miércoles, 15 de abril de 2015

Hoy se metió un gatito a isil. Un pequeño gato, un pichón de gato. Andaba paseando por los jardines y algunas chicas se acercaban a hacerle mimos. Yo estaba en el jardín leyendo este libro de Amélie Nothomb que Regina me había recomendado hace tiempo y que recién hoy pude sacar de la biblioteca. Cuando me faltaban dos páginas para acabarlo vino el gato y se me sentó en la barriga. Debo decir que si hay algo más paja que acabar de leer un buen libro, es acabarlo con un gato sobre la barriga. Sentía cómo sus minúsculas garras atravesaban mi polo y se me clavaban en el pellejo. Cuando abrí mi mochila para guardar el libro, el gato olió los restos de mi almuerzo y se metió de cabeza. Me emocionó que el gato tuviera hambre porque yo había cocinado mi mundialmente famosa sangrecita con arroz y, cuando ayer se la ofrecí a mi roomate, me dijo huácala huácala y se fue corriendo. En cambio cuando abrí el táper frente al gato, todo fue un solo de colmillitos, lenguazos y bigotes. Cuando acabó, le dije: bueno gato, me voy a dar clases. Pero apenas me paré el gato se vino andando detrás mío dando breves maullidos. Pensé: que carajo, lo meto al salón y como toca clase de descripción, lo subo al escritorio y que estos salvajes me describan al gato. Así que allí íbamos por los pabellones de isil, el minino y yo. Pero cuando llegamos a la puerta del salón y le dije ¡entra, gato!, me miró con cara de Tas webón, yo al colegio no voy más, y sacó culo de vuelta al jardín. Mientras lo veía irse, pensé en eso que decía Edgar Allan Poe: "Desearía algún día escribir algo tan misterioso como un gato".



2 comentarios:

Mary Lya Gamarra dijo...

Pero que buena anécdota! ☺me identifico con el minino 😸

Mary Lya Gamarra dijo...

Pero que buena anécdota! ☺me identifico con el minino 😸