viernes, 16 de mayo de 2014

Papaya


La historia que voy a contar no necesita de mil palabras. De hecho, podría resumirla con esta frase de diez: "Cuando era chiquito, mi primo Sergio dormía con una papaya". El resto son detalles. Pero se los contaré. Se los contaré porque ustedes necesitan saber más sobre esa papaya. Y además, porque esto es lo que yo hago: cuento historias. Algunas son mías. Otras las recojo y las voy pasando. Soy un chasqui de la memoria. Por ejemplo, esta no es mía. Me la contó su hermano Lucho que vive conmigo. Me la contó de cama a cama, justo antes de dormir. ¿No es acaso entonces cuando contamos nuestros mejores cuentos? Le pregunto ¿te refieres a una papaya de juguete, un peluche? No, me dice, una PA-PA-YA, la fruta con la que haces el jugo para curar la resaca. Me tomo un segundo para imaginar al pequeño Sergio en su cama, abrazado como un monito a la piel anaranjada de la fruta. ¿Por qué? pregunto. Lucho sonríe y levanta los hombros.

Me está contando esto justo después de pedirme que deje encendida la luz del baño. Nunca lo he sentido levantarse de madrugada para ir a mear y sé que el resplandor del foco no llega hasta su cama; sin embargo, por alguna razón la necesita prendida durante la noche. ¿Por qué? vuelvo a preguntar, ahora en voz alta. Éramos niños asustadizos, me cuenta. Mi mamá durmió con nosotros hasta los diez años. Con Edu y conmigo no fue tan grave, pero Sergio no pegaba un ojo a menos que todos, hasta mi abuelo, estuviéramos en el cuarto. Lo mejor era dormirlo en la sala mientras veíamos la novela o hacíamos la sobremesa, y luego llevarlo cargado hasta su cama. Pero no siempre se podía. A veces mi viejo traía expedientes del estudio o mi mamá estaba de guardia en la clínica. Al final, a mi papá se le ocurrió lo de la papaya. No sé cómo, imagino que mientras cenábamos la vio sobre la refrigeradora y hubo una especie de iluminación, una conexión entre mi viejo y la fruta. Esa noche fuimos a la cama de Sergio y le dimos la papaya como quien trae a casa un cachorrito. ¿Cuántos años tenía? No sé, creo que cuatro. Al principio nos miraba extrañado, pero mi viejo le dijo: “hijo, la papaya acompaña”. ¡No me jodas! Sí, apenas eso. “La papaya acompaña”. Mi abuelo trajo un plumón y dibujó una carita sonriente sobre la cáscara. Fin de la historia. La papaya era un miembro más de la familia. Todavía cada noche, había que acompañar a Sergio hasta su cama y arroparlo con cariño, pero una vez que abrazaba su papaya, podía quedarse solo mientras nosotros terminábamos nuestras tareas. JAJA ¿Y Sergio se acuerda? Claro que se acuerda, pero como ya está viejo le da roche y no dice nada. Algún día cuando vayas a la casa pregúntale por su papaya, va a ser un cague de risa.

Sí, me digo, va a ser chistoso. Y apago la luz de mi lámpara. El cuarto queda a oscuras y el débil resplandor del fluorescente del baño alcanza las primeras losetas del cuarto. Siento a Lucho girar en su cama y envolverse en la colcha de tigres. En menos de dos minutos estará durmiendo. Pero yo no. Yo me quedo mirando el techo. Mentalmente repito: “La papaya acompaña”. Pienso: Eso es todo lo que hace falta para convertir una fruta en un guardián de niños. Una papaya con las palabras correctas puede espantar el miedo. ¿Pero es acaso solo porque Sergio era un niño? Me lo pregunto mientras giro sobre mi almohada y descubro mi cómoda cubierta por montones de libros de cuentos, apilados unos sobre otros. Por primera vez noto la imagen: es una barricada. Atrás de Salinger, de Ribeyro, las balas no me tocan. Son mis sacos de arena. También sobre ellos alguien puso las palabras correctas. ¿Por qué entonces esto no da risa? ¿Acaso el papel de los libros no sale también de un árbol como las papayas? Lucho se ha dormido.

Sobre uno de los libros veo la piedrita marrón. Me la ha regalado esta chica que acabo de conocer. Toma, me dijo. De niña yo coleccionaba piedras, tenía un saco lleno pero ahora solo queda un frasquito. Te regalo una. La miro. Es apenas una piedra como hay millones en el mundo. Y sin embargo, hoy se me resbaló hasta el borde de una alcantarilla y sentí, creo yo, lo que hubiese sentido Sergio si al despertar encontraba su papaya destrozada al pie de su cama. ¿Por qué? me pregunto. Apenas la conozco. No sé cuánto se va quedar ni sé si a ella le provoca quedarse. Pero hay algo suyo que me ilumina, y la idea de verla irse me hace sentir la noche como un niño.

La primera vez que vino a casa trajo un vino y preparamos pizza. Habíamos estado oyendo a Caetano y antes de irse me dijo, todavía con las piernas recogidas sobre mi cama, “si algún día tengo un gato, le pondré Caetano”. Y unos días después, en un mensaje, escribió como en un descuido “nuestro gato Caetano”. 

Lucho gira y se acomoda dentro de la colcha. ¿Con qué estará soñando? Prendo mi celular y busco el mensaje. “Nuestro gato Caetano”. Lo repito despacito. Sé que Caetano no existe como los gatos de mi techo, pero yo puedo sentirlo caminar sobre mis libros de cuentos. Lleva la palabra “nuestro” escrita en las almohadillas de las patas, maúlla suavemente, se lame los bigotes, baja por mi cama y se va parar en la cornisa de la ventana. Lo observo mientras me voy quedando dormido y esto es lo último que pienso: Un gato imaginario es lo mismo que una papaya, no te mientas. Todos somos niños aún. Necesitamos una luz: el foco del baño, los libros de cuentos, las piedras. Cualquier pequeño objeto sobre el que alguien puso con cariño las palabras correctas.