas encima todas las verduras como un huayco. Y finalmente, agua. Mucha agua hasta cubrirlo todo como la Atlántida. No necesitas pelar las papas. Con el calor se desprenderán de su piel marrón como de un incómodo abrigo. Una vez que tapes la olla puedes irte tranquilo a tirar palitos de fósforo por la ventana. Calcula media hora. Piensa en todo lo que puede pasar en media hora. Entonces destapas la olla y ves a Pompeya ardiendo. Candentes y aromáticas burbujas amarillas revientan. Ya no reconoces las verduras. Solo un espeso magma proteínico que te mantendrá con vida en la miseria. Divídelo en tapers y almacénalo. He ahí tus doces soles. Es una lástima que con los cuentos no pase lo mismo que con los guisos. Uno no puede echar todo lo que encuentra y esperar un buen resultado. Hay que escoger qué podemos contar. Yo escogí contarles del guiso del fin del mundo. No puedo ponerme a hablar de quién me enseñó a prepararlo. Ni con quién comí aquel chirimpico chiclayano. Ni a quién le contaba de las gallinas que comen piedras para que se riera un poco. Solo puedo explicarles cómo se prepara un buen guiso para aguantar la miseria. Cómo se debe servir caliente y comer con cuchara. Pero no hablar nunca de lo extraño que resulta comerlo solo, ahora que ella no está.

2 comentarios:

Mu dijo...

oie de casualidad - o no - leí la historia de rodrigo y natalia y tenía que decirte que me divertí de principio a fin. creo que te lo dije mil veces, pero qué chévere es leerte.

Pierre dijo...

!!!!!!!!!!!
xDDD
gracias Dani :)
la descolgué porque se la mandé a unos amigos y me hicieron correcciones. cuando lo corrija lo vuelvo a colgar
beso