martes, 26 de febrero de 2008

Fotos de Eliana

Cuando cumplí dieciocho años mi papá me regaló un reloj Rusty de esos que vienen en un estuche cilíndrico de metal y con los que puedes sumergirte trescientos mil kilómetros dentro del mar sin que dejen de funcionar. Además, tenía un botón al lado con el que prendías una luz verde tipo neón que iluminaba la cúpula del reloj, de modo que podías ver la hora aún si estabas en la panza de la ballena que te había tragado cuando te sumergiste trescientos mil kilometros dentro del mar. Visto de cualquier lado, el reloj era espectacular y yo sabía que le había costado a mi papá una fortuna, de modo que cuando me lo dio, puse mi mejor cara de felicidad y me fui con mi reloj, tan contento.

Obviamente, después de un mes, el reloj seguía metido en su estuche. Primero, porque yo no uso reloj y segundo, porque si lo usara, probablemente tendría que ser uno de esos relojes de plástico que vendían en los ochentas y que se transformaban en robot.

Finalmente mi papá terminó por descubrir que yo no me ponía el reloj, pero como tanto mi papá y yo ya estamos acostumbrados a regalarnos cosas equívocas, llegamos al común acuerdo de que el reloj le vendría mucho mejor a él, que vive cerca al mar, y tiene más oportunidades de ir a sumergirse trescientos mil kilómetros junto a las ballenas.

El hecho es que por una de esas cosas, yo terminé quedándome con aquel estuche cilíndrico que al comienzo fue llenándose de lápices, tajadores, monedas viejas, tornillos perdidos, y luego terminó siendo el depósito de un montón de pequeñas fotos en blanco y negro de cuando llevé el curso de fotografía general en la universidad.

Cada una de esas fotos tiene el tamaño de un tajador, porque son recortes de las planchas de contacto que hacíamos antes de ir a preguntarle a Eliana, cuál de las fotos debíamos ampliar. Eliana era mi profesora de fotografía, y uno de esos recortes que tengo en esa cajita es una toma que hice de su cara girando repentinamente hacia mi. Eliana tenía los ojos grandes, la voz grave y sacaba sus suaves brazos color canela a través de polos manga cero. Con seguridad, no fui sólo yo el único chico de comunicaciones que salió de aquel cuarto oscuro semi drogado y confundido entre tanto olor a fotoflo y la noción de su presencia, asomándose por sobre nuestros hombros a espiar lo que revelábamos.

Por supuesto que por aquel entonces yo también estaba enamorado de otra chica, pero estar enamorado de una profesora siempre es algo diferente. Como llevar a cabo una ceremonia imposible que mantienes sólo como una forma de entrenarte, como un hamster corriendo en su rueda sin esperanza o motivo alguno. Talvez sea el hecho de que se trata de una mujer mayor que tú, o que es alguien que te está enseñando algo aún desconocido para ti, o talvez sólo sea que Eliana era bonita y recorría aquel cuarto oscuro como una pantera, sin que tú pudieras percibirlo, hasta que ya estaba demasiado cerca de ti ayudándote a sacar la tira de negativos del rollo mientras tú perdías oxígeno.

Claro que ahora con todo esto de las cámaras digitales, ya no usan negativos y me parece que la última vez que pasé por la universidad (a dar una clase de foto, que coincidencia), ya no vi la puerta negra por la que se entraba a aquel cuarto oscuro.

A lo mejor es sólo que lo han cambiado lugar y los chicos de ahora aún siguen sumergiendo los dedos en químicos de revelado y mirando los negativos húmedos sobre aquella mesa luminosa; asomándose sobre la pequeña lupa cónica hacia sus primeras fotos en blanco y negro: un gato sobre un muro, un mendigo en el jirón de la unión, la cúpula de una iglesia llena de palomas, una ventana vieja. Con suerte, todavía salen corriendo del cuarto oscuro hasta el baño del pabellón, a agitar una lámina de papel fotográfico bajo el secador de aire mientras sobre ella, termina de fijarse la imagen de un cielo soleado visto a traves de las ramas de un árbol. A lo mejor después de eso, todavía vuelven con la foto ya seca, a extenderla orgullosos delante de las narices del resto, aunque ahora Eliana ya no esté allí para verla. Aunque un día de hace ya algunos años, ella se desvaneciera del mundo, como un objeto fuera de foco en una imagen: un hombre en bicicleta que se va, la silueta de un faro lejano, o una bandada de pájaros que pasa huyendo hacia otro lugar.

No sé por qué empecé contando lo del reloj ni porqué creí que escribir sobre esa foto de Eliana iba a tomarme un par de párrafos. Estaba oyendo aquella canción de Instrucción Cívica llamada Obediencia debida, y hay una parte que dice: “yo tuve un perro y una profesora que me enseñaron a olvidar”. Entonces fue que recordé la foto de Eliana y otra foto que también tomé en su curso. Una foto de mi pequeña perra shit-zu (la popular kimi), un día que la atrapé con el objetivo de mi cámara jugando en el parque, muchos años antes de que también muriera, bajo las llantas de algún carro apurado.

Ahora me alegro de tener aquellas fotos. La memoria es salvaje y ciega, y termina por borrar toda clase de cosas importantes, tan sólo porque la imagen, la música o el olor que nos remiten a aquello, ya no está a nuestro alcance. Mi amigo Renzo, que también fue su alumno y es el actual profesor del curso, hizo algo mucho más inteligente: llamó Eliana a una de sus cámaras fotográficas.

