domingo, 6 de mayo de 2012

Lo que voy a contar, parte de un hecho en apariencia trivial. Algo que he descubierto trabajando, al intentar agregar palabras a una locución hecha apenas dos días atrás: Nuestra voz nunca es la misma. Cambia. No de una edad a otra como creemos, sino constantemente, como un caleidoscopio que nunca proyectará dos veces el mismo laberinto colorido.

Hoy por ejemplo. El cuarto era el mismo, el micrófono estaba sobre la misma pila de dvds de Seinfeld, las ventanas estaban cerradas y apliqué los mismos efectos en el Adobe Audition. Y sin embargo, hay un nuevo hombre hablando. No soy yo. No al menos el de dos días atrás. El espectrograma de sonido me lo confirma. Las ondas de la locución original parecen apacibles colinas. Las de hoy son puntiagudas como aquellos cerros que escalan las cabras. Al juntarlas, todo suena tan extraño que me desespero y vuelvo a locutar una y otra vez. Pero nunca consigo la voz inicial. Finalmente me digo que es solo trabajo y que nadie lo va a notar, así que lo termino de cualquier forma. Pero me quedo pensando. Pensando en sí algo tendrá que ver lo que he bebido esta mañana o las arrugas de la sábana que no he estirado o el hecho de que hoy sea domingo. No quiero aceptar que mi voz sea diferente. Pienso que aceptar ese pequeño cambio implica la aceptación de lo precario. La revelación de que todo, incluso lo que creemos propio e intocable está siendo constantemente arrasado.

De pronto recuerdo a Funes el memorioso y en cómo lo que yo he descubierto esta tarde, él tuvo que vivirlo constantemente: "le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)". Comprendo entonces porqué en el cuento, Borges lo encuentra en una habitación oscura. Alguien para quien el mundo cambiaba cada vez que lo miraba, tendría que haberse vuelto loco de tan solo asomarse por la ventana.

La razón por la que podemos levantarnos cada mañana, es la idea de que hay cosas permanentes. Somos capaces de cambiarnos de ropa, peinarnos diferente o escuchar una nueva canción, porque lo hacemos en la misma casa y con las mismas personas.  Es por eso cuando cuando la casa cambia o cambian las personas, volvemos a darle a nuestras rutinas la condición de columnas vertebrales. 

Descubrir que mi voz cambia y que nunca volverá a ser la voz con la que dije ciertas palabras, es algo que me sobrepasa. Pero que tal vez es menos terrible que la cadena lógica que aquel descubrimiento ha abierto: Si mi voz cambia... ¿qué estará sucediendo con la suya?... con sus ojos, con su piel, con su corazón?


5 comentarios:

Miguel Ángel Peña López dijo...

Zorra, y eso que no hablas de las células de la piel.
Ok, olvida lo que dije. A esta hora y con los litros de café que me faltan por beber me pongo muy tonto.

PD: Estoy por terminar "El guardian...", te buscaré con una AKM cuando lo termine, me apostaré en lo alto del hospital y te dispararé cuando te vea. De paso le dispararé a tu vecina y luego iré corriendo desnudo por la Bolivar hasta que me alcancen.

Pierre dijo...

xD ta mare
¿cómo así empezaste a leer el guardián entre el centeno? la última parte es la que más me gusta. cuando anda con Phoebe por NY. aunque no. también me gusta cuando habla de la chica con la que jugaba damas. creo que me gusta todo.

flu, cuando dices q quieres buscarme con una AKM ¿es porque te ha gustado el libro o pq es como cuando a mi me recomendaban q lea padre rico padre pobre? 0_o
ya me lo contarás luego

gracias por visitar. creo que yo seguiría posteando aunque nadie leyera pero igual es paja ver un coment de vez en cuando. ya últimamente huesohueso parece un pueblo fantasma

Miguel Ángel Peña López dijo...

Por lo bueno que es el libro y porque no puedo dejar de notar la influencia del libro en tus cuentos.

Es paja, muy paja.

Pierre dijo...

:D

Regina LC dijo...

y a veces no importa que esa persona se baya ido, lo que importa y más nos molesta es que haya cambiado, es que se haya convertido en otra persona, muy distinta a aquella de la que nos enamoramos. esa debe ser la pérdida más terrible, creo yo. puta vida precaria.