viernes, 22 de noviembre de 2013

chasquis

Recuerdo que en el cole me quedé locazo cuando la profe de historia nos contó que, cuando al Inca le provocaba comer pescado fresco, los chasquis corrían como salvajes desde las costas del Pacífico hasta Cusco para traérselo. Primero pensaba: "pero que hijoeputa el Inca", pero luego me imaginaba al fornido chasqui corriendo con un mero fresco entre los brazos y esa imagen me maravillaba. Veía clarito al pescado, observando con su ojo de gelatina los desiertos, los Andes, todos los caminos del Imperio y pensando ¿a dónde carajo me llevan? Mientras la profe contaba, yo sentía el sonido de las pisadas del chasqui retumbando en los cerros, lo veía divisar a su compañero, lanzarle el pescado: ¡corre huevón! o como se diga en quechua, y verlo continuar su camino mientras recuperaba el aliento. Finalmente imaginaba al último emisario llegando hasta el Inca con un mero que todavía agitaba la cola y llenaba el salón real de olor a olas y fitoplancton. Siempre que he recordado esta historia pensaba: "Pero que loca es la gente, yo del Inca me comía un choclo con queso, tanta huevada, no voy a poner a correr a todo mi imperio porque se me antojó un cebiche" Hoy, sin embargo, lo he recordado sentado en las banquitas de Cruz del Sur mientras esperaba una encomienda que ha mandado mi viejo desde Talara. Cuando me la dan, desbarato el paquete, meto toda la comida a mi mochila y salgo disparado en mi bicicleta. Llevo sobre la espalda: tres bolsas de chifles y veinte tamalitos verdes de Piura. Son para mi hermana que acaba de bajar del crucero donde trabaja como fotógrafa y donde ha pasado los últimos seis meses bordeando las costas de Japón y Corea sin probar pizca de comida peruana, su favorita. Una semana antes de bajar nos lo advirtió: "llego a Lima a medianoche, a esa hora no voy a conseguir tamalitos verdes, mándenmelos de Piura pe´". CSM. Imagino a mi viejo, corriendo por Talara en busca de los tamales, al bus interprovincial entrando a Pasamayo, me veo a mi mismo, atravesando en bicicleta la Javier Prado, esquivando carros con la espalda llena de ese amasijo de maíz y culantro, todo para que mi hermana pueda abrir emocionada el lazo de las pancas y meterle el diente a su plato favorito. Sonrío. Sí, me digo, es un ritual maravilloso hacer feliz a alguien. Pienso eso, y sigo pedaleando.

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