La cosa es que diez años pasaron por encima de todo y yo inesperadamente, fui feliz. Es cierto que después, muy pocas veces he tomado una cámara fotográfica y he salido a las calles a cazar mendigos, perros, balcones o atardeceres; pero a través de todas mis mudanzas, siempre he arrastrado conmigo una vieja caja de kodak llena de negativos y aquel estuche del reloj con todas las fotos que tomé aquel verano.

Hay incluso días como hoy en que todo vuelve a mi. El pabellón B de la universidad, mis viejos amigos, la tienda de petit thouars donde comprábamos los rollos y el papel fotográfico, la ruedita en la que se enroscaba el negativo, la luz roja de la máquina ampliadora, el adictivo olor de los químicos, y tus manos surcando el agua del recipiente hasta rozar nuestras fotos con la yema de tus dedos.

A veces me he preguntado, por qué nunca llegué a ampliar esa foto tuya. No era una foto maravillosa, pero aparecías tú, y eso para mi debió ser más que suficiente. Supongo que simplemente salí del curso y pensé que como a todos, iba a volver a verte algún otro día y quien sabe, talvez podría tomarte otra foto mejor. Pero pues, ya sabes como es la vida. Y ya sabes como es la muerte. Que loco que sea justo así como también termina así esta canción de Instrucción Cívica con la que empecé la historia, sabes?


Pensando en ti,
me he puesto a cantarla.




Me fui con la inconsciencia tranquila

Después de no volverte a ver

Pensando que te iba a encontrar

Pero no volviste a aparecer



.
.
.



Pero no volviste a aparecer







.

8 comentarios:

Yani dijo...

antes de irte me vuelves a recordar los viejos tiempos de kevin johansen, aunque esta vez con el regalo de la nostalgia que no es solo tuya, sino de todos los que recibimos un reloj en una caja hermosa o perdimos un amor imposible en las aulas

no dejes de escribir!!
yani
xxx

kara::kara dijo...

puta madreeeeeeeeeeeeeeeeeeee
que criminaaaaaaaaaalllllllllllllllll


pyepyepye
nosepuededecirmasqueesto.

Miguel dijo...

¡¡¡Estás maldito, mierda!!! Y te acabo de maldecir otra vez, porque con cosas como estas pienso que quizás deba comenzar a escribir mis tres carillas diarias y a tomar tantas fotos como pueda.

noseasloco dijo...

que brava la nostalgia, que bravo el reloj y su estuche...

instruccion civicaaa!! hace tiempaso que no los escuchaba

y bueno, al leer esto, casi he conocido a Eliana y me ha parecido ver la foto que tienes de ella...

no seas loco Pierre!!

reinadecapitada dijo...

maldita zorra hambrienta

me has enfermado de nostalgia

recordé brazos canela (no los de tu profa, pero supongo que parecidos).

recuerdo que también tuve una profe que me gustaba mucho y de la que no supe más (si vive o murió lo ignoro). pero no es ella en quien pensaba principalmente.

en lo que pienso es que nunca le tomé una foto a la chica de los brazos canela (la mía), ni nos tomamos fotos juntas, sólo recuerdo que ella me tomó una foto, que nunca me mostró revelada.

y me pregunto si ella mirará esa foto y se preguntará sobre mí.



tu post me hizo recordar también una canción de jumbo (una banda no un jabón) que se llama "fotografía". bájatela, sucio zorro del averno.

Kño dijo...

criminal... a mí se me murió la perra la semana pasada, se me murió el pacazo (sí, yo también tuve uno) los pollos, los pescaditos suicidas, la tortuga con resfrío, la libélula cariñosa, y el corazón se me amargó hace tiempo.
Leer una cosa así es recordar, y recordar es darle un sorbo a un trago amargo que no pruebas hace tiempo, y no entiendes cómo lo has podido tomar antes! la boca y el corazón suelen desacostumbrarse.

El Siervo dijo...

Asuuuu, me han dado ganas de ponerle nombres a mis pinceles...

Paz

Arnik Piz dijo...

hace días que vengo escuchando una canción llamada "Helena", que habla sobre la muerte, y la tarareaba hace un rato antes de entrar a tu blog. entonces he visto su nombre. y tú eras un chico de comunicaciones que salia de aquel pequeño cuartito oscuro semi drogado y confundido, pero sabes? yo era una chica de comunicaciones que entraba ya drogada y salía igual de confundida de sentir su presencia al lado. fuera porque era la más taba del mundo y no podia con mis rollos o fuera porque Eliana era una fiel confidente de mis problemas existenciales y estupidos de los veinte y tantos. enrollaba todos mis rollos. hasta los de la vida. aún después de terminar el ciclo seguía pasando por el salón para quedarme 15 minutos pegada de esos ojazos color caramelo, y que me dijera donde era su última exposición o que yo le contara cuanto tiempo más me faltaba para terminar. y ver su sonrisa.

hace un par de años cuando me fui de viaje me enteré. y lloré como una maldita. aún recuerdo su expo de fotos de árboles... árboles frondosos...árboles de otoño...árboles llenos de nieve... y árboles desnudos, mis favoritos. y su voz, inconfundible.

que difícil es extrañar lo que se desvanece, más difícil aún aprender a olvidarlo.

como también dice la canción que escucho, so long and goodnight... so long and goodnight